Capítulo 21 #2
No puedo contestar, y esta vez no es porque me duela. Es la vergüenza, que me corroe. ¿He puesto mi vida en peligro? Estaba convencido de que había habido algún accidente que no podía recordar. ¿Y resulta que estoy aquí porque no he utilizado la protección adecuada?
—Añadiré que todos agradecemos a las personas que, como tú, están volcadas para cuidar a los afectados por la erupción. No seas demasiado duro contigo, Nauzet.
—Gracias. ¿Cómo volcán?
—Pues el día que te trajeron se batieron todas las marcas en número de terremotos.
La gente se asustó bastante, ahora parece que vuelve a calmarse.
No perdemos la esperanza de que acabe pronto.
Bueno, te dejo descansar. Voy a avisar al personal para que te trasladen a planta; estarás más cómodo que aquí y podrás estar acompañado.
Los medios insisten en entrevistarte, aunque no lo hemos autorizado.
Recuerda: habla poco a poco, sin forzar.
—¿Me… puedo levantar?
—Mañana habrá tiempo para eso. Necesitas recuperarte, descansa. Tus pulmones y tu corazón están respondiendo bien; sin embargo, han sufrido mucho. Si es una necesidad imperiosa, puedes dar un paseo, siempre acompañado.
—Puedo esperar.
La mañana se hace larga, estoy en eso que llaman estado de duermevela. Al llegar la hora del almuerzo, la bandeja con tortilla francesa y compota de manzana y canela viene acompañada del ansiado traslado; parece que eso me recarga la energía.
Mientras colocan mi cama correctamente en la nueva habitación, oigo el inconfundible golpeteo del bastón de mi abuela avanzar por el pasillo. Siento que las voces se acercan poco a poco y observo con ansiedad el dintel.
Entra acompañada de Famara, que me sonríe. Acceden despacito; qué caritas de cansadas tienen ellas también. No puedo perdonarme el disgusto que les he dado.
Fa la ayuda a sentarse en el sillón verde plastificado que hay junto a mi cama y la acerca a mí. Rompió la conexión visual nada más entrar y la incertidumbre me tiene temeroso.
—Lo… siento mu… chísimo, abuela. Me e… quivoqué.
—Ay, mi chico. Ya nos lo advirtió el médico. Nada de «lo siento» . Guarda toda esa energía para recuperarte y salir pronto de aquí. ¡Ni que lo hubieras hecho adrede!
Le sonrío y le aprieto la mano, que sigue encadenada a su rosario.
Famara se acerca por el otro lado de la cama.
—¿Puedo?
Me señala con la cabeza un huequito a mi vera en la cama y soy el hombre más aliviado del mundo al afirmar y ver que se sienta junto a mí, sonriente, y me acaricia el brazo.
—Me… nuda he liado.
—No sabía yo que eras uno de esos chicos a los que les gustan las llamaditas de atención —se ríe.
—No, no, no. Mi niño es muy responsable. Nada de meterse con él, que bastante tiene con estar aquí. Mira esa bandeja, Famara. ¡Me lo van a matar de hambre! Acércame mi bolso, por favor.
Famara se levanta en un intento de disimular la risa y le acerca un bolso que no le he visto antes, bastante más grande de lo que en ella es habitual, y ¡saca una fiambrera!
—Doña Remedios, esto no se lo podemos dar.
—¿Cómo que no? ¿Quién lo dice? Yo soy su abuela y sé muy bien lo que le conviene a mi niño, que para eso lo he criado desde chinijo.
¡A ver si ya no me vas a caer tan bien, Famarita!
¿Qué mal puede hacerle una carne fiesta con sus papitas?
—Me mira y me pica el ojo—. Bien churruscaditas, mijo, como a ti te gustan.
—Ahora, lleno…
Le señalo la mesita de noche para que la deje allí como si pensara comerla más tarde. Estoy seguro de que las enfermeras, en cuanto la huelan, se la rifan. No hay nada como la comida de mi abuela. Bueno, la de Airam, pero están ahí, ahí.
Mis ojos se van constantemente a Famara, que está tan bonita... Parece aliviada y no para de sonreírme.
—A ver, parejita. Voy a salir un poquito, que aquí sentada me entumezco y ustedes querrán hacerse sus arrumacos.
Famara abre los ojos de par en par de la sorpresa y se levanta para ayudarla a ponerse de pie.
—No hace falta que salga, doña Remedios.
—Yo también fui joven, ¿sabes? No creerás que siempre he estado tan retorcida. Y no imaginas lo que teníamos que hacer mi Manolo y yo para apenas rozarnos a escondidas, así que no voy a ser yo quien se lo ponga a ustedes difícil.
Creo que Famara no puede estar más encarnada; parece un tomate maduro. La abuela sale despacito y ella vuelve a mi lado. Se sienta y pasa con suavidad sus dedos por mis labios, erizando toda mi piel.
—Solo para cumplir los deseos de tu abuela —me susurra.
Posa sus labios sobre los míos, resecos, y los cubre de pequeños besos. Una y otra vez. Debo de tener el ánimo bastante blandito porque siento cómo me caen las lágrimas. Se separa y me las seca con el pulgar mientras sonríe.
—¿Has visto? Nos ha llamado parejita.
—Qué más qui… siera yo… —le digo cabizbajo y algo avergonzado—. Habla… ré con ella.
—Creo que te he hecho sufrir con eso, ¿no? Tengo tanta necesidad de demostrarme que puedo hacer todo por mí misma, que creo que se me ha ido de las manos. Me asusté tanto al pensar que te perdía…
La miro esperanzado.
—Yo no qui… ero obligar… te a nada… Lo que quieras… estará bien.
—Lo sé, Nau. —Me acaricia el brazo sin soltarme la mano, sin dejar de mirarme a los ojos—. A veces creo que somos como unos novios que no se acuestan —se ríe.
—Porque tú… no quieres.
Vuelve a darme un beso ligero y no deja de mirarme, como si buscara mi alma. Respiro con profundidad y trago saliva para intentar hablar del tirón. Me envalentono.
—Me enamoré de ti por cómo eres… Me gustas independiente y fuerte… Yo te quiero, Fa… No me importa que no quieras ponerle nombre a esto. Sé lo que sentimos.
Ahora ella también llora. Me abraza con cierta desesperación; ha debido pasar mucho miedo y lamento con todo mi corazón ser el causante de ese daño.
Y aunque todo se ha precipitado por mi irresponsabilidad, cuando me besa le respondo con pasión desbordada, porque ya no quiero seguir escondiendo que Fa es lo más bonito que se me ha cruzado en la vida.
Se recuesta sobre mí y posa la cabeza en mi hombro para levantarla enseguida y, con una sonrisa entre lágrimas, me hace feliz por completo.
—Yo también te quiero, Nauzet Heraldsen.
Le haría el amor allí mismo, pero apenas me llegan las fuerzas para levantar un brazo y acariciar su precioso mar de pecas.