Capítulo 15 #2
Aprovecho para llamar al restaurante Franchipani y encargar un repertorio de mis platos favoritos.
No sirven comida para llevar, aunque, como me conocen y les digo que es para Famara, de Una hora menos , se ponen enseguida manos a la obra.
No voy a negar que me enorgullece lo agradecido que está todo el mundo con el trabajo que están haciendo las chicas.
En apenas diez minutos estoy por allí y espero en una de las mesitas de la terraza mientras tomo una copa de vino Tamanca, que me encanta, y disfruto de la bonita estampa del mar en el horizonte.
Les pido que añadan una botella para el evento, que es como llamo en mi cabeza al nido de ideas que tengo intención de poner en marcha.
Dejo todo enjaretado para recogerla, justo a tiempo.
Llego a la plaza de Tajuya y la veo retransmitiendo; no puedo evitar ponerme muy nervioso.
Me siento en el suelo, en un lado, apoyado en la pared; curiosamente cómodo con el colchón de ceniza que me amortigua.
La contemplo y sonrío con libertad: nadie me observa y ella no se ha dado cuenta de que estoy aquí, así que no tengo razones por las que disimular.
¡Es tan inteligente! Es bonita, simpática, buena…
A veces creo que la vida me la ha enviado para compensar tantas cosas terribles que suceden a mi alrededor.
Luego veo lo egoísta que es ese pensamiento y lo descarto , porque ella también sufre mucho con todo esto y no merece pasar por ello solo para que yo esté feliz.
Me fijo de forma detenida. Hoy ni siquiera se ha puesto máscara de pestañas. Tiene los ojos irritados; la voy conociendo bien y sé que, como bien anticipó Tana, mi niña ha estado llorando.
Termina la conexión, me levanto y sacudo los pantalones.
Me acerco despacio y dejo que me descubra mientras pone en marcha su rutina diaria de deshacerse de los cables y el micro.
Tiene aspecto cansado y, a la vez, es la mujer más bonita del mundo.
Me descubre y me sonríe, aunque no me parece que el brillo le llegue a los ojos.
—Oh, ¿qué haces aquí? ¿No volaste a Tenerife?
—Hola, mi niña. Sí, pero no se me ocurrió mejor forma de celebrar el éxito de la exposición que venir a verte. —Le pico el ojo y me acerco a darle el beso de rigor en el cachete.
—Pues estoy agotada, Nau. Hoy es un día un poco triste para mí, no veo la hora de llegar a casa.
—¿Me dejas que te lleve?
—Tengo el coche aquí. Si lo dejo, mañana será un lío para volver.
—Si me dejas las llaves, yo me encargo de eso. —Me mira extrañada, rebusca en sus bolsillos y me tiende las llaves.
—Dame un minuto.
Enseguida localizo a Arure, que está pendiente de todo; ya la puse al día de mis intenciones, así que, casi sin palabras, le extiendo las llaves y vuelvo deprisa al lugar donde quiero estar. Ella y Catha se encargarán de que mañana por la mañana el coche esté en la puerta.
—Todo listo, señorita. —Le ofrezco mi brazo a la antigua usanza—. ¿Me acompaña?
—¡Miedo me das!
Sonrío y le doy un paquete de fresitas.
Vamos en silencio hacia mi coche. Dejamos atrás la plaza, que ahora tiene algo así como una doble vida.
Es un plató de televisión hasta esta hora, sobre las doce de la noche, en que el programa de las chicas, el último que se emite, apaga los focos y las cámaras.
Entonces vuelve a ser un mirador, atestado de curiosos que se mantienen en vela toda la noche, para observar el diablo desde la seguridad que da la distancia y para aprovechar cada minuto de su visita.
En el coche escuchamos a Heilung, un grupo folk nórdico, con Anoana , y nos dejamos transportar a lugares más fríos, con las ventanas abiertas y el aire en los rostros. Aparco, apago el motor, abro la puerta.
—Aquí hay gato encerrado. ¿A dónde crees que vas?
—A acompañar a la dama al castillo, por supuesto. No sé qué peligros podrían acecharla ahí dentro.
—Me parece a mí que aquí el único peligro que hay eres tú.
—No le falta razón, señorita, ¿entramos?
Sonríe, niega con la cabeza y nos bajamos.
Llegamos a la puerta. El corazón me late desbocado y me sudan las manos.
No paro de soplar el flequillo; es un tic que me da con los nervios.
