Capítulo 9 #2
Al final, confirmamos que el demonio natural ha arrasado el colegio y, por el momento, la colada está a las puertas de la iglesia.
Es curioso que este último edificio, dedicado a San Isidro Labrador, fuese construido con la roca que expulsó el San Juan.
Como dice nuestro himno: «Somos volcán, salitre y lava».
Llevo toda mi vida rodeado de material eruptivo sin ser consciente de que, en cualquier momento, podría cobrar vida de nuevo; no sé si recuperaré algún día mi ingenuidad.
A media tarde hago un descanso y voy a echar unos tiros a las canchas que hay junto al Camilo León, ya que el Severo Rodríguez, el pabellón al que suelo ir, es ahora un centro de distribución de donaciones y atención a evacuados.
Llevo unos quince minutos cuando me parece oír un ruido al fondo y sujeto el balón para escuchar mejor.
Mis ojos no están seguros de que quien se escabulle del instituto sea ella, aunque mi corazón desbocado apostaría todo a una que sí.
—¡Eh, Fa! —grito, y se gira.
—¡Oh! ¿Qué pasó?
Aunque sonríe, creo que es por la vergüenza de que la haya visto huir. Esta vez no pienso darle la oportunidad de irse de rositas.
Me acerco botando sin mudar mi sonrisa. La alcanzo, le cojo la mano y la guío hasta el banco de cemento que hay en el lateral. Ella se suelta, aunque me sigue y se sienta a mi lado. No me sostiene la mirada; hace como si observase algo en el aro.
—¿Qué pasa, Fa? ¿Te ibas?
Me mira sin contestar.
—Quiero decir, ¿te ibas de nuevo?
Los recuerdos de nuestras miradas enganchadas la noche que pasamos juntos me encogen un poquito más el corazón; sin embargo, parece que ella no piensa darse por aludida.
—No sé a qué te refieres —me interrumpe sin quitar la vista del aro—. Es la primera vez que vengo a jugar aquí; solo quería variar un poco de deporte, no ir siempre al parque a correr. Catha me comentó que esta cancha estaba abierta.
—¡Venga ya, Fa! —Le doy un golpecito con el hombro—. Tú sabes tan bien como yo a qué me refiero, y yo sé que no fue una noche horrorosa. No como para que quieras escapar de esta manera. Yo también estaba allí, ¿recuerdas?
De nuevo, silencio. Me atrevo a cogerle la barbilla, aunque temo que sea demasiado y que en cualquier momento se levante y no la vea más, pero necesito que me mire a los ojos, y ella se deja hacer.
—Me dejé llevar y desperté con el deseo de que no creyeras que era un cabrón que solo quería follar por haber ido demasiado rápido. ¿Y resulta que ese papel lo tienes tú?
—No me digas que eres de esos tíos que no pueden soportar que una chica solo quiera divertirse.
Encajo el golpe como puedo y no reacciono demasiado bien.
—Es decir, que al final Xerach tenía razón.
—¿Xerach?
Me paso las manos por el pelo y, no sé por qué, me lanzo a terminar de fastidiarla. Al fin y al cabo, me equivoqué, ¿no? Está claro que, pese a que yo lo veo tan claro, ella no siente lo mismo que yo.
—Dijo que tú solamente das una ficha y que hay que saber usarla bien porque es una y nada más. Que juegas y sabes que no vas a repetir.
Clava los ojos en el suelo.
—Esa soy yo. Lo de las fichas es una tontería que dicen siempre los chicos, aunque es cierto, Nau.
No me acuesto jamás dos veces con el mismo pibe.
No me gusta generar expectativas ni tampoco tenerlas.
Pensé que te lo había dejado claro: te dije que solo era aquella noche.
No puedes decirme que no fui sincera contigo.
—¿Sabes? Cuando me lo soltó, pensé que era un bocachancla por decir eso de ti. Pensé… Pensé que quien hubiera estado contigo era un auténtico totufo si no se había asegurado un puto cargamento de fichas.
Le acaricio apenas la mejilla e intento sonreír. Por un segundo conectamos, pero enseguida aparta la mirada.
—No lo entiendes, Nauzet. Soy yo la que solo entrega una ficha por persona. Y no debería haber nada malo en eso. Soy joven, me divierto, no quiero obligaciones con nadie.
Apoyo los codos en las rodillas y me agarro con fuerza el pelo entre los dedos. Joder, qué bonita es. Me mira y me siento fatal por incomodarla.
—Perdona, Fa, tienes razón. De verdad, te pido disculpas. Te he visto entrar y casi me da un infarto. Pensé que a ti también te ocurría. Supongo que un par de semanas de silencio debieron de ser suficiente señal de que no era así. Lo siento.
Me levanto y vuelvo al aro. No soy capaz de mirarla ni un segundo más sin colapsar.
¿No está sintiendo ella esto? Estaba convencido de que sí.
¿Ha sido mi ego? Yo no suelo ser así ; siempre tengo en consideración los sentimientos de los demás.
Sin embargo, el corazón desbocado al mirarnos, el cosquilleo en el estómago si siento que ella está cerca…
Hace bastante que no siento algo así y nunca me había pasado que no fuera recíproco.
