A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 20
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Capítulo 20

El Paso, isla de La Palma

Famara 🎤

Algunos días conectamos con el Telenoticias del mediodía. La erupción se está prolongando más de lo que ninguno pudimos imaginar, y mantener equipos en la isla, específicos para cada programa, cada vez se hace más complicado.

Hoy soy yo quien entra en directo. Lo que comenzó como un rumor hace apenas una hora, acaba de ser confirmado por las autoridades, y conectamos para contarlo.

—Buenas tardes. Hoy nos encontramos en la plaza de Tajuya, pendientes de las novedades que las autoridades nos faciliten.

Desgraciadamente, aunque aún no se han confirmado los detalles, parece que hoy el volcán se ha cobrado su primera víctima.

Según informan las fuentes oficiales, un varón que colaboraba en la retirada de algunos enseres en una vivienda en Playa Chica ha sido hallado en estado grave tras inhalar dióxido de carbono.

La víctima ha sido trasladada en una ambulancia medicalizada al Hospital Universitario de La Palma, desde donde se dará una rueda de prensa en la próxima hora para informar del estado del ingresado.

Como no puede ser de otra manera, allí estaremos para contárselo, deseando poder darles las noticias menos graves posibles.

—Muchas gracias, Famara. Seguiremos de cerca esta noticia y deseamos la pronta recuperación del hombre afectado por la inhalación. Conectaremos de nuevo en directo si hubiera novedades.

Agradezco que se termine la conexión, porque se ha formado un revuelo en la plaza y no hay nada peor que saber que algo se está cocinando frente a mí y no enterarme de qué es.

Me quito el pinganillo y veo a Arure, que se dirige a mí con cara de pánico. Me coge las manos, y Catha viene también corriendo hacia nosotras.

—Todo va a ir bien, ¿me oyes? —me repite Arure varias veces—. Ven a sentarte. Catha, recoge tú todo y, sobre todo, lleva tú el coche.

—¿Qué va a ir bien? —pregunto mientras veo que Catha se afana en recoger a toda prisa.

—Ven, vamos a sentarnos primero.

Me paro en seco y sacudo mis manos para liberarlas.

—¡He dicho que qué coño es lo que va a ir bien, Arure, y quiero que me lo digas ahora mismo, porque no me gusta nada la cara con la que me están mirando las dos!

—Es Nau.

—¿Es Nau? ¿Qué es Nau? —contesto temblando, consciente de que la respuesta va a ser terrorífica.

Comienzo a llorar mientras escucho la voz de Arure como si fuera una ensoñación que me confirma lo peor.

—Es Nau quien está hospitalizado por la inhalación del dióxido de carbono.

Por un instante me quedo lacia, aunque de algún lado saco fuerzas y, de nuevo, me cargo de adrenalina y empiezo a dar órdenes.

—Catha, las llaves del coche.

—Tú no vas a conducir en este estado, yo te llevo.

—De acuerdo, bien. Arure, ¿te apañas sin nosotras esta noche?

—Sí, claro, despreocúpate; los otros equipos se hacen cargo.

—Te lo pido por favor. —La miro muy seria a los ojos—. No conviertas esto en contenido dramático para el programa. Sabes que ese chico se ha involucrado mucho en la cadena. Ahora es tu momento para agradecérselo; se lo debemos.

—No te voy a prometer lo que no está en mi mano, Famara; pero lo alargaré todo el tiempo que me sea posible.

Me agarro a esa promesa y salgo disparada para el coche, que ya Catha ha arrancado y dado la vuelta. Me subo y salimos en dirección a Breña Alta tan rápido como podemos.

—¿Qué haces?

—Busco sus mensajes. Quizá no sea él.

—Me ha llamado Airam. Fa, es él.

Como si su hermano pudiera confundirse, reviso sus últimas palabras esta mañana.

Iba a ayudar a don Manuel a sacar algunos enseres y luego pasaría por la plaza antes de entrar a trabajar.

No pasó. Y yo, en lugar de llamarlo, para no parecer una desesperada, lo dejé estar porque pensé que se habría liado más de lo previsto con don Manuel.

