Capítulo 19
El Paso, isla de La Palma
Famara 🎤
Los pacientes que requieren radioterapia van en ambulancia a Tenerife, en las bodegas de los barcos, porque los aviones no salen.
Han establecido alerta naranja por lluvias y esta vez han acertado: el aguacero cae sin dar tregua.
Las alcantarillas están bloqueadas porque el agua con la ceniza se ha transformado en una suerte de cemento.
Los vehículos derrapan en las vías por la misma mezcla.
¿Y mantenemos la felicidad de ayer, de que todo va a acabar pronto y por eso compensa tanto caos?
No, porque el volcán también parece haberse disparatado de nuevo.
Aumentan el tremor y la emisión de lava de forma abrumadora.
Una nueva boca efusiva, de la que emerge roca muy líquida y a gran altura.
Una nueva fisura con varias bocas eruptivas.
Una antigua fisura que se reactiva con una colada rápida y líquida, que se sale del camino trazado por sus predecesoras.
Los especialistas lo llaman «p ulso » . Yo lo llamo agonía, golpe por la espalda, traición, hacer leña del árbol caído… Y esto no es lo peor.
La conexión avanza. Ahora mismo tengo la visión borrosa, la boca seca y tengo que entrevistar al párroco de Las Manchas, porque esta mala bestia ha entrado en el cementerio de Los Ángeles, arrasándolo.
También se ha llevado consigo casi todas las casas de El Corazoncillo; maldito sea por toda la eternidad.
Las personas mayores recuerdan hoy, con magua, el paso del San Juan, que en 1949 respetó el Cementerio Mancomunado y el templo de San Nicolás de Bari. Pasó entre ambos, como símbolo de su caballerosidad. Sin embargo, este que tengo enfrente es cruel, hiriente y vengativo.
Cuando me avisan por el pinganillo de que vamos a conectar ya, sigo mareada y con ganas de vomitar.
Saludo al párroco y apenas escucho su respuesta.
Me falta el aire. Un peso enorme se posa en mi corazón; un peso tan grande como las rocas incandescentes que veo en la pantalla.
Poco a poco, convierten en un fortín inexpugnable la zona de las tumbas donde descansa mi insustituible abuela.
La manta de ceniza que la cubría no era suficiente para este engendro.
—Nuestros seres queridos no están en el cementerio; están en el corazón de cada uno. Sus restos, hoy, han sido sepultados por segunda vez.
Es lo último que escucho antes de romper a llorar en antena y echar por tierra toda mi profesionalidad.
Lloro de forma tan desbordante y tan alto que ni siquiera escucho el rugir del volcán.
Lloro por todo lo que no lo he hecho en los tres últimos meses.
Lloro porque no sé vivir sin mi abuela y la echo de menos cada día.
Lloro por todas las familias sin hogar. Lloro porque no sé si podremos salir adelante: seamos sinceros, por más que repitamos el «Todos somos La Palma», mañana habrá otra desgracia en otro lugar, y los que hoy nos apoyan nos olvidarán para llorar por otros damnificados más recientes. Lloro.
Cuando mi respiración vuelve a la normalidad, estoy sentada, apoyada en la pared de la iglesia, con el párroco a mi lado, y es Arure quien está terminando la entrevista. Me paso las manos por la cara. No me lo puedo creer. Nunca me había pasado algo así. Siento, de verdad, que no puedo más.
Ayer osamos soñar con unas Navidades sin fuego, y hoy él nos escupe nuestras ilusiones en la cara.
Termina la conexión, el clérigo se retira discreto, y Catha y Arure se sientan frente a mí, a distancia, como si les diera miedo tocarme y, a la vez, quisieran estar a mi lado, bajo la lluvia de agua y piroclastos.
—¿Llamaditas de atención a estas alturas, Fa? Muy feo —tantea Catha.
—Una cosa es que te vayas a la competencia y otra que nos boicotees el programa, ¿eh? —me pincha Arure.
—No tienen gracia.
—¿Cómo que no? Lo que pasa es que no sabes apreciarnos. No, en serio, ¿necesitas algo?
—¿Que toda esta mierda termine de una puñetera vez, Catha?
—¡Eh, esa boca!
Lloro de nuevo y me río a la vez. Estoy agotada.
—Necesito descansar; escapar de todo esto.
—Hola, chicas. —No necesito levantar la cabeza para saber que es él, mi corazón me lo confirma bombeando sin tregua—. ¿Puedo?
Catha se hace a un lado y Arure se levanta.
—Tengo que regresar, Fa. Aprovecho que te dejo en buenas manos. Gracias, Nau.
Él se sienta a mi lado en silencio y se apoya en la pared. Lo miro a los ojos que, como los míos, están tristes, apagados, anegados de lágrimas. También su abuelo ha sido sepultado esta vez , y veo en su mirada que su corazón, como el mío, está hecho trizas.
Acerco mi mano poco a poco hasta él, y nuestros dedos se entrelazan. Con las cabezas apoyadas en la pared, nos miramos sin dejar de llorar.
