A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Sonrío y retira la mano. Mi respiración se ha hecho entrecortada; prefiero que no se dé cuenta.

—La humanidad me queda un poco grande, pero puedes creer en mí y en quienes te rodean.

—Bueno, en unos más que en otros.

—¿Por qué dices eso?

Sonríe con tristeza, aunque no me responde. Cojo su mano suavemente, deseando no provocar su rechazo.

—¿Puedo invitarte a algo calentito? Nos va a venir bien a los dos.

—Porque tú no guardarás en el coche un poco del bienmesabe de tu hermano, ¿verdad?

Ahora sí se ríe de verdad. Intenta quitarle peso a lo que le sucede; sin embargo, cualquiera que la observe verá esa sombra bajo sus ojos que antes no acompañaba a sus pecas. Está agotada, da cada día todo de sí y son ya demasiadas jornadas.

Nos levantamos, nos sacudimos la ceniza que se ha colado dentro de los tenis y de los pantalones, nos colocamos de nuevo mascarillas y gafas en posición, y nos encaminamos al quiosco de madera de la plaza.

Me encantaría poder hacer algo para que se sienta menos rota por dentro. Valoro contarle lo que me ha pasado hace unas horas, pero pienso que entonces se retraerá para no preocuparme más, porque tiene un corazón de oro y se preocupa por todas y cada una de las personas damnificadas por este volcán.

A veces creo que nos cuida a todos los palmeros como si ella fuera solo una espectadora. Creo que aún no se ha dado cuenta de que ella es una damnificada más.

Así que decido coger aire y cederle el derecho a sentirse mal y a que la cuiden porque, al fin y al cabo, ella está más afectada y agotada que yo. Intento distraerla y cambio la conversación a cosas más banales.

—Hacía días que no sabía nada de ti; si no te viera por la tele, habría pensado que te habías ido a Tenerife con algún día libre.

—¿A Tenerife? —Casi escupe el café con leche.

—No sé, les pasa mucho a los canariones y a los tinerfeños: después de un tiempo aquí, necesitan acción, ruido. No hay muchos locales donde elegir, a la gente la tienes más que vista, y no es fácil acostumbrarse a que todo el mundo sepa tus pasos. En tu caso, con la tele, es aún más evidente.

—Te equivocas de pleno. Ni días libres, que falta me hacen, ni me agobia esta isla, que siempre será mi favorita.

—Vamos, que como pitoniso no saco ni para pipas. ¿Entonces?

—No tengo ganas de hablar del tema. Aunque digamos que mi madre ha enviado a su ahijado para intentar convencerme de que salga de aquí, y que ese ahijado tiene el don de decepcionarme aun cuando ya no puede caer más bajo ni importarme menos.

Es un bucle que se repite cada equis tiempo y, cada vez que pasa, tengo cierta tendencia a renunciar a la humanidad entera.

Y sí, la humanidad entera te incluye a ti.

Incluye a todos los que no sean Catha, Tana, Xerach y Rayco.

—Si te decepciona, te importa.

Le digo intentando evitar sonar dolido.

—No es exactamente eso. Juraré no haberlo admitido nunca en voz alta, ¿vale? Es solo que me gustaría poder tener una relación cordial con él y con mi madre. —Baja la mirada, avergonzada—. Sin embargo, por alguna razón, no logro hacerlo, ni con él ni con ella. Y me siento fracasada.

—Las relaciones familiares son muy complicadas, Fa.

Parece que todos tienen que tener un núcleo feliz, donde todos se quieren y se cuidan; sin embargo, la realidad no es así.

Y eso no significa que no haya amor, sino que cada persona intenta ser feliz a su modo, y a veces las maneras no son compatibles, aunque sean lícitas.

—Visto desde fuera parece más sencillo de lo que es.

—Bueno, algo sé de lazos poco corrientes: mi padre es pescador en Noruega, su país, y mi madre hace años que se fue a Perú con su ONG.

Hace mucho que solo nos vemos por videoconferencia.

Ellos no se soportan, pero no me cabe duda de que los dos nos quieren a Airam y a mí, cada uno a su manera.

Y también creo firmemente que tienen derecho a ser felices.

Me mira con cierto aire de confusión.

—Eres una cajita de sorpresas.

—Y todas son sorpresas buenas. Te animo a investigar.

—¡Qué más quisieras tú! Te recuerdo que yo soy más de quedarme en el envoltorio. ¿O no es el momento más bonito cuando aún no has abierto el paquete y tu imaginación echa a volar?

