Capítulo 7 #2
—Es curioso, ¿no, Fa? ¿Te has dado cuenta de que parece que no está ocurriendo nada en la isla? Los pocos extranjeros que hay están tumbados en la arena con toda normalidad, o sentados para degustar ya la cena, con esos horarios tan extraños que tienen.
—Sí. Se me hace raro.
—Es como que… Como si estuviera descubriendo ahora que la vida ha seguido, mientras para nosotras no ha existido otra cosa más que la erupción. Como que nuestra realidad se congeló, mientras aquí fuera todo continúa como siempre.
—Sí. Supongo que es normal. Hasta ahora no me lo había planteado. Parece que hemos salido de una burbuja, ¿no?
—Imagínate cómo será al llegar a Tenerife.
—Es muy extraño; prefiero no pensar en ello y centrarme en cómo vamos a aprovechar el día. ¿Qué te apetece que hagamos hasta las nueve?
—Por mí, me pondría el bañador y me vendría a la playa a echarme una buena siesta.
—¡Pero si has dormido como un lirón! —me río mientras cojo mi bolso y retomo el camino hacia el hotel.
—¿Tú sabes la cantidad de días que llevo sin poder dormir una siesta como está mandado?
—¡Hoy vas a tener que pintarte como una puerta! ¡Y no para disimular las ojeras, sino los ojos hinchados de tanto dormir!
—Sí, claro, ¡porque tú no tienes ganas!
—Venga, bajo contigo a la playa y me pongo a leer un rato mientras tú duermes. Ayer escuché una entrevista a Elsa López y me encantó. Siempre aprendo muchísimo de ella. Me dieron ganas de leer El corazón de los pájaros , que hace bastante que tengo la novela en mis pendientes.
—Tus pendientes; ese gran agujero negro de imposible explicación para la ciencia.
Y nos reímos a carcajadas porque, ¿para qué enfadarme? ¡Si tiene toda la razón!
Entrada la tarde, nos juntamos en mi habitación para vestirnos y maquillarnos.
Hace mucho tiempo que no disfrutamos de un ratito así las dos.
A mí me tocaba trabajar todos los fines de semana, así que tenía que vestirme y salir arreglada cuando muchos todavía no habían terminado ni la digestión del almuerzo.
Catha se ha puesto un vestido gris de algodón con asillas anchas que le llega hasta los tobillos y le queda como un guante.
Se plancha el pelo mientras yo me enfundo mis pantalones vaqueros negros y un suéter ajustado con escote en uve, también negro, que me encanta cómo me queda.
Me subo en mis taconazos rojos y me dispongo a sacar el neceser con toda la artillería.
—Igual nos estamos pasando. Hemos quedado a las nueve. Ya te digo yo que en Santa Cruz vamos a llamar un poquito la atención de esta guisa.
—Mujer, no es para tanto. Además, a estas alturas a mí ya me da lo mismo lo que le puedan contar las vecinas a mi madre; la pobre está curada de espanto.
Me maquilla con un efecto ahumado que me destaca muchísimo los ojos y culmina su trabajo con una barra de labios rojo intenso, del mismo tono que mis zapatos.
Mientras me remato el pelo con el secador, ella se dibuja con la yema del dedo una marca plateada en el lagrimal que hace que sus ojos parezcan una pieza de joyería con una perla gris engarzada. Mi Catha es preciosa.
Dejamos todo recogido y las maletas hechas porque prevemos llegar tarde y mañana nos levantaremos con el tiempo justo. El barco sale a las seis y media.
En apenas quince minutos aparcamos cerca del muelle y vamos hacia la avenida dando un paseo. Es reconfortante el sonido del mar, el cielo estrellado y las flores de colores en los preciosos balcones de madera.
El local en el que hemos quedado tiene el aspecto de un clásico irlandés, solo que nos atiende un paisano en lugar de un exótico pelirrojo cubierto de pecas.
Aún no ha llegado nadie, hemos avisado a algunos amigos que viven en Santa Cruz.
Nos han dicho que los fines de semana suele juntarse aquí bastante gente; claro que hoy es domingo.
Comemos unos sándwiches San Patricio con queso ahumado, mayonesa de mostaza y mermelada de cebolla roja.
La combinación suena igual de terrible que lo buenísimo que está.
La gente empieza a llegar y la música está cada vez más alta.
Parece que tuviéramos un acuerdo tácito de no nombrar la erupción.
Llegan, saludan con un beso, hacen señas al camarero para la pinta de rigor y a menearse; esa es la norma.
No llevo la cuenta de las Guinness que me he tomado cuando rodamos las mesas en busca de más espacio y comenzamos a bailar en el centro del bar.
En un momento de la noche aparece Arure y, a partir de ahí, pierdo a Catha de compañera de baile para el resto de la velada. Se la cedo encantada; espero que se diviertan tanto como yo lo hago.
Voy rotando de pareja de baile sin perder de vista la puerta, pero Nau no aparece.
¿Quizá se ha echado atrás? No creo, debe haberse retrasado en el trabajo.
