Capítulo 9
Santa Cruz de La Palma, isla de La Palma
Nauzet 📷
Hoy tengo la carga de trabajo especialmente por la noche; nos han pedido tomas nocturnas de la colada para la emisión del programa de diario de Una hora menos.
Hace semanas que intento cruzarme con Fa, aunque, adrede o no, todas las colaboraciones han sido con las otras dos parejas que hacen conexiones.
La veo en la pantalla cada noche y no puedo creerme que ni siquiera me cogiera el teléfono.
No será porque no me lo advirtió; lo que pasa es que me creí más listo y me caí con todo el equipo.
Volveré a verla más allá de la televisión, aunque no he querido forzarlo.
En esta isla, en estas circunstancias, sería imposible no hacerlo. Solo debo tener un poco de paciencia.
Termino de desayunar con Airam y la abuela. La acompaño dando un paseo a la placeta Vandale, donde se reúne cada día con sus amigas para bordar en el patio de una de las antiguas casonas.
Es un enclave de la ciudad que me encanta, con sus banquitos siempre ocupados gracias a la sombra de los flamboyanes, cargados ahora de vainas después de un verano en el que el color naranja vibraba en contraste con el azul y blanco de las casas señoriales.
Me sorprendo al ver a algunas adolescentes que se han unido al grupo para aprender la labor: un arte que llegó a dar trabajo a más de veinte mil mujeres y que hoy está en peligro de extinción.
Quién sabe si esta idea de querer donar la ropa de hogar, envuelta en cariño y tradición, rescate nuestro preciado bordado del desvanecimiento.
Me coge la mano y me aprieta fuerte mientras hace equilibrio con su bastón de tea para mantenerse en pie entre los adoquines.
—Ten fundamento, mijo. Y alegra esa cara, que últimamente rumias demasiado. Haces un trabajo buenísimo, estate contento. Yo estoy muy orgullosa de ti.
—Lo tendré, abuela. No te preocupes, todo está bien. Voy a acercarme al terrero de lucha para ver a alguno de los chicos que entrenaban en el campo de La Laguna, a los que han evacuado. A ver si paso un rato con ellos y se despejan un poco.
—Eso está bien. Ese eres tú. Siempre das todo de ti, mi Nauzet.
Me sonríe y se pierde en el interior de la casona. Yo también me voy sonriente. Ella es capaz de hacerme sentir bien siempre.
Cojo el coche y, como cada día, cruzo la cumbre; echo mucho de menos vivir al otro lado. Casi una hora de trayecto me separa del campo de lucha de Los Llanos, donde están evacuados muchos de los últimos afectados por la erupción.
Me dejo acompañar por otro de los casetes mágicos, regalo de mi padre: Lost in the stars , de la cantante noruega Radka Toneff. Su dulce y apagada voz hace que el paisaje parezca una película de fantasía.
El trayecto ha cambiado mucho en el último mes, ya no hay grupos de turistas en el mirador de La Cumbre, como antaño.
Ahora están todos, una auténtica masa, en el aparcamiento de la tienda de muebles del municipio de El Paso.
Este parece haberse convertido, junto a la plaza de Tajuya, en el centro oficial de videollamadas, autofotos y vídeos para compartir.
Ver a los visitantes sonreír para inmortalizarse, con el volcán como decorado, he de admitir que me revuelve un poco las entrañas.
Comprendo el espectáculo natural, por supuesto; yo también lo veo.
Aunque la sonrisa, rodeados de tanta calamidad, me cuesta digerirla, la verdad; aunque sepa que no es más que atrevida ignorancia exenta de maldad.
Por fin aparco delante de las oficinas de los servicios sociales municipales, que nunca había visto con tanto movimiento. Hay demasiado papeleo que gestionar para quienes lo han perdido todo.
Cruzo al edificio gris que hace honor al legendario luchador Camilo León.
Una vez dentro, se repite la misma historia de desesperación que viví cuando nos desalojaron a nosotros de El Paraíso: niños desorientados que miran a sus padres buscando un ejemplo sobre cómo reaccionar; jóvenes en los rincones, abstraídos con sus móviles, huyendo de la realidad; y ancianos intentando colaborar en lugar de dejarse cuidar.
Me acerco al abuelo de Imobach, uno de mis chicos, que lleva unas cajas de leche a las personas que clasifican los alimentos.
—Buenas, don Heriberto. Déjeme que lo ayude.
—Buenos días, Nauzet. ¡Qué alegría verte por aquí, mi niño! Mi nieto se va a alegrar mucho de verte. Están todos amulados en una de las canchas del fondo.
—Normal. Para los críos, esto está siendo muy complicado.
—Sí. Demasiado. Pero aquí estamos, ¡en un terrero! Y eso nos tiene que inspirar.
—¿Y eso? ¿Fue usted, de joven, luchador?
—¡Qué va! Yo siempre he sido muy presumido, mijo, siempre con el peine en el bolsillo de la camisa. Imagínate yo con oreja de coliflor. No, ¡qué va! La luchada nunca ha sido lo mío.
—¿Entonces?