¡La sentía receptiva! Está claro que no he sabido leer las señales y me siento desorientado por completo.
Se incorpora y se acerca a la cancha.
—No me ha gustado mantenerte en la distancia, pero no quería confundirte, Nau. ¿Crees que podrías… que podríamos seguir llevándonos bien?
Le cedo el balón y le sonr í o. Por nada del mundo quiero que, encima, se sienta mal.
—Podemos comenzar con unos tiros, ¿te parece?
Durante más de media hora simplemente jugamos, hasta que caemos derrotados ambos en el suelo. Por supuesto, también juega de maravilla; es evidente que no voy a encontrarle a esta chica ningún defecto que me lo ponga más fácil, pero si esto es lo que me ofrece, quiero intentarlo.
—Eres un buen rival. —Sonríe—. Tengo que ir a ducharme si quiero llegar a tiempo para la conexión de hoy. Va a ser muy especial. ¿Puedo darte una primicia y no se lo dices a nadie?
No seré yo quien rompa este momento de confidencias entre los dos.
—Soy una tumba —le digo mientras me hago en la boca la señal como si cerrase una cremallera.
Se le cuajan los ojos y una sonrisa enorme, que me deja noqueado, se expande por su rostro.
—¡Nos han dado el Premio Ondas! ¿No es increíble?
—¡Es fabuloso! Es que estás haciendo muy bien tu trabajo. Tienes que estar muy orgullosa. ¡Enhorabuena!
Me acerco y le doy un beso en la mejilla, aunque en realidad quiero levantarla por los aires y hacerla girar.
Quiero gritar bien alto que estoy superorgulloso de la mujer que tengo delante, soy muy consciente de que es increíble.
Aunque también sé que por ahí la pierdo, así que me mantengo con el perfil bajo.
Caminamos al exterior y nos despedimos en la calle.
—Nos iremos viendo. Tenemos un acuerdo para hacer tomas de rincones especiales de la isla, ¿recuerdas?
—Cuando quieras. El lunes tengo previsto ir a fotografiar la Caldera. Si te apetece, no te quiero agobiar.
Vuelve a sonreírme.
—Me parece bien. Hablamos.
Echa a andar unos metros y se para. Se gira mientras pronuncia mi nombre.
—¿Nau?
Creo que no se sorprende al ver que sigo allí parado, observándola.
—Dime.
—Sé que mañana, o en un par de horas, me voy a arrepentir de verbalizar esto, pero siento que no ser sincera del todo contigo no está bien.
—No tienes por qué decirme nada que no te apetezca, Fa. Soy mayorcito. Lo encajaré, es solo que… —Me llevo la mano a la nuca, desvío la mirada un momento y vuelvo a observarla—. Es solo que pensé que nos estaba sucediendo a los dos.
—Es así. —Baja la vista a la punta de sus tenis—. No recuerdo haber conectado antes así con nadie; tan de la nada. Pero no quiero que eso te confunda, Nau. Quiero estar sola, es mi elección; no quiero tener dependencia emocional de nadie.
—Lo respeto. No pasa nada, de verdad. Déjame asumirlo.
—Podemos volver a pasar tiempo juntos, ¿verdad? Me apetece mucho.
—A mí también. Claro que sí. Me gusta tenerte cerca.
Vuelve a conectar su mirada con la mía. Sonríe de una forma que no termino de saber interpretar, porque parece triste, y se sube al coche. Entonces echo una carrerilla y le toco en el cristal. Lo baja.
—Me olvidé de que tenía un regalo para ti.
—Ese no es el camino, Nau.
—No, no. Déjame explicarte: ¿recuerdas una conexión en la que dijiste que parecía que Guayota se había trasladado desde el Teide hasta La Palma?
—¡Claro! ¿Cómo puedes acordarte de eso? Fue nuestra primera conexión. No encontraba palabras para describir el espectáculo dantesco que encontré al divisar el Valle de Aridane. ¡Estábamos tan asustadas!
—Pues te regalo esta palabra: « Irveñe » . La he aprendido de una conocida de mi abuela. Es como llamaban los aborígenes palmeros al demonio. Ya tienes nombre para el que asoma entre las lenguas de fuego.
—Gracias. Me encanta nuestra nueva palabra. —Sonríe.
Arranca su coche y se va. Y yo me quedo un buen rato allí, mirando el hueco vacío de su aparcamiento, hasta que, por fin, me decido a andar. Me doy prisa para llegar a tiempo a las oficinas en Tajuya y me aseo. Al llegar, ya me esperan.
Como tantos días, un equipo de la UME me acompaña por la zona de exclusión para despegar los drones lo más cerca posible de las coladas, hacer las tomas aéreas para el programa en directo y tomar fotografías que nos ayuden con el nuevo cartografiado de la zona.
Me siento útil, incluso privilegiado. Sin embargo, daría todo lo que estoy consiguiendo a nivel personal y profesional para ir hacia atrás en el tiempo y que todo se diera de forma diferente aquella tarde, mientras salía de casa rumbo al muelle para la inauguración de mi exposición.
Todo porque mi abuela regresara a casa; todo porque tanta gente mantuviera su hogar.