A ti y a mí nos unió el volcán Epílogo
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Epílogo

Grindavik, Islandia

Tres años después

Famara 🎤

—¿Doña Remedios? ¿Me escucha bien? No la veo.

—Sí, hija, te escucho y te veo bien. Pero ¿qué les dan ahí de comer? ¡Cada vez te veo más delgadita! ¿Tú estás segura de que no les puedo enviar unas fiambreras por correos? Voy a ir a preguntar, que no me fío de lo que me dices.

Me parto de risa.

—¿Ve una pestañita negra que hay en lo alto de la pantalla? Acuérdese de que tiene que abrirla para que nosotros también podamos verla.

—¿Y mi Nauzet? ¿Trabajando otra vez? ¡No me lo puedo creer!

—No, ya viene. Termina de recoger la cámara y se nos une.

—¿Cómo es esa gente, Famara? No te obligarán a acercarte demasiado al volcán, ¿ Sunuc? Le he pedido a Airam que me lo busque, mija, porque vaya nombrecitos tienen por ahí; me recuerdan a los de la tierra de mi yerno.

—Son muy amables con nosotros, abuela —dice Nau, que acaba de llegar.

—¡Ay, Nauzet, mi niño, qué alegría verte! ¿Cómo están?

—Estamos genial, abuela; felices. —Me abraza por detrás—. Viviendo de lo que nos gusta y queriéndonos mucho.

—¿Y cuándo van a venir a visitar a esta pobre vieja?

—Pues esa es una de las sorpresas que queríamos darte hoy, ¿verdad, Fa?

—Sí, doña Remedios, confirmado. ¡Nos han dado los días libres y volvemos a casa para la Bajada de la Virgen de las Nieves! También se unirán el resto de los chicos.

—Ay, mis niños, ¡qué alegría! Casi diez años sin fiestas lustrales. La isla se está engalanando. ¡Ya verán! Van a ser las celebraciones más bonitas que se recuerden. Se quedan en mi casa nueva, que es pequeñita, pero la he puesto resultona. ¡Nada de dormir con Catha y Arure!

—Claro que sí, abuela. ¿Cómo no íbamos a quedarnos contigo?

—Si estoy deseando que me haga un buen puchero —añado, porque sé que lo de que comamos con fundamento la tiene atormentada.

—¡Ya mismo me pongo con ello, mi niña! En cuanto cuelgue, voy a hacer una lista: potajito de berros, conejo en salmorejo, tollos, arvejas compuestas… ¡Y papas negras y bonitas, claro! Ustedes pidan por esa boquita, que yo les cocino.

—¿Qué tal las vecinas, doña Remedios?

—Pues ya algunas han cobrado el dinerito y tienen su casita nueva, como yo, aunque todavía faltan.

Y las que se fueron a las casas contenedor…

¡ay, mija!, eso fue pan para hoy y hambre para mañana.

Fue un pan bueno y necesario, pero no sabes lo estropeaditas que están ahora; ahí no se puede vivir.

Las están reubicando porque tenerlas ahí era un pecado.

—Ojalá pronto cobren todos. Los padres de Catha lo han hecho también; están muy felices, porque así pudieron liquidar buena parte de la hipoteca.

—Una familia trabajadora, de los que no se dejan amedrentar ni por volcanes ni por nada.

—Abuela, mira dónde estamos, ¡nadie tiene mejores vistas que tú! Para que fardes con « Las Mosqueteras » en las reuniones.

Nau coge con cuidado el portátil y lo mueve de manera que la abuela pueda ver el infierno que se ha abierto en el cráter de Sundhnúk. Es muy diferente al Tajogaite; sin embargo, el dolor, el miedo y la desolación son los mismos.

—¡Qué parecidos, al fin y al cabo, somos todos! ¿Los vecinos están bien?

—Sí, doña Remedios, aquí tienen también todo muy controlado. Es la octava erupción desde 2023. Hay unas tres mil quinientas personas evacuadas, y como en casa, sin ningún fallecido.

—Y sin heridos, abuela. Que aquí ningún espabilado se ha metido en la zona de exclusión con protecciones de juguete.

—Mira que eres babieca, Nauzet. Pues hiciste lo que pudiste para ayudar a don Manuel, y bien orgullosa que estoy de ti.

—Por cierto, doña Remedios, ¿puede darle un recado de nuestra parte a doña América?

—Pues claro, Famara. Justo la próxima semana vamos a ir a verla.

Le han regalado un presa canario cachorrito que es una preciosidad.

Saben que su perro, el Prinse, se murió de viejito hace unos meses y ella, la pobre, estaba muy sola.

Le hemos hecho unas mantitas de punto y una camita de retales, y se las vamos a llevar.

—Pues le dice que seguimos con nuestra lista de seres mitológicos relacionados con los volcanes; la que inició ella al hablarme de Irveñe.

Luego te pongo el nombre en un mensaje, porque es bastante difícil.

Aquí, en Islandia, tienen a Surtr, un gigante de fuego.

Todavía hoy es una figura importante; por eso, cuando en 1963 surgió una nueva isla volcánica la llamaron Surtsey, que es como decir Isla de Surt.

—Apúntalo todo en el móvil, sí, y yo se lo enseño.

Lleva una libreta con todos los personajes que ustedes le han ido diciendo.

Les hace unos dibujos muy vívidos y añade sus explicaciones.

Se entretiene mucho buscando artículos de prensa donde salgan tus reportajes o las fotografías de mi Nauzet.

¡Se maneja mucho mejor que yo con el ordenador, y eso que es más vieja!

—¡Si eres una máquina, abuela! Cuando vayamos, volvemos a practicar para que aprendas a hacer un montón de cosas nuevas.

—Claro que sí. —Se le derraman unas lágrimas y se las seca enseguida.

—No llore, doña Remedios, si en nada nos tiene ahí. La vamos a llevar de tenderete todo el grupo.

—Lo sé, mis chicos, lo sé. Lloro porque estoy dichosa de verlos tan felices.

—Lo estamos, abuela.

Nos abrazamos.

—¿Vienen, entonces, todos los chicos?

—¡Todos! ¿No es fantástico?

—Tengo muchas ganas de verles el hocico a Tana, Xerach y Rayco, que hace mucho que no sé de ellos. Las niñas sí vienen de vez en cuando a tomar café a casa, ahora que vivimos cerquita. ¿Cuándo vuelven a llamar con vídeo?

—Pues parece que esta erupción será un visto y no visto, así que, si en dos días no hay novedades, Fa terminará el reportaje sobre el retroceso de los glaciares que vino a grabar y nos volvemos a Barcelona. Si es así, el sábado, seguro, te hacemos otra.

—Vale, me lo pongo en el almanaque de la nevera para no olvidarme.

—Un beso enorme, doña Remedios.

—Te quiero, abuela.

—Yo también los quiero, mis niños. ¡Tengan fundamento! Quiéranse mucho, que solo se tienen el uno al otro. ¡Y pónganse a encargarme un bisnieto de una vez, que quiero llegar a conocerlo!

—¡Abuela!

Se parte de la risa, la muy socarrona.