Capítulo 11
El Paso, isla de La Palma
Famara 🎤
Nos levantamos temprano porque nos hemos apuntado todos para colaborar hoy con la UME. Vamos a limpiar la ceniza de las viviendas que han quedado dentro de la zona de exclusión y cuyos dueños, por ser personas demasiado mayores o no encontrarse en la isla, no se pueden encargar de ello.
Nos llevan en una camioneta. Me gusta el grupo que hemos formado: Tana, Xerach, Rayco, Catha, Daida, Nau, su hermano Airam y yo.
Airam es un chico muy tímido, que apenas habla mientras mira absorto el paisaje.
Tiene unos ojazos verdes como su hermano, aunque bajo ellos se derrama un mar de pecas mayor incluso que el mío.
Además, es medio pelirrojo, de piel blanca y muy delgado; él sí que parece un extranjero en toda regla.
Una cosa es ver las imágenes de los drones o los vídeos que comparten las fuerzas de seguridad y vecinos en redes sociales, y otra muy diferente ver con tus propios ojos los hogares enterrados casi en su totalidad por un manto que parece nieve gris, solo que no se derretirá y desaparecerá por sí solo con los primeros abrazos del sol en verano.
Algunas zonas son insalvables, y nos acercamos exclusivamente para hacer reconocimiento y grabar imágenes. Pequeños detalles, como ver las sábanas tendidas, me rompen el corazón. Sé que no son importantes, pero son un símbolo de cómo estas familias tuvieron que salir corriendo en minutos.
Nos distribuyen para trabajar por casas que tienen las azoteas, balcones y canalones bloqueados, lo cual crea peligro de derrumbamiento o de atascos. También debemos intentar despejar los accesos a las viviendas.
Nos reparten sacos, palas y cepillos, nos dividen en cuadrillas y nos ponemos a trabajar pertrechados de mascarillas y gafas de seguridad. Es una labor agotadora e ingrata. Cuando limpias una zona, levantas la cabeza, ves la oscuridad infinita que te rodea y se te cae el alma a los pies.
Después de un par de horas, hacemos un pequeño descanso, y Catha y yo aprovechamos para preparar las tomas que compartiremos en el programa de hoy.
Entrevistamos a algunas de las personas que colaboran: hay voluntarios y vecinos de la zona, agradecidos porque sus casas se están librando de lo peor, al menos por el momento, aunque hayan tenido que abandonarlas.
Sin embargo, entre los voluntarios también hay muchos que, como Catha, Daida, Nau y Airam, han perdido sus propias viviendas y sienten la necesidad de colaborar con quienes aún pueden hacer algo por proteger las suyas. Ojalá este trabajo no lo arrase, en unos días, una nueva colada.
Con estas imágenes, llegada la noche, intentamos enviar un mensaje optimista.
La intención es hacer contrapeso con el orgullo por la solidaridad del pueblo y las noticias del día, que no son nada halagüeñas: la tercera colada ha arrasado con lo poco que se había salvado en el pueblo de Todoque.
También se cumple un nuevo hito desafortunado: rebasamos la duración de la erupción del volcán San Juan, la que se contemplaba como más parecida a la presente.
Parece que, a este bicho, la envergadura de lo malo conocido se le queda pequeña.
Los terremotos, el tremor, la emisión de gases… Todo continúa sin disminuciones. Hasta hace nada, ningún científico se mojaba respecto a una previsión de cuándo terminará este horror. Sin embargo, ya lo hacen: el final no está cerca; prevén que va a ser un despertar largo.
—Durante todo el día de hoy hemos sentido unas explosiones estrombolianas muy fuertes, las más ruidosas que recuerdo desde que comenzó este desastre.
Y, para no perder su capacidad sorpresiva, la naturaleza hoy nos regala estas imágenes.
Lo que ven en pantalla es una tolvanera: un remolino de polvo, cenizas y otras partículas.
Y sí, de fondo, rayos. Parece que no nos falta de nada.
Es como si este diablo supiera que se avecina el puente de Todos los Santos y quisiera dar un espectáculo de excepción a los curiosos que se están acercando de visita, aunque los lugareños estemos ya hastiados de su representación.
»Las autoridades, por cierto, informan de que durante el puente habrá restricciones de tráfico y se pondrán guaguas especiales desde el aeropuerto.
Por favor, no hagamos la convivencia más difícil en esta tierra: utilicen estos medios de transporte a su disposición, consuman productos de la tierra y vuelvan a casa con una experiencia constructiva.
»Esta fuerza de la naturaleza que vienen a visitar lleva más de dos mil cien edificaciones destruidas, ha provocado el desalojo de más de seis mil personas y arrasado novecientas hectáreas; pongámonos en la piel palmera. Buenas noches a todos, recuerden: «Todos somos La Palma».
Recogemos todo el material rápidamente; nosotras hemos sido hoy la última de las tres parejas en conectar con el programa en directo.
Vamos a la iglesia, como casi todas las noches.
La verdad es que cada vez me cuesta más verla como un edificio religioso.
Aunque siempre hay familias que rezan, es una especie de refugio del pelete, del ruido, de la destrucción…
Supongo que, para alguien creyente, es en pureza el carácter cristiano de un edificio como este, aunque a mí, a veces, me cuesta no separar las dos funciones.