Niego con la cabeza y sonrío, feliz de distraerla.

Suena su móvil.

—Hola, Catha. —Presta atención—. Sí, estoy cerca. Perdona que desapareciera, estoy tomando un café con Nau en el quiosco. —Niega con la cabeza mientras escucha—. ¡No seas idiota, anda! Voy para allá, ya estoy mejor, gracias por cubrirme.

Cuelga la llamada.

—Te tengo que dejar. Catha me estaba cubriendo con las grabaciones, pero tenemos que comenzar a preparar la conexión.

—Nada, yo debería irme también. Tengo un montón de trabajo acumulado y quiero pasar a despedirme de los chicos antes de que se vayan mañana.

—Están en Santa Cruz, querían pasar hoy cada uno la noche en su casa. Los muy desastres no habían pasado ni a ver a sus familias.

—Sí, lo sé. Luego les doy un toque y me tomo una garimba con ellos.

Se levanta, posa su mano en mi hombro y me da un beso en la mejilla.

—Gracias, Nau, me hacía mucha falta.

—Si me necesitas, solo tienes que silbar.

—Lo tendré en cuenta. Al final te vas a ganar que te conteste los mensajes.

Se gira, comienza a irse y vuelve hacia mí.

Tiene una mano en el bolsillo y con la otra toma la mía.

No puedo evitar que se me erice la piel y me siento un fracaso por sentir estas cosas en un momento tan terrible.

Deposita con cuidado, con la mano en forma de cuenco, un puñadito de fresitas de goma y me cierra el puño despacio. Me sonríe.

—Son mi medicina de rescate y son sin receta. —Me pica el ojo.

Me quedo con cara de bobo y, ahora sí, se va mientras yo la observo hasta que la pierdo de vista.

No mira hacia detrás ni una sola vez. Suspiro, tengo que centrarme.

Estoy agotado y me espera algo más de una hora de conducción, porque las carreteras están atestadas.

Me alegro por la economía, aunque a veces me gustaría que los curiosos que se sacan autofotos sonrientes con las casas arrasadas o el volcán detrás se dieran media vuelta y volvieran a casa.

Estamos en una tasquita en la avenida Marítima, bajo los preciosos balcones de madera que dan fama a la capital.

Están cuidados con tanto mimo, con la pintura de colores impecable y las plantas en flor como recién traídas del vivero, que nadie diría que, al ser el rincón más ventilado de la casa, muchos cuentan con un tablero de cubrición en los extremos, porque ahí estaban los retretes, cuyas aguas sucias caían al mar, que llegaba hasta las propias viviendas.

Es el típico dato que le cuentas a los amigos que vienen de visita y no te hacen ni caso porque piensan que los estás vacilando, pese a que es tan cierto como que eran también un lugar privilegiado para otear el horizonte y detectar la llegada de los barcos.

Las puertas de los bajos no se hicieron hasta mucho más tarde, cuando el hombre logró ganarle terreno al mar.

Quizá me equivoco, pero me imagino la escena decadente, sucia: una isla que intenta salir adelante, que escapa hacia Cuba o Venezuela.

Nada que ver con la preciosa vista a la playa de la que disfrutamos hoy en día: limpia, abierta, negra; pura desconexión.

Aunque siempre pienso que, algún día, el mar volverá para recuperar lo que es suyo.

—Vaya mierda lo del cementerio, tío. En casa está todo el mundo de bajón, y eso que, en realidad, que yo sepa, en días como hoy nunca van al cementerio porque dicen que hay demasiada gente. Aunque ya sabes, basta que no puedas para que quieras; hay que joderse —comenta Rayco.

—Mi madre lleva todo el día llorando y mirando unas fotos que tiene de sus abuelos en el salón; les ha puesto unas velitas. Me tuve que largar a darme caña porque estaba superagobiado; hice quince kilómetros de carrera como si nada.

—Tú todo lo arreglas machacándote con deporte, Xerach.

Por cierto, Nau, esta mañana vimos a tu abuela, ella también fue un ratito a la iglesia.

Acompañé a mi madre, pero no sé si fue buena idea.

Le dije de ir a darnos un baño a Los Cancajos, para que desconectara, y no quiso ni oír hablar del tema —añadió Tana con la mirada baja tras sus gafas rojas.

—La verdad es que es un día muy triste. Subí a hacer una sesión a Los Ángeles, para los paneles que han puesto en la plaza y, bueno, me dio una especie de ataque de ansiedad.

Absurdo, porque mi abuelo está en los nichos altos; sin embargo, fue ver las tumbas completamente cubiertas y me entró como una angustia.

