A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

De nuevo, los camiones y las furgonetas atestan las calzadas. Familias enteras, incapaces de dar una declaración porque no pueden hilar una frase conexa sin romper a llorar. Un pueblo al completo formando una desgraciada cadena que espera poder avanzar.

Enjambres de amigos que trabajan a destajo y en coordinación para rescatar todo aquello que sea posible.

Hay quien carga electrodomésticos y quien atesora álbumes de fotos.

Pasan coches con cabras, gallinas y perros, seguidos de otros en los que, tras los cristales, solo se intuyen cantos de libros.

Cada cual salva de la quema lo más preciado que tiene.

Muchos lloran sin consuelo, sus animales han huido por el pánico y quedan atrás ante la imposibilidad de alcanzarlos.

Hacemos la conexión con unos espectaculares rayos en el horizonte, sobre el cono.

Parece una especie de chiste de la naturaleza, como si nos amenazara con que ahora será el cielo el que caerá sobre nuestras cabezas.

Sin embargo, curiosamente no llueve, no es una tormenta: las centellas las genera el propio volcán.

Son los gases, partículas y cristales que expulsa, cargados de electricidad, que chocan entre sí y provocan este paisaje pavoroso que nos envuelve como un telón.

Aporto los datos que me ha facilitado Arure antes de comenzar, números que no dan esperanzas a nadie. La ciencia es lo que tiene : no te dice lo que necesitas, te dice lo que hay.

—Es una pena no poder transmitir los olores por televisión, porque hoy, por si fuera poco, nos invade el aroma a huevos podridos propio del dióxido de azufre.

Además, se cumplen veinticuatro días desde que comenzó todo; casi un mes llevan los palmeros soportando esta destrucción cada día, cada hora, cada instante.

Veinticuatro días duró la erupción del Teneguía, un nuevo hito superado que marcar en nuestros apenados almanaques.

Aunque aquella fue un espectáculo que, pese al impacto y al miedo, los vecinos disfrutaron desde lejos.

»Dicen los científicos, sin embargo, que este que vemos en nuestras pantallas no se parece al de Fuencaliente, sino que lo hace más al de San Juan, que fue mucho más explosivo y cuyas emisiones duraron casi el doble de tiempo: cuarenta y dos días. Esperemos que no lleguemos a tanto.

Doy paso a imágenes de archivo de 1971 que hemos recopilado, emparejadas con otras muy similares del evento actual. Se mezclan las fotografías sepia y en blanco y negro con las actuales, que son fiel reflejo de la realidad visual que contemplamos. El avance tecnológico es esclarecedor.

Para enlazarlo todo, montamos la voz de la admirada por todos Elsa López, que nos cuenta cómo vino desde Madrid, ciudad donde estudiaba en aquel momento.

En aquella ocasión, la fascinó el espectáculo natural, pese al temor; sin embargo, nos dice que ahora es incapaz de posar la vista en este cráter que tanto daño hace a su isla querida, a sus vecinos y amigos. No lo puede soportar.

Termina nuestra primera conexión y se me encoge un poquito el corazón al escuchar la voz de mi compañero Zebenzuy entrevistando a Nau desde el cruce de la gasolinera de La Laguna. No puedo evitar acercarme a la pantalla del ordenador desde el que seguimos la retransmisión en la plaza.

Con su mejor sonrisa, aunque esta no puede esconder la extenuación que reflejan sus ojeras, explica cómo ha modificado los drones que les ha donado una empresa tecnológica.

Con ellos, junto a otros compañeros que forman parte de su equipo de trabajo, están llevando alimentos que los vecinos dejan en la gasolinera donde se encuentran.

Sucede que algunos animales se han quedado atrapados en pequeños espacios de tierra o azoteas, en medio de la lava.

Es la solución que han encontrado mientras se estudian alternativas para rescatarlos.

Solo de imaginar el pánico que deben sufrir esos pobres animalitos se me encoge el estómago.

Sin duda, Nau es una persona con un corazón extraordinario. Catha se acerca también a contemplar la imagen y me pasa el brazo por el hombro.

—A veces no sé si has dejado de ser la más lista de las dos o es que todo esto te hace vivir en una realidad completamente paralela. Espero no haberte sobrevalorado, amiga.

Me pica el ojo para volver con la cámara, para protegerla de la ceniza, y me deja sola con mis fantasmas.

Sé que ella no me mira, así que me atrevo a posar el dedo sobre la imagen de su boca en el cristal helado del portátil y sonrío.

A veces yo tampoco encuentro defensa para lo que hago, pero algo dentro de mí me anima a seguir adelante sola.

Si te entregas, algo de ti deja de ser solo tuyo, y con esa sola pieza de tu puzle, otra persona puede acabar contigo.

