Capítulo 14
El Paso, isla de La Palma
Famara 🎤
Mañana se cumplen cincuenta días desde que comenzó la erupción y el volcán, en las últimas jornadas, nos ha vuelto a vacilar.
Su intensidad descendió poco a poco; hemos tenido hasta cinco horas de tenso silencio, en el que todos andábamos con los dedos cruzados, soñando con que hubiera terminado y temiendo que saliera por otro sitio.
Y entonces ha vuelto a remontar y a emitir toneladas de ceniza, sacudiéndonos con terremotos de mayor magnitud.
La calidad del aire ha sido tan mala que unos cinco mil alumnos se han quedado sin clase en el Valle de Aridane.
Ni siquiera el ejército da avío para retirar las ingentes cantidades de ceniza que lo cubren todo.
Amenaza lluvia. Dicen que esto hará que, mojada, pese el doble; así que todos sacan fuerzas de donde ya no quedan para liberar de peso azoteas, tejados… Otra vez.
De nuevo, el aeropuerto ha suspendido vuelos; incluso Binter ha dejado de volar más allá de las seis de la tarde, puesto que, con el cambio de hora, en la oscuridad, la visibilidad con estos pequeños piroclastos no es segura para los traslados.
La mañana ha sido complicada: los vecinos se impacientan y comienza a haber grupos organizados que exigen el reparto de las donaciones recibidas por el Cabildo.
Todo gira de una forma imprevisible. Recuerdo los primeros días, tan lejanos ahora, cuando las personas más afectadas tenían apuro de pedir.
Sin embargo, ahora todo se ha vuelto tan perentorio, tan denigrante en ocasiones, que las voces se alzan con inconformidad, rabia e impotencia.
No dudo de que todas las instituciones lo hacen lo mejor que saben, porque… ¿quién en su sano juicio querría empeorar esta situación? Sin embargo, parece que el mejor saber no es suficiente; aquí, en la Isla Bonita, hace tiempo que nada lo es.
Tras la emisión de hoy, Catha se ha ido con Arure a comer unos bocadillos y yo he preferido quedarme en la plaza.
Rodeada de turistas, ahora paso como una más.
Atrás quedaron los días en que los curiosos me saludaban y los abuelos me abrazaban.
Ahora nos rodean extranjeros en busca de la fotografía más efectista, entre algunos vecinos demasiado agotados incluso para levantar la mirada.
Repaso en mi móvil la emisión de hoy para buscar el reportaje de Yaiza y Hara.
Han hablado de que, durante la mañana, el cráter ha emitido mineral de olivino.
Es curioso cómo he aprendido tantísimo sobre vulcanología y geología en las últimas semanas y un pequeño dato como este vuelve a hacerme sentir perdida por completo.
Olivino. Me viene a la memoria un tarrito que había en casa con unas pequeñas piedrecitas verdes.
Era de la abuela. Me contó que las recogió mi madre, de niña, en las únicas vacaciones que tuvo la familia que no fueran volver a La Palma, en años alternos, para visitar a los más allegados.
El destino elegido para aquel extraordinario viaje fue la isla de Lanzarote y ella siempre se excusaba con vergüenza por haber cogido aquellos minerales.
—En aquella época no pensábamos en lo que significaba alterar el paisaje, Famara; ahora nunca haría algo así.
Como si yo necesitara una explicación para saber que ella jamás actuaría de forma incorrecta salvo por puro desconocimiento.
Lo cierto es que las olivinas solo me recuerdan a Lanzarote y a su idílico y verde Charco de los Clicos.
Me da pavor pensar en la Isla de Fuego. Timanfaya es un lugar que recorrí con ojos ávidos de belleza, que significaba para mí amistad y risas, pues fue mi viaje de fin de curso de sexto de primaria.
Ahora me parece un decorado dantesco, la prueba tangible de un horror inimaginable e indescriptible.
Seis años de pánico y desolación; de hambruna, de miedo, de emigración.
¿Tendrán algo que ver las olivinas con la duración de un proceso eruptivo?
¿Por qué no sé estas cosas? ¿Por qué en el colegio no me enseñaron nada de lo que podía suceder, cómo actuar, cómo interpretarlo?
Tengo demasiadas inconformidades en la cabeza.
Cuando todo esto acabe, habrá que hacer un profundo trabajo de revisión.
Tenemos mucho que aprender de este terrible suceso.
Una chica joven se sienta a mi lado. Lleva un bonito chándal en tonos tierra; es curioso cómo esta prenda, tras la pandemia, es adecuada para cualquier ocasión.
—¡Hola, me llamo Tiddara! Tú eres Famara, la periodista de la tele, ¿verdad?
