Capítulo 17
Barcelona
Famara 🎤
La música está a tope y la adrenalina y el sudor nos envuelven.
La mayoría, incluidas Catha y Arure, han vuelto al hotel porque mañana quieren madrugar para hacer un poco de turismo antes de volver al aeropuerto.
Sin embargo, un selecto grupito hemos decidido terminar haciendo cola para quemar el resto de la noche en Razzmatazz; todo un clásico.
El olor del hielo seco, el sudor, las luces ondulantes, los cuerpos apretados… Grito la pegadiza Beggin , de Måneskin, aunque no me escucho ni a mí misma. El ambiente se carga y mi corazón bombea al ritmo de la música; es ensordecedor. Bendita locura. ¡Cómo me hacía falta un tenderete!
Nau al principio estaba un poco tenso, pero ya se ha soltado.
Vuelve con otra ronda de ron Arehucas con limón; he perdido la cuenta.
Una suerte encontrar nuestra bebida de cabecera en cada rincón del país.
Ha dejado la chaqueta, el chaleco y la corbata en el vestidor y está completamente despelujado.
Espero saber controlarme porque ahora mismo le haría un montón de cosas; casi todas contra la pared.
Está tremendo, yo lo sé y todas las chicas de nuestro alrededor también lo saben.
Hemos perdido al resto de la resistencia, es posible que ya se hayan marchado. Yo salto descalza; Nau tiene mis sandalias enganchadas en la muñeca. No aguanto el dolor de pies. ¡Estoy a tope!
«Un beso de improviso… Te quiero y no lo digo…
Y no sé si decirlo, tal vez sea el destino, es como un déjà vu que se repite sin querer».
¿Y cómo no vamos a mirarnos profundamente a los ojos con esta letra?
¿Cómo no vamos a dejar de saltar de repente y dejarnos mecer como si, en realidad, sonara una balada?
Siento sus labios calientes en los míos, el corazón galopante. Todo el cuerpo me hierve porque no deseo más que sentir su lengua abrazando la mía mientras me estrecha contra su cintura y yo termino de despeinarlo, dejándome llevar.
Cuando nos separamos, nuestras respiraciones están a tope y yo estoy tan mareada que me cuesta tenerme en pie.
Me coge de la mano y tira de mí. Ha dicho algo, aunque no tengo ni idea de qué.
Me dejo llevar porque hoy quiero hacer lo que me dé la gana y eso, sin duda, incluye relajarme y dejarlo hacer.
Recoge nuestras cosas en el vestidor y me compra unas lonas que venden allí mismo. Grito un «¡ hurra!» para el que tuvo esta idea de negocio magistral. Me las calza mientras se ríe, me enfunda en su chaqueta y enfila la calle.
—No pensarás en volver andando, ¿verdad? —le digo mientras lo beso de nuevo.
Apoya su frente en la mía y sonríe.
¿Se ha hecho de día? Ah, no, es él, que resplandece.
—Me parece que aquí hay una personita que necesita que le dé un poco de aire. Dios sabe que me va a costar no seguirte el rollo, pero tú y yo vamos a dar un paseo hasta el hotel.
Saca el móvil y consulta el Google Maps. Veo de reojo la pantalla y la línea azul que se dibuja se me antoja larguísima.
—¡Guiri, no! ¡Eso está muy lejos, tengo los pies destrozados! Anda, vamos en taxi. O lo cojo yo y te dejo aquí plantado. —Me río porque los dos sabemos que ahora mismo no puedo ni parar un taxi sola.
—Venga, vamos a hacer una cosa: cogemos un taxi hasta la catedral, damos un paseo por el barrio para despejarnos y ya luego vamos a la habitación. ¿Es este plan más de su agrado, señorita?
—Sí, así sí.
Y me cuelgo de su brazo porque ahora mismo lo único que quiero es disfrutar de su olor. Que sí, que el aroma a cuero está mezclado con el del sudor y el alcohol. Para qué engañarme, es que me parece que huele de maravilla; alguien debería embotellar este olor. ¿Le acabo de lamer la nuca?
—Venga, mi niña. —Me ayuda a subir al taxi y se incorpora por la otra puerta—. Bona nit .
— Bona nit. On us porto ?
—Uy —me río—. ¡A ver cómo le contestas a eso!
—Si nos puede dejar lo más cerca posible de la catedral, por favor.
—Por supuesto. La noia parece que no puede dar un paso más esta noche, ¿eh?
