A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 24
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Capítulo 24

El Paso, isla de La Palma

Nauzet 📷

Pasamos buena parte de la noche pidiendo deseos a las estrellas como adolescentes, con la felicidad de quien no piensa en el mañana, salvo para imaginar posibilidades fabulosas.

Dormimos en la furgoneta, porque una lluvia de ceniza arrecia sobre nosotros. Parece un auténtico aguacero seco y, entre el vino y lo agotadísimos que estamos, nos dormimos abrazados enseguida.

Sobre las cinco abro los ojos. Es muy temprano, aunque es mi hora habitual para levantarme con calma, desayunar, dejar todo lo más recogido posible para descargar de labores a mi abuela y coger el coche para cruzar la cumbre e incorporarme a trabajar.

Soy de esos a los que les gusta despertarse con tiempo: hacer todo con calma y disfrutar de un café calentito mientras el resto de la casa aún descansa en brazos de Morfeo. En esos momentos hago mis mejores retoques a las fotografías.

Sin embargo, hoy abro los ojos y la niña más bonita del mundo está frente a mí. Y no es que me parezca guapísima, que me lo parece, es que ella es bonita; es su esencia.

Dentro del vehículo, la oscuridad es tremenda. La ceniza que cayó anoche no ha dejado un resquicio de los cristales sin cubrir. Enciendo una lamparita de acampada que hay en un lateral, que me regala una luz muy tenue.

Por unos minutos pienso en aquel niño rellenito y paliducho que era, y en lo mucho que se esforzaba para que no le dijeran guiri.

Para encajar. Si él supiera lo dura que va a ser la vida y, a la vez, lo bien que va a ir todo.

Ahora es Fa quien me dice guiri, y yo sonrío si lo hace, porque ella podría llamarme baifo, que a mí me parecería maravilloso.

Duerme plácidamente, y como si supiera que la observo, sonríe. Le acaricio el rostro con mucho cuidado. Mi índice pasea por su boca y mi cuerpo entra en combustión con rapidez.

Abre los ojos con lentitud y me muerde el dedo.

—Buenos días, mi guiri.

—Buenos días, mi niña. Aún puedes descansar un ratito más, es temprano.

La beso en los labios, tierno, y la traigo con el brazo hacia mí.

—Creo que ya no tengo sueño.

Se enreda con mi cuerpo, colocándose sobre mí, y la cortina de su pelo me acaricia el cuello. Se estira para quitarse el suéter y yo ya estoy a mil. Acaricio su espalda para retirar el sujetador y gozar de la vista espléndida que me regala.

Me arranca la camiseta con ansia y, al incorporarme yo también, nos besamos con desesperación. Su suave cuerpo contra el mío es una química perfecta, un calor sofocante. Nos arrancamos los pantalones y la ropa interior casi a patadas, deseando rozar nuestros cuerpos por completo.

Frotarnos es electrizante y desesperante al mismo tiempo, porque estoy loco por entrar en ella. Necesito frenar si quiero que todo sea especial. Ya habrá tiempo de empotrarnos contra la pared en el baño de un bar. Veremos si soy capaz de lograrlo.

Así que, pese a sus reticencias, curvo mi espalda y le lamo el pecho con desesperación; lo introduzco en mi boca, lo masajeo. Joder, me voy a correr como un condenado pibe.

Sacudo la cabeza para dejar de pensar en ello y nos giramos. Le separo las piernas mientras me acerco a besarle el sexo tibio. Apenas duro unos minutos porque Fa me pide que la penetre entre gemidos, y yo pierdo la poca voluntad que tengo.

Cojo como puedo un preservativo de los vaqueros y me lo pongo lo más rápido que sé, mientras ella se coloca de nuevo sobre mí. La miro profundamente a los ojos y me pierdo en su calor mientras me deslizo, muy poco a poco, dentro de ella.

No sé si es su respiración o la mía la que retumba en lo más profundo de mi ser, mientras me consume la certeza de que no querré estar en ningún lugar que no sea dentro de su cuerpo, amándola, mirándola a los ojos, mientras ambos perdemos el control y nos dejamos llevar por el orgasmo que nos arrasa.