Catha se levanta, me acaricia el pelo suavemente y luego nos aprieta las manos a ambos.
—Chicos, sé que no puedo saber cuánto duele esto, pero no le dejen ganar la partida. Los dejo mientras recojo, ¿vale? Estaré aquí al lado, solo tienen que levantar un poco la voz y vuelvo corriendo. Enseguida vamos a casa, Fa.
La observo y asiento. Hay un montón de gente en la plaza, casi todos nos observan de reojo. Me acerco más a Nau, paso su brazo sobre mi hombro y me arrebujo contra él como si fuera un abrigo.
—Shh, tranquila, podemos llorar lo que queramos. De algún modo, todos nos lo hemos ganado.
—No quiero estar aquí, Nau; todo el mundo nos mira.
—Están preocupados, mi niña, es normal. Cuando te vi caer de rodillas llorando en televisión casi me da un infarto; menos mal que estaba trabajando aquí. No quiero pensar cómo debe haber sido en directo.
—No fue para tanto, ¿no?
Me acaricia la mejilla.
—Créeme, le has dado a todo el archipiélago un susto de muerte.
Se acerca y posa sus labios en los míos. Apenas un roce, y en lugar de apartarlo como hago siempre, me abrazo a él con todas mis fuerzas; es mi salvavidas.
—Vámonos, Nau, por favor. Sácame de aquí.
Nos incorporamos, apoyados el uno en el otro, siendo ambos herida y cura al mismo tiempo, sin dejar de mirarnos; porque, llegados a este punto de desconsuelo, ya no necesitamos palabras.
Cada uno sentimos cómo el otro está roto por dentro, sin remedio.
Porque no sentimos el leve consuelo de los inconscientes, que encuentran la calma en la certeza de que los demás están tan heridos como ellos.
Catha me mira y sé que ha entendido que nos vamos y que se queda tranquila. Todo lo tranquila que se puede quedar después del espectáculo que he dado esta noche, en riguroso directo.
Subimos al Fiesta de Nau y no ponemos el radio casete ni hablamos.
Apoyo la cabeza en el cristal y enredo mi mano con la suya sobre la palanca de cambios.
Conduce un buen trayecto. Yo no pregunto a dónde nos dirigimos, y él tampoco me lo cuenta.
En realidad, no tiene ninguna importancia; da igual cuánto nos alejemos, porque no podemos huir de aquí.
Llegamos al mirador de El Time y para el motor.
Hace mucho que no vengo por aquí; se ha convertido en parada obligatoria para las guaguas que pasean a los turistas.
Ahora, en lugar de un bar donde tomar una garimba o un barraquito con la tranquilidad de las majestuosas vistas al Valle de Aridane, es un hervidero de gente que posa con el volcán, sonriendo a la cámara, con la tierra lacerada de telón, como si fuera un escenario en un teatro, sin trascendencia alguna.
Sin embargo, a estas horas de la madrugada no hay nadie. Las sillas y mesas de aluminio se amontonan a la intemperie en un lateral, a la espera de que mañana las visitas las calienten mientras hacen alguna consumición.
Nau coloca dos, unidas, muy cerca de las jardineras, con vistas a la catástrofe.
Sin soltarnos, nos sentamos y nos tapamos con un edredón hecho con retales que hemos cogido del coche.
Abre dos Garas, que no veo de dónde saca, y me tiende una.
Las chocamos y les damos un buchito. En absoluto silencio, miramos al frente.
Miento: en silencio no. Las polillas y las corujas nos escuchan llorar.
El amanecer nos encuentra dormidos en las sillas. Vamos a pagar el precio de nuestra desconexión con lumbago y tortícolis. Nos desperezamos, y sonrío a un Nauzet desgreñado.
—Buenos días, dormilón.
—Si apenas son las siete y media —contesta mientras consulta su móvil.
—Caímos derrotados.
—No me extraña, estamos los dos hechos polvo.
Yo también miro mi móvil y veo un mensaje de Arure.
Arure La Canaria: «Hola, mi niña. Espero que hayas descansado, ya me ha dicho Catha que la has avisado de que no volvías a casa.
He reorganizado los trabajos y tienes hoy el día libre; aprovecha y empata con el fin de semana, necesitas descansar.
Cuídense mucho (que me imagino que estás bien acompañada)».
—Vaya, esto sí que no me lo esperaba. Al final sí que debí darles un buen susto.
—¿Qué pasó?
—Me dan el día libre.
Nau se levanta y dobla el edredón, mientras yo amontono de nuevo las sillas en su sitio.
—Pues podríamos aprovechar para hacer algo juntos, si te apetece. Yo, hasta la tarde, no tengo ningún trabajo comprometido.
—No sé, me da cosa por tu abuela. La has dejado sola todo este tiempo, y yo, de verdad, me siento mucho mejor. Muchísimas gracias por acompañarme, Nau, eres un amigo estupendo.
Lo miro a los ojos y veo esa contradicción que siente cuando le digo estas cosas. Lo sé porque yo también la siento.
