A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 16
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Capítulo 16

Villa de Mazo, isla de La Palma

Famara 🎤

Cuando vives en las islas y tienes el privilegio de poder permitirte salir, asumes que un tiempo importante de tu vida vas a pasarlo entre las nubes. Dicho así, suena bucólico; la realidad es bastante más compleja. Hoy cogemos dos aviones para poder llegar a tiempo a la gala.

Esta noche no habrá programa, nos cubren los compañeros del especial de fin de semana, así que hemos dormido todos en Los Cancajos para estar temprano en el aeropuerto. Nuestro primer vuelo sale a las ocho.

Somos un grupo numeroso: de nuestro programa vamos Ancor, Hara, Victorio, el presentador, y Arure como regidora, acompañada por Catha.

También viene Javier Sánchez, que dio la noticia en directo desde el Cabildo el día de la erupción, además de los compañeros que ponen rostro a las conexiones de la mañana y algunos de los presentadores principales de la cadena, que se nos unirán en Tenerife.

Nos acompañan novios, hermanas, esposas…

nadie quiere perderse el gran evento. Parecemos un viaje de fin de curso de instituto, excepto en el rango de edad, cargados con nuestras sonrisas, nuestros nervios y nuestras voces demasiado altas.

Ojalá celebrásemos también un final; lamentablemente no es el caso.

Y, pese a todo, también merecemos celebrar, así que aquí estamos, con los forros de nuestros trajes bien tiesos, porque nuestra hora de aterrizaje no da margen para planchados de último momento.

Nau está alegando con la gente, sonriente y, no lo puedo negar, monísimo.

Se esfuerza por no agobiarme y, la verdad, lo hace muy bien.

Ha logrado mantener ese ambiente entre nosotros en el que, aunque sabemos que nos gustamos, preferimos proteger nuestra amistad.

No voy a negar que muchas veces, como ahora, con ese vaquero gris y ese suéter verde de cuello vuelto, que le destaca tantísimo los ojos, no me planteo acorralarlo en un rincón y ponerlo en un aprieto; sin embargo, sé que es mejor así.

Si es mi amigo, lo tendré toda la vida, y sé que Nau vale la pena.

—Voy a llamar al servicio de limpieza —me suelta Catha por detrás; no la he oído llegar—. Se está formando un charco a tus pies que, agüita, mi niña… ¿Baba, quizá?

—Confirmado. Pero habla bajito, anda.

—Sí, porque a lo mejor queda alguien en La Palma que no sepa que mi mejor amiga está hasta los huesos por « el guiri » .

Comienza el embarque de nuestro avión; Catha se va con Arure y, ahora sí, Nau se coloca sonriente a mi lado. Lo noto nervioso.

—¿Todo controlado?

—Sí, claro. —Se toca la nuca, clara señal de que no.

—¿Estás seguro?

—Sí, sí. Bueno, más o menos. Volar no es mi actividad favorita. Descuida, estaré a la altura. —Me pica el ojo.

—¿Eso era un chiste?

—Malo, ¿no? —Se pone colorado.

—¡Qué va! —Me da penita—. Es solo que me cogiste desprevenida.

Dejamos las maletas en los compartimentos superiores, nos sentamos y colgamos los trajes en los ganchitos del sillón.

—Ya veremos cómo nos embutimos en el próximo vuelo. ¡Qué ganas tengo de poder ir así de cómodo a la Península!

Nau me ha cedido la ventana y no para de darle vueltas a la ambrosía que nos han entregado al embarcar.

—La vas a destrozar.

—Sí, siempre me pasa en el avión. ¿Querías comerte esta también?

—No, no; aunque sería un enorme desperdicio que no la aprovecharas. ¡No nos van a dar más hasta mañana!

—Tendré que cuidarla, me tiene que aguantar el ritmo también en el próximo vuelo.

El avión despega y, hoy, desde el aire, la visión del penacho del volcán es espectacular; aterradora. Nau posa su mano sobre la mía, entrelaza los dedos y clava con fuerza los pies en el suelo.

—Hoy es un día para disfrutar; olvídate de eso —me dice.

Afirmo con la cabeza y me apoyo en su hombro.

En apenas veinticinco minutos entramos por la costa de Tacoronte y vemos a la derecha el litoral escarpado, con su escondido arenal negro. A continuación, giramos y tenemos de frente el majestuoso Teide, observándolo todo. Siento un escalofrío.

—No lo habías visto tras la erupción, ¿verdad?

—No, y… No sé, me cuesta mirarlo con los mismos ojos. No sé si podrá volver a ser mi « Padre Teide » de nuevo. Nunca fue un padre al que tuviera miedo, pero ahora no quiero imaginar qué nos pasaría si se despierta.

—Lleva mucho tiempo dormido, confiemos en que siga así.

El siguiente vuelo se nos hace largo. Leemos, dormimos, jugamos al ahorcado y, por fin, llegamos a Barcelona y al sencillo hotel en el barrio Gótico en el que vamos a quedarnos.

No tenemos mucho tiempo disponible, el justo para ubicarnos y arreglarnos, porque pasará una guagua a recogernos.

Nau y yo tenemos una pequeña habitación compartida.