—¡Hola, Tiddara! Pues sí, soy yo. ¿Puedo ayudarte en algo?
—En realidad, creo que sí. ¿Has oído eso que dicen de que, en La Palma, en el siglo XX, se hablaba en décimas?
Abro los ojos de par en par y me acomodo. Se me activa ese sexto sentido que me avisa de que aquí viene una buena historia.
—Mi abuela solía comentarlo. Siempre pensé que por eso se dice que los palmeros parecen hablar cantando.
—Pues no sé si tiene algo que ver; no que yo sepa. Pero creo que tengo algo que te puede interesar y que a nosotros nos vendría muy bien que te interesara.
—Soy toda oídos. ¿Quiénes son «nosotros»?
—Pues más de ochocientas personas de todas las edades, en un grupo muy peculiar de Telegram.
—¿Damnificados del volcán?
—No, aunque sí guarda una gran relación con lo que necesito de ti.
—No te cortes, cuéntame y pide. Tienes toda mi atención.
—Pues somos un grupo que nos hemos propuesto, durante los últimos años, proteger las décimas; ya sabes, poemas populares que antes eran la forma más práctica de transmitir las noticias de boca en boca y que permitían algún grado de queja y rebeldía. Hay personas de todas las islas.
—Cierto. Mi abuela me contó que ella y mi abuelo eran grandes apasionados y, a veces, hablaban entre ellos con esas rimas. ¿Y dices que hay personas de todas las edades, no solo mayores?
—¡Yo misma! Y en el canal, exclusivamente nos comunicamos en décimas. Algunos de los componentes lo han perdido todo y lo han contado de esta forma. Mira —me dice mientras me tiende el teléfono—. Léelas tú misma.
«Te abres paso por El Paso
arremetiendo sin furia.
Pero dejas gran penuria
e impotencia con tu abrazo.
Qué duro tu encontronazo
con La Palma, tierra mía,
que llora por la agonía
de un Tajogaite severo
que devora los senderos
que mi alma recorría».
Loreto Perera
Me emociono con cada verso que leo en la pequeña pantalla del teléfono.
Es impresionante cómo hay almas que pueden crear tantísima belleza desde la destrucción.
No puedo evitar que se me escapen un par de lágrimas.
Leer tanto dolor concentrado en tan bonitas rimas me encoge el corazón un poquito más, si cabe.
—Pero ¡esto es una maravilla!
—Queremos publicar una antología. Ya la hemos enviado a corrección, queremos que sea profesional: una publicación de calidad para dar visibilidad a las décimas y que la recaudación vaya a los damnificados. Ahí es donde entras tú.
—¿Buscas difusión?
—Difusión gratuita, en realidad; no sabemos si será posible. Te enrollas, ¿verdad?
—¡Por supuesto! ¡Si deberíamos pagarles nosotros a ustedes por una labor tan valiosa! Ven, vamos a tomarnos un café en la iglesia y concretamos la hora para que los entreviste mañana.
—¡Qué ilusión! No sabíamos cómo proponerlo.
—¿Crees que podrías reunir un grupito de cinco a diez integrantes, de diferentes edades, para mañana por la mañana?
—¡Claro! Lo difícil será elegir a quiénes entre tantos voluntarios.
Parece mentira cómo, a veces, una desconocida puede transformar el día más gris y borrarte las preocupaciones. Es increíble cómo los vecinos aún son capaces de encontrar espacio para proyectos bonitos.
Acordamos los detalles, nos damos los teléfonos y solo entonces caigo en que no lo he comentado con Arure, aunque estoy segura de que la idea le va a encantar. ¡El proyecto no puede ser más original ni más canario!
—Solo una cosa más, por curiosidad. Si alguien quisiera apuntarse, ¿cómo se accede al grupo? Creo que conozco a una señora que estaría encantada de formar parte.
—Pues muy fácil, te paso el enlace de invitación. Puedes compartirlo con quien quieras. Hay una única norma: solo se puede escribir en décimas. Algunas personas nunca escriben, solo están para leer, así que es un grupo muy abierto; aceptamos mirones —se ríe.
—Genial. Muchísimas gracias, Tiddara. Hoy no tenía un buen día, que es nuestra nueva normalidad, pero me lo has arreglado. —Me despido con una sincera sonrisa.
Ya en casa, Catha no ha llegado; imagino que ya no vendrá. Últimamente, algunas noches se queda a dormir con Arure. Es algo que me reconforta, congenian muy bien; la veo feliz y se lo merece.
Me meto en la cama: sábanas de franela, pijama peludito, calcetines, y me apoyo en la almohada, contra el cabecero. Cojo el móvil de la mesita de noche y escribo:
Famara: «Esto es un regalo para doña Remedios. No vayas a ponerte tú la medallita a mi costa, Nauzet, que nos conocemos. 🏅 ».
