Capítulo 22
El Paso, isla de La Palma
Famara 🎤
¿Será normal sentirse plena mientras el mundo a tu alrededor se derrumba?
¿Que el darte cuenta de lo mal que estabas haciendo las cosas te haga, contradictoriamente, feliz?
¿Se puede ser dichosa mientras la pena y el dolor te corroen por dentro?
Mi respuesta a todas estas preguntas es un sí rotundo.
Llevo tantos años aferrada a mi armadura de mujer independiente que desvestirme ha sido una liberación. Ese hierro fue mis alas durante muchos años; sin embargo, ahora era plomo en mi pecho.
Admitir mis bonitas emociones hacia Nau, tomar el riesgo de disfrutar el sentimiento que ahora nos abraza, es un privilegio.
He elegido dejar que la vida fluya y que el mañana diga lo que tenga que decir, eso me ha dado esperanza.
Parece que puedo hasta confiar en que el pueblo valiente que tengo a mis espaldas va a levantarse, se sacudirá la ceniza y saldrá vibrante de tanta destrucción.
—Eh, Fa, vuelve. —Oigo a Catha, que me saca de mi ensimismamiento—. Conectamos en ocho minutos.
—Perfecto.
Hago señas a Guadalupe y su familia, que esperan resguardados en la iglesia, para que se acerquen. Enseguida estamos todos bajo enormes paraguas para protegernos de la gran cantidad de ceniza que cae. Miramos a cámara y aguardamos a que el piloto cambie a verde.
—Feliz D ía de La Concepción a todos los que nos ven.
Cómo no, el Tajogaite, Cumbre Vieja o Cabeza de Vaca, el cono que está a mis espaldas, ha batido estos días una nueva marca.
Ha pasado por alto la duración de la erupción del Tigalate, en 1646.
Ojalá pronto deje de cumplir hitos. Parece que hay un hilo de esperanza de que, con el 2021, termine también la erupción.
»Un puente que solemos aprovechar para comenzar las compras propias de estas fechas, disfrutar de las luces o hacer alguna escapada rápida a algún bonito mercado navideño, este año ha hecho que los isleños diseñen nuevos planes para estar unidos.
Hoy me acompaña la familia Curbelo Peraza, recién llegados de la Isla Colombina: Guadalupe, José y sus hijos, Ayatima y Badayco.
Buenas noches, Guadalupe. En primer lugar, gracias infinitas por invertir su tiempo de ocio en acercarse a ayudar a La Isla Bonita. Se les ve agotados.
—Lo estamos: agotados y felices. Está siendo una experiencia que nunca podremos olvidar; nos está uniendo mucho.
Se le escapan unas lágrimas, y Guadalupe se echa la mano a la boca a la vez que niega con la cabeza; no puede hablar de la emoción, y Badayco le da el relevo.
—La verdad es que cuando mi madre se empeñó en venir, a mí me costó.
Para este puente tenía una quedada con mis amigos en Discord.
Queríamos pasar el nuevo nivel del Rolling Sky , que es una auténtica pasada, pero me obligó a venir y, no sé, creo que me he hecho mayor de repente.
Ver a los pibes que lo han perdido todo y se inventan juegos con lo que tienen, comen lo que hay y visten con lo que les ceden…
—¿Cuántos años tienes, Badayco?
—Tengo trece, aunque voy a salir de aquí como si fuera un viejo de treinta —se ríe—. Ya hemos acordado con papá que mañana, antes de volver a La Gomera, vamos a dejar todo aquí, hasta las Jordan que me costó tanto que me compraran; solo nos llevaremos la muda puesta.
—Luego dirán que la juventud está perdida; sin embargo, yo tengo aquí a dos chicos maravillosos. —Ayatima, aunque es la mayor, abre los ojos muy grandes y me hace señas para que no se me ocurra preguntarle nada. Le sonrío con la intención de que esté tranquila—. José, deben sentirse muy orgullosos.
—¿Cómo no estarlo, mi niña? —se envalentona—.
Vinimos con la furgoneta cargada de cosas; todos los vecinos se volcaron.
Ahora, dejaríamos el corazón aquí si pudiéramos.
Hemos estado limpiando ceniza y no creas que es tarea fácil.
Termina uno agotado. No quiero imaginar lo que será tener que hacerlo todos los días.
Aunque para nosotros ha sido uno de esos trabajos que después te dejan muy satisfecho.
Estamos honrados de colaborar; ojalá pudiéramos quedarnos más tiempo, pero los trabajos y los colegios mandan.
—¿Y qué tal los han tratado? ¿Se han sentido bien recibidos?
—Más que bien. Los canarios somos acogedores por naturaleza, aunque lo de los palmeros, ¡esto es especial!
Esta gente no tiene dónde dormir y se quitan lo poco que tienen para dártelo.
Bueno, es que, como voluntarios, incluso si queríamos, nos daban las comidas.
A nosotros, imagínate, ¡que lo tenemos todo!