Yo y mi mierda de teoría de la amistad. Siento la mano de Catha en el muslo y el viento en la cara.

—Te bajo la ventana, Fa. Estás pálida, el aire te vendrá bien.

—Si se muere, no sé qué voy a hacer, Catha. —Rompo a llorar, desorientada.

—Lo sé, Fa. Confía en que todo va a ir bien.

—Quiero hacerlo, pero ¿cómo voy a confiar, Catha? Últimamente nada va bien, ¡nada!

Son los veinte minutos más largos de mi vida. Por fin, el hospital se materializa en el horizonte. Respiro profundo y compruebo que he controlado el llanto. Nau no me puede ver llorar.

Catha me deja en la puerta, y en recepción me informan de que está ingresado en la UCI y que solo lo podrán ver dos familiares en el horario de visitas establecido. La próxima será a las seis. Son las tres; se me cae el alma a los pies.

Llega Catha y vamos juntas a la sala de espera de la unidad, en la tercera planta. Allí están doña Remedios, rota en llanto, y Airam, que la abraza mientras la acuna como si fuera una niña.

Él nos ve llegar.

—Hola, chicas, qué rápido han venido.

—Hola, Airam, doña Remedios, ¿cómo está? —pregunto, desesperada.

—Hola, preciosas. Dice el médico que aún no está fuera de peligro. Eso ya lo sé yo, por eso lo tienen aquí. Aquí murió mi Manolo. Por favor, no dejen morir a mi niño.

—Eh, doña Remedios, ya verá que todo va bien.

Que lo tengan aquí y no lo hayan evacuado a Tenerife es buena señal.

¿Qué le parece si viene conmigo y nos tomamos una agüita guisada bien calentita en la cafetería?

—le ofrece Catha—. Falta mucho aún para la próxima visita y así no le da vueltas a los recuerdos.

—Está bien, hija, está bien. Ayúdame a levantarme.

Se apoya en nosotras y coge su precioso bastón para alejarse por el pasillo, despacito, del brazo de Catha.

—Dime la verdad, Airam. ¿Está muy grave?

—Ha sido muy serio, pero aquí está bien vigilado.

A la tarde nos dirán algo más. Solo nos han trasladado que no está fuera de peligro, Fa.

Ojalá pudiera serte más concreto; es que no sé más.

Yo no entiendo bien las palabras de los médicos y estamos muy nerviosos.

A ver si con el próximo parte nos podemos hacer una idea mejor.

—Se mira las manos—. Me siento muy impotente.

—¿Te importa que me quede? No pretendo quitarte el turno para pasar ni nada parecido; sé que solo pueden acceder dos familiares. Aquí estoy más cerquita de él; no sé, quizá pueda ayudar en algo.

—No seas boba, Famara, pues claro. He avisado a Catha para que te trajera, ¿no? Este es tu lugar. Estoy seguro de que el papa frita de mi hermano se recuperará mucho antes si sabe que andas por aquí —me dice con la sonrisa más triste que he visto jamás, sujetándome la mano.

—Gracias.

No decimos nada más. Las horas transcurren lentamente, mientras el reloj de la pared observa nuestras lágrimas caer en silencio.

El móvil hace rato que ha dejado de vibrar; supongo que se ha quedado sin batería.

No quiero saber nada de nadie. No quiero nada.

Nada, salvo que Nau sobreviva, porque, de lo contrario…

No soy capaz de pensar siquiera en qué ocurriría si no lo hiciera.

A las seis en punto llega un médico a la sala de espera, y todos nos ponemos de pie. Hace unos minutos han llegado algunas otras personas que también tienen aquí a sus seres queridos.

—¿Familiares de Nauzet Heraldsen Bethencourt?

El doctor, al ver que a doña Remedios le cuesta mucho levantarse, se acerca a nosotros.

—No se preocupe, señora. Continúe sentada.

En unos minutos podrán pasar dos personas a verlo.

Ahora mismo duerme; le hemos administrado sedantes para que descanse y, sobre todo, para que no intente hablar.

Las próximas horas serán muy importantes, puesto que las irritaciones que ha sufrido en la garganta son relevantes.

