Capítulo 23
Los Llanos de Aridane, isla de La Palma
Famara 🎤
—Hoy nos encontramos en Los Llanos, con una noticia ilusionante que esperamos les haga tan felices como a nosotras.
¿Conocen esta imagen? —Espero unos segundos para que Catha amplíe el enfoque—.
Sí. No están ustedes confundidos. Han oído bien: me encuentro en Los Llanos y sí, esta es la venta de Todoque.
¿No es maravilloso? Buenas noches, Isora, ¡enhorabuena!
Nos damos un sentido abrazo.
—Hola, Famara, gracias. ¿Quién me iba a decir a mí que, casi tres meses después, volverías a entrevistarme y sería para contar un final feliz? Estoy muy emocionada. ¡Tengo tanta suerte!
—Bueno, suerte… Lo que tienes es muchísimo trabajo y dedicación a tus espaldas. Cuéntanos, porque, en esta sencilla puerta de garaje, has replicado la bonita fachada de tu tienda en Todoque.
—¿Te gusta? Me pareció que podía ser un bonito homenaje y, a la vez, un reclamo, porque ahora necesito que el negocio marche bien.
—Seguro que lo hará.
—Me encantaría mostrar los detalles que tenemos dentro para que todo el que se acerque a comprar sepa de dónde venimos.
Pasamos dentro para descubrir un comercio modesto y muy variado.
—Es impresionante lo que has conseguido transmitir en esta pequeña venta.
—Mira —me dice emocionada, hasta el punto de que le caen las lágrimas mientras describe—: aquí está el campanario de la iglesia, aquí el colegio, la tienda, su antigua dueña, que fue quien la trabajó tantísimos años…
¿Te gusta? Madre mía, ¡parece que no puedo salir en tu programa sin romper a llorar!
Le aprieto la mano para intentar transmitirle mi fuerza.
—¡Me encanta! Estoy impresionada y mira, Isora, que con todo esto me llaman la atención ya pocas cosas, pero ¡es tan emocional! Ojalá nuestros telespectadores lo vivan de forma tan intensa como yo lo hago y se acerquen a leer esta pared. Cuéntanos, ¿qué es lo que vemos?
—Son antiguos poemas a volcanes palmeros o escritos por poetas de la isla: El volcán de mi alma , de Félix Francisco Casanova; La erupción del Teneguía , de Pedro Lezcano; Isla de lava , de Elsa López; y El volcán dormido , de Antonio Arroyo.
Son versos que han cobrado un significado muy especial para mí.
—Lo entiendo. Ya saben, no pierdan la oportunidad de parar en «La venta de Todoque» al pasar por Los Llanos y déjense deslumbrar por estos versos.
Pasamos la conexión a mi compañera Hara, que nos pondrá al día con los últimos datos sobre esta triste erupción.
Hoy, entre versos y antiguas fotografías, no olvidamos que «Todos somos La Palma».
Espero a que el piloto pase a rojo y me desmicrofono. Abrazo a Isora, es impresionante cómo ha sacado fuerzas de donde no había nada para volver a construir su negocio con lo poco que pudo rescatar.
Nos acercamos a la pantalla del portátil en la que seguimos la retransmisión en directo. Estamos todos expectantes, pues el bicho hoy ha tenido un comportamiento extraño por completo.
A las seis de la mañana nos sacó a todos de la cama un rugido, no habíamos escuchado nada igual durante todo el proceso.
No lo admitiré en público, aunque no miento si digo que Catha y yo nos abrazamos llorando como dos chinijas desaladas de miedo.
El resto del día estuvo calmado como un bebé satisfecho; sin embargo, por la tarde, de nuevo rugió y emitió rayos y ceniza y explosionó como si se fuera a acabar el mundo. Y ahora está en silencio otra vez.
La imagen en pantalla es llamativa incluso para nosotras, que lo miramos a los ojos a diario, porque, aunque no lo crean, casi ni se ve. Está como parado; apenas hay emisión de lava y, sin su incandescencia, de noche, el volcán parece no ser nada.
Explica el vulcanólogo en pantalla que hoy ha tenido incluso momentos de tremor en línea base.
¡Podríamos decir, aunque no sea correcto, cero!
¿Querrá decir eso que, efectivamente, se acerca el final?
Pronto nos saca de nuestro sueño la realidad científica: aunque la sismicidad ha bajado y la deformación es estable, aún es demasiado pronto para establecer si se trata de un nuevo pulso o son los últimos coletazos de Irveñe intentando manifestarse.
Después de recoger, nos dirigimos de nuevo a la iglesia de Tajuya, porque allí he quedado con Nau que, tras recibir la ansiada alta médica, se ha reincorporado a su trabajo. Y aunque él termina bastante más temprano, se queda por allí cada día, remolón, y echa una mano hasta que yo termino.
Tras comprobar que la furgoneta que he pedido para hoy está donde la dejé, me despido de Catha y le entrego las llaves de mi coche para que luego se lo lleve.
