Capítulo 10
Los Llanos de Aridane, isla de La Palma
Famara 🎤
Nau volcán: «¿Todo preparado? Mañana paso a recogerlos a las siete 🚐 ».
Famara: «Todo lo preparados que se puede estar con esta panda metidos en casa. Menuda madrugada nos están dando».
Nau volcán: «No hagan bocadillos; les llevo una sorpresa. Descansa».
Famara: « 😃 Buenas noches».
Tana, Xerach y Rayco han venido desde Tenerife a visitarnos. Es un poco raro que Tana sea la visita. Quiero decir, técnicamente, es él quien está en su casa. Sin embargo, han traído colchones inflables y han montado el campamento en el salón.
Se plantaron en la plaza de Tajuya en mitad de la conexión y revolucionaron todo con su llegada.
Los echábamos muchísimo de menos y, en cuanto terminamos la emisión, corrimos a abrazarlos, besarlos y darles algún que otro empujón cariñoso.
Los días que estuvimos en Tenerife nos acompañaron mientras hacíamos las gestiones, y no nos dio tiempo a mucho más; nos supo a muy poco.
Al llegar a casa, los padres de Catha nos contaron una excelente noticia: con el dinero que les di y algo que tenían ahorrado, se han decidido a comprar un solarcito.
Parece que el banco les ha concedido la hipoteca y quieren apostar por una casa prefabricada.
Quizá en unos meses puedan tener un lugar al que comenzar a llamar hogar y en el que crear nuevos recuerdos familiares.
Lo celebramos cocinando arepas. Desde luego, aquí todo es más sabroso: con el pollo y el queso frescos, los aguacates de la huerta y el mojo picón casero, hecho con auténtica pimienta « puta la madre » , como manda la tradición culinaria. Tomamos batido de plátano y canela, que está delicioso.
Entre lo tarde que salimos de trabajar, la celebración y ponernos al día, nos dan las mil.
Los padres de Catha se van a la cama y nosotros nos juntamos a alegar en nuestra habitación.
Es como cuando nos reuníamos los veranos en esta misma casa o en la de Santa Cruz durante Los Indianos, para reponer energía un par de horas y volver a divertirnos todo el grupo.
Daida se une, aunque enseguida se queda dormida a los pies de Catha: los nervios de tener una casa nueva pueden con ella.
—Entonces, mañana, bañito en la Caldera. ¡Tengo un montón de ganas, hace mil que no lo hacemos! Qué pena que no nos dé tiempo para acampar.
—Puf, Tana, primero hay que llegar. Fa está en forma, aunque yo no sé si llego. Lo mismo Xerach me tiene que llevar a la pela un buen tramo —protesta Catha.
—¡Tienes que llegar o te vas a perder el bañador cojonudo que me he traído! Marca mogollón, ¡ya verás!
—Claro, Rayco, ¡es la ilusión de su vida ver tu bañador ajustado! —nos reímos.
—Coño, Xerach, que tenga ojos para la tal Arure ¡no significa que no sepa valorar a un tío espectacular como yo!
—Echaba mucho de menos estos ratitos, chicos. Pero necesito que se manden a mudar —los interrumpo, bostezando—. Mañana hay que madrugar y preparar todo para la emisión, necesito descansar.
—¡Eres una aguafiestas! —dice Tana mientras me abraza—. ¡Con las ganas que tengo yo de alegar contigo!
—Y yo, siento ser la gris del grupo. De verdad, estoy agotada.
Salen de la habitación a regañadientes y los oigo seguir vacilando en el salón. Escribo un último mensaje.
Famara: «Por fin, cada mochuelo a su nido. Me voy a dormir o mañana, al recogernos, seré una vampiresa».
No me contesta; debe estar dormido ya. Apenas faltan unas horas para que nos recoja y él tiene que madrugar más que ninguno.
Me gusta que hayamos hablado. Desde que nos confesamos, nos escribimos todas las noches y no es incómodo; no ha vuelto a sacar el tema de un nosotros.
Me gusta mucho sentirlo cerca; creo que es la primera vez que conozco a alguien que es aún más curioso que yo.
A las siete en punto está Nau en la puerta con un taxi-furgoneta que nos va a subir hasta el mirador de Los Brecitos.
Nosotros somos despojos humanos, muertos de sueño, así que hacemos la mayor parte del trayecto intentando descansar.
Cuando ya subimos el último tramo, el conductor, para ambientarnos, nos pone de nuevo la canción que ya forma parte de nosotros A la Caldera de Taburiente, y, al llegar al estribillo, todos cantamos aquello de: «Catedral del sol, canto del amor a la naturaleza.
Fortaleza azul, canto natural, que emerge de la tierra».
El que no ha descansado, tiempo ha tenido. ¡Allá vamos, Caldera!
Hemos hecho esta excursión cada verano desde que nos alcanza la memoria.
Primero con nuestros padres y después solos, una vez tuvimos edad para organizarnos y que no nos diera miedo.
Sin embargo, nunca antes había pensado en este espacio natural espectacular como lo que es: ruptura y volcán.