Muy agradecidos de que nos hayan tenido en cuenta, aunque hemos preferido comer en los bares de la zona y comprar en las ventas.
Como dices siempre en tu programa, Famara, hay que ayudar a la economía.
Así que, a quienes nos ven ahora mismo: anímense con un vinito de la tierra, un buen queso, una manilla de plátanos…
—Gracias, familia, son un orgullo. De verdad, muchísimas gracias.
Siempre he tenido un sentimiento de pertenencia muy fuerte con las islas, y todo esto me hace sentir orgullosísima de cómo somos.
—Miro de frente a la cámara—. Cuando vienes de visita con respeto, cuando compras productos palmeros, cuando nos nombras en tu día a día para que no nos olviden, tú también estás aquí colaborando, y a ti también te damos las gracias.
Gracias infinitas por recordar que «Todos somos La Palma».
Terminamos la conexión las primeras y no esperamos a la finalización del programa para comenzar a recoger. Es tarde, y quiero ver a Nau antes de que caiga dormido y no molestar demasiado a su abuela. Aún me quedan cuarenta y cinco minutos de ida y otros tantos de vuelta, aunque vale la pena.
Desde que le dieron el alta, nos organizamos así.
Debe hacer vida tranquila, sin esfuerzos.
Así que vivimos de los paseítos, los mensajes de audio que parecen programas de radio y las visitas rápidas.
Es tan poco y, sin embargo, es maravilloso.
De pensar que lo perdía a pasear de su mano.
Iba a decir « me siento » , pero corrijo: soy muy afortunada.
Catha se ofrece a terminar de enjaretar todo para que pueda irme antes, así que enfilo la cumbre con las ventanas bajadas, un refresco Clipper de fresa bien frío y Tú me dejaste de querer a todo volumen en la radio. ¿Qué tiene su estilo que se me mete en las venas y me emociona el alma?
Voy cantando, feliz, llevo el ritmo con la cabeza y echo de menos los coros de Catha. Hacía mucho que no me sentía plena. ¿Feliz? Creo que sí, que esto debe ser sentirse feliz.
Llego al edificio silenciosa; es muy tarde. Aunque doña Remedios me ha dado llaves, solo las uso para el portal y toco con la mano en la puerta: un toc, toc, suave, en contraste con el bum, bum, bum, escandaloso de mi corazón.
El niño más bonito del universo me abre la puerta y me sonríe despelujado. Lleva un pantalón de pijama de rayas y una camiseta desvarada del Club Deportivo Mensajero, que hace mucho que vivió sus mejores años.
Le sonrío mientras lo beso en los labios.
—Ya te vale. Ni te has arreglado un poquito para mí.
—Ven aquí. —Tira de mí hacia dentro y me coge por la cintura para besarme mejor—. Da gracias a que no me he quedado tieso, estaba a punto de dejarme dormir.
Pasamos en silencio a su habitación, cogidos de la mano, y cerramos la puerta. Airam y doña Remedios seguramente ya duermen.
—Ven, que te enseño lo que he estado mirando.
—Vale. Pero ¿qué te ha dicho el médico?
—Todo en orden. El electro y la espirometría están bien; los resultados de la analítica me los darán el próximo lunes. Reposo relativo y bla, bla, bla…
—Después del susto que nos diste, te lo podías tomar más en serio —lo reprendo mientras dejo mi chaqueta en la silla del escritorio.
—Eh, me lo tomo muy en serio, créeme. Me estoy portando más que bien, ¿no? Es solo que no quiero que se preocupen más; ya lo han tenido que hacer bastante. Si el lunes todo está bien, me dejan incorporarme a trabajar.
Se sienta en la cama, con el portátil en los muslos, y da unas palmaditas en el colchón a su lado, por lo que yo me arrebujo allí, dichosa.
—A ver qué te parecen estos pisos.
—¿Qué pisos? ¿Tienen que dejar este?
—No, mujer. Este piso es de mi tío; con eso no hay ningún problema. He mirado en Barcelona: un pisito para los dos y que tenga sillón cama por si tenemos visita. Pequeñito, porque, mi niña, ¡están carísimos!
Y así de rápido me entra de nuevo el pánico; sin yo llamarlo.
—Nau, no tienes que verte obligado a venir conmigo, podemos buscar una manera.
—¡Eh! —me susurra mientras me levanta la barbilla para asegurarse de que no retiro la mirada—.
Te lo dije en los premios: cuentas conmigo, no estás sola.
Puedes viajar tú o puedes viajar conmigo, es algo que vas a elegir.
Yo puedo trabajar a distancia sin ningún problema y ahora tengo un buen colchón por si vienen curvas.
Solo tú decides si quieres vivir esta aventura conmigo allí o no.
A mí me hace ilusión. También puedo ir y venir si lo prefieres.
—Es que yo no quiero que te sientas obligado a nada, Nau. Yo, claro que quiero tenerte a mi lado, pero no sé… ¿y tu abuela?
