Capítulo 15
San Cristóbal de La Laguna, isla de Tenerife
Nauzet 📷
Estoy en Tenerife, me he pasado el día realizando gestiones; es lo que tiene vivir en una de las llamadas islas menores, que para mover casi cualquier papel, tienes que trasladarte a Tenerife o Gran Canaria.
Paseo sin rumbo por La Laguna, apreciando los conventos de Las Claras y Las Catalinas. Nunca me canso de cruzar por el callejón de La Caza. Los laguneros tienen una extraña costumbre de seguir llamando a sus calles por los nombres antiguos, lo cual me encanta.
Dice mi abuela que, si lo cruzas en silencio, los adoquines te susurran antiguas historias de pasadizos bajo los conventos y amores prohibidos.
Su favorita es la de sor Úrsula, que terminó enclaustrada, y don Jerónimo, cuya cabeza fue expuesta durante días en la plaza del Adelantado, tras casi conseguir fugarse en un barco con su amada.
Ojalá pudiera venir con Fa en Navidades y dar un paseo mientras vemos las luces y el bonito ambiente del casco; hay algo de magia en sus calles.
La iluminación ya está colocada, en espera de que, a final de mes, brille en la gran fiesta de La Noche en Blanco.
El callejón parece que está cubierto por un velo; hasta con las luces apagadas, con el atardecer, es precioso.
Paso los minutos perdidos entre los bejeques y oigo a lo lejos que las campanas dan las seis, así que pongo rumbo a la catedral, donde he quedado con Tana antes de volver al aeropuerto y coger el último vuelo a casa.
Lo encuentro sentado en el banco de piedra que está junto al antiguo estanque de los patos, comiendo laguneros de la mítica dulcería La Catedral.
El olor a castañas asadas lo envuelve todo.
Tana me tiende la bolsa de papel para que coja un dulce mientras traga, con los labios llenos de hojaldre y azúcar, y nos abrazamos.
—Oh, ¿qué pasó?
—Contento: se vendieron todas las fotografías extra que dejé tras la exposición, así que están encantados. Además de pagarme, hemos fijado otra muestra para el año que viene, en julio, para que coincida con los actos de las Fiestas de San Benito. Así que más que bien; en realidad, supercontento.
—¡Qué bueno! Es que las fotos eran una maravilla. Pena del momento, que andábamos todos todavía muertos de miedo esos días. ¿Y lo del Cabildo?
—Quieren que colabore en la nueva cartelería para señalar las zonas turísticas. No me he comprometido, pero voy a valorarlo porque creo, además, que puedo reutilizar mucho material.
—Me alegro de que todo te vaya bien, Nau; te lo mereces.
—Te veo cansado, Tana, ¿todo bien?
—Sin novedad en el frente, agotado por los estudios y esa sensación que tengo a veces de estarme perdiendo cosas importantes. Algunos días me gustaría haber elegido una carrera más corta que Medicina o tomarme un año sabático. No sé.
Se quita las gafas y se pinza el tabique nasal con los dedos.
—Es que cogiste la más dura. ¡Menos mal que lo tuyo es vocación!
—Sí, pero no siempre estoy donde quiero estar. Además, ahora todos están ya con sus trabajos y aquí sigo yo, viviendo de mis padres.
—Tampoco es eso. Mira a Rayco y Xerach. —Sonrío—. No te vas a quedar solo durante un buen tiempo. Trae acá esos dulces, anda, que te vas a empachar.
Me lanza la bolsa y la pillo al vuelo. Cojo otro lagunero; están de muerte.
—Cambiando de tema. ¿Qué tal te va con Fa? Te está costando, ¿eh? No dirás que no te lo advertí —se ríe.
—Pues, en realidad, creo que nos va bastante bien. Soy un tío paciente, ya sabes.
—Pero te tiene a raya con el sexo, ¿no? —se carcajea.
—De los pibes me lo esperaba; de ti, no.
¿Ahora resulta que tienes dentro tú también un cavernícola?
Aunque sí, eso es lo que hay y, de algún modo, no me importa.
Estamos bien cuando estamos juntos. De verdad que, sorprendentemente, lo controlo.
Hay algo que me dice que esto será al golpito.
Ya pasó una vez, no es como si no supiera que le pongo.
—Anda, Romeo, ten esto, que ¡estás más colado! ¡No te queda nada que bregar! Te lo digo yo que la conozco bien. Valdrá la pena.
Me tiende una memoria USB.
—¿Y esto?
—Desde que aterrices, te me vas derechito para Tajuya, sin pasar por casa, a ver si llegas antes de terminar la conexión. Ya te he dicho que sé bien cómo es y debe estar hecha polvo. Desde ayer no nos coge el móvil, y eso es por Los Guirres.
—¿La playa de Los Guirres? Bueno, no sé cómo decirlo en pasado. Ya no existe: hoy la lava terminó de cubrirla, ¿viste las imágenes? Parece increíble, no pude evitar echarme a llorar.
—Sí, menuda mierda todo, Nau. Esa playa es importante para ella, para el grupo, porque muchos de los días de verano andábamos hasta allí desde Puerto Naos, por la carretera de las plataneras.
A Fa le encantaba aguantar allí hasta la noche y volvernos locos con los carteles que había en la entrada para situar las constelaciones.