Y es que tiene que pasar lo que estamos viviendo para que se pueda disfrutar de lugares así.
¿Compensa? Miro a Nau y a Catha, que tanto han perdido, y creo que no; aun así, no me cabe duda de que antes de esta erupción mi respuesta hubiera sido otra.
Caminamos a buen ritmo por el sendero y nos paramos para que Nau y Catha inmortalicen el agua corriendo por el barranquillo del Ciempiés y las caídas vertiginosas de los profundos y escarpados barrancos mayores.
Como siempre, al llegar al mirador de Tagasaste, una familia de cuervos nos da la bienvenida y nos invita a disfrutar de la espectacular panorámica de la Caldera. Las tomas desde allí son de auténtica magia; es imposible asomarse y no sentirse insignificante con tan abrumadora belleza.
Seguimos en ruta mientras entonamos canciones de campamento y ofrecemos frutos secos a los cuervos, que aún nos acompañan durante un buen tramo. Un flecha en un campamento o El gamusino negro vuelven a nuestras memorias como si continuáramos teniendo diez años.
Las enormes ñameras, los pinos, la tranquilidad…
Todo está como siempre, y a la vez hay algo impresionantemente diferente: estamos solos.
Los palmeros no están para excursiones, y los turistas que llegan a ver el volcán no salen de la ruta: plaza de Tajuya, mirador de El Time y puerto de Tazacorte.
Espero que esto que estamos haciendo ayude y que los visitantes se animen a ampliar esa ruta sin miedo.
Con La Zarza y La Zarcita funcionó: a la semana de la emisión nos llamaron para agradecernos el aumento de visitantes peninsulares con mucho interés por conocer más sobre los primeros pobladores, los benahoaritas, porque nuestra preciosa isla era Benahoare.
La bajada se hace complicada justo antes de llegar a la parte más profunda y, entre rocas, divisamos por fin el lecho del río Taburiente, envueltos por el olor a tierra húmeda. No puedo evitar una sonrisa emocionada en mi rostro.
—Somos muy afortunados de vivir aquí. —Oigo bajito a mi lado, como para no romper la magia del momento.
Me roza apenas el brazo con el suyo porque está muy cerca, y yo sabría que es él aunque no hubiera hablado, porque el vello se me eriza si me toca y no puedo evitar que mi corazón se acelere.
—Sí. Y, a la vez, es incómodo que seas tú quien diga eso, Nau. Lo has perdido todo.
—Bueno, sobre todo me duele por mi abuela.
Y no ha sido todo; no lo importante. Es duro, claro, y a mí me cuesta ver la parte bella de esto, pero, a la vez, si pongo distancia, es como…
No sé, como que es algo que va más allá de cada uno, algo grandioso, que nos supera y que quedará, como la Caldera, para que lo disfruten los que vengan detrás dentro de cientos, de miles de años.
Xerach rompe la magia del momento al gritar que el agua está helada, así que nos reímos y corremos nosotros también a encontrarnos con los demás, que ya se han deshecho de la ropa y se meten poco a poco en las pozas. Muy despacito, porque como venimos acalorados del pateo, resulta petrificante.
Nos reímos como si volviéramos a tener quince años, aunque nuestro aguante ha menguado y yo no me atrevo ni a mojarme la cabeza.
Estamos poco rato y terminamos envueltos en las toallas, sentados en las enormes piedras, con los pies en el agua y las manos y los labios arrugados y azules.
Nau sale hacia las mochilas, y yo no puedo evitar fijarme en lo guapísimo que es cuando vuelve con los bocadillos, unas cervezas Gara bien fresquitas y esa sonrisa que parece dar luz a todo.
Los bocadillos son de sardinas, con su aceitito y su cebolla morada. Me siento como si viajara en el tiempo al primer mordisco.
—Mmm. ¡Está delicioso! ¡Al nivel de los que hacía Resbel en Puerto Naos!
—Es que nos los ha hecho el mismísimo Resbel, en persona. Me temo que para la niña de la tele todo les parece poco.
—¡Y qué bien nos va a venir a los demás! —ríe Xerach con la boca llena—. Fa, yo necesito unas botas nuevas de senderismo; vente conmigo a Santa Cruz a comprar, ¡seguro que me hacen precio!
—¡Serás cutre! Precisamente estamos aquí para mover la economía. ¡Gástate los euros, agarrado!
—Había que intentarlo.
—Oye, Tana —pregunta Nau—. Por tu nombre, te sabrás la historia, aquí fue donde resistieron los últimos aborígenes libres, ¿no?
Tana se recoloca sus gafas rojas y sonríe con cierto orgullo.
—Uff, de eso sabes tú más que yo. Sí sé que, durante la conquista, este fue el último terreno por anexionarse. Como el acceso era tan difícil, los benahoaritas se hicieron fuertes aquí, al mando de Tanausú, el jefe del bando de Aceró.
—No es difícil imaginarlos bajando estos barrancos, ¿no? Todo acompaña para dejar volar la imaginación —añade Catha—. Da mucha pena pensar en cómo terminó todo. Cuenta, Nau.