—Sí —dice mientras me acurruco en su hombro y sigo la conversación intentando no perder pista—. Digamos que tenía mucha falta de desconectar.
—Eso dice él; yo estaba disfrutando y me ha sacado a rastras, caballero.
—Por el acento, sois canarios, ¿verdad?
—No podemos disimular, ¿eh? Venimos de La Palma.
Yo me arranco a cantar la canción de La negra Tomasa , porque me pongo sensiblera y esa melodía siempre me transporta al carnaval de Los Indianos en mi preciosa isla, que es el mejor carnaval del mundo, digan los chicharreros lo que digan; eso lo sabe cualquiera.
—Disculpad que me entrometa, es que me suena la cara de tu amiga y, al decir que venís de La Palma, ¿no será la noia de la Televisión Canaria que sale en el programa de la noche transmitiendo la erupción?
—¿Ves, Nau? Soy suuuuuuuuuuuuuuuper famosa.
—Sí, mi niña, super.
Se parte de la risa, no lo entiendo. ¿Soy o no soy famosa? A las pruebas me remito.
—Sí que lo es. No se lo tenga usted en cuenta. Lleva dos meses trabajando como una leona y la celebración de hoy se nos ha ido un poquito de las manos.
—Tengo un Ondas, ¿sabe? ¡Y un contrato con Comando actualidad ! Ahora a ver quién se lo dice a mi madre, pero esos son problemas de la Famara del futuro, claro; ahora solo quiero bailar. ¿Vamos a bailar?
—Claro que sí, a bailar en la catedral. Mira, ya hemos llegado.
—¡Chachi, no conozco el local, hacía mil que no venía a Barcelona! ¡ Bona nit , caballero!
— Bona nit , ¡que lo paséis muy bien y, enhorabuena por ese premio, te lo mereces!
El taxi debe ser un coche muy moderno, porque me cuesta la vida bajarme; el suelo sube y baja y hace que se me trabe el pie. Deberían revisar eso.
—Vamos, anda, a ver si con un paseo se te pasa el vacilón que llevas.
—Si te gusto igual, no mientas. Y ya has visto que soy un buen partido: ¡soy famosa!
Sostiene mi peso y me da un suave beso en los labios. Nada que ver con el que yo quiero darle; aunque, antes de que sea capaz de coordinar los brazos para atraparlo, se me escapa.
—Pues claro que me gustas igual, boba. ¿Todavía no te has dado cuenta de que me gustas de todas las maneras?
—Algo he notado —me río—. Aunque te tengo a raya. No veas cómo me cuesta, pero soy una máquina, ¿sabes? ¡Llevo años de práctica!
Paseamos entre las callejuelas. Me enamoro de los frutos del árbol de magnolia, de las paredes labradas y del pasadizo volado. Cómo me gusta este barrio.
—¡Mira, Nau! —le grito y señalo hacia arriba—. ¡Gááááááárgolas! ¡Me encantan las gááááááárgolas! ¿Podemos subir? Vamos a tocar, anda; seguro que nos dejan subir, porque tú estás muy bueno y yo soy muy famosa. ¿Quién podría decirnos que no?
—¿El cura? Anda, vamos, que estás peor de lo que pensaba.
Este chico hace magia. No es una opinión, a los hechos me remito: lo dice y, al instante siguiente, estamos en la habitación del hotel.
Eso sí, en nuestra ausencia han debido hacer algo con la decoración, porque ahora está todo mucho más difuminado.
Mañana lo comentaré en recepción, estaba mucho más bonito esta tarde; esta nueva decoración marea bastante.
Juraría que… ¿Nau me está quitando la falda? ¡Esto empieza a ponerse interesante! Y… ¿me tapa con la manta?
—No, no, no, guiri, ven aquí, anda.
—Dame un minuto.
Y, vaya, ni un segundo tardó. Está ya en la cama y me mira a los ojos. ¡Cómo me gusta! Alargo mi mano hacia él y la atrapa con la suya. Me besa despacito, suave. Siento cómo todo mi cuerpo se eriza y me pego fuertemente al suyo.
—Nunca creí que te diría esto, Fa —suspira—. Vamos a dormir, ¿vale? No quiero que sea así; quiero que, si nos volvemos a acostar, te acuerdes de cada detalle al despertar por la mañana.
—Muy seguro de ti mismo estás si crees que tendrás otra oportunidad, Naucito. Hoy es solo porque estamos de celebración; no es porque estés tremendo ni nada.
Y me acerco para besarlo de nuevo. Se deja hacer, pero en cuanto acerco mi mano a su sexo, la retira.