Ella va a dar con Arure, que se está ocupando aún del final del programa, y yo entro en la iglesia y me siento en el último banco que, tras tantos meses, es lo más parecido para mí a tener una silla en una oficina.
Miro a la Sagrada Familia, con ese Jesús niño que me sonríe cada noche, como si supiera algo más importante y mejor que nosotros desconocemos. Me río bajito y, en mi cabeza, hablo con él.
«Pues aquí estoy de nuevo. Sigo pensando que parece que tú sí conoces la fecha de caducidad de toda esta desgracia y, sin embargo, mantienes el mismo gesto desde el primer día, ¿eh?
¡No me das ni una pista! Tú ya sabes que yo no creo en ti, ni en tu padre, ni en la paloma, pero , si hay algo de verdad en todo eso que veneran tantas personas, te lo ruego: no tengas en cuenta mis creencias y haz lo posible para que toda esta desgracia pase.
No por mí, por todos ellos que desde aquí te rezan con fe. No los dejes solos.
Sí, ya sé que es ridículo. No sé dónde quedó mi discurso pragmático, y en realidad me da igual. Si no estás, a nadie le hace daño este pensamiento y, si estás, por favor, escúchame».
—¡Hola, mi niña! —Nau se sienta a mi lado y me da un beso suave en los labios.
—¡Hola! —Le sonrío.
—¿Llevas mucho?
—Nada, un par de minutos. Te esperaba para el chocolatito.
—Voy a servirlos.
—Voy contigo. —Me levanto para acompañarlo—. ¿Te parece si nos los tomamos fuera? Me apetece disfrutar del silencio.
—¡Claro! Fuera ya no queda nadie en directo; están terminando de recoger. Nos podemos poner en el lateral, hoy casi no hay turistas.
Nos servimos unos chocolates de los termos que dejan para los visitantes y cogemos dos rosquetes de yema, de los que damos cuenta sobre la marcha. Dejamos un billetito en la alcancía para colaborar en mantener estos detalles y la labor encomiable que hacen cada día los miembros de la parroquia.
Fuera es todo muy distinto a cómo era hace apenas unas semanas.
La mayoría de las televisiones ya no emiten programas continuos, salvo nosotros.
A nivel nacional, se hace conexión con los informativos, aunque ya no hay grandes presentadores desplazados y las televisiones extranjeras permanentes han desaparecido.
A veces aparecen de improviso y, otras, compañeros locales les hacen la conexión.
Nos sentamos, como tantas noches, apoyados en la pared de la parroquia, los pies sobre la barandilla. Bien pegados y con las chaquetas abrochadas hasta arriba para esquivar el pelete. El volcán, camuflado en la oscuridad, toma aire frente a nosotros.
—No me gusta verbalizarlo, Nau. —Entrelazo los dedos con los suyos—. Pero ojalá sea ya el final, porque nos empiezan a olvidar. Pronto pasará algo importante en cualquier lugar y ya no seremos noticia. Todos se han acostumbrado a la erupción. Nosotros a convivir con él y ellos a que lo hagamos.
—Vaya, pensé que a lo mejor eran impresiones mías. —Le da un buchito al chocolate, que está hirviendo.
—No, mira. Ya en pocos lugares les interesa el directo más que en las islas. Se arrasan las casas, como ha sucedido hoy, y ya no sale en los titulares.
—Supongo que es inevitable. Bueno, tú conoces la profesión mucho mejor que yo.
Bebo yo también, despacio, y me quedo pensativa.
—Sí, lo es. En el momento en el que por fin confirmen que ha parado, volveremos a las portadas y después, se acabó. Alguna noticia suelta de relleno en la prensa local y las revistas de fin de semana.
—Espero que, si faltan ayudas, sí nos den alguna visibilidad.
Apuramos los chocolates para poder ponernos los guantes, porque la humedad, aquí quietos pegados a la pared, nos perfora los huesos.
—Sí, aunque será puntual y si interesa. Al menos, a nivel general. Los medios nuestros entiendo que sí harán algún tipo de seguimiento. Sobre todo, para eso: grupos de vecinos que reivindiquen alguna ayuda y cosas así.
—Yo me imagino que, aunque sea, en los aniversarios. Pero de esta tendremos que salir arrimando el hombro entre nosotros. Vámonos al coche, anda, que te me vas a poner malita con este viruje.
Dejamos los vasos en la papelera y ponemos rumbo a la carretera. Voy colgada de su brazo y con una sonrisa en la cara.
—¿Y esto? ¿Qué has hecho con tu Montero? —suelta al comprobar que, donde debería estar mi coche, hay una furgoneta camperizada.
—¡Nos vamos de paseo!
—¿Estás chiflada? Si es tardísimo.
—No iremos muy lejos. Súbete.
Nos montamos y sonrío al ver la cara de emoción de Nau, que no da crédito. No siempre va a ser él el de las sorpresas. Ojalá le guste lo que he pensado para esta noche.
—¿De dónde has sacado esta joya?
