A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 13
60%

Capítulo 13

Los Llanos de Aridane, isla de La Palma

Famara 🎤

Amanece un día gris y ventoso, con la ceniza y la fina lluvia que impiden la visión nítida del cono.

Ayer creíamos que la situación mejoraba; incluso el PEVOLCA se atrevió a comentar que había algunos signos positivos que podían indicar que el final estaba cada vez más cerca.

Sin embargo, hoy, de nuevo, la emisión de gases y el tremor han aumentado exponencialmente. El volcán se ríe cada día de nosotros.

Catha, Daida y yo vamos en el coche, llevamos los cristales bajados, y la humedad caliente resulta agobiante.

Nos hemos acostumbrado a transitar por carreteras completamente grises, las líneas ocultas bajo centímetros de ceniza.

El paisaje de dunas y agobiante negrura tiene algo que me recuerda a la bella Lanzarote, que tanto sufrió para ser la isla que es hoy.

¿Por qué nunca había hecho antes esta valoración?

Era evidente y no lo veía; desconocía la mayor parte de la historia o, sin darme cuenta, no me puse en la piel de quienes la padecieron. Me quedé con la bella estampa actual.

Son apenas cinco minutos de trayecto desde nuestra casa en Los Llanos hasta el barrio de Argual.

Seguimos la localización que los padres de Catha nos enviaron por mensaje a las siete de la mañana.

Ponía que nos diéramos prisa, que se enfriaba el desayuno, aunque la única cafetería que vemos está cerrada.

Es un barrio sencillo, con casas de colores de autoconstrucción cercadas por plataneras, una pequeña iglesia y bonitas residencias antiguas de toda condición.

Aparcamos con facilidad. Hace viruje y no hay nadie aún en las calles. Me arrepiento de no haber cogido el plumas cuando vemos a los padres de Catha, que nos miran sonrientes, sentados sobre la tierra de un solar junto a un precioso mantel de hilo calado.

—El volcán ya me los chifló —ríe Catha mientras nos coge a Daida y a mí de la mano y echamos una carrera hasta ellos—. ¿Se puede saber qué hacen aquí a estas horas?

—Es que, entre su trabajo y los nuestros, no había otra hora para estrenar la cocina.

—¿La cocina? Mamá, ¿seguro que estás bien? —pregunta Daida, preocupada.

—Hacía mucho que no estábamos tan bien, mi niña, ¿verdad, cariño?

—Verdad —confirma mientras le coge la mano y la mira con amor—. ¿De verdad no les gusta la cocina? ¿Tan corta tienen la imaginación, niñas?

Empiezo a sospechar lo que ocurre, aunque no me atrevo a verbalizarlo. Se me rayan los ojos.

—Dilo, Fa, estoy segura de que lo has adivinado.

—¿Este es el solar? ¿Aquí van a construir la casa?

—¡Exacto! ¿No es maravilloso?

Catha y Daida se ponen a dar saltos como niñas, gritamos y nos abrazamos. Pronto sentimos las miradas tras los visillos de las casas de enfrente: todo es como debe ser.

—¿Voy a tener una habitación enorme para invitar a mis amigas a dormir?

—Bueno —reconduce el padre de Catha—, de momento este es el solar. La casa aún habrá que negociarla; tenemos idea de una prefabricada, tendremos que ver. Pero lo que es seguro es que tendrá un bonito cuarto de invitados porque, Famara —me mira emocionado—, esta también será tu casa.

Lloramos, gritamos de nuevo. ¿Es posible ser feliz rodeado de tantísimas desgracias?

De algún modo, sí lo es , y eso nos ayuda a sobrevivir.

No sé si es justo y, si lo reflexiono demasiado, es posible que hasta me sienta mal por ello, así que elijo no pensar.

Elijo ser feliz por un rato: reír hasta que me duelen los cachetes.

Comemos gofio, queso, bizcochón; hay hasta plátano escachado con galletas y jugo de naranja.

Una mezcla que no probaba desde las meriendas…

¿de hace cuánto?, ¿quince años? Tenemos las uñas azules del viruje y los ojos llenos de motas de ceniza; sin embargo, hace tiempo que no soy tan feliz, tan espontáneamente feliz.

El día continúa mejorando. En el reparto de los reportajes para esta noche, a Catha y a mí nos corresponde hablar de lo que la gente ha llamado « Nueva playa de la fajana » .

Necesitamos un dron, porque no podemos acercarnos ni por tierra ni por mar.

El corazón se me desboca al ver llegar a Nau desde el otro lado del Mirador de Tajuya.

—Bien, Fa —me indica Arure—. Hoy vas a rodar las primeras tomas con Nauzet, porque no podemos utilizar cámara al uso para esa distancia y el nivel de detalle que necesitamos.

—De acuerdo.

—Catha, me gustaría que aprovecharas y te acercaras al ayuntamiento a grabar las declaraciones de la alcaldesa sobre el alcance de las ayudas y las necesidades más imperiosas. Luego lo rematas con una introducción o conclusiones que grabes con Fa, ¿les parece?

