Capítulo 21
Breña Alta, isla de La Palma
Nauzet 📷
Alguien me zarandea un poco.
—¡Eh, guanajo! No te hagas el dormido ahora, que ya nos ha dicho la enfermera que estás despierto.
—¡Airam, por favor! Que a lo mejor el niño está durmiendo.
—Solo bromeo, abuela, tranquila. Mira, ¿ves? ¡Si está despierto!
Abro los ojos con mucho esfuerzo; me siento agotado, como si viniera de correr una maratón. Mi abuela me mira expectante y le sonrío en un intento de expresar todo mi cariño; no quiero verla preocupada. Está toda forradita de blanco, entre la mascarilla, los guantes, el mono…
—Recuerden que no debe hablar. —Oigo una voz lejana—. Así que solo pueden contarle cosas bonitas mientras dure despierto, que no será mucho rato.
—¿Y cuándo podrá hablarnos, mi niña? ¿Cuándo será él otra vez?
—Abuela, por favor, ni que fuera otro pibe.
—¿Me quieres dejar, Airam? Anda, dime, mi niña.
—Si esta noche todo va bien, quizá mañana el doctor autorice pasarlo a planta; es lo que tengo entendido.
Si eso ocurre, es porque todo responde como se espera, y ya verá usted que en un par de días su nieto está como una rosa.
Pero cada cosa a su debido tiempo. Ahora tenemos que ser pacientes y observar.
—Vamos, que no nos vamos a librar de ti tan fácilmente, hermanito.
Airam me aprieta la mano con fuerza. Me pongo sentimental y se me escapan un par de lágrimas. ¿En qué momento mi hermano pequeño se ha hecho mayor?
La abuela se sienta a mi lado y me coge la otra mano.
Noto algo entre ellas; enfoco con esfuerzo y descubro su rosario de la Virgen de las Nieves.
Se me encoge un poquito el corazón. Pobrecita mía, lo último que deseo en el mundo es darle más disgustos.
No entiendo bien cómo he llegado a esta situación.
Así que, como no puedo hablar, intento compensarla con una sonrisa enorme.
A ella parece que le han dado cuerda: que si seré totufo, que la voy a matar a disgustos, cuánto me quiere todo el mundo, que todos están pendientes de mí, la tele en la puerta, que Famara no se ha movido de la sala de espera…
Mi corazón se pone al galope; lo atestigua el pitido de la máquina. Está aquí. Tampoco a ella quiero darle disgustos, aunque, si está aquí, eso tiene que significar algo.
—Hay que ver cómo te has puesto nervioso, ¿eh? Tranquilo, que yo te tengo muy visto. Me salgo para que puedas verla, ¿vale? Seguro que tienes más interés en ella que en mí.
Airam me da un beso en la frente, como acostumbra a dárnoslo la abuela, e intento apretarle la mano de nuevo. Deseo que sepa lo mucho que lo quiero. Sonríe al mirarme antes de salir.
—Yo también me salgo, mi niño querido, para que tengan un ratito los dos solos, que esa muchacha se lo ha ganado a pulso.
Te quiero con todo mi corazón. A la tarde te espero repuestito, ¿me oyes?
Nada de excusas, que tengo que estar más tiempo contigo y no me gusta nada este sitio; me trae muy malos recuerdos.
¡Ah!, mi niño, no he llamado a tus padres, no he tenido corazón para darles el disgusto y, como veo que el médico tiene fe en que todo va a ir bien…
Mejor los llamas tú cuando puedas hablar y se lo cuentas, así no se asustarán tanto. ¿Te parece bien que lo arreglemos así?
Afirmo con la cabeza y doy gracias por lo prudente que es.
—Vamos, abuela, para que Famara tenga tiempo —la anima Airam.
A partir de ese momento no puedo apartar los ojos de la puerta. La espera se me hace eterna hasta que cuatro ojitos asoman sobre unas mascarillas. Con las protecciones parecen todos iguales, aunque sé que son Catha y Fa.
Catha entra primero y se recuesta sobre mi pecho para abrazarme.
—¡Menudo susto nos has dado, muchacho!
Intento sonreír, la mirada fija en Famara; conectados.
—Bueno, yo solo he entrado a darte un achuchón de parte de los chicos y a decirte que te queremos mucho. Pero la de la puerta —baja la voz y hace un gesto con la cabeza— te quiere más aún, aunque no te lo diga, así que te dejo solo con ella.
Me pica el ojo e, igual de rápido que entró, se va.
Famara tiene los ojos cuajados y entra muy despacito. No puedo esconder los nervios; la maldita máquina se ha puesto a pitar otra vez. Me queda la tranquilidad de ver que ella también se sujeta las manos para disimular que está temblando, porque tampoco puede controlar la situación.
La enfermera se asoma, ve lo que hay, me hace una señal con el dedo de que todo va bien y se retira.
Vuelvo mis cinco sentidos a Famara. Esbozo una sonrisa para intentar tranquilizarla. Solo puedo ver sus ojos hinchados, hundidos. Se la ve tan cansada. Todo por mi culpa. Siento tanto haberla asustado.
—Hola.
Aunque aún me siento flojo, cojo su mano, me la llevo a la cara y sonrío. Sonrío mucho, visto que es casi lo único que puedo hacer.
—No vuelvas a darme un susto como este, ¿vale? —Rompe a llorar—. Pensaba que te ibas.