—Te juro que me muero de ganas, Fa.
¿Tiene los ojos cerrados? De lo que estoy segura es de que se le ha puesto la voz ronca y… A ver, por lo que he palpado, también estoy segura de que sí tiene ganas.
—Un guiri puritano, lo único que me faltaba por ver. ¡Vaya mala suerte la mía! ¿Sabes qué? Tú te lo pierdes. Ya vendrás a pedir.
Me doy la vuelta. No soporto el sueño, los ojos se me cierran solos tras darle la espalda. Me parece oírlo de fondo, aunque no estoy segura.
—De eso estoy seguro, Fa. De que me lo pierdo y de que te voy a pedir.
El intenso olor a café me saca del sopor doloroso en el que me encuentro sumida.
La cabeza me late y soy incapaz de abrir los párpados.
De lejos, escucho voces con acento familiar.
Entreabro los ojos, regañada por la claridad que desprende la televisión que tengo enfrente, y escucho a los vecinos que llevo meses acompañando hablar de un terremoto terrible.
—Tranquila, todo está bien en casa.
Giro muy poco a poco la cabeza y, pese a que me cuesta enfocar, distingo a Nauzet sentado en la cama con una bandeja de desayuno. Recuerdo que anoche me rechazó. ¡No creerá que va a arreglarlo con un poco de café caliente!
No le contesto. Me siento despacio contra el cabecero e intento prestar mi atención en las noticias, que ahora son lo importante.
Un terremoto de magnitud 5.1 ha sacudido de nuevo los miedos de mi gente.
¿Es que no solo no va a parar, sino que va a empeorar?
Las imágenes de la devastación de Timanfaya nublan otra vez mi mente y sacudo la cabeza para espantar las ideas terroríficas que me regala mi imaginación.
Siento su mano acariciando mi hombro y, aunque quiero apartarme, lo dejo estar.
—Tranquila, mi niña. Todo está bien, te lo prometo. Come algo, te vendrá bien.
Lo miro seria.
—Puede que estuviera borracha, Nauzet, pero no he olvidado lo de anoche. ¿Crees que me vas a engatusar con el desayuno?
—¿En serio? —resopla—. Menudo despertar, Fa. Venga, no lo estropees. Lo hemos pasado genial. Dame una tregua, ¿vale? Solo intento hacer las cosas bien.
Me toma la barbilla y me levanta el rostro para que nuestras miradas se crucen. La bajo a la bandeja: pan con tomate, fuet y un café que grita mi nombre. Igual sí que se merece una tregua. Le quito la bandeja y doy un sorbo a la bebida caliente, que está deliciosa.
—Mmm… Puede que sí que te perdone.
—No esperaba menos de una chica tan famosa como tú.
Abro los ojos de golpe y un montón de destellos me azotan. Me echo las manos a la cara y me la tapo.
—¡Qué ridículo! Espero que ese taxista no lo vaya a contar por ahí.
Me retira el pelo para que no lo meta en la taza.
—Estabas muy graciosa, Fa. Lo pasamos muy bien. Cuando todo esto pase, quiero un montón de noches disparatadas contigo.
Lo miro y no puedo evitar sonreír. Se acerca lentamente a mí y sé que quiere besarme. Lo freno con la mano y poso mi dedo índice en sus labios. Intento parecer pícara para restarle importancia al asunto.
—De eso nada, guiri. Te lo advertí, la oportunidad pasó.
Imposta una triste sonrisa.
—Voy a la ducha. En una hora nos recoge la guagua para el aeropuerto. Después recogemos juntos.
Asiento y lo veo desaparecer tras la puerta del baño. Por la postura de sus hombros, sé que está decepcionado. Yo también intento cuidar lo a mi manera. Me voy a venir a vivir a Barcelona; no quiero que nos rompamos el corazón. No lo merecemos ninguno de los dos.
Me centro en la televisión y me dedico a intentar calmar mi estómago y mi cabeza con una elevada dosis de grasa y azúcar, que espero de corazón que hagan su trabajo.
Aparto la bandeja, saciada. Mi mano corre por instinto a la cadenita que me regaló ayer Nau y la beso antes de que él salga del baño.
Los Enanos. Hace ya más de un año que se suspendieron las Fiestas Lustrales por el coronavirus, así que pasarán otros cuatro hasta que los veamos bailar la polca de nuevo.
Cruzo los dedos como cuando era niña, como si este simple gesto pudiera garantizarme que en 2025 los veré de nuevo danzar.