—Así da gusto comenzar la mañana —me dice mientras se cobija a mi lado y descansa la cabeza en mi hombro.

Estamos sudados, las respiraciones pesadas, los cristales empañados; satisfechos.

—Para ti, puedo hacer servicio a domicilio —le digo mientras observo cómo entrelazamos las manos de forma automática.

—Mira que eres bobo.

—Supongo que es un poquito de pánico escénico.

—Pues, si es eso, podemos ensayar; hasta que se te quite.

La beso de nuevo y la abrazo con todo mi cuerpo, hundiendo mi nariz en su pelo húmedo.

—Soy el pibe más afortunado de Canarias. ¡Qué digo, eres mi novia, soy el pibe más afortunado del mundo entero!

—Ah, ¿somos novios? —se ríe.

—¿Demasiado compromiso para la señorita libertad?

—No, bueno. —Me pica el ojo—. Supongo que podemos serlo.

—No te enteras, mi niña. —Le recojo el pelo detrás de la oreja—. Tú y yo somos novios hace tiempo. A ti y a mí nos unió el volcán.

—Yo sí que soy la niña más afortunada del universo.

Me abraza con los ojos cuajados y yo deseo con todo mi ser que las Gemínidas me hayan escuchado alto y claro para que todo esto acabe pronto y poder irme a Barcelona con esta mujer, para que todos la vean brillar.

Recogemos y nos pertrechamos con mascarillas y gafas de seguridad para limpiar la ceniza de la furgoneta, con cuidado de no rayar los cristales ni la pintura.

El paisaje a nuestro alrededor es por completo diferente al que encontramos anoche: es negrura, una capa espesa que lo cubre todo.

En unas horas, varios centímetros de pesar han cubierto todo a nuestro alrededor.

Fa pone rumbo a Los Cancajos, donde, por lo visto, están sus amigos y el coche.

Las circunstancias nos obligan a hacer el recorrido por la carretera de la cumbre, en lugar de ir por la del Refugio del Pilar, que está cortada.

Varios tramos han sido cruzados por el magma.

Va a ser un reto importante restablecer las comunicaciones por carretera en la isla.

Hay quien dice que, por las condiciones de densidad de la lava del Cabeza de Vaca, uno de los nombres que le dan al cráter, podría mantenerse incandescente en su interior durante meses; puede que incluso un año.

—Pon algo de música.

—Sin mi caja de casetes me declaro perdido. ¿La radio?

—Venga.

En la radio suena Cold Heart , con ese ritmo tan marcado que hace que parezcamos uno de esos perritos de salpicadero que mueven la cabeza.

— « I’ll pick myself up off the floor and I’ll be home before you know. I’m standing at your door » .

Cantamos a coro riéndonos, y lo hacemos francamente mal, aunque estamos radiantes. No hay quien imite los tonos de Rocketman y Dua Lipa; ¡no es culpa nuestra!

—Recuérdame que, si nos vemos cortos de dinero en Barcelona, cantar en el metro no es una opción —me río.

—¡Tengo vértigo, Nau! ¡Puede que pronto nos vayamos a Barcelona! ¿Y si los decepciono?

—Tontos hay en todos sitios, pero no vas a decepcionar a nadie, Fa. Eres una grandísima profesional, lo has demostrado con creces todos estos meses. ¡Si tienes un Ondas!

—Bueno, yo no, la cadena.

—¿Y quién da vida al mejor programa de la cadena?

Todos ustedes, y tú eres parte del equipo.

Lo han hecho genial, de verdad. Puedo decirlo sin miedo a equivocarme, porque yo soy víctima y todos hemos apreciado el esfuerzo que han hecho por no hacernos daño con las informaciones y las imágenes.

Y lo han explicado todo de forma llana, han recopilado datos históricos…

Las circunstancias eran las peores y han conseguido un programa que ha ilusionado a muchos vecinos.

—Mira, ahí está mi coche —dice mientras activa el freno de mano—. Ten las llaves. Sácalo y yo aparco la furgoneta.

Sé que aprovecha para cambiar de tema y la dejo estar. Ya lo retomaré más adelante.

Vaciamos la furgoneta y metemos todo como podemos en su coche, para después dejar las llaves en la recepción del hotel.