Adjunto el enlace del grupo « Décimas » . Lo veo en línea unos minutos; por fin escribe.
Nau volcán: «¿Te puedo llamar?».
Famara: «Dame un momento para poner el móvil en silencio».
Famara: «Ahora».
Suena la canción de Todo de ti , de Rauw Alejandro.
—Hola, ¿aún despierto?
—Como si ignoraras que no me duermo hasta que me das las buenas noches.
—Bien te gusta hacerme la pelota —me río.
—¿De dónde has sacado esta maravilla? Al final, mi abuela te va a querer más que a mí, y eso no me conviene.
—Una periodista no revela sus fuentes, y sí: ese es, sin duda, mi objetivo final.
—¿Qué tal hoy?
—Pues el día ha terminado bastante bien, aunque no sé… todo se me empieza a hacer enredado, rutinario, agobiante… Todo a la vez.
—Te entiendo. Hoy he charlado un rato con el psicólogo de Cáritas, me ha reconfortado bastante. Si en algún momento te animas, creo que a todos nos vendría bien.
—Me parece muy buena idea, Nau. Has perdido tu casa y trabajas sin descanso, no te has parado a llorar ni un momento, y eso no es bueno.
—El otro día, en el cementerio, me dio un ataque de ansiedad.
—¡No me dijiste nada! —lo interrumpo—. Y yo contándote mis penas.
—Pues ese es el caso, Fa: que todas las penas son importantes.
He pensado todo el tiempo que son servicios que otras personas necesitan más que yo, que sería obstaculizar a quienes lo requieren de veras.
Ni siquiera me di cuenta de que la ansiedad era una luz de alarma.
Pero hoy, al llegar al trabajo, los voluntarios estaban informando en la plaza y, al verbalizar mi excusa, me di cuenta de lo ridícula que era.
—¿Sabes? Siempre sentí que me había hecho mayor demasiado rápido.
Tenía problemas que mis compañeros no tenían: pagar facturas, despertarme a estudiar después de una noche agotadora de trabajo tras la barra…
Y, sin embargo, creo que he madurado en estos dos meses como si hubiera venido una niña de colegio y la vida de adulta me hubiera atropellado.
—Supongo que es un poco así para todos; ninguno pensamos nunca vivir en estas circunstancias, y es duro, durísimo.
Aunque no hayas perdido tu casa, Fa, creo que todos tenemos el corazón tocado.
Voy a volver la próxima semana, me he dado cuenta de que es importante.
Creo sinceramente que todos los que estamos aquí deberíamos ir, todos estamos heridos de algún modo.
—Yo no estoy tan afectada como tú, Nau, no sé… ¿No será un abuso?
—Estoy seguro de que no. Cuando colguemos, te paso el enlace para pedir cita, por si te parece que te vendría bien; yo lo creo. Oye, y antes de que me olvide: dice mi abuela que tienes que decirme de qué color es tu vestido.
—¿Mi vestido? Ya me perdí.
—No sé, dice que tengo que saber de qué color es tu vestido para comprarme una corbata para la gala. Hoy me ha tenido de tienda en tienda por todos los comercios de la calle Real para elegir traje, camisa, zapatos… Con lo fácil que hubiera sido tener mi traje de graduación.
—Lo siento, Nau.
—¡No! No lo digo por eso. Perder el traje no tiene importancia, Fa, es solo que hubiera sido una solución muy cómoda. No soy un buen comprador, así que me dejo asesorar por mi abuela. Espero estar a la altura, hemos puesto mucho esmero.
—No tengo ninguna duda. El vestido es verde, que queda muy bonito con mi tono de piel. Eso decía mi madre —miento.
—¿Como mis ojos?
¿En qué momento pensé que nadie se daría cuenta?
—Sí, claro. No lo he elegido porque ese color me sienta de miedo, sino para destacar tu cara bonita —me río.
—Sabía yo que eras muy generosa, Fa. Te tengo que colgar. Estoy muerto y mañana madrugo.
—Sí, claro. Descansa. Buenas noches.
—Buenas noches, mi niña.
Suspiro mientras lo imagino con el brazo flexionado bajo su cabeza y esa sonrisa que me hace la vida mucho más fácil. Siento ese pellizco traicionero en la parte inferior de mi vientre e intento desconectar.
Me arrebujo bajo las sábanas; la tensión con la que llegué a casa ha bajado, el día parece que fue ayer. Cierro los ojos, a ú n sonriente, y, poco a poco, me dejo llevar por el sueño de que todo puede ir mucho mejor. No puede quedar demasiado de esta tragedia, ¿no?