Hay zonas con más de un metro de ceniza.

No sé, esta mañana, por un rato, sentí que perdí el control.

—Me soplo nervioso el flequillo e intento no mostrarme tan afectado como en realidad me siento—.

Fa estaba también destrozada; la tumba de su abuela sí que se quedó sepultada.

La encontré llorando, sentada en la plaza.

Creo que para ella fue una persona muy importante.

—La pobre, es que menuda semanita de mierda lleva —puntualiza Rayco—.

Tenía una relación muy especial con su abuela.

Yo creo que ella siente que era la única persona, aparte de nosotros, que la valoraba en sus años más difíciles.

Y luego la aparición estelar del imbécil de Yeray, que siempre la saca de quicio.

—Bueno, para contextualizar, digamos que la madre de Fa no se parece en nada a su abuela.

Vamos, que no nos cae muy bien a ninguno.

El caso es que el novio de Fa del instituto es su ahijado y ese sí que es un desecho.

No tendría importancia, porque hace mil años de eso.

Lo que pasa es que su madre tira de él una y otra vez para intentar controlar a Fa.

Bueno, así es como yo lo veo. Yeray estuvo aquí hace unos días y ella siempre se queda jodida por no cumplir con lo que su madre espera de ella.

—Que no tiene importancia lo dices tú, Tana, porque por culpa de ellos dos tiene Fa esa coraza de mierda que no la deja desmelenarse y disfrutar. Vamos, Nau, que por eso no se enrolla contigo como Dios manda —sigue Rayco.

—Se enrolla otra vez. Una y otra vez, quiere decir —suelta Xerach a carcajadas.

—En serio, chicos. ¿No pueden hablar en serio de nada? No me gusta que hablen de ella así.

—Vamos, Nau —insiste Xerach—. Lo que yo diga, que estás hasta las trancas.

No lo desmiento, ¿para qué?

—A ver, centrémonos, que no estoy entendiendo nada de lo que están contando y me están poniendo nervioso. ¿Ese tío, cuando vino, le hizo algo?

—No, qué va. —Me tranquiliza Tana con la mano en mi hombro—.

No es eso. Es que funciona como un recuerdo para ella de que no es como su madre quisiera, y de que su madre tampoco es como ella necesita.

No es fácil de explicar: Yeray es como la gota que siempre la rebosa y que hace que se baje hasta la visera del casco de su armadura de acero galvanizado.

—O sea, que por eso no me ha contestado a los mensajes los últimos días.

—Chico listo —suelta Xerach mientras me lanza una croqueta, que cojo al vuelo.

Por la noche, ya en la cama, sucumbo a la tentación de probar suerte una noche más.

Nauzet: «Espero que el día haya terminado mejor de lo que empezó. Si necesitas hablar o más pastillas de goma, aquí estoy. Ahora que conozco tu secreto, he comprado un cargamento 🍓 ».

Aguanto la respiración al ver la indicación de «en línea» y suelto el aire a plomo, con el corazón disparatado, cuando se transforma en « escribiendo». Mis veinticinco años no se notan por ningún lado, pero es lo que hay, mejor empezar a asumirlo.

Famara lagunera: «Gracias, Nau. Siento haberte ignorado estos días. A veces dejo de creer en el mundo, y esta semana ha sido una de esas veces 😞 ».

Nauzet: «Pensé que yo ya no era solamente mundo para ti 🙄 ».

Famara lagunera: «Parece que te lo estás ganando. Estás siendo un buen amigo, y ese adjetivo no se lo daba a nadie desde hacía casi una década ☺️ ».

Nauzet: «Demasiado tiempo; tenemos que arreglar eso. Aunque no es el único calificativo que me interesa, tendré que poner todo de mi parte. Cuídate, Fa. Cuenta conmigo si decides dejarte cuidar».

Famara lagunera: «Gracias. Quizá te proponga retomar las excursiones para grabar material; necesito una escapada. Unas vacaciones, en realidad 🏞️ ».

Nauzet: «Sigo teniendo en el pensamiento nuestro próximo destino. Cuando estés lista, me avisas el día antes 🗓️ ».

Famara lagunera: «Se te da bien hacerte el interesante. Además, querrás decir que estemos listas, ¿o ya te olvidaste de Catha? ¿No piensas decirme a dónde vamos?».

Nauzet: «Tú ten a mano el bañador. Buenas noches 👙 ».

Famara lagunera: «Eres aún peor que yo. Buenas noches».