Capítulo 11 #2
—No me lo parece. Tienes un aspecto un poco descuidado. No es que no estés bonita, tú siempre lo estás, es solo que no tienes necesidad de estos horarios de trabajo, Famara. ¿Cuánto hace que no tienes un día de descanso?
—Mira, estoy tratando de ser amable, pero hasta aquí podíamos llegar. Yo, para ti, no estoy bonita; ni siquiera estoy. ¿Está claro? Te agradezco la preocupación y te lo agradeceré más si te vas.
—Pensé que podríamos cenar, aunque es muy tarde. ¿Quizá desayunar mañana en algún sitio especial?
—No voy a quedar contigo. Tengo mucho trabajo y, aunque no lo tuviera, no tengo ningún interés en pasar tiempo contigo. Puedes decirle a mi madre que me has visto y que estoy bien. Ya has cumplido.
—Bien, me voy entonces. Me pasaré mañana por casa de Tanausú por si cambias de opinión.
—Ni se te ocurra pasar por mi casa. Fa ya te ha dejado claro que no tiene ganas de verte y, la verdad, a los demás tampoco nos apetece —interrumpe Tana, que se ha acercado.
Levanto la vista y veo que Rayco, Xerach y Arure no pierden detalle de lo que ocurre desde una distancia prudencial. Decido actuar antes de que las cosas se tuerzan.
—Chicos, no saquemos esto de quicio. Yeray, ¿me acompañas fuera, por favor?
Me encamino hacia la plaza y me paro en el lateral norte de la iglesia, que está desierto, pues las vistas del volcán son al otro lado de la edificación.
Él me observa con esa sonrisa que antaño me hacía temblar las rodillas y que hoy me da repelús. Comparo su impoluto abrigo de paño oscuro con mi polar desgastado y polvoriento , y me pregunto cómo es posible que no quede absolutamente nada en común con alguien que lo fue todo para mí.
—Pese a todo, debo insistir, estás preciosa.
—Vete un poquito a la mierda, Yeray. Dime la verdad, ¿a qué has venido? Si mi madre está preocupada, puede llamarme, y hace semanas que no sabemos nada la una de la otra.
—Siempre me gustaste así, una mujer directa.
No le contesto; le mantengo la mirada, seria. Por dentro estoy triste: sé que en cuanto decida abrir la boca con la verdad , me va a volver a decepcionar.
—Insisto, te invito mañana a desayunar y hablamos con tranquilidad; entiendo que ahora te ha causado sorpresa y que estás agotada. Es comprensible tu reacción.
Me mantengo firme en mi mala actitud, parpadeo un par de veces y cruzo los brazos, aunque sigo sin abrir la boca. Entonces él relaja la postura y sé que la decepción está a punto de hacer su entrada apoteósica; me preparo.
—La empresa para la que trabaja Bentor está buscando ingenieros para un nuevo proyecto en su planta.
—¿Y? ¿Qué tiene eso que ver conmigo?
—He pensado… Bueno, tu madre ha pensado que es una buena oportunidad para que salgas de este, ¿cómo decirlo? —Mira a su alrededor con desagrado—. De este trabajo.
—Vamos, que mamá quiere que te acompañe a Canadá para que mi padrastro te acoja bajo su ala.
—Dicho así, Famara… Parece que todo lo que digo lo tienes que interpretar siempre con un punto de vista egoísta, y sabes que no es eso. Ella sería muy feliz si fueras a verla, y hemos pensado que era una bonita oportunidad que nos puede venir bien a los dos.
Me froto la frente con la mano porque no quiero llorar ni ponerme a chillar, aunque lo necesite como el aire.
—Es impresionante, de verdad, la capacidad que tienen para defraudarme. Siempre que reapareces es igual.
—Entonces, ¿te importa?
Me río como si estuviera desquiciada.
—¡Me importa mi madre, Yeray! Tú no me importas nada en absoluto.
¡Y yo a ti tampoco! Pero no puedo evitar sentir pena, porque podría tener un bonito recuerdo nuestro y tú te empeñas en que solo tenga basura para recordar.
Te agradezco que te vayas y, por favor, no vuelvas mañana. Créeme, has cogido un avión para nada.
Se acerca, me da un beso en la mejilla y me susurra al oído:
—No ha sido en balde, las vistas son magníficas.
—Hay que ponerse muy poco en la piel de los demás para llamar a esta situación de mierda « vistas magníficas » .
Se ríe y se aleja poco a poco por la carretera.
Pisa con sumo cuidado; todo está cubierto por un manto de ceniza y estoy segura de que, por nada del mundo, se arriesgará a arañar sus lustrosos zapatos de piel.
Sé muy bien que su socarronería no se refería al volcán, que ha aprovechado el doble sentido para dar la última puntada; sin embargo, no he podido dejar pasar la oportunidad de echarle en cara algo más.
Me doy la vuelta para entrar de nuevo y me tropiezo con Catha, que está agazapada junto a la fachada.
—No creerías que me iba a perder el directo, ¿no?
—Eres de lo que no hay —me río y la abrazo—. Gracias. Y luego insistes en que me abra a más gente. Créeme, con ustedes cerca tengo más que suficiente. No necesito más decepciones. ¡Menudo machango!
—Amiga, sabes que esa conclusión es un fraude.
Mete la mano en el bolsillo de su plumas y saca una bolsa de fresitas de goma. ¡Qué bien me conoce!
—Puede que lo sea, no te digo que no, pero ¿vale la pena el riesgo? No lo creo.
—No te pongas filosófica y vámonos a dormir, anda. A ver qué guanajada se me ocurre para que te despejes y no tengas pesadillas con vampiros monísimos e imbéciles envueltos en abrigos de paño.
Nos reímos y nos abrazamos todo el camino al coche. La adoro.
Mientras Catha conduce, yo aprovecho para mirar el teléfono.
Nau volcán: «Me ha dicho un pajarito (en realidad, una pajarita) que te ha gustado el bienmesabe 🐤 ».
El trayecto no es largo y lo paso mirando el infinito por el cristal.
Son noches oscuras: la nubosidad y la ceniza no dejan ver las estrellas, y hoy lo siento como un agujero negro que me amenaza directamente, que me quiere engullir.
Catha me coge la mano en algunos tramos; no hablamos más. Tampoco contesto el mensaje. ¿Para qué?
Por la mañana temprano me despierta el sonido del timbre de la puerta. Me levanto desorientada y descalza. Voy lo más rápido que puedo, en un intento combinado de no despertar a los demás y de no abrirme la cabeza. Estoy tan desorientada que ni siquiera utilizo la mirilla antes de abrir.
—Buenos días, bonita.
Intento enfocar a Yeray: guapísimo, con unos vaqueros, un jersey azul marino de cuello cruzado y su infalible sonrisa. No me sale ni una palabra.
—Las flores son de tu madre. —Me tiende un ramo enorme—. La invitación a desayunar, mía. Te doy tiempo para arreglarte. ¿Puedo pasar?
A este chico se le ha ido el baifo.
—¿Puedo pedirte algo, Yeray?
—Lo que necesites, claro.
Grito con todo lo que dan de sí mis pulmones.
—¡Mándate a mudar!
Doy un portazo, rabiosa, y me dejo resbalar hasta el suelo: contrariada, agotada, decepcionada con la vida. Encima, estoy llorando. Joder.