—Pues que mientras la agarrada no termina, ¡hay que seguir en la brega!
—Cierto, don Heriberto. Hay que seguir luchando hasta que el árbitro indique que ha llegado el final. Me gusta su símil, igual se lo copio.
—Ahora que sales tanto por la tele, lo puedes usar y te arrayas un millo —dice mientras se ríe—. ¡Quién verá a todos los peninsulares que te ven buscando las palabras en el diccionario!
—¡Nau! ¡Nau! ¡Has venido! —nos interrumpen los gritos infantiles.
De pronto estoy rodeado de Imobach, Beneharo, Aday y otros tantos niños que no conozco.
Se me abrazan a las piernas y casi me tiran al suelo.
Los abrazo y les reparto las golosinas que he traído para ellos.
Buscamos entre los juguetes de las donaciones y pasamos el resto de la mañana revolcados por el suelo, jugando al Enredos.
Durante un par de horas, ni los niños ni yo hemos pensado en nada más.
Me subo al coche en un vano intento de huir de la calima, que nos honra con su agobiante presencia desde hace días.
Tengo las rodillas hechas polvo de arrastrarme por el suelo.
Estoy feliz, hacía ya demasiados días que no me reía tanto.
Es curioso que, en un centro de evacuación, nos regalemos risas sinceras como las que hemos compartido esta mañana.
Siento que dan unos golpecitos en el cristal y descubro a una anciana con aspecto triste al otro lado. Bajo el cristal enseguida.
—Buenos días, señora. ¿La puedo ayudar?
—Creo que sí, mi niño, soy América. ¿Tú eres Nauzet, el de Remedios? ¿El que lleva comida a los perritos por el aire?
—Sí, eso es lo que estamos intentando. ¿Conoce usted a mi abuela, doña América?
—¿Y quién no la conoce? A tu abuela la queremos todos.
—Sonríe, aunque mantiene la mirada triste—.
Me evacuaron de La Laguna y mi Prinse, mi perro querido, corrió lejos por el pánico y quedó atrás.
Le dije que volvería cada día a echarle de comer; sin embargo, Irveñe tenía otros planes.
¿Tú puedes buscar a Prinse? ¿Puedes llevarle de comer?
Es un presa canario, pero no te dejes engañar por su envergadura; es tan viejo como su dueña y muy noble.
—Puedo intentarlo, doña América. ¿Me dice usted exactamente dónde está su casa?
—La casa no sé si estará ya, mi niño; aquí tienes la dirección. —Me entrega un papelito doblado mil veces.
—Una pregunta, doña América. Ha dicho usted… ¿Irveñe?
—Irveñe, sí. El diablo que nuestros ancestros asociaban al sol y al volcán; vida y destrucción. Así lo llamaban los benahoaritas. Lo leí de joven en una publicación del naturalista Sabino Berthelot y siempre procuro no olvidarlo; no muchos lo recuerdan. Todo lo que no se cuenta, se olvida, mijo.
—Nunca lo había oído. Intentaré usar el nombre yo también. Espero darle noticias de Prinse y de su casa; haré lo que esté en mi mano.
—Llevas anotado también mi teléfono. Con todo esto, mi hija me ha obligado a tenerlo. Si me llamas y no te lo cojo, insiste. A veces me cuesta un rato poder responder las llamadas; mis manos ya no son las que eran.
—No se preocupe, doña América, con lo que consiga la llamaré e insistiré hasta que logre hablar con usted. Me alegro mucho de conocerla.
—Lo mismo digo, aunque a ti, con tus fotos y ahora con la tele, te conocemos todos.
Cuánto daño está haciendo Irveñe. Conduzco a lo largo del paseo, guarecido por los laureles de indias, y pienso en que estoy apenas a tres minutos de la casa de las chicas.
Sin embargo, sé que acercarme a Fa de esa manera sería dar un paso en falso, así que paso el cruce y continúo por la carretera LP-2 rumbo a Tajuya para recopilar novedades y continuar rumbo a La Laguna.
La destrucción ha llegado a la gasolinera desde la que, en los últimos días, se realizaban casi todas las conexiones, y donde yo mismo he sido entrevistado varias veces.
Ya no existe, y queremos verificar si, tal y como se rumorea, la lengua de lava ha terminado también con la iglesia y el colegio.
Cuando la tranquilidad vuelva a nuestras rutinas diarias, no sé cuánto me costará asimilar tantos lugares que recuerdo como si los estuviera viendo y que, simplemente, ahora son desierto y negrura.
Doy las indicaciones que me ha facilitado doña América al equipo que se encarga hoy de alimentar a los animales. No les pido ningún tratamiento excepcional; hacen cada acción con profesionalidad y cariño. Todo el equipo está muy comprometido.
Me centro en mi trabajo. Son horas duras.
Se requiere mucha concentración, no solo para mover los aparatos a la altura adecuada para que no se sobrecalienten, sino también para verificar que estás en el lugar indicado, dado que las direcciones, en el estado en el que ha quedado el pueblo, sirven para bien poco.
Trabajamos con coordenadas, no nos queda otra.