La acerco a mí y la abrazo como buenamente puedo. También lloro. No nos movemos, nos quedamos así, Famara recostada sobre el terrible camisón que llevo puesto, nuestras respiraciones acompasándose.
Entrelaza su mano con la mía y cierro los ojos.
Deseo con toda mi alma que mañana aún piense igual.
Ojalá no sea otra de esas veces en las que parece que damos dos pasos para delante solo para luego dar otros dos para atrás y volver a encontrarnos girando en el mismo lugar que al principio.
Parecemos el pasacatre de los bailes de magos.
La enfermera entra y rompe toda la magia.
—Lo siento, bonita, terminó la visita; Nauzet debe descansar. Veo que te estás portando muy bien y estás calladito. Eso ayudará, ya verás. Ojalá mañana puedan pasar más tiempo juntos. Esperemos que te pasen a planta.
Fa se incorpora y se limpia los ojos con las mangas.
—Muchas gracias. Ojalá mañana ya pueda hablar.
—Poder, puede, no te quepa duda. Pero está bastante irritado aún. Cuanta menos fuerza haga, mejor para que cure. Seguro que mañana ya pueden decirse lo mucho que se quieren, tortolitos. Venga, ahora fuera, que este muchacho tiene que recuperarse.
Cuando me mira, se ha puesto encarnada. Vislumbro señales a favor por todos lados, porque no se pone a la defensiva por el comentario de la enfermera.
Me parece una prueba irrefutable de que mañana aún admitirá lo que siente, o a lo mejor es que estoy desorientado.
Elijo quedarme con mi versión esperanzadora.
Se lleva mi mano a su corazón.
—Hasta mañana.
Le sonrío y la sigo con la mirada. Nada más puedo hacer. Esperar a que mañana nada cambie.
Hay ajetreo en la habitación desde bien temprano. Entran y salen varias personas que consultan los aparatos, toman notas y se van. Ni buenos días, ni qué tal, ni nada de nada.
Me siento más despejado. Quiero preguntarles cómo voy, aunque no me atrevo a hablar y que me echen un responso.
Entra una de las enfermeras con la bandeja del desayuno. Estoy a suero y compotas; tengo un jilorio que me comería un cochino relleno.
—No me mires con esa cara, mi niño, que me temo que no traigo un bocadillo de pata y queso. Para ti, café con leche del tiempo y galletitas maría. Las mojas bien antes de comerlas, como los niños, que estén bien blanditas, a ver si, poquito a poco, tragas bien.
Me reajusta la cama para que quede sentado, recoloca los cables y mangueritas que tengo alrededor y posa la bandeja sobre mis piernas.
Me señalo la boca y hago un gesto de ignorancia con las dos manos.
—¿Hablar? De eso nada. Tú come y el médico te dirá.
De momento, calladito como un tocino. Hoy están todos estudiando tu estado para ver si te suben a planta.
Hay mucha gente pendiente de ti, mi niño, así que nadie quiere cogerse las manos, pero yo creo que ya hoy te sacarán de aquí. ¡Cruza los dedos!
Me resigno y me concentro en las galletas; les falta la capa de mantequilla que les ponía mi abuela en mis meriendas de niño. Me encantaba mojarlas y luego beberme la leche con la grasita que flotaba. En cuanto me reponga, esa va a ser mi próxima merienda.
Apenas termino cuando entra un médico al que no había visto antes, cuaderno en mano. Observa, anota algo, me mira, vuelve a anotar.
—Bien, Nauzet. Parece que todo avanza conforme debe. Abre la boca, por favor.
Y, casi sin que me dé cuenta, tengo el típico palito desagradable en la boca y me enfoca con una linternita que se saca del bolsillo.
—Bien, sí. Por aquí todo cicatriza bien. ¿Te duele al tragar?
Junto los dedos pulgar e índice para darle a entender que solamente un fisco.
—Perfecto. Si te portas bien, hoy puede que almuerces algo mejor. Tendrás ganas.
Afirmo de nuevo con la cabeza.
—Bueno, ya va siendo hora de probar esa voz. ¿Y bien?
—Sssí.
Emito una voz ronca y baja, que no se parece en absoluto a la mía. Carraspeo.
—No, nada de carraspear. Comienza a hablar despacito; todo está bien, deberías poder hacerlo. Solo estamos tomando el máximo de precauciones. No fuerces la voz. Si ves que duele, pues silencio. ¿Cómo te sientes?
—Mo… molido. Mejor… que ayer.
—Perfecto. Toda esta maquinaria también dice que estás mejor que ayer. ¿Recuerdas lo que te ocurrió? ¿Sabes por qué estás aquí?
Niego con la cabeza.
—Mucho dolor de cabeza, mareo… Don Manuel... ¿todo… bien? —añado.
—Sí, tranquilo. Eres la única víctima. Entraste, en Playa Chica, en una casa con una alta concentración de dióxido de carbono.
Niego de nuevo.
—Pero… yo, mascarilla. Él… necesitaba… sus cosas. Sótano.
—¿Yo, mascarilla? —ríe a carcajadas—. ¿Y de qué creías tú que te iba a proteger una FP3?
Para entrar en esas zonas se necesita un equipo de respiración autónomo.
No te voy a mentir: estás aquí de purito milagro.
Don Manuel se preocupó porque no subías del sótano y llamó al guardia civil que había en la zona.
Da gracias a que tenían una ambulancia medicalizada muy cerca.
Has dado lo mejor de ti para cuidar de todos, Nauzet, pero no vuelvas a hacer tonterías.