Capítulo 7
El Paso, isla de La Palma
Famara 🎤
Unos rezan bajito y otros leemos los datos facilitados por el Comité Científico del PEVOLCA.
Todos cruzamos los dedos. Cada uno, a nuestra manera, intentamos detectar algo que nos confirme que la aparente tranquilidad del volcán en estos días presagia un fin próximo.
Los científicos no lo auguran, pese a que los vecinos lo anhelamos.
Es curioso: estos días el tremor ha descendido y, sin embargo, nos ha costado dormir. Como cuando ves una película de terror y, al irte a la cama, el silencio te parece más sospechoso que cualquier ruido que pudiera profanar tu hogar.
Hoy tenemos especial interés en cerrar la conexión. Llevamos trece días en los que hemos trabajado sin descanso y estamos agotadas; deseosas de que llegue mañana para poder dormir y desconectar.
Catha está algo incómoda. He sacado el tema de la donación durante el almuerzo con sus padres.
Veía que a ella le costaba digerirlo y decidí que, si quería lapas, tenía que mojarme el culo.
A veces, los temas sensibles es mejor atajarlos de una sola vez, para no darles vueltas de forma innecesaria.
El lunes estaremos en Tenerife y tengo intención de realizar las gestiones pertinentes para dejarlo todo gestionado oficialmente.
Primero fue un momento tenso, sorpresivo y, después, cargado de triste alegría.
Es una combinación emocional que no conocíamos y que ahora se ha instalado en nuestras entrañas.
Sé que ha sido con todo el dolor de su corazón, diría que incluso con cierto halo de vergüenza.
Finalmente, la familia ha aceptado el dinero.
Amenazaron con devolverlo en cuanto pudieran, claro.
Yo no tengo interés en recuperarlo, aunque, si ese compromiso les ayuda a dar el paso definitivo hacia la recepción, por mí está bien.
Siempre he sabido que ese dinero no era para mí.
He pensado en donarlo muchas veces y no lo he hecho por miedo al mañana.
Ahora siento que no hay futuro más allá de hoy y de estas circunstancias.
Estoy contenta y orgullosa de poder ayudar.
La sensación de remar a favor, con conciencia de colectivo, se ha hecho muy relevante en mi día a día.
Esta noche es Catha quien se ha adelantado y ha entrado en la iglesia tras la conexión.
Yo permanezco fuera, en la zona trasera.
Observo la noche anaranjada, envuelta en una de las mantas que ofrece la parroquia para tratar de protegerme del frío.
Intento darle su espacio, su tiempo. Se me hace raro no ver las estrellas, tener esta plancha negra sobre mi cabeza.
El resplandor naranja lo hace tan dificultoso como intentar localizar la constelación de Crux, una noche como hoy, en el cielo de Shanghái.
Poco a poco han comenzado a llegar visitantes de otras islas, incluso de la Península, atraídos por el fenómeno natural.
Muchos vienen en barco con su coche, una sola noche, y la pasan completa en vela, hipnotizados por la magnificencia del evento.
Ahora se ha hecho difícil estar a solas aquí, aun durante la madrugada, siempre hay alguien agazapado que observa la vileza natural que nos aterra.
A las dos no aguanto el pelete y entro a buscar a Catha.
Está con Arure, que sirve café con leche de un termo enorme, mientras ella reparte pedazos de bizcochón.
Se las ve a ambas relajadas. En momentos como estos, siento un calor interno que me dice que algo bueno está saliendo de aquí, que toda esta solidaridad no se va a esfumar al terminar la erupción; que no pasará como cuando abrieron de nuevo las puertas de la libertad tras la pandemia, que olvidamos todo lo que habíamos aprendido y cuidarnos dejó de ser un acto colectivo.
Siento mi móvil vibrar en el bolsillo.
Nau volcán: «¿Preparada para no madrugar? 🕺 ».
Famara: «Deseosa. Recogiendo para ir a casa a descansar 🥱 ».
Nau volcán: «Felices y largos sueños entonces. Nos vemos mañana».
Famara: «Hasta mañana 💤 ».
Observo la pantalla durante un largo rato para después dejarme caer en uno de los bancos de madera. Sé que no le doy mucha cancha, pobre, pero necesito que se dé cuenta de lo que estoy dispuesta a entregar: nada.
Que Nau me gusta mucho es algo que no puedo negar; al menos, no a mí misma.
Me parece guapísimo e interesante, y me apetece mucho pasar un buen rato con él; es un niño diferente y eso me atrae.
