A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 25
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Capítulo 25

Santa Cruz de La Palma, isla de La Palma

Famara 🎤

Apenas faltan cinco días para Navidad, para el cumpleaños de Nau, para que, en ausencia de contratiempos, se dé por extinguida la erupción. Todos aguantamos la respiración y cruzamos los dedos.

Se nota en las cafeterías, en las conversaciones por la calle. Hay cierta calma tensa: una especie de emoción colectiva contenida que esperamos que pronto explote. Un querer hacer planes y no terminar de atreverse a plantearlos. Nosotras no escapamos al ambiente general.

Desde que el volcán está en calma, ya no se hace la mayor parte del programa hablando del bicho, y el resto de las islas y sus historias ocupan de nuevo su espacio con sus problemas y curiosidades diarias.

Aunque en la cadena sabían de mi compromiso con Comando actualidad , me han ofrecido seguir como reportera desde Tenerife, pero lo he declinado. Catha tampoco va a volver, quiere intentar retomar su vida en La Palma, pese a que al principio tenga que dedicarse a otras actividades.

Así que, aunque hoy es lunes, tenemos el día libre, puesto que la conexión local la van a realizar Zebenzuy y Ancor. Nos hemos levantado con calma, desayunado como si el almuerzo nunca fuera a llegar y hemos venido a Santa Cruz.

Quiero encargar algo de comida para llevar a casa de Nau, ya que me han invitado a pasar con ellos la Nochebuena y la Navidad.

Su padre llegó ayer desde Noruega y ha alquilado una casa en Tazacorte.

En el piso no cabían todos, y van a celebrar allí las fiestas.

He dicho que sí; me da un poco de corte y, al mismo tiempo, me hace mucha ilusión.

El día de Navidad, Catha y Tana se nos unirán por la noche para celebrar el cumpleaños y, espero, también el final de esta agonía. Nau no sabe nada, aunque pienso que le gustará porque seremos muy poquitos.

—¿Y Arure qué dice de que no vuelvas a Tenerife? La verdad es que creí que todo iba para delante entre las dos —le pregunto mientras caminamos por la calle Real.

—Y va. Ella entiende que, como dice, «haya sentido la llamada» de volver a casa. Es gomera, también echa en falta a su gente.

—¿Y entonces?

—¿Desde cuándo eres tú tan cuadriculada? ¿Dónde está mi amiga, la de « no te encorsetes y deja que todo fluya » ?

—¿Y mi amiga, la de « ya tienes una edad para adquirir compromisos » ?

—Ha evolucionado, como los Pokémon —se ríe.

—Jodida, no te tomas en serio nada de lo que te digo.

—No, venga. No lo tenemos claro. No sé si en un par de meses yo estaré asfixiada de vivir aquí y regresaré a Tenerife, o ella mandará todo al carajo y se vendrá, o iremos y vendremos las dos, que para eso creó Dios los aviones y los barcos.

—No parece un plan muy desarrollado.

—Lo que yo te diga, Fa. Te dieron el cambiazo. ¿Quién eres tú? ¡Devuélveme a mi amiga!

Entramos en la tienda que buscábamos a carcajadas y don Alberto, el dueño, nos mira y se aguanta la risa, porque nos conoce desde niñas. Es uno de esos comercios que ha pasado de padres a hijos, donde hacen lo indecible para cubrir tus necesidades.

—Buenos días, don Alberto. ¿C ómo está? ¿Qué tal sigue su madre? ¿ Mejor? —pregunto.

—Ahí anda. A sus noventa y seis años, lo raro es que haya algo que no le duela. Pero tiene su cabecita como una puncha, así que disfruto de ella y de sus batallas.

—¡Cómo me alegra oír eso! Dele recuerdos nuestros.

—¡Serán dados! ¿Y tus padres, Cathaisa? ¿Ya tienen la casita?

—Trabajando por ella con toda la ilusión. Ya tienen el solar, aunque la construcción aún se demorará un poco.

—Puñetero Tajogaite, maldito sea mil veces.

—No lo nombre, don Alberto, que capaz se nos despierta.

—Ay, no. Yo confío mucho en que, en unos días, estaremos todos de celebración. Confíen, juventud, la calma siempre vuelve. En fin, ¿en qué las puedo ayudar?

Me arranco.

