Capítulo 18
Tazacorte, isla de La Palma
Nauzet 📷
La barca se mueve, el tiempo está desapacible, amenaza con llover.
He venido con el dron al límite de la zona marítima de exclusión para sacar imágenes de las fajanas.
Sí, digo bien: fajanas. Antes de ayer se formó la segunda en la zona de la playa de La Viña, más al norte que esta primera donde intento grabar ahora mismo.
Las grandes cantidades de ceniza no me lo ponen fácil.
Pese a todo, la imagen del vapor en el mar, al ser tocado por la piedra incandescente, es hipnótica.
No obstante, lo que llevo peor es el mareo que me provoca el vaivén de las pequeñas olas, que no me deja concentrarme en el trabajo.
Ya no queda nada de la bonita playa de Los Guirres.
Calculamos un crecimiento de media hectárea diaria de esta nueva isla baja, unas cuarenta y tres por el momento.
Parece que va a llover en cuanto nos descuidemos, así que traigo el dron de vuelta: hoy no me es posible hacer mucho más.
—Podemos volver, Amaluige.
—Mucho estabas tardando en darte por vencido. Rumbo a Tazacorte, entonces. ¿Tienes buen material?
—¡Qué va! Con esta ceniza no se puede trabajar.
—Cinco días lleva el aeropuerto cerrado, y mira que los militares se están aplicando, pero, niño, limpian un par de metros y, al darse la vuelta, está todo igual. ¡Y a peor va la mejoría!
—¿Y eso? ¿Por qué lo dices?
—¿No lo has oído? Mañana recomiendan no salir de casa y dejar hoy todos los sumideros, canalones y azoteas lo más limpios posible; se espera tormenta y, con la ceniza, parece que la cosa puede ponerse peligrosa.
—Necesitamos buenas noticias pronto, Amaluige. Empiezo a sentir la fatiga de todo esto.
—Pues si estás triste tú, con esa piba tan bonita que tienes, imagínate los demás. ¡Alégrate, hombre, que a ti el volcán te ha hecho un buen regalo!
—¡Qué perra les ha dado a todos con Famara! Qué más quisiera yo, pero qué va. —Sonrío sin ganas.
Nos despedimos en el muelle y pongo rumbo a Santa Cruz. Todo el trayecto con los limpiacristales activos, no por la lluvia, que aún es apenas un chipi-chipi, sino por la ceniza, que no deja de caer.
Me cruzo con un grupo de excavadoras y otras máquinas pesadas; las utilizan para limpiar las carreteras como si se tratara de quitanieves: ese es el nivel ahora mismo.
La bruma en la cumbre no me deja disfrutar del paisaje.
Llego a Santa Cruz cansado, frustrado y, tengo que admitirlo de una vez, triste: la erupción no da tregua, ayer superó la de Fuencaliente.
No hace más que batir marcas de las que ninguno nos alegramos.
Y, siendo más egoísta, concretamente desde que volvimos de Barcelona, Famara pasa de mí.
No es que no me hable; no somos dos niños pequeños. Aunque ya no me escribe por las noches antes de dormir y, las veces que he ido a verla después de la conexión, enseguida se va a casa. Algo le sucede.
Sé que está cansada; sin embargo, estoy convencido de que hay algo más. No sé si es que estoy un poco cenizo, como el ambiente; no estoy acostumbrado a sentirme así.
Me acerco a la farmacia a comprar la medicación de mi abuela.
—Buenos días, Nieves. ¿Tiene el encargo de mi abuela?
—Ay, Nauzet, mi niño, ¡qué vergüenza con doña Remedios! Pues es que el avión que trae su medicina sigue sin entrar.
—¿Y los barcos?
—Pues eso mismito digo yo —refunfuña con los brazos en jarras—.
Pero parece que a la farmacéutica le compensa más esperar a que abran el aeropuerto que adaptarse a lo que hay.
Mira, te he separado esta pomada. No es lo mismo en absoluto, aunque la ayudará a sentirse mejor mientras llegan las pastillas que necesita.
—¿Quizá debería ir al médico por si acaso?
—Yo creo que por un par de días no pasa nada, mi niño. Ahora, si te quedas más tranquilo así, no lo dudes.
—No, Nieves. Si crees que puede pasar un par de días, esperaremos. Aquí la experta eres tú.
—Pues ve tranquilo a casa y mímala un poco, que seguro que, como está incómoda, andará un poco atravesada.
—Gracias, Nieves.
Salgo convencido de que, por una cosa o por otra, ninguno tenemos una buena semana.
El sonido seco al pisar la ceniza me acompaña por toda la calle Real. Transito con la capucha puesta y los hombros levantados, en un vano intento de evitar que la ceniza se cuele por los pliegues. ¡Hasta aquí llega, es increíble!
Ya está colocada la decoración de Navidad.
La verdad es que no podría importarme menos.
El año pasado la pasamos medio confinados; este año, el volcán.
Nunca me gustó cumplir años el día de Navidad, m ás allá de que mi padre pasaba el invierno con nosotros y eso era un regalo, y de que mi abuela se desvivía por tener unas fiestas entrañables.
Según he ido creciendo, cada vez me cuesta más encontrar la magia.
Entro en casa y escucho a mi abuela rezongar.
—¿Con quién hablas, abuela? —La beso.
—¡Contigo! ¿Con quién va a ser?
—Pero si estoy entrando y se te escucha desde el rellano —le digo con sorna.
—Nauzet Heraldsen Bethencourt, no me vaciles, que, aunque me saques dos cabezas, todavía te saco la chola.
—¡Venga ya, abuela! Que los dos sabemos que me adoras.
—Sí, sí, anda, déjate de historias y dame las pastillas, que las hemorroides no me dejan vivir.