En la pantalla, Nau toma la palabra:

—Si me permites, Zeben, me gustaría aprovechar que tengo el privilegio de salir en televisión para enviar un fuerte abrazo a mis niños del Laguna, que hoy han visto cómo este demonio ha arrasado el campo de fútbol donde entrenamos casi cada tarde.

—Claro, Nauzet, la despedida es toda tuya.

—Chicos, el campo es solo eso; crearemos otro lugar igual de bonito donde jugar a la pelota y pasar tiempo con los amigos.

Lo importante es que todos estamos bien para poder seguir jugando y divirtiéndonos.

Ahora es momento de estar con las personas y no pensar en las cosas.

Los visitaré a todos, no crean que con esto se van a librar de mí.

Un beso enorme a quienes tienen un respiro al dejar a los niños en el entrenamiento, un espacio donde son felices y disfrutan de un ambiente sano.

Buscaremos la manera de seguirnos reuniendo. Cuídense.

La reconexión me pilla con la sonrisa en la cara, contenta de que en un entorno tan hostil florezcan personalidades tan brillantes como la de Nau.

—Saludos de nuevo. Vaya nuestro abrazo también a todos esos niños y jóvenes que aprovechan las instalaciones del campo de fútbol para crear equipo y sentimiento de pertenencia al barrio.

También a todas esas familias que han tenido que ser desalojadas sin saber si volverán, con apenas tiempo para decidir qué rescatar de todo aquello que conforma su historia personal.

Para representar a todos esos vecinos, tenemos con nosotras hoy a Ico. Buenas noches.

—Buenas noches, Famara. ¡Representar a mis vecinos es mucha responsabilidad!

—Cierto. Podemos decir que tienes una historia con emoción y valores que compartir con todos nosotros. Ico, al ver que la boca del volcán se abría en Cabeza de Vaca, tuviste claro que podía llegar a tu casa, ¿verdad?

—Sí. Es cierto que los primeros días parecía que la afectación se iba a concentrar más en el norte, pero algo dentro de mí me dijo desde el inicio que estuviera preparada.

—Y te preparaste. —Catha enfoca la imagen a una maleta antigua, de cartón piedra, con cierres de metal, que se encuentra a los pies de nuestra entrevistada—. Cuéntanos, ¿qué significa para ti esta maleta que vemos en pantalla?

—Pues esta maleta ahora soy yo, lo que queda de mis raíces; esta maleta es de dónde vengo.

—Explícanoslo para que todos en casa lo puedan entender y emocionarse con nosotras. ¿Nos lo enseñas?

—Esta maleta la conservábamos en casa porque es la que mi bisabuelo se llevó a Cuba cuando emigró allá, como tantos isleños. Y gracias a que lo hizo, la siguiente generación pudo regresar y tener una vida próspera. Con el tiempo, se fue convirtiendo en un baúl de recuerdos.

—Una historia preciosa la de esta maleta.

—No es menos bonita la historia que guarda dentro.

Ico se agacha, la abre con delicadeza y muestra su contenido a la cámara.

Hay cintas de casete, cuadernos Rubio, una enagua bordada con esmero, algunas fotografías, paños calados con mimo, un pico-pico, unas pequeñas argollas canarias de oro, un naife, una libreta que reza «recetas familiares »…

Saca una lámina de un tubo portaplanos y nos muestra el dibujo de su árbol genealógico, con impecable caligrafía inglesa, que se remonta, al menos, siete generaciones atrás.

—Cada noche, Ico, hay un detalle que me deja sin palabras desde que comenzó la erupción. Sin duda, hoy es tu maleta y tu capacidad para adelantarte a los acontecimientos y haber rescatado todos estos sentimientos.

—Estoy segura de que, si hubiera salido corriendo ayer, hubiera rescatado algunos muebles, las escrituras de la casa, el coche… Todo esto se hubiera calcinado bajo la lava y, de alguna manera, todo esto soy yo.

—Doy fe de la paz que transmite Ico al mostrar estas pertenencias.

No resta valor a la terrible crueldad de perderlo todo, pero percibo de ella que ha hallado consuelo.

Creo que me atrevo a animar a todos los palmeros de la zona a preparar este bolso de rescate de sus raíces, por lo que pueda continuar pasando.

—Sí, los animo a hacerlo. El tiempo correrá y, de un modo u otro, conseguiremos otro techo, otra cama, otra nevera…

Sin embargo, lo insustituible para mis hijos está aquí: retazos de sus orígenes, de los bordados de las mujeres de la familia, de las tradiciones que grababa mi abuelo en su primer radio casete.

Son cosas que, si se pierden, no regresan.

—Hoy ha sido un día duro para todos. Las nuevas evacuaciones y el terremoto más fuerte de los sentidos hasta ahora no nos permiten bajar la guardia. Gracias, Ico, por compartir tu luz con nosotros. Y a ustedes, gracias por acompañarnos cada noche. No se olviden: «Todos somos La Palma».