—Ella está bien. La acompañan mis tíos, que han venido de Tenerife. Y no la tengo abandonada; anoche estuvimos chateando. A ella le gusta que nosotros nos cuidemos. ¿Conoces los charcos de la playa de Echentive?
—¡Pues claro! ¿Por quién me tomas? ¡Me encantan!
—Hay que ir por la cumbre, claro, pero hoy tenemos tiempo. ¿Paramos a que te cambies y cogemos carretera?
—Pues yo, por mí, vamos así mismo. ¡Vamos, Nau! —le grito mientras lo cojo de la mano y lo arrastro hacia el coche—. ¡A la aventura!
Algo más de una hora y media de trayecto nos lleva a nuestro destino: El Paso, el túnel de la cumbre, dejar atrás el cruce a Santa Cruz para seguir el camino en dirección a las salinas, rumbo al territorio del Teneguía.
Alegamos todo el camino, siento que hoy estamos como en una burbuja que nos protege de todo el horror exterior. Es como si, por unas horas, nada de lo que ocurre fuera pudiera tocarnos.
Llegamos a Fuencaliente, la tierra más al sur de esta Isla Bonita y la que más te hace recordar que La Palma es también tierra recién forjada y paisajes inhóspitos.
Nos adentramos en el monumento natural de los Volcanes de Teneguía, pisando la tierra regalada por la que hasta ahora era la última erupción en tierra. Ponemos dirección al mar, siguiendo el sendero entre el picón, hasta que el salvaje Atlántico nos da la bienvenida a su territorio.
—¡Buah! ¡Menudo espectáculo!
—Sí, ¡qué suerte vivir aquí! —le contesto riendo, con el eslogan de la famosa garimba chicharrera.
—¿Playa o charco?
—¡Estás como una cabra! ¿Con el mar como está? Yo no meto un pie en la playa ni loca.
—Yo tampoco —se ríe—. Aunque tenía que preguntar. Anda, vamos.
Dejamos atrás el camino principal y vemos unas cuantas familias de guiris sin fundamento envalentonarse en el agua con sus niños.
Continuamos el camino sobre la lava solidificada.
Pasamos un primer charco con algunos turistas y continuamos nuestra ruta hasta llegar a una enorme piscina natural que nos regala un paisaje de color turquesa cambiante y mágico.
—Me encanta El Aljibe, es uno de mis charcos favoritos. ¡Qué gusto que hoy no hay nadie! Somos chicos con suerte —le digo a Nau mientras le doy un codazo y lo desestabilizo.
—¡Eh! ¡Que me tiras!
—¿Miedo a caer al agua con la ropa puesta?
—Miedo a jalar de ti y que te lleves un golpe, enterada.
Dejamos la ropa y los tenis en un rincón y nos metemos al agua con cuidado, en ropa interior y con los calcetines puestos. A falta de escarpines, nos protegen un poco del fondo puntiagudo.
El agua está tibia y, con un par de brazadas, ya estamos en el centro; flotamos bocarriba, admirando la imponente pared negra que nos separa del resto de la isla.
Nau se me acerca por detrás, así que dejo de flotar. Apoya su barbilla en mi hombro y me coge por la cintura.
—Pronto lo verán todo así. Quedará atrás todo el dolor, aunque nosotros no lo olvidemos, y la gente vendrá y solamente verá lo bello que la naturaleza ha creado estos días.
—¿Tú crees? —Me giro para tenerlo de frente y escrutar sus ojos—. ¿No piensas que el hecho de haberlo podido vivir todo tan de cerca, con la tele, la radio, las redes, puede marcar una diferencia?
—No lo creo, Fa. Ojalá me equivoque, pero, en el momento en que pare el volcán, habrá otras noticias y cada uno seguirá con su vida. Seguiremos siendo tierra para turistas, y los turistas no quieren problemas.
Me quedo rumiando sus palabras.
—Me recuerdas a mi abuela al decir esas cosas.
Una lágrima se mezcla en mi cara con el agua del mar.
—Eso es bueno, ¿no? —averigua mientras, con su pulgar, trata de secar mi cara.
—Sí, lo es. —Esbozo una sonrisa con pena—.
Era experta en soltarme una frase filosófica e irse para que me quedara dándole vueltas durante horas.
Nadie me ha enseñado a reflexionar más sobre la vida que ella.
Me gustaría poder recordarla de nuevo sin entristecerme por el cementerio.
El párroco tiene razón, Nau: tus antepasados, los míos… no están allí; están aquí.
Me llevo la mano al corazón y sonrío. Nau me abraza contra él con fuerza. Siento que su cuerpo reacciona al mío. Temo que me bese en cualquier momento. Justo cuando voy a separarme y nadar, coloca su mano en mi nuca y posa sus labios suaves en mi frente, dejándome sin aire.
—No sabes lo feliz que me hace escucharte decir eso.
Y entonces es él quien se separa, con una sonrisa en los labios y tristeza en los ojos. Se aleja de mí con cada brazada.