Capítulo 12
El Paso, isla de La Palma
Nauzet 📷
Una capa de cinco centímetros de ceniza amortigua mis pisadas. La emisión durante la semana de estos pequeños piroclastos está siendo de locos: clases suspendidas, vuelos anulados, todos de nuevo con las mascarillas.
He tenido que aparcar muy lejos y caminar unos veinte minutos; sin embargo, acercarme más era inviable. El coche patinaba, y el limpiaparabrisas no daba abasto para retirar la capa gris que se acumulaba una y otra vez.
Llego a Tajuya y tengo que acoplarme en un todoterreno de la UME para que me acerquen a mi destino de hoy.
El cementerio de Los Ángeles ha quedado dentro de la zona de exclusión, y hoy los vecinos no podrán ir a honrar a sus muertos.
Por ello, vamos a tomar fotos aéreas para añadirlas a los paneles que se han expuesto en la plaza de España.
Nos acercamos lo más posible a la edificación, y preparo todo para volar el dron.
Las imágenes que me devuelve son muy tristes.
De algún modo, siento que toda mi cordura se está despedazando aquí.
Lo que veo me exprime; me ahoga. En el camposanto, muchas cruces apenas asoman el brazo superior de entre la tétrica capa de oscuridad que lo abarca todo.
Las primeras filas de nichos no se sospechan y, poco a poco, al llegar a esa zona tan familiar para mí, siento un terror que lo abarca todo.
El corazón se me desboca; intento llevarme la mano allí donde me falta el aire, pero no puedo controlarla: está empapada y no para de temblar.
Empiezo a verlo todo desde fuera justo en el momento en el que mis piernas comienzan a flojear.
Escucho una voz masculina muy cerca. Me retiran la mascarilla y siento que me ponen algo en la boca a la vez que me sientan en el suelo.
—Respira despacio, Nauzet, no intentes hablar. Respira tranquilo.
Poco a poco vuelvo a sentir. El sudor frío me baja por la frente y también cruza mi espalda. Me llevo de nuevo las manos al pecho y aprieto. ¡Se va a salir!
—Tranquilo, chaval, es ansiedad. Es normal que nos sintamos sobrepasados con todo esto. Todos los días le pasa a algún compañero. Respira, concéntrate en respirar despacio. Verás que, poco a poco, vuelves a tomar el control.
Se sienta a mi lado. Es un hombre con ropa verde oscura; debe ser uno de los militares que me han acercado hasta aquí. Me cuesta concentrarme para ubicarlo.
—Él…
—Shhh. No hables, solo respira. ¿Tienes a alguien ahí?
Muevo apenas la cabeza. Un gesto afirmativo. Se me escapa una lágrima y, de nuevo, tengo que sujetarme el corazón.
—Mira al cielo, Nauzet. ¿No es increíble cómo el sol, hoy, parece la luna?
Podemos mirarlo directamente gracias a la cantidad tan grande de ceniza que hay en suspensión.
¿Te he dicho que han suspendido los vuelos de Binter con el resto del archipiélago?
Lo que estáis pasando en esta isla es increíble.
Intento enfocar la vista. Debo estar algo mejor, porque el pensamiento de que este hombre intenta distraerme me ha cruzado la mente por un momento y he llegado a sonreír pese a la tristeza. Me siento afortunado: siempre estoy rodeado de gente buena.
—Creo que estoy mejor —pronuncio, no sin cierto ahogo.
Toso un par de veces y recupero algo de compostura, aunque me siento un poco mareado y no soy capaz de incorporarme por mí mismo.
—No soy ningún experto, aunque parece ansiedad.
—Casi se me ha pasado. Si me ayudas a recoger y llegar al coche, preferiría que nos fuéramos de aquí.
—De acuerdo. Hacemos una cosa: no te muevas, ¿de acuerdo? Recojo tus cosas y luego vengo a por ti.
—Gracias.
Apenas da unos pasos e intento levantar la voz:
—Cuidado con el dron, es muy delicado.
—No te preocupes. Mi zagal tiene uno de estos, sabré apañármelas.
Necesito sacar de mi cabeza la imagen de la ceniza cubriéndolo todo, pero ¿cómo escapar de la realidad?
El trayecto de vuelta se me hace muy corto.
Todo el mérito es de Chazin, el voluntario de la UME que me ha ayudado.
Ha venido desde Zaragoza a echar una mano.
No para de hablar de lo diferentes que son los pinos aquí, la arena negra de las playas, los campos infinitos de plataneras…
Me cuenta que es un aficionado colombófilo y que no quiere abandonar estos lares sin ver las palomas rabiche y turqué.
Paramos frente a las instalaciones que ocupa el PEVOLCA y ya puedo bajarme por mi propio pie. Me encuentro bastante mejor.
—Ha sido un placer acompañarte, chaval.
—Gracias por todo, Chazin. Es usted un magnífico trilero. —Le sonrío.
—¡Si te diste cuenta, es que entonces no soy tan bueno! Si me permites la pregunta, ¿tu familiar quedó bajo la ceniza?
Siento que los ojos se me empañan.
—No, no. Mi abuelo está en los nichos altos. No sé por qué me ha pasado esto; en realidad, soy afortunado. Con todo lo que está pasando, hay muchos vecinos que están peor.