—Don Alberto, quería ropa de indiano de caballero. La mejor que tenga. Es para un chico como —levanto la mano— así de alto.

—A ver, mijita, hablemos claro: ¿para Nauzet, el de doña Remedios?

Me pongo encarnada enseguida. Aquí no hay quien tenga un secreto. Que no es que quiera esconder nada, pero…

—Sí, don Alberto, para Nauzet.

—Dame un minuto. —Revuelve en una gaveta y saca un montón de notas—. Por aquí debo de tener sus medidas de cuando se llevó el traje para acompañarte a los Ondas.

Nada, encarnada otra vez. Está visto que hoy no vuelvo a mi color natural. Catha, que está merodeando por la tienda, me mira partida de la risa. A ver qué cara pondrá ella en el momento en que todo el mundo empiece a cuchichear que sale con Arure; ahí la que me voy a reír voy a ser yo.

—Aquí está. Nauzet Bethencourt. ¿Lo mejor de lo mejor? Las ropas no son baratas.

—Sí, don Alberto. La suya la engulló el volcán; la había heredado de su abuelo. No será lo mismo, así que quiero que sea algo muy especial.

Vuelve con una funda y me muestra una ropa preciosa. No le falta detalle: tirantes, pajarita, pañuelo, chaleco… Casi toda ocre, con detalles canelos y blancos; ideal.

—¡Me encanta! Justo algo así es lo que buscaba. ¿Te gusta, Catha?

—Mucho. Y a Nau le va a encantar.

—Genial, pues nos la llevamos.

—Perfecto, te la envuelvo bien para que no se te estropee. Este traje merece ir acompañado de un buen puro Julio.

—Lo tendré en cuenta al pasar por San Pedro, para parar a comprarlos.

Mientras don Alberto coloca todo con cuidado, añado un sombrero magnífico y un bastón. Entonces me enamoro al ver una maleta de piel junto al escaparate.

—Don Alberto. ¿Esta maleta está a la venta?

—No, esa es de decoración, aunque…

Lo miro esperanzada mientras sale del mostrador y la trae hasta nosotras entre caricias.

—Esta maleta, niñas, es la que llevó mi abuelo a Cuba la primera vez que fue. Imagínense la de esperanzas y miedos de los que iba cargada. La encontró mi madre hace años, al vaciar la casa de mis abuelos. Tenía dentro todas las cartas que su padre había enviado a su madre, que se quedó en la isla.

—Qué historia tan bonita.

Me hace señas con la mano para que lo deje continuar.

—Supongo que las dos saben que a mi hijo Irga se lo llevó la maldita droga hace muchos años, así que la tienda, si la quieren, la heredarán los nietos de mis hermanas.

Pero esta maleta, para mí, sería un honor, Famara, que la aceptaras.

Es muy importante para mí. Sé que tú vas a cuidarla y así te compenso mi parte.

—¿Compensar? Usted no me debe nada.

Deposita la maleta en el mostrador y coge mi mano entre las suyas.

—Todos te debemos mucho, Famara. Has sido esperanza durante ochenta y cinco días de erupción.

—Pero es mi trabajo.

—Y esta tienda es el mío. Te regalo la maleta; está hecho.

Salimos del local tremendamente impactadas.

Estoy contenta porque esta maleta es un auténtico tesoro y sé que va a hacer muy feliz a Nau.

Sin embargo, a la vez, una suerte de síndrome de la impostora me hace dudar de que, como periodista, yo merezca nada de esto.

Solo he hecho lo que deseaba hacer y, en algunos momentos, lo que tenía que hacer.

Dejamos las compras en el maletero del coche y seguimos con nuestras gestiones. Aprovechamos para dejar una documentación que han pedido a los padres de Catha en el Cabildo para acceder a las ayudas, encargo unas bandejas con picoteo para Nochebuena, saludamos a conocidos y a desconocidos también.

Nos sentamos en el patio interior del Café Don Manuel. Me encantan sus balconadas de madera y sus enormes helechos colgantes. Nau se acerca a saludarnos antes de salir a trabajar.

Pasa entre las mesas llenas de gente con ese gesto tímido que lo caracteriza: la mano a la nuca. Me encanta lo transparente que es.

—¡Hola, chicas! —Me besa, saluda a Catha y se sienta a mi lado.

Le cojo la mano y le sonrío. Estoy feliz de tenerlo cerca.