Nos acercamos a casa para desayunar con mi abuela y Airam, que están en pleno debate cuando llegamos, con la radio, como siempre, como un comensal más.

—¿Ves, abuela? Todos están tensos menos tú.

—¿Y por qué iba yo a estar tensa, muchachito? ¿Se va a dormir antes el volcán porque yo me ponga hecha un manojo de nervios?

—No, abuela. Aunque algo de tensión tendrás, contra, la tenemos todos. ¿Se dormirá? Yo quiero saberlo.

—Pues claro que se dormirá, mijo. No puede durar toda la vida.

Damos los besos pertinentes, nos sentamos a la mesa y nos servimos el café.

—Supongo que Airam lo que quiere saber, abuela, es si va a acabar pronto.

—Eso es —confirma él.

—Pues habrá que esperar.

—Ya, abuela, que sí. Pero ¿tú no tienes como un runrún dentro? ¿Algo que te dice que ya se terminó? Ya sé que hasta Navidad no lo dan por extinguido, pero ¿de verdad no sientes nada? —insiste.

—¡Yo qu é voy a sentir, Airam! A mi edad, solamente valen los hechos. Cuando se muera, se murió. Y mientras tanto, nosotros estamos vivos.

—Y después, ¿qué pasará? —sigue Airam con su angustia—. ¿Cumplirán las promesas que nos han hecho?

Mi abuela le coge la mano a Fa y la mira muy seria.

—Tendrán que hacerlo, porque de lo contrario, esta muchacha que está aquí, estoy segura de que nos devolverá la voz a todos para que podamos denunciarlo.

—Bueno. Yo cambiaré de trabajo. Siempre haré lo que pueda, claro. Aunque no sé si me van a permitir tener esa voz.

—Sé que encontrarás la manera, mi niña. La nobleza nos habita, uno no se la puede sacudir.

—Ay, doña Remedios. Cuando dice esas cosas, ¡me recuerda tanto a mi abuela!

—Úrsula y yo, dos cañas nacidas del mismo ingenio, mi niña.

—Oye, Airam, ¿por qué has dicho «hasta Navidad » ? —pregunto.

—Lo acaban de decir en la radio: que si el día de tu cumpleaños no ha vuelto a resollar, declararán finalizada la erupción.

Fa me mira con esos ojitos luminosos que tiene.

—¿Te imaginas? ¡Menudo regalo de Navidad! Pero ¿cumples en Navidad? Eso no lo sabía yo. ¡No queda nada!

—Sí. Me temo que nunca tuve una fiesta de cumpleaños infantil muy multitudinaria.

—Si es que mi hermano hasta para nacer tiene que hacerse el especialito.

— Ñiñiñiñi.

—¡Niños!

—¿Niños? —contestamos los dos a coro.

—Me van a chiflar. —Se levanta, apoyada en su bastón, y nos besa—. Airam, venga. Termina ya, que quedé con las chicas para bordar.

—Las chicas, dice —comenta Airam por lo bajini—. ¡Ya quisiera alguna cumplir los ochenta!

—No seas ruin, hombre —le espeto—. ¿La acompañas o quieres que la acerquemos nosotros?

—No, qué va. Ya llego tarde a clase; me viene de camino. Desayunen tranquilos.

Le da un beso a Fa y desaparecen los dos.

—Qué serios nos hemos puesto. Mi hermano está nervioso. Con lo bien que arrancó la mañana.

Acerco su silla, le quito la tostada de la mano y la beso. Me apetece besarla a todas horas.

—Qué rico.

Se pone encarnada y se le encienden las pecas. Es tan preciosa. Vuelvo a besarla.

—No hagas caso a mi abuela. Te pone un peso en la mochila que no te corresponde.

—Bueno, es normal. De algún modo, nos hemos convertido en el canal de expresión de los vecinos.

—Ustedes no son el único canal, Fa. No cargues con esa responsabilidad.

—Es cierto que no somos los únicos. Aun así, no pienso salir de aquí a un trabajo que me ilusiona y olvidar todo lo que dejo atrás. Si me necesitan, haré lo posible para que tengan un canal en el que expresarse.

—Y por eso te adoro.