—Me la han prestado unos amigos que vinieron a pasar unos días y que hoy descansan cómodamente en una cama de hotel. Un trueque, vamos.
—Eres increíble —me dice mientras aparta mi mano del botón de arranque y se acomoda para poder besarme mejor.
A veces parece que nuestros besos duran horas. Son puro placer suave, dulce, lento. Nau es un hombre sin prisas, que hace todo paso a paso, disfrutando. Y yo adoro disfrutar con él.
—Vamos —me anima al separarse.
Le doy un pico rápido.
—Sí, vamos.
Enlaza sus dedos con los míos en la palanca de cambios y yo pongo rumbo al mirador del Llano del Jable. Al llegar, no encontramos a nadie. Pese a que desde aquí hay unas vistas privilegiadas del volcán, hoy cuesta distinguirlo entre la oscuridad.
Es un paisaje maravilloso; de noche parece que nos hemos transportado a las páginas de un mundo celestial de fantasía.
Le doy una manta a Nau, yo cojo otra y andamos sobre el picón hasta la zona donde están los carteles que explican las constelaciones que pueden divisarse desde aquí en las distintas épocas del año.
—Me recuerda a los que estaban en la playa de Los Guirres. Les daba una murga tremenda a los chicos con las constelaciones si se nos hacía de noche en la playa.
Me abraza por detrás y nos cubre con su manta.
—Sí, me lo contó Tana la última vez que lo vi en Tenerife.
—¿Cuando el vídeo de la playa?
—Exacto.
—Menudo detallazo se marcaron con eso.
Me giro y lo beso. Sujeto su pelo entre mis dedos y él me aproxima apretándome las nalgas. Las mantas se nos caen. No tiene importancia, porque nosotros emitimos todo el calor que necesitamos, o eso nos parece. Me separo.
—Pero no hemos venido por eso, hemos venido a ver la lluvia de las Gemínidas.
—¿Vamos a pedir deseos?
—Vamos a pedir un montón de deseos. Ven.
Tiro de su mano y volvemos a la furgoneta.
Descargamos todo lo que he preparado: estiramos un aislante en el suelo y colocamos sobre él las mantas y un montón de cojines.
A continuación, una especie de saco de dormir de matrimonio que recuperé en casa de Tana.
A los lados dejo dos termos de gløgg , un vino caliente especiado típico noruego.
Lo he hecho yo misma, con las indicaciones de una receta de internet, y espero que dé el pego.
También he traído salchichas y pan de centeno.
—Son de cochino. Me ha dicho el carnicero que están riquísimas. Es que, de reno y alce por aquí, como supondrás, me fue imposible conseguirlas.
—Estás como una cabra. ¿En qué momento has preparado todo esto?
—Una, que tiene sus contactos. Pero el gløgg , que conste que lo he hecho yo con estas manitas. —Sonrío mientras revoloteo con mis manos frente a él—. En la cajita te he puesto un puñadito de almendras y pasas para que se las puedas poner dentro, que me han dicho que en Noruega se bebe así.
Le da un buche y cierra los ojos recreándose. Cruzo los dedos.
—Está buenísimo, Fa. ¡En serio! Si mi padre lo probara, te daría el visto bueno. Y mira que los productos noruegos, en casa, únicamente los cocina él.
Nos arrebujamos dentro del saco de dormir, con solo el cosmos frente a nosotros mientras degustamos las deliciosas salchichas con pan.
—¿Has probado alguna vez carne de reno, alce o ballena?
Me atraganto.
—¿Has dicho ballena?
—Sí. Eso he dicho —se ríe—. Ya veo que no.
—Me muero antes de probar eso.
—Qué va, ya verás; es muy rica. Sabe como a bistec, solo que la textura es algo más correosa, aunque con mucho más sabor.
Seguro que mi padre traerá cuando venga para Navidad.
Le encanta cocinar. Hace una fiskesuppe que te chupas los dedos.
Es una sopa con nata, verduras y pescado.
Cocinada con salmón fresco, pescado por él, está de morirse.
—Supongo que tendré que probar todo para caerle bien a mi suegro, ¿no?
—Le vas a gustar muchísimo; ya verás.
Nos besamos bajo las estrellas, con los labios llenos de aceite y el sabor de las especias y el vino en el paladar. No nos importa, porque necesitamos sentirnos como respirar. Nos recostamos en los cojines y disfrutamos de la lluvia de estrellas más bonita que he visto jamás.
Si lo importante son los deseos, yo no me corto en imaginar: el volcán seguirá dormido y ningún príncipe acudirá a besarlo para que despierte.
La Palma volverá a ser la que era; mejor aún.
Nau se quedará a mi lado para siempre. Él será un fotógrafo famoso y yo no decepcionaré a nadie en mi próximo trabajo.
Catha será feliz con Arure. La casa de sus padres será preciosa.
Tana terminará esa carrera sin acabar con su felicidad.
Y la llamada a mi madre, cuando todo termine, para decirle que me voy a Barcelona, irá como la seda.
Contamos más de cien estrellas, en realidad no he pedido tanto.