—Chaval, que ellos estén muy mal no tiene nada que ver con cómo estés tú. Llevas una mochila muy cargada; no la infravalores y cuídate, o te puedes llevar un buen susto.
Se despide con la mano por la ventanilla mientras le doy de nuevo las gracias y continúa su camino sin perder tiempo. Esta isla tiene trabajo para que todos estos voluntarios no paren durante años y, aun así, no volverá a ser la que era.
En las oficinas, elijo las fotos más representativas, ocupándome de que no se distingan nombres ni fotografías de difuntos.
Sé que es poca cosa porque, como me sucedió a mí, todos los que tienen personas queridas allí reconocerán las distintas zonas pese a la ceniza.
Las imprimo en unas láminas adhesivas con la mejor calidad y las guardo con cuidado en un tubo portadocumentos.
De camino a la plaza de España, en Los Llanos, reflexiono sobre lo que me ha sucedido.
Es curioso, porque en realidad no le encuentro ningún sentido.
El nicho donde están los restos de mi abuelo está muy alto, al menos de momento, sigue visible.
Y, aunque la ceniza lo cubriera, sus restos seguirán allí: ceniza con ceniza, al fin y al cabo.
Sin embargo, de algún modo, duele. ¿Ni siquiera lo que queda de nuestros muertos puede escapar de todo este infierno? Me siento profundamente triste.
El trayecto se me hace más largo de lo normal. Pese a las guaguas que han puesto como lanzaderas, las carreteras están atestadas de curiosos que caminan por los arcenes sin precaución, y vehículos estacionados de cualquier manera en los lugares menos adecuados.
Han despejado de ceniza las carreteras con quitanieves, aunque hay que continuar circulando con precaución, porque el coche patina todo el tiempo. Desde que me encuentro mejor, he recuperado la mascarilla; respirar se ha vuelto un ejercicio seco e incómodo.
Hablo con mi hermano para ofrecerle recoger a la abuela y acercarla a Los Llanos, pero me dice que esta mañana ha ido a rezar a la iglesia de El Salvador y que ella está bastante tranquila. Le ha dicho que «llorando no arreglamos nada» y se ha ido al acuartelamiento a echar una mano.
Al bajarme del coche, me pongo también las gafas de seguridad para protegerme los ojos, que ya comienzan a estar irritados, y me dirijo al otro lado de la plaza, donde se encuentra el párroco, para facilitarle las imágenes y que puedan colocar los últimos paneles.
Es un espacio siempre concurrido y bonito, un lugar de encuentro para los vecinos y visitantes que se ha reconvertido hoy en un rincón de la memoria, donde abundan las flores, las velas y grupos de familiares rotos por la emoción.
Hay también numerosos paneles donde rezan los nombres de todas las personas cuyos restos descansan en el cementerio de Los Ángeles.
Paseo entre afectados y curiosos con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. El ambiente huele a cera y a incienso. Entiendo que mi abuela no quiera estar aquí. Hay a quien le hace bien; sin embargo, es una herida que no va a curar, al contrario.
Distingo la figura inconfundible de Fa, sentada en el suelo de espaldas a mí.
Los hombros se le mueven despacito y tiene la cabeza gacha.
Sé que está llorando. La piel se me eriza mientras me acerco.
Me quito los epis, me siento en silencio a su lado y le paso el brazo sobre los hombros.
Me mira, y lo que hasta ahora era un llanto suave se convierte en un torrente ahogado que se derrama de sus bonitos ojos canelos.
Me abraza fuerte, y yo intento acariciarle la cabeza y mecerla suavemente.
No hablamos durante largo rato; solo estamos allí, el uno para el otro, conocedores de lo que nos sucede y de la impotencia tan terrible que sentimos.
—Ni siquiera esto ha respetado, Nau. Ha cubierto a la abuela de ceniza, y ahora ya no puedo ir. ¿Te acuerdas de que te dije que no sabía si visitarla? Debí hacerlo, Nau. Ahora ya no puedo.
—Eh, recuerdo que también me contaste que ella te decía que lo que se quedaba en el cementerio ya no sería ella, que no perdieras tu tiempo allí. Sé que no es justo, Fa. Tienes derecho a estar muy enfadada y muy triste. Pero lo que queda de tu abuela sigue allí. Nada cambia, salvo el decorado.
Me abraza más fuerte, y de nuevo se hace el silencio entre nosotros durante largos minutos en los que, de algún modo, me siento reconfortado y percibo que ella también respira más tranquila.
—Ha quedado bajo la ceniza —suspira—. ¿Y tu abuelo?
—De momento no, aunque todo es esperar. Prefiero no darte más malas noticias por hoy.
—Lo sé. Sé que el reboso de la colada once amenaza el cementerio. ¿Es que no puede tener consideración, al menos con los muertos?
—Ojalá no entre. No sé si la gente podrá hacer frente a eso. —Observo despacio a mi alrededor—. Hay días en los que, de verdad, creo que nos vamos a hundir todos.
Me observa muy de cerca, por entre esas pestañas enormes que están húmedas, como todo su rostro. Acerca su mano a mi boca y posa el índice sobre mis labios.
—Gracias, Nau. A veces creo que estás aquí para que vuelva a creer en la humanidad.