El resto de los clientes se ha ido viniendo arriba y ahora mismo coreamos, desafinados, Un beso de improviso , de Ana Mena.
Creo que necesitaba una buena sesión de baile, incluso más que descansar.
—¡Fa!
Me giro y tengo a Catha detrás. Intenta decirme algo, aunque la música está tan alta que no la escucho bien. Me coge la mano y nos acercamos a la puerta.
—Arure me va a acercar al hotel —me grita al oído mientras muestra sus dedos cruzados—. ¿No te importa?
—¡Claro que no, pásenlo bien!
—Qué raro que Nau no haya venido. ¿Le habrá pasado algo? ¿Estás segura de que le dijiste que era hoy, verdad?
—Sí, sí, no te preocupes. Sabes que me basto y me sobro para divertirme —le contesto mientras salimos a la calle.
—Ya…
Entonces hace un gesto extraño con la cabeza hacia las mesas que hay fuera, me da un beso y cruza la calle disparada hacia Arure, que me dice adiós con la mano desde la acera de enfrente.
Me despido y, al girarme para volver a entrar, recuerdo el gesto de Catha y levanto la vista hacia las mesas. Y allí está, atravesándome con sus ojos verdes mientras se lleva un botellín de cerveza Gara a la boca.
—¡Oh! —saluda y alza la botella.
—¡Hola! —Me acerco, confundida—. ¿Qué haces aquí fuera?
—Digamos que los sitios ruidosos no son mis favoritos.
—¡Venga ya! ¿Llevas mucho aquí?
Mira el reloj.
—Pues más o menos una hora. Estoy cogiendo fuerzas para entrar, no creas que voy a quedarme por fuera —dice mientras bebe de nuevo—. No quiero terminar la noche sin bailar contigo.
Le dedico mi mejor sonrisa y me agacho para cogerlo del brazo y tirar de él. No dejo nada a la espontaneidad: desde su posición sé exactamente las vistas de mi escote que le regalo. Ya hemos perdido suficiente tiempo.
—¡Pues claro que no!
Lo arrastro dentro del local sin soltarle la mano, mirando hacia atrás de vez en cuando para verificar que sigue absorto en mí y que no ha mudado su sonrisa. Una vez en el centro de la improvisada pista, comenzamos a bailar al ritmo de Todo de ti , de Rauw Alejandro.
Está guapísimo, con el pelo húmedo que le cae sobre los ojos y esa sonrisa que me hace temblar las rodillas. Tiene una camisa negra que le queda ajustada y unos vaqueros grises desgastados. No puedo evitar pensar en cómo me gustaría desabrochar poco a poco esa camisa.
Cada vez bailamos más juntos. Aunque la canción no lo pida, nuestras orejas se rozan, mi pecho siente palpitar el suyo, su mano me quema en la cintura y el calor se instala en mi bajo vientre.
Retiro un poco la cabeza y lo miro con profundidad. Hace rato que no hay nada más que él y yo, no hay música ni amigos, nada más que nuestras sonrisas. Nos observamos y me roza la mejilla con la nariz, alargando esa anticipación anhelante que precede al beso.
Trenzo mis manos tras su nuca y rozo mis labios con los suyos sin miedo, suave, una y otra vez.
Soy consciente de cada contacto con su piel caliente, de cómo él va tomando también la iniciativa, y me derrito cuando me muerde el labio inferior una, dos veces.
Hasta que somos todo lengua, labios y dientes enredados.
Nos convertimos en manos que buscan, miradas que dan consentimiento, sonrisas y roces.
El corazón me palpita al sentir cómo toma mi rostro con las manos y apoya la frente sobre la mía, sin dejar de mirarme a los ojos.
No sé qué canción suena, nos mecemos a un ritmo que solo nosotros escuchamos, conscientes ambos, ya sin ninguna duda, de lo mucho que nos deseamos el uno al otro. Envalentonada, me acerco a su oído:
—¿Vamos a mi hotel?
—¿Segura? —Me mira fijamente.
—Solo será esta noche, Nau. Pero estoy muy segura.
Vuelve a mirarme con intensidad y hace un gesto de comprensión con la cabeza.
Vamos de la mano a buscar el coche. Llevamos el paso acelerado, tropezamos, reímos, nos besamos contra las paredes y nos regalamos los oídos. Como decía mi abuela: «Echándole un puño a la baifa».
No deja de mirarme en ningún momento; me sobrecoge y me da alas al mismo tiempo.
Cuando por fin llegamos al coche, le cedo las llaves porque yo no estoy en condiciones de conducir, y nos subimos raudos, deseosos de hacer el corto trayecto.
La mano de cada uno en el muslo del otro, sin dejar de acariciar.
Llegamos al hotel y hacemos un sobreesfuerzo por atravesar la recepción sin dar un espectáculo. Una vez en el ascensor, no podemos despegarnos, y antes de llegar a la puerta de la habitación, perdemos el control de nuevo.