—Sí, claro —puntualiza Catha, que me pica el ojo y me da un pellizco por detrás que de milagro no me hace saltar y quedar como una tonta—. ¿Nos vemos en dos horas y media aquí?

—¿Tres y media? —Se une Nau a la conversación.

—Dos y media, Romeo, que las chicas tienen que trabajar.

Se lleva la mano a la nuca y sonríe como si nunca hubiera roto un plato. Me encanta. A veces tengo muy claro por qué actúo como lo hago, y sospecho que no me entiendo ni yo.

—Venga, pues habrá que aprovechar el tiempo, ¿no? ¿Fa, nos vamos?

—Sí, claro.

Vamos cargados con el material de grabación rumbo al coche, acompañados del crujido que hacen nuestras botas de montaña al pisar la ceniza, que hace tiempo que no es una capa: es nuestro nuevo suelo, como si las edificaciones surgieran de una suerte de desierto gris.

No recuerdo la última vez que utilicé unos zapatos bonitos; desde que estoy en la isla, todo es practicidad.

Aunque sí, en realidad sí que me acuerdo.

Noto el calor conquistar mis orejas, levanto la vista y observo a Nau mientras recuerdo la noche en la que nos enrollamos.

La última noche con zapatos. Sin duda, una gran noche.

—¿Sabes a dónde tenemos que ir exactamente?

—Sí, Arure me dio las indicaciones a primera hora.

—No nos había dicho nada.

—Ya, le pedí que fuera una sorpresa. Es trabajo, pero me apetecía tener un ratito los dos.

Me gusta porque no se esconde. Es como yo: franco. No tiene miedo a hablar de sus sentimientos; ese detalle a mí me está costando un poquito más.

—Buena idea. Gracias por el café y el mimo el otro día, estaba bastante agobiada.

—Me gustó mucho que me dejaras acompañarte. Yo tampoco tenía un buen día, y así nos aliviamos entre los dos. A veces no sé bien hasta dónde puedo llegar; no quiero hacerte sentir incómoda.

—No te preocupes por eso. Si te acercas demasiado, te daré un zarpazo; no tendrás dudas —nos reímos.

Subimos a su Ford Fiesta, y mientras él coloca todo con cuidado en el maletero, yo me ocupo de cotillear la famosa caja de zapatos con los casetes.

La verdad es que no conozco casi ningún grupo.

Elijo una cinta con dos corazones de Eurovisión dibujados: uno con los colores de la bandera noruega y el otro con la española.

Suena Keiino, con Spirit in the sky . Me encanta esta canción del festival de hace unos años; me parece ideal como banda sonora para una serie de fantasía y aventuras.

—¿Eurofán? —le pregunto cuando se sube.

—¿Acaso se puede no serlo?

—Te acercas demasiado a la perfección, chiquito.

Se ríe a carcajadas, y yo sonrío y respiro hondo porque hoy es un día precioso y quiero retener esta imagen en mi memoria.

—El año que viene tienes que venirte a nuestro piso para el festival.

¡Hacemos una fiesta tremenda y juntamos un montón de gente!

Llenamos todo de banderas, ponemos una bola de cristales y luces en el techo…

hasta hacemos fichas para valorar cada canción.

—De pronto me resulta extraño hablar del futuro con normalidad—.

Si en mayo se ha normalizado todo, claro.

—Espero que sí. Y si no, tendremos que aprender a vivir con ello. ¿Te ves en tu piso de La Laguna el próximo mayo?

—No lo he pensado. El otro día, Catha me dijo que quizá deberíamos pensar en realquilar el piso o en dejarlo. No sabemos bien cuánto tiempo va a durar esto, y es un dinero que nos vendría muy bien. Aunque no sé si estoy preparada: ese piso significa mucho de lo que soy.

—¿Cómo llegaste a un piso compartido si tú eres de La Laguna?

—No es mi tema favorito de conversación, ¿sabes?

Pero me apetece que lo sepas. No me juzgues.

—Lo miro a los ojos y me sonríe—. Mi madre y su pareja se trasladaron a vivir a Canadá el verano en el que entraba en la universidad.

No me lo tomé bien. Me lo tomé muy mal, de hecho.

Llevaba muchos años esperando que llegara ese momento: los chicos vendrían de La Palma a estudiar sus carreras, me habían admitido en Periodismo, y mi abuela y el que era mi chico estaban allí, en La Laguna.

Yo no quería dejar nada de aquello atrás.

—De momento me parece bastante razonable. A nivel emocional, no debió ser fácil.

—Tuve una discusión monumental con mi madre, rompí con mi novio, me fui de casa…

Luego mi abuela murió y mi madre vendió la casa de mi abuela; eso todavía me duele.

Estaba en su derecho, claro, pero me dolió.

En aquellos días creo que me habría dolido cualquier cosa que hubiera hecho.

—Siento que pone su mano cálida en mi muslo.

No se la retiro, porque me gusta sentir que cuento con él—.

Tenía un dinero de mi padre; no lo conocí.