Además, necesitamos tener bien controlados sus pulmones, su corazón y verificar que no haya daño neurológico. Ahora es momento de esperar.

—Dígame la verdad, ¿se va a morir mi nieto, doctor?

—Tranquila, abuela. —Airam la abraza con cariño—. Ya has oído, tenemos que esperar.

—No me venga con cuentos, doctor, que yo ya estoy muy vieja y lo he vivido casi todo. Usted alguna opinión tendrá. No tenga apuro, que yo siempre he preferido mirar a las penas de frente y no esperar al taponazo.

—Es demasiado pronto, de verdad. Tenga un poco de paciencia. Si todo va bien, Nauzet saldrá adelante, pero no estamos libres de que haya complicaciones. Ahora vendrá la enfermera y los acompañará. Mañana, en la visita de las doce, volveremos a hablar.

El doctor se aleja, dejando la estela blanca de su bata y a nosotros sin aliento.

—Paciencia, dice. ¿Qué más paciencia hemos de tener, Señor? ¿Es que pueden sucedernos más desgracias? Te di mi hogar, mis recuerdos; me han dejado mis padres, mi marido, mis hermanos, mis amigas… ¿Qué más quieres? ¿No me puedes llevar a mí? Yo estoy cansada.

Doña Remedios se derrumba y, en ese estado, la encuentra la enfermera al acercarse para acompañarlos.

Comienza una rutina silenciosa entre todos los presentes en la sala: gorro, guantes, cubrepi é s y mascarilla.

Airam y su abuela pasan despacito, y yo me enrollo como una cochinilla con los pies sobre el asiento.

Me refugio bajo el brazo de Catha y dejo que me acune mientras las lágrimas surgen sin control y en silencio. Estamos solas en la sala.

Tardan algo más de media hora en regresar. Son los primeros del grupo. Los acompaña la misma enfermera, que sienta a doña Remedios con mucho cariño en la silla.

—Ahora se va a tomar usted esta pastillita y va a dejar que su nieto la lleve a casa. Aquí no pueden hacer más y no hay visitas hasta mañana a mediodía; tiene que descansar y cuidarse. No querrá que, cuando su nieto despierte, la encuentre con los ojitos como chernes, ¿verdad?

—Ay, mi niña, de eso nadita, yo no me muevo de aquí. ¿Qué le parece si mi Nauzet despierta y yo no estoy?

—Pues que no lo sabrá usted hasta mañana.

—Venga, abuela, sabes bien cómo funciona esto, y la enfermera tiene razón. Vámonos a descansar a casa, y mañana será otro día. Si pasa algo importante , nos avisarán.

A regañadientes, se levanta con esfuerzo y nos aprieta la mano a Catha y a mí antes de avanzar hacia el pasillo.

—¿Qué tal está? —pregunto, sin saber si quiero en realidad saber la respuesta.

—Dormidito, mi niña. Todo despeinado y con la piel apagada. Ni sabe que hemos estado con él. Conectado a todas esas máquinas del demonio que me ponen tan nerviosa.

—Esas máquinas del demonio, como tú las llamas, lo mantienen controlado, abuela. Vamos, anda, que tienes falta de sueño. ¿Vienen, chicas?

—No, Airam, necesito comer algo. Vamos a ir primero a la cafetería y ya después nos vamos.

—De acuerdo, Fa. Nos vemos mañana. Intenta descansar tú también. Parece que esto va a ser una carrera de fondo.

—Hasta mañana, descansen ustedes también.

Apenas se han alejado unos pasos, y Catha me observa con ojos curiosos.

—No piensas moverte de aquí, ¿verdad?

—No, Catha, vete tú, de verdad. Estaré bien. Si me voy, sentiré como si lo abandonase; no soy capaz.

—Te entiendo. Que no quiere decir que esté de acuerdo, pero lo respeto. Al menos, ven conmigo a hacer esa visita a la cafetería, para cerciorarme de que comes algo caliente.

—Está bien.