—Lo siento, abuela, siguen sin abrir el aeropuerto. Nieves te manda esta pomada.
— « Nieves te manda esta pomada » . ¡Yo no necesito pomada, necesito mis pastillas! ¿Será posible que estos totufos no las manden en barco?
—Vamos, abuela, como dices tú siempre: «De donde no hay, no se puede sacar y, además, es imposible». Así que ve al baño, date una ducha y ponte la pomada. Yo mientras cocinaré algo y vemos la tele juntos un ratito, ¿te parece?
—¡Tú te crees que yo soy boba!
—Abuela.
—Ni abuela ni abuelo. Cocinar, dice. ¡Si vas a calentar en el microondas la cena que ha preparado Airam! ¡Y ves la tele conmigo solo por ver a la niña!
Menos mal que pone rumbo al baño. La pobre está insoportable. Me dejo caer en la silla y me río solo por no llorar. En realidad, tiene razón. En el poyo está la fiambrera con un cartelito que indica «Carne fiesta - 5 min» y unos vasos de cristal con otro que pone «Polvito uruguayo - Del tiempo».
El agua templada obra el milagro y la abuela tiene mucho mejor humor cuando vuelve. Vemos juntos el despegue del Falcon 9, el primer cohete lanzado al espacio para desviar un asteroide.
—Cuando era joven, anotaba en una libreta cada hito histórico que vivía, me hacía sentir importante. En casa debió quedar, en alguna gaveta. Era ocre, con unas florecitas encarnadas.
—¿Y por qué no lo seguiste registrando?
—No sé, con el 23F se me quitaron las ganas y, después… No las recuperé. Podrías hacerlo tú y comenzar una libreta nueva.
—Me iba a salir de pena, abuela. Últimamente, solo vivimos momentos históricos tristes.
—Eso no es verdad, Nauzet —me corrige mientras me posa su delgada mano en el muslo—. Lo que pasa es que estos días estás alicaído. Es normal que estés cansado, hijo, pero tienes que remontar; tú no eres así. ¿Qué me dices del levantamiento del confinamiento? Eso fue un hecho histórico positivo.
—Yo hubiera apuntado la fecha del confinamiento, más bien.
—¿Ves? Estás apático perdido. Mañana te compro una Moleskine de esas que te gustan, donde Mary, y te pones manos a la obra.
Por un pacto no verbalizado, los dos guardamos silencio. Suena el soniquete de Una hora menos . El presentador, por una vez, comienza el programa diciendo que tienen una sorpresa, que parecen ser muy buenas noticias.
La conexión con la plaza de Tajuya se percibe diferente. Apenas se distingue que la persona bajo el paraguas, el chubasquero, las gafas y la mascarilla es Fa, que saluda como cada noche al que se ha convertido en el geólogo de cabecera de los canarios.
—Mira, Nau, ¡qué día tan feo! ¿Así has estado trabajando hoy, mi niño? ¡Si ni siquiera se ve el volcán con las nubes!
—Es también por la ceniza, abuela. Hoy caía una barbaridad y era muy difícil trabajar. ¡Qué fuerte! Es verdad, se ve la lava incandescente, aunque no se distingue la montaña.
—Shhh, a ver cuál es la buena noticia.
Y así es como nos enteramos de que la sismicidad, el tremor, la deformación del suelo y la emisión de gases, sobre todo el dióxido de azufre, están disminuyendo.
—¿Crees que podremos tener unas Navidades tranquilas, abuela?
—¡Eso parece, mi niño! ¡Qué alegría! ¿Por qué no traes una botellita de mistela que tengo escondida en la alacena? Está detrás de los productos de limpieza.
—¿En serio, abuela?
—Bueno, en algún momento iba a haber que celebrar. ¡A ver si el bicho se duerme de una vez por todas y no vuelve a despertar más nunca!
Traigo la botella y le sirvo el vasito de licor hasta arriba; se lo tiene ganado.
—Brindemos por eso, abuela.
—Ya verás, Nau. De aquí en adelante todo serán buenas noticias.
—Seguro que sí.
Mientras, con disimulo, cambio de canal, porque Famara ha comenzado a entrevistar a una premiada apicultora que nos cuenta cómo perecen sus abejas por el peso de la ceniza en sus alas.
Según transmite, aunque se las haya llevado de la zona de exclusión por los gases y las altas temperaturas, no parece que la situación mejore.
No quiero que decaiga el buen ánimo, así que pongo uno de esos debates que tanto le gustan.
Parece que también la pesadez se despeja en mí desde que las he visto sonreír: a mi abuela a mi lado y a Fa en pantalla. Puede que me lo haya imaginado, llevaba mascarilla; sin embargo, lo sentí así.
Con la mistela, la abuela se queda dormida en el sillón. Le quito la mañanita, la recuesto y la tapo bien con una de esas mantas hechas a mano que aparecen cuando más las necesitas y que nadie recuerda a qué generación de la familia pertenecía la mujer que la tejió.
Me voy a la cama y pruebo suerte de nuevo:
Nauzet: «Me alegro de que hayas sido tú quien diera la buena noticia. Ya queda menos ✨ ».
Pasa un buen rato, unos diez minutos en los que los tres puntitos vienen y van. Ya admito que no me va a escribir, cuando, sin embargo, lo hace.
Famara lagunera: «Sí, deseando que termine todo esto y poder contar alegrías».
Nauzet: «Imagino que tendrás muchas ganas de ir a Barcelona y comenzar tu nuevo trabajo ✈️ ».
La doble marca enseguida pasa a azul, aunque no indica « en línea » ni vuelven a aparecer los tres puntitos para nada. Sí, estoy convencido: algo le pasa.