Nau besa mi nuca y cuela las manos bajo mi suéter al tiempo que intento abrir la puerta. Me giro para volver a besarlo; entramos a trompicones y tropezamos con la maleta.
Nos reímos y, por fin, puedo desabotonarle poco a poco la camisa.
Él retira el pelo que me cae sobre los hombros y me deja hacer.
Se me corta la respiración al admirar el torso que he estado acariciando, y percibo el roce que me indica que Nau está retirando también mi ropa.
Mira fijamente mi sujetador negro y acaricia con lentitud el borde del encaje, mientras mi pecho sube y baja desbocado por la excitación.
Lo hace despacio, con una paciencia que me desespera.
Su mano se desliza hasta mi cara y la guía suavemente hasta encontrar mi mirada nerviosa.
Vuelve a besarme a la vez que me desabrocha los pantalones, y yo hago lo propio con los suyos.
Me levanta en peso con facilidad y me enredo en él.
Nos abrazamos con fuerza, a la vez que siento su respiración agitada en mi pelo.
—Me muero de ganas.
—Shhh, disfrutemos, no pienses en nada más.
Sonríe de nuevo con aquella condescendencia con que lo hizo tras la conexión, el día que nos vimos por primera vez; como un adulto a un niño, como si él supiera una verdad universal que yo desconozco.
Con cuidado, me posa sobre la cama y ralentiza mi ritmo.
Verlo alzado sobre mí deja al alcance de mis caricias esos hoyos marcados en sus hombros que me chiflan.
Sus roces suaves me estremecen y hacen que mi cuerpo clame su roce.
Me besa, me mira; un círculo que comienza de nuevo, una y otra vez.
Cada vez más abajo, sin dejarme apenas moverme, al límite de mi excitación.
Siento que no puedo más cuando lame con lentitud mi sexo y clavo las uñas en el colchón, arqueándome de placer.
Me retuerzo y busco su mirada; necesito comprobar que sigue observándome, que por esta noche no somos nada el uno sin el otro.
Una parte de mí no quiere que pare, y otra está ansiosa por sentirlo dentro.
—Ven —le suplico, desesperada.
Sonríe al regresar a mi boca, tomándose su tiempo, y lo beso como si pudiera alimentarme de él.
Vuelve a tomar distancia, sin dejar de observarme.
Se pone un preservativo, manteniendo el tejido de nuestra conexión visual, esa que dispara la electricidad por nuestros cuerpos cuando me penetra tan profundamente que me deja sin aire.
Entonces se detiene, dentro de mí, inspira hondo en mi cuello y regresa para conectar nuestras pupilas.
Sonreímos antes de dejarnos revolcar por las exigencias del sexo y derretirnos el uno en el cuerpo del otro.
A las cinco me despierta el sonido del mar.
No es que desde la habitación se escuchen las olas en la arena, al menos no tanto como para despertarme; es el evocador sonido del despertador de mi móvil.
Lo apago lo antes que puedo e intento moverme lo menos posible para no despertar a Nau, que duerme de lado con la mano sobre mi cintura.
Durante unos segundos me permito observarlo; es el último regalo que me hago.
Me siento satisfecha y feliz, aunque haya dormido apenas un puñadito de horas.
Me gusta verlo así, con la respiración pausada y el pelo alborotado; es un bonito recuerdo.
Sin llegar a rozarlo, dibujo sus labios, su cuello y llego hasta el hoyo de sus preciosos hombros.
Retiro su mano y me levanto con muchísimo cuidado.
En el móvil tengo un mensaje de Catha:
Hermanita: «Estoy en recepción».
Me deslizo dentro de los vaqueros y la sudadera que dejé, bien previsora, por fuera ayer antes de salir, y meto la ropa de anoche de cualquier manera por un huequito de la cremallera de la maleta.
Me hago una coleta alta y rezo para que la cara de panda que llevo no sea demasiado terrible.
No me atrevo ni a ir al baño para no hacer ruido.
Necesito, con urgencia, llegar a Tenerife y darme una ducha.
Salgo sigilosa, enmudecidos mis pasos por la moqueta, y siento que he cumplido con la misión al lograr cerrar la puerta tras de mí sin haber escuchado su voz. Vuelvo a respirar con normalidad.
Aprieto el paso hasta el mostrador de recepción, donde Catha me espera tras sus gafas de sol, pese a que casi no hay claridad de lo tempranísimo que es.
Dejamos las llaves en el mostrador, avisamos ambas de que las habitaciones aún continúan ocupadas y salimos hacia el coche. Ya desayunaremos algo en el barco.
Mientras Catha mete su equipaje en el maletero, le escribo un mensaje a Nau.
Famara: «Lo pasé genial. Tienes la habitación hasta las doce. Aprovecha y disfruta de un superdesayuno por mí; está incluido en la reserva. Nos vemos».
Nos vemos. Si es listo, entenderá que esto que ha habido es lo único que va a haber. Catha arranca el coche y ponemos rumbo al muelle: mi forma de poner tierra y mar de por medio tras acostarme con un chico, esta vez de forma literal. Me siento feliz; satisfecha.