Hoy, de hecho, la cabecera parece un centro de eventos con un servicio de abastecimiento de primer nivel. Airam y su abuela Remedios han hecho un bienmesabe de auténtico lujo, y la cola de periodistas, policías, vecinos y curiosos da la vuelta a la nave central.
Vemos a los chicos cerca del altar, que nos hacen señas; están ayudando a servir, pertrechados con mandiles y gorros como auténticos profesionales. Están muy graciosos. Catha, Arure y yo nos acercamos.
—Eh, menos mirar y más echar una mano, ¡que no damos abasto!
—Tana —le suplico—. Por favor, ponnos un fisquito y déjanos ir a un banco a descansar; estamos agotadas.
—Sí, claro, porque nosotros no. ¡Chiquita cara! —se arranca Rayco, que tiene aspecto de estar bastante agobiado.
Entonces, una señora muy mayor y muy guapa, que debe ser la famosa abuela Remedios, sale de la zona de detrás, cargando toda su vitalidad sobre un precioso bastón de tea. Me mira sonriente.
—¡Por fin tengo delante a la nieta de Úrsula! ¡Qué orgullosos estamos todos de ti, mi niña!
Catha se asoma por encima de mi hombro.
—Doña Remedios, no me creo yo que me esté usted haciendo este feo —se ríe.
—Claro que no, mi Cathaisa, bonita. Pero a Famara no le ponía yo hocico en persona y ya tenía ganas de conocerla.
Todos hacen una labor maravillosa. —Mira a Arure y baja la voz—.
Esto ya lo sabrás tú, que pareces la que manda y se te ve muy profesional: la verdad, mis dos niñas son las mejores del equipo, ¡dónde va a parar!
Nos reímos todos con la ocurrencia y me acerco a ella para que se apoye en mi brazo y acompañarla a que se siente en uno de los bancos. Nos distribuimos a su alrededor y Airam nos reparte unos tarritos de cristal con el delicioso dulce para que lo probemos.
—Mmm. —Saborea Catha—. Creo que hacía años que no probaba uno tan delicioso.
—Es que es con almendras de la tierra, mi niña. La receta no queda igual con almendra de esa que traen en paquetitos en esos supermercados tan grandes que hay ahora. Estas se las consiguieron a mi nieto en la venta de doña Luisa, la del barrio de toda la vida.
—Pues se nota la diferencia, ¡ya lo creo!
—Las almendras, los huevos de casa y azúcar de caña; todo de la tierra. Y la mano de mi nieto, claro. ¡No comerás nada mejor!
—Debe estar muy orgullosa de él —le digo—. Está haciendo una labor muy necesaria en la fundación.
—De mis dos nietos estoy orgullosísima, dos hombres que se visten por los pies; los crie pegaditos a mi falda como dos pollitos. Pero bueno, que mi Nauzet es muy especial, eso tú ya lo sabes, ¿no? —se ríe mientras me da unos golpecitos en el muslo.
Yo me pongo coloradísima y se me va el postre por el camino viejo. Arure me da unas palmaditas en la espalda y, tras toser un par de veces, vuelvo a sentir el aire llegarme a los pulmones.
—Sí, claro. Es un amigo estupendo.
Vuelve a reírse y, con la misma, se levanta y me mira.
—¡Qué bonito es ese tiempo en el que todo es evidente y el protagonista ni se entera!
Bendita juventud, ¡con toda la vida por delante!
Encantada de conocerlas, Famara y Arure.
Cathaisa, mi niña, me alegro mucho de verte tan contenta.
Diles a tus padres que se pasen por casa un día, les vendrá bien cambiar de aires y dar un paseo por Santa Cruz.
Se va muy despacio, le dice algo a Airam y, enseguida, abandonan la iglesia. Imagino que, a estas horas, está agotada y necesita descansar. Aún le queda un buen trayecto hasta la que ahora es su casa.
—La verdad, no esperaba encontrarme con esta aglomeración.
Oigo una voz masculina que me es familiar, levanto la vista y tengo que parpadear porque no puedo creer lo que veo.
—No me extraña que tu madre esté tan preocupada. Es todo… —prosigue.
—¿Demasiado pueblerino para ti? —le bufa Catha—. ¿Qué se te ha perdido a ti por aquí?
—Yo también me alegro mucho de verte, Cathaisa. Hola, Famara, hacía tiempo que no coincidíamos. Hola, mi nombre es Yeray, encantado.
Se acerca a Arure, que le ofrece la mano en lugar del beso de rigor. Creo que ha percibido la tensión en el ambiente.
—¿Qué haces aquí? ¿Te lo ha pedido mi madre?
—Después de tantos días viéndote en televisión, estábamos preocupados. Me ofrecí a venir a comprobar que no necesitabas nada; sabes que no me gusta verla disgustada.
—No necesito nada. Te agradezco la preocupación, pero…
—¡¿Que le agradeces qué?! No puedo creérmelo.
Arure se levanta con discreción y se aleja tras decirle a Catha algo al oído.
—No eleves la voz, Cathaisa, no quisiera llamar la atención; estamos en una iglesia.
—Cierto. Yeray, ya has comprobado que estoy bien, puedes irte y así tranquilizas a mi madre.