Me cuesta no tocarla, no cogerla por la cintura, no intentar besarla.
Sin embargo, la intención de todo esto es mejorar su día, y eso, estoy seguro, no lo haría; así que me concentro en no traspasar las normas que ambos hemos aceptado.
La música que escuchábamos en el coche nos llama desde el interior de la casa. Me mira de nuevo. Seguimos en silencio y dirige sus pasos hacia el patio. Cuando me fui no estaba tan oscuro. El efecto de las luces, las flores y la música, ahora, he de admitir que es una pasada.
—¿Tú has hecho todo esto? —Me mira y sé que está un poco asustada—. Nau, sabes que yo no quiero…
La interrumpo.
—Eh, no te imagines nada más que lo que ves, Fa. Sabía que hoy era un día difícil para ti y solo pretendo mejorártelo. Tome asiento, señorita. Bienvenida al cine de Los Llanos. Hoy, en cartelera, un corto del director Tanausú Drago. Espero que disfrute nuestro menú.
Entonces destapo la mesa lateral con las croquetas de pescado, las ensaladas, los deliciosos quesos… y sirvo dos copas de vino. Le tiendo una a Fa y la invito a brindar.
—Por las nuevas playas que descubriremos juntos.
Su cara se entristece y, pese a eso, sonríe. Acerca su copa a la mía.
—Y porque todo termine pronto, Nau. Los Guirres ya no existe. —Le tiembla la voz—. No sé si puedo aguantar mucho más.
Chocamos nuestras copas y confío en que la vida nos regalará lo que necesitamos, de alguna manera.
Quiero abrazarla, aunque no lo haré si ella no se acerca primero, así que le sirvo de todo un poco y le ofrezco el plato.
Coloco el ordenador, bajo la música poco a poco hasta que desaparece, y la sonrisa de cinco niños totalmente cubiertos de arena negra toman la pantalla.
Son todo dientes y ojos: felicidad de verano.
Me siento a su lado y le doy al « play » .
Suena El final del verano , de El D úo Dinámico.
Nuestro amigo es todavía más viejuno con la música que yo.
Se suceden las imágenes y los vídeos cortos.
La voz de Tana cuenta anécdotas del grupo, y yo descubro a una niña sonriente que es puro hueso y granitos en la frente y que, foto a foto, se convierte en la bonita mujer que tengo al lado. Tan cerca y tan inalcanzable.
No puede evitar llorar a la vez que sonríe.
—Ven aquí, anda, que no voy a meterte mano.
Sonríe, deja el plato sobre la mesa y se acurruca a mi lado. Le paso el brazo por los hombros y doy gracias a Tana por su generosidad con todo mi corazón.
Termina la composición y aquí está la prueba de fuego. No quiero que haga nada que no quiera. En realidad, me lo pone fácil enseguida.
—Nau.
—Dime.
—No quiero que te vayas. ¿Tienes alguna película en el ordenador?
—¡Por supuesto!
Pongo Interstellar y me siento el hombre más afortunado de la isla.
¡Qué digo! Del universo. Con su cabeza en mi regazo y mi mano en su pelo.
Intento no hacer ruido ni para coger aire, temo que cualquier cosa rompa la magia.
En un rato siento su respiración acompasada y sé que se ha quedado dormida.
Pauso la película y me giro con cuidado para poder tomarla en brazos. La llevo despacio a su habitación. De forma instintiva, se ha cogido de mi cuello y reposado la cabeza en mi hombro. Estoy seguro de que tengo la cara de pibe feliz más brillante de la historia.
La dejo sobre la cama. Sé que pronto estará incómoda con la ropa y, aunque la he visto desnuda, y la recuerdo muy bien, no quiero que mañana se despierte sin saber si aproveché todo esto para algo que no debía.
Por ello, cojo la manta de la cama de Catha, que no va a venir a dormir, y la tapo con mimo.
Dejo otra bolsa de fresitas sobre la mesa de noche, la beso en la frente y salgo sigiloso.
Recojo los restos de la cena y el ordenador y lo guardo todo en el maletero del coche. Dejo las flores, las luces y las golosinas para que Daida se lleve una alegría mañana al despertar.
Cuarenta minutos me separan de mi destino en Santa Cruz. Hago el trayecto de forma instintiva; no voy en absoluto centrado en lo que debo: tengo esa maravillosa sensación de misión cumplida; voy flotando.