—¿Quieres comer algo?

—Sí, voy a pedir un bocadillo, que voy un poco justo de tiempo.

—¿Dónde vas hoy?

—Tengo que entregar unos trabajos al Cabildo. Quiero cerrar todo lo que tengo a medio hacer para luego tener que dar la menor cantidad de viajes posibles desde la Península.

—¿Están nerviosos? —pregunta Catha.

—No.

—Sí —contesto a la vez que él y nos reímos—. Si todo continúa así, me incorporaré el dos de enero. Me da bastante vértigo —contesto.

Nau me pasa el brazo por encima y me abraza.

—Nada, Catha. Solo tenemos un poco de pánico escénico. Todo va a salir bien. Tú solo preocúpate de buscar billetes para el primer puente que puedas venir a vernos.

—¿Ya cerraron lo del piso?

—No. —Miro a Nau—. Igual deberíamos hacerlo, aunque nos arriesguemos a perder un mes de alquiler.

—Sí, justo eso pensé esta mañana. Solamente uno de los pisos que hemos visto sigue libre y, de los que podíamos pagar, era el que más nos gustaba. Si quieres, luego le escribo a la dueña y avanzamos con eso.

Lo miro a los ojos, nerviosa e ilusionada.

—Sí. ¡Ay, madre! ¡Que nos vamos a vivir a Barcelona! Por cierto, Catha, ¿has hablado con Yasmina?

—Sí, todo arreglado. Ella se encarga de poner el alquiler a su nombre y ya tiene varios compañeros que hacen la residencia en el hospital interesados en las habitaciones, así que, con un poco de suerte, ya no pagaremos más el alquiler de Tenerife.

—La idea era pagar un mes o dos más, hasta que encontrara reemplazo.

—Sí, sí, no te preocupes, se lo he dicho, aunque no cree que vaya a hacer falta. Da un poco de pena, ¿no? Ya nos hemos ido trayendo todo de allí. Cerramos una etapa, amiga.

Me levanto y me pongo de cuclillas junto a ella para abrazarla.

—La más importante de mi vida, Catha. Las cosas van a cambiar, pero tú siempre serás mi hermana elegida.

—Que no te oiga Daida, no le va a hacer ninguna gracia —suelta mientras se seca una lagrimita.

—Mira que eres boba.

La abrazo fuerte. Es mi pilar, mi café calentito, mi pluma de las cosquillas…

—Te quiero un montón, Catha.

—Yo a ti también.

Nau nos ha dejado a solas. Lo veo en la barra, mirando de reojo para ver si puede volver. Le hago señas con la cabeza; vuelve con tres bocadillos de queso ahumado y mermelada de pimientos, y el camarero tras él con tres Garas bien fresquitas.

—Y, para seguir con los temas complicados, ¿has hablado con tu madre?

—No —responde Nau, no sé si despistado o para sacarme del entuerto—. Donde está no tiene cobertura; le dejé recado en la central de la ONG al darme el alta, y ahí sí hablamos un rato. Ahora supongo que, hasta mi cumpleaños, que haremos otra vídeo, no sabré mucho más de ella.

—Me refería a Fa, pedazo de tonto.

—Vale, no coló. —Levanta las manos.

—No, no he hablado con ella. Lo voy postergando.

—A lo mejor se pone contenta, no sé, es Barcelona, una ciudad enorme y moderna.

—Sí, es posible. Puede que le busque alguna vuelta. No me apetece nada tener esa conversación, la verdad. Igual luego va como la seda. Había pensado aprovechar la llamada de Navidad para decírselo.

—Nunca entenderé a tu madre, de verdad.

—Bueno, esta situación la construimos las dos, no es ella.

—Ya, claro.

—Venga —interrumpe Nau—. Vamos a cambiar de conversación, que hoy lo tienen libre y deberían estar disfrutando las dos. ¿Qué tienen pensado para el resto del día?

—Yo quiero pasear descalza por la playa al terminar aquí.

—Y yo iré a buscar algo para tu cumpleaños, que no se me ocurre nada. —Me hago la boba.

—Ya te dije que no quiero nada; guarda el dinero, que nos hará falta en nuestra nueva casa. —Sonríe—. ¿No suena maravillosamente bien?

—Sí, precioso. No te compraré nada, entonces —le miento mientras lo beso—. Después no me vengas con responsos.