—¿Y qué tiene eso que ver con esto? —Señalo la memoria.
—Pues ahí llevas un montaje con fotos y vídeos nuestros desde los siete u ocho años, padres incluidos, hasta ahora. Me ha quedado bastante chulo, aunque he pensado dejar que te lleves el mérito.
—¡Qué grande eres, Tana! Le diré que es de tu parte.
—Tú sabrás, yo te lo doy confiando en que vas a mimarla. El cómo es cosa tuya.
—¿Y tú? ¿Nadie a quien mimar?
—¿Cuándo, Nau? ¿Cómo? —Se revuelve el pelo, exasperado—. Si casi no veo la luz del sol; ya ni hablamos de salir de fiesta o apuntarme a ningún plan que dure más de una hora. No te voy a mentir: echo de menos tener a alguien.
—Quizá no tienes que terminar año por año, a lo mejor puedes hacerlo a otro ritmo.
—Sabes cómo soy, tío. No me planteo otra forma, sentiría que estoy abusando de mis padres. —Me palmea el hombro—. En fin, es lo que hay. Venga, espabila, que vas a perder el vuelo.
Se levanta, me da un abrazo y nos damos un beso de despedida. ¡Cómo echo de menos a este elemento!
—Todo sucederá, Tana. Estoy seguro.
—Nada, no te pongas profundo ahora, anda. Y llévate estos laguneros, que con las horas que paso en la silla, como me mande la bolsa entera, hoy no me va a librar nadie del empacho.
Me tiende la bolsa, que no tiene ya sino dos dulces.
Me río y me voy esquivando los grupos de turistas que se arremolinan frente a la fachada.
Si me dicen hace diez años que en La Laguna iba a haber hordas de turistas, me hubiera muerto de la risa; sin embargo, aquí están.
Queríamos que salieran de los hoteles, que no vinieran solamente en búsqueda de alcohol, todo incluido y sol; que conocieran los lugares con encanto… Y ahora colapsan todos los rincones.
La vuelta a casa se me hace larga. Ni me planteo comerme la Tirma cuando, por fin, aterrizamos, porque debe estar hecha gofio de tanto que la he manoseado.
¡Menudo viajecito! Esto se ha movido tanto que vengo agarrado al reposabrazos desde el aeropuerto de Los Rodeos, y no me extrañaría nada haber hecho un hueco con los pies en el suelo.
He sudado de los nervios como en toda mi vida.
No negaré que he agradecido que la ceniza y las nubes me eviten la imagen aérea del volcán.
Menos mal que las azafatas son las más amables que surcan el cielo y vienen pendientes de todos durante el corto trayecto.
Tendré que meter el chocolate en la nevera al llegar a casa, porque esta ambrosía no se puede desperdiciar.
Aunque ya tomamos tierra, me cuesta unos minutos centrarme.
Me seco las manos en el pantalón y me concentro.
Por mucho que corra, no llego antes de la emisión, así que tengo un par de horas para ponerle un poco de imaginación y cariño a lo que quiero hacer.
Poco a poco, va tomando forma en mi cabeza.
Mientras espero el taxi que me lleve a casa, llamo a los padres de Catha.
Salvo que recuerde mal, en la casa de la abuela de Tana debe haber un patio trasero con unos sillones y muchas plantas, así que les pregunto si me dejan utilizarlo esta noche y, desde que les digo que es para hacerle un mimo a Fa, no me ponen ningún problema.
Me comprometo a pasarme lo antes posible a preparar todo para que puedan acostarse temprano.
Mientras les detallo lo que necesito, llego a casa.
Le doy un beso a la abuela y a Airam y voy disparado a la habitación.
En la casa de El Paraíso tenía un proyector; sin embargo, voy a tener que contentarme con el portátil.
Prometo que no haremos ruido y cuelgo. Tengo que concentrarme: la sorpresa me va a quedar rudimentaria, pero confío en que sea efectiva.
—Abuela, me voy corriendo para Tajuya; volveré tarde, nos vemos mañana y hablamos, ¿vale? —le digo mientras la beso en la frente, como sé que le encanta.
—¿Así, tan rápido, mi niño? Espero que tenga algo que ver con mi chica favorita.
—Todo que ver, abuela. —Le pico el ojo.
—Tío, Nau, valiente calzonazos. ¡Da penita verte, disimula un poco, por favor!
—Ya te veré yo igual, hermanito, y me pienso reír a tu costa lo más grande —le digo mientras le doy un coscorrón—. ¿Alguno sabe qué bazar está abierto a esta hora?
—El de la avenida El Puente. ¡Pero no me seas cutre, Nauzet! ¡No pretenderás ganártela con un regalo de bazar! Mijo, ¿tú no ibas a Tenerife a cobrar un trabajo? Si necesitas dinero, yo te lo dejo.
—Confía en mí, abuela.
Salgo pitando a coger el coche y me enfilo hacia la tienda a comprar un buen montón de guirnaldas de lucecitas blancas.
Después de media hora de conducir y repasar en mi cabeza todo lo que quiero hacer, paro en la gasolinera de El Paso y compro un cargamento de fresitas de pastilla de goma y todas las flores que tienen: un montón de crisantemos lila que, la verdad, están mucho más bonitos que lo que pensé que iba a encontrar a estas horas.