—Mi abuela nos crio para que voláramos sin remordimientos. Yo sé que este es mi nido, Fa. Puedo… podemos volver aquí siempre que queramos y volar lejos si el cuerpo nos lo pide.
—Sería un sacrificio enorme, Nau. No puedo pedirte algo así.
—Para que una relación funcione hay que ceder, y yo estoy dispuesto. Lo haré encantado. Hoy me arrastras tú a esta aventura y mañana yo te arrastraré a otra; para mí, lo importante, mi niña, es que lo hagamos juntos.
Lo miro, ¡tan enamorada que da vértigo!
—Gracias, guiri. —Lo beso—. Venga, enséñame esos pisos. Aunque un poco precipitado, ¿no?
—Quizá. Ojalá no. Me han dicho los compañeros que hay posibilidades de que el bicho se duerma antes de entrar en el 22. ¿Te imaginas? Me parece un sueño.
—Sí, eso hemos transmitido hoy en el programa, aunque con pies de plomo, que ya sabes cómo es este cabrito, y lo mismo resurge con más fuerza.
Apoyo de nuevo la cabeza en su hombro, y él me muestra las fotos de la pantalla.
—Mira, son todos muy discretos, pero, para empezar, para ti y para mí, yo creo que están bien.
—Uy, este es muy hortera, Nau.
—Bueno, pues ese descartado entonces.
—Nau.
—Dime.
—No te imaginas lo mucho que me gusta que esto te haga ilusión. Todo lo demás no es sino el vértigo del momento, ¿vale? Tú no te asustes de mis espantadas ni eches a correr. Es solo que tengo miedo.
Pone el portátil a un lado, me hace caer sobre la espalda y se recuesta sobre mí, besándome en la nariz.
—Ya te voy conociendo, mi niña. Los miedos tuyos los vamos a despachar juntos. Y los míos también, que seguro que vendrán en algún momento. —Me besa en la boca, despacio—. Pero vamos a contarnos siempre las cosas, ¿vale?
Poco a poco, baja la mano por la espalda hasta agarrarme el trasero.
—Necesitamos un hotel.
Apoya su frente, frustrado, sobre la mía, y luego me mira con picardía.
—O ser silenciosos.
—Ah, ah, de eso nada, Nauzet Heraldsen. Me muero si tu abuela o tu hermano entran por esa puerta.
Me muerde el labio y se reincorpora. Respira profundo.
—Pues a ver pisos que, desde que ese mierda-volcán expire, tú y yo echamos a volar.
—Me gusta ese. —Le señalo uno que se ve muy luminoso—. Pero no podemos reservar.
—No, aunque lo podemos guardar en esta carpeta por si nos cuadra. De momento, nos dedicamos solamente a soñar ¿vale? ¿Te quedas a dormir?
—¡Estás bonito! A ver si al final sí que tienes afectación cerebral.
—Venga, a mi abuela le da igual. Ella está de vuelta y nosotros, granditos para tonterías. Vale, te prometo portarme bien; duerme conmigo.
Lo miro a los ojos y sonrío.
—¿Prometido? —Lo beso y lo acaricio sobre el ligero pantalón, que evidencia las ganas que él también me tiene.
—Prometido. —Me sujeta la mano—. Pero no me lo pongas más difícil de lo necesario.
Me río y lo abrazo.
—No puedo creerme que de verdad nos vayamos a ir a Barcelona.
—A donde haga falta. Ese no es uno de mis miedos.
—¿Y cuáles son tus miedos?
—Que te des cuenta de que soy un chico bastante normal. Hago buenas fotos, sí. En todo lo demás, una persona corriente con una suerte infinita.
—Ahora entiendo cuando Catha se desespera porque dice que hay cosas evidentes para ella que yo no veo de mí misma. Nau, eres extraordinario.
—Qué sabrás tú aún.
—Créeme, he conocido a muchos más tíos de los que pueda recordar. Y tú, mi Nau, no eres de este mundo. Por eso te quiero solo para mí.
Nos besamos de nuevo. Retiro el portátil de entre nosotros y me levanto.
Cojo una camiseta de la gaveta y, sin apartar mi mirada de la suya, me deshago de la blusa, los vaqueros y el sujetador.
Ambos estamos sonrosados y con la respiración intensa.
Me río con coquetería, me pongo la camiseta y retiro un poco el edredón.
—Anda, vámonos a dormir, que te estás cayendo.
—No te lo voy a negar.
Nos acomodamos bajo la manta, cara a cara; nos acariciamos los dedos, los cachetes, el pecho. Nos besamos muy suavito. Excitados. Conformes y satisfechos con las circunstancias.
—Gracias.
—Como dice mi abuela: «Gracias las que te adornan».
Sonrío, estoy segura de que estoy encarnada, y nos dejamos dormir mirándonos, difuminados entre las pestañas que se unen minuto a minuto. No hay manera más bonita de entrar en el mundo de los sueños.