Parece muy de telenovela todo, aunque fue así como se dieron las cosas.

Cogí un piso con Catha y alquilamos la tercera habitación para poder pagarlo sin tocar más el dinero de mi padre.

Comencé a trabajar de camarera por las noches y me dediqué a estudiar y, un poco, a olvidar.

Crecí de repente; fue mi elección y tuve que madurar de un día para otro.

—¿Nunca pensaste en unirte a tu madre? Es algo que me preguntan mucho: por qué no me fui con mi padre a Noruega o a Perú con mi madre. Airam y yo queríamos estar aquí.

—No. Qué bueno hablarlo con alguien que lo entiende; normalmente solo lo hacen los chicos. Los demás creo que me ven como una caprichosa, y a lo mejor lo soy, pero yo no estaba preparada para vivir en ningún otro sitio.

—No creo que lo seas. Igual que tu madre tenía derecho a elegir su futuro, tú también tenías, y tienes, derecho a elegir el tuyo.

—¿Sabes? El próximo día dieciséis nos entregan el Ondas en Barcelona. Nos han invitado a un buen grupo: a Catha y a mí.

—¿Me estás cambiando de conversación?

—No, no, está todo relacionado. El caso es que me han llamado de Comando actualidad , de Radio Televisión Española. Me han ofrecido un trabajo al terminar la cobertura de la erupción.

—¡Eso es magnífico! ¡Hay que celebrarlo!

—Aún no he contestado. Me han dicho que hablaremos en la gala de los premios y, la verdad, no sé qué voy a decir.

—Desde fuera parece una oportunidad extraordinaria, ¿no te llama?

—¡Sí, claro! Nunca pensé tener una oportunidad así y menos tan pronto.

La abuela ya no está, y estoy casi segura de que Catha, cuando todo pase, se quedará en La Palma.

Es solo que… no sé. ¿No voy con mi madre porque no quiero abandonar la isla y ahora me mudo a Barcelona?

Creo que la voy a herir. Que la voy a herir de nuevo, quiero decir.

—¿Sabes, Fa? Mi madre no nos pidió permiso para ir a Perú, y mi padre está en Noruega casi desde que me acuerdo.

Tu madre tampoco te preguntó antes de irse a Canadá.

Seguramente no somos las familias más normalizadas del mundo, aunque prefiero pensar que somos unos adultos que eligen cómo vivir su vida.

Para mí eso es un privilegio, ¿sabes? Si respetas que ellos lo hagan, ¿por qué no ibas a hacerlo tú también?

—¿Quizá porque en realidad no lo respeto? Me gusta creer que sí, pero a lo mejor no lo hago.

—No seas tan dura contigo misma, Fa. Toma la decisión pensando solo en ti. Escucha qué tienen que proponerte y sé valiente. Nadie va a vivir por ti.

Circulamos por la carretera de La Costa hasta la zona más cercana a la playa del Perdido a la que nos permite llegar la Guardia Civil.

Allí nos espera un experto geólogo que nos acompaña durante el tramo que nos queda a pie, siempre escoltados.

Una vez situados en el recodo sin lava más cercano a la nueva fajana, Nau se concentra en trabajar con el dron y tomar imágenes sin que las altas temperaturas afecten al aparato.

Mientras, yo aprovecho para realizar una pequeña entrevista en la que aprendemos que, técnicamente, lo que se ha formado no es una playa de arena negra: es pura acumulación de ceniza.

Para que se forme una playa de verdad, por el desgaste incansable de la erosión, tendrán aún que pasar miles de años.

Nosotros, desde luego, no lo veremos y, al ritmo al que va este planeta, dudo si alguien lo verá.

El tiempo se nos echa encima y tenemos que volver. En las últimas semanas todo es trabajo; estoy casi tan cansada como orgullosa de mí misma. Nau ha hecho unas tomas aéreas buenísimas, seguro que el público disfrutará muchísimo al ver este nuevo rincón escondido de nuestra geografía.

Volvemos en el coche. Hablamos de trabajo, de tomas de imágenes, de entrevistas, del éxito del programa y de lo realizado que se siente Nau aportando sus conocimientos a todo este caos que nos rodea.

Cuando aparcamos, me pide que no me baje aún. Sale un momento del coche y vuelve con dos bonitos tarros de cristal con bienmesabe.

No tardo en probar la delicia y los vellos de los brazos se me erizan con su dulzor.

—Podría alimentarme solo con esto, ¿sabes? ¡Gracias!

—A cambio, tendré que cocinar yo la cena las próximas dos semanas, así que me alegro de que te guste —sonríe.

—Me temo que no vas a lograr que me sienta culpable por eso. Dale a Airam las gracias de mi parte.

—¿Y a mí nada?

—A ti nada —contesto mientras me meto otra cucharada en la boca—. Nau…

—Dime.

—¿Querrías venir como mi acompañante a la entrega de los premios?

Se apoya en el reposacabezas y me mira a los ojos, sonriente.

—Seré el acompañante más orgulloso de la gala.