Bajamos a la entrada y siento cómo se me eriza la piel al ver al médico que nos ha atendido hace apenas una hora hablando a un grupo de periodistas. Localizo a Zebenzui y a Ancor y doy gracias de tener días pendientes de descanso en el trabajo y no tener que estar ahí.

—¿Has hablado con Arure?

—Sí, despreocúpate. Estamos de vacaciones oficiales. Anda que ya te vale, traerme a una cafetería de hospital en lugar de a un bar en la playita con dos mojitos.

—Eres boba. Lo sabes, ¿no?

—Será por eso por lo que te quiero.

Una vez en la mesa, veo las declaraciones a la prensa del médico en el móvil. No nos aporta nada nuevo, más allá de que ya han dado su nombre y aclarado que estaba ayudando a don Manuel; parece que, efectivamente, solo queda esperar.

Como sin ganas, me despido de Catha en la entrada y me dirijo de nuevo a la salita de espera.

No hay nadie; es normal, no habrá visitas en toda la noche.

Me viene bien. Me acurruco y me duermo mientras lloro y pido a un Dios en el que no creo que me dé la oportunidad de decirle a Nauzet lo mucho que lo quiero.

No, le pido que viva, aunque yo nunca pueda contarle nada.

Me despierta el ruido que hace la señora de la limpieza al arrastrar el carro por la sala. Me incorporo. He dormido sobre las sillas con la chaqueta como almohada. Estoy hecha gofio y, a la vez, tranquila. Estoy donde quiero estar.

—Ay, mi niña, perdona, no quería despertarte.

—No se preocupe, si ya he dormido bastante. —Intento sonreír.

—Quedarse aquí nunca es un buen plan, te lo digo yo, que he visto amanecer muchas « torticulis » .

—Tiene usted toda la razón, es que…

—Es que no hace ni caso porque es una cabezota —interrumpe Catha, que acaba de llegar, a la vez que me estampa un beso.

—¿Y eso? ¿Qué haces aquí tan temprano?

—Alguien se tiene que hacer cargo de ti, y no pretenderás que pase mis vacaciones sola, ¿no? A veces parece que, cuanto mayor te haces, te comportas más como una niña chica. ¿Has visto las pintas que llevas? Anda, ve al baño a lavarte esa cara y vámonos a desayunar, que tengo jilorio.

Ponemos rumbo a Santa Cruz porque Catha se empeña en que tengo que desayunar algo decente y despejarme.

Los quince minutos en coche se me hacen eternos.

Solo pienso en que, si hay una urgencia, hay que deshacerlos, y me parece una distancia inmensa e innecesaria.

Sin embargo, Catha insiste, y yo no tengo fuerzas para discutir.

Elegimos la terracita del Sputnik, en la Avenida Marítima. Se nota que es entre semana, casi no hay gente y podemos elegir mesa: resguardadas del sol, y con la brisa marina acariciándonos.

—¿Se puede saber por qué estás tan amulada?

—¿Lo preguntas? Ya me explicarás qué necesidad había de alejarnos tanto.

—Supongo que encuentras las cinco diferencias tú solita, ¿no? Sol, mar, vientecito, gente que sonríe, ausencia de batas blancas…

—Te has levantado muy graciosita tú hoy.

—Fa, solo intento cuidarte. Ya sabes que las formas no son lo mío. Necesitas despejarte un ratito; hasta las doce no vas a saber nada nuevo. Sé lo importante que es Nau para ti, y es mi amigo, ¿recuerdas?

—Lo sé, perdona, es que me siento fatal y, a la vez, pienso que no tengo ningún derecho a sentirme de esa manera.

Catha se ríe.

—¿Porque no eres su novia? ¡Ups, he dicho la palabra prohibida! ¡Venga ya! Tú siempre has estado por encima de todas esas etiquetas. —Se baja las gafas de sol a la punta de la nariz y me mira fijamente—. Sé lo que sientes, Fa; yo no necesito que me lo digas.

Se me cuajan los ojos, y aprovecho que la camarera nos sirve nuestros barraquitos y las pulguitas que hemos pedido para intentar cambiar de tercio. No es fácil disimular que toda mi seguridad se quedó ayer tarde en el Mirador de Tajuya.