Sé que es ridículo; sin embargo, la situación, de entrada, me da un poco de reparo.

La bobería me dura pocos segundos porque él se ofrece a cambiarse en el baño.

Para la ocasión, me envuelvo en una preciosa falda larga de tul verde botella con volantes multicapa, m ás corta de delante para enseñar las preciosas sandalias doradas con taconazo , y una blusa sencilla ocre, muy masculina y favorecedora con mi piel morena.

Me maquillo bastante, ahumando los ojos y añadiendo ese topo dorado en el lagrimal que Catha me ha enseñado a hacerme y que tan bien me queda.

Un moño bajo, despreocupado. Guardo el móvil, la llave de la habitación, un pequeño monedero y la barra de labios en una discreta cartera dorada.

Se abre la puerta del baño y sale el hombre de mis sueños.

¿Para qué voy a llamar de otra manera a este tío moreno de ojazos verdes que me mira a través de las ondas negras que le caen sobre los ojos?

Lleva un traje espectacular azul noche que le sienta como un guante y, sobre sus largas manos, asoman unos gemelos de oro con la forma de La Palma.

—Estás preciosa.

Me sonríe embelesado. Sé que el pulso se le acelera porque el mío también lo hace y ninguno puede despegar la mirada del otro. Su perfume, que me recuerda al olor del cuero, lo invade todo.

—Tú tampoco estás mal, guiri.

—¿Alguien quiere quedarse sin su regalo?

—¿Tengo un regalo? ¡Nada de guiri!

—Ven aquí, mi niña.

Me tiende la mano y me gira. Yo me dejo hacer y siento una cadenita de oro posarse en mi escote como una mariposa.

Levanto la vista hacia el espejo: es la preciosa silueta de un Enano de La Palma, el emblema de la Bajada de la Virgen.

Las fiestas atraen a miles de palmeros, incluidos los que viven en América, para los que esa visita cada cinco años es incuestionable.

—Muchísimas gracias, Nau. Es perfecta.

Apoya la barbilla en mi hombro y me coge de la cintura por detrás. Mi respiración se acelera y no sé si tiene sentido disimular, porque ambos sabemos lo que sentimos.

—Vas a ser el invitado más fotografiado de la fiesta. —Intento rebajar la tensión.

—Como diría doña Remedios: «Bonita pareja».

—¡No te vengas arriba, campeón, y vamos a recepción o se nos va a escapar la guagua!

Definitivamente, hay turistas celebrando despedidas de soltero en las piscinas de El Puerto de la Cruz, en Tenerife, con más saber estar que nosotros.

Será porque llevamos casi dos meses de penas y angustias, que los nervios nos hacen a todos reír sin sentido y a algunos, incluso, reír mientras lloran.

El caso es que montamos un tenderete que el chófer no nos ha dejado por el camino de purito milagro.

El triste horario de invierno nos acoge con oscuridad en esta ciudad siempre rebosante de vida, luces y tráfico.

Al llegar al Teatro Coliseum, los nervios transforman la risa en tensión.

Nunca he estado en un acto tan importante.

Confío en la educación que me transmitió mi abuela y espero estar a la altura.

Nau no me suelta la mano, y yo se la sostengo con firmeza; sé que no me va a dejar caer.

—Tranquila, mi niña. Estás aquí por el maravilloso trabajo que haces cada día, y hoy también lo vas a bordar. Estoy muy orgulloso de ti.

Se me empañan los ojos. ¡Es tan bonito sentir lo feliz que está por mí!

Nos bajamos y comienzan los destellos fotográficos.

Casi parece que se ha hecho de nuevo de día.

Sonreímos entre lágrimas. Aprieto la mano de Nau porque sé que él también se apoya en mí para hacer frente a un espacio con tanta gente.

Alucinamos con el elenco tan espectacular que nos rodea: Carles Francino, Pablo López, Aitana, Iñaki Gabilondo, Jordi Évole , Javier Cámara…

Da vértigo mirar alrededor. Algunos de los periodistas presentes son mis modelos a seguir.

La marea nos desplaza y, sin darnos cuenta, estamos todos frente a la lona, ¡posando para las cámaras!

Al decir « todos » me refiero a todos, acompañantes incluidos; somos un montón. Cuando el cámara hace su magia, gritamos: « ¡ Todos somos La Palma! » , y el público que está tras las vallas para ver caras famosas se vuelve loco a aplaudir y nos hace sentir parte importante de todo el despliegue.

A los premiados nos sientan en una zona de fácil acceso al escenario, y el resto de los invitados pasa a ocupar sus asientos en la platea. Nau apenas me roza la frente al depositar un beso que es como la caricia de una pluma, me sonríe y me aprieta las manos antes de seguir a los demás.

Respiro profundo y me concentro en hacer bien aquello por lo que hemos venido hasta aquí. Catha y yo nos sonreímos: somos representantes de nuestra gente y debemos hacer todo lo que podamos para que, cuando el diablo se duerma y las cámaras se apaguen, no los olviden.

La voz de mi admirado Carles Francino me saca de mi concentración:

—El Premio Ondas a la mejor emisión por emisoras o cadenas no nacionales, a la Televisión Canaria por su cobertura relacionada con la erupción del volcán de La Palma.