El problema es precisamente ese, que me gusta, que despierta mi curiosidad.
Y por la senda del descubrimiento mutuo no tengo ni la más mínima intención de transitar.
Yo siento que también le atraigo, y estoy segura de que él también sabe que es recíproco; sería más fácil si no fuera así, porque yo no me voy a involucrar.
Estoy bien sola, independiente. Lo paso bien con quien quiero y cuando me apetece.
Sin dar explicaciones y sin que nadie tenga el poder de volverme a romper.
Guardo el móvil en mi bolsillo y levanto la vista. Las chicas atienden a un grupo de familias que reza en la zona frontal. Se miran a menudo y se sonríen; es bonito verlas. Ver a Catha feliz me permite bajar un poco la guardia. Me acerco a ellas.
—¡Hola! Las veo entretenidas.
—Sí, ¿te apuntas? Doña Argensola ha traído dulces y bebida caliente para compartir, y la estamos repartiendo.
—No, creo que me voy a ir a casa; estoy agotada. —Le pico el ojo a Catha.
—¿Segura?
—Sí. Arure, ¿tú la alcanzas después?
—Claro, claro. No te preocupes por eso.
Y ahí está esa conexión de miradas entre ellas de nuevo.
—Venga, pues hasta mañanita entonces.
—Hasta mañana, que descanses —corean.
Salgo con la sonrisa puesta, y el viruje de fuera ya no parece tan molesto, o quizá es solo que me siento más confortable.
Abro los ojos y miro regañada el viejo radio-despertador de la mesita de noche, con sus enormes y luminosos números rojos. Ya es casi mediodía.
En la cama de al lado, Catha descansa plácidamente, con la respiración pesada y el pelo revuelto. Anoche no la oí llegar. Creo que me quedé dormida en cuanto posé la cabeza en la almohada.
Busco el móvil por el suelo y miro los mensajes.
Nau volcán: «¿Aún dormida? 🧐 ».
Es de hace unas dos horas.
Famara: «Recién me despierto. Necesitaba una cura de sueño 😃 ».
Veo que se pone en línea.
Nau volcán: «Buenos días. ¿Has descansado?».
Famara: «Como una reina. ¿Al final te apuntas hoy a unas copas? Iremos al bar irlandés que han abierto en la Avenida Marítima, en Santa Cruz 🍹 ».
Nau volcán: «Sí, claro. Desde que salga del trabajo me acerco».
Famara: «Genial. Sobre las nueve estaremos por allí. Nos vemos».
Nau volcán: «Hasta la noche entonces 👋 ».
Famara: «Adiós».
Me apoyo en el cabecero y me permito sonreír por la placentera percepción de anticipación que me envuelve.
Hoy me he levantado optimista, expectante: voy a ser capaz de disfrutar sin que la situación entre nosotros se confunda.
Voy a tener dos días de descanso en Tenerife con Catha y los chicos.
Además, estamos haciendo un trabajo magnífico.
Es maravillosa esta sensación de satisfacción.
Me levanto sin hacer ruido y avanzo descalza y de puntillas por el frío granito hacia la puerta. Puedo dejarla dormir un ratito más antes de hacer las maletas y salir para Santa Cruz.
—No seas payasa, que te vas a caer y luego me fastidias la noche sin poder bailar.
—¡Serás! ¡Si estabas profundamente dormida!
—Pero ya no. —Se incorpora con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué tal anoche? No te oí llegar —le comento mientras abro las cortinas.
—Muy bien. Super a gusto con Arure. Estuvimos como una horita más y me trajo a casa. Es una puntal —comenta, regañada por la luz.
—Sí. Se las veía muy bien.
—No empieces a montarte películas, Fa, que te conozco. ¡Al menos no por el momento! —se ríe.
—¿Yo? ¡No he dicho nada! —Y esquivo la almohada que me lanza.
Nos vamos a tomar café a la cocina. Los padres de Catha han ido con Daida a colaborar con los damnificados por el volcán al pabellón, así que preparamos las maletas para irnos a Los Cancajos a solas.
La cadena nos ha ofrecido unas habitaciones que tienen reservadas para los trabajadores en el Hotel Taburiente, ya que salimos en el primer barco mañana y nosotras nunca hacemos uso.
Nos han ofrecido dos para esta noche, así no tendremos que darnos la paliza de cruzar la cumbre de madrugada.
Al llegar, nos quedamos impresionadas con el jardín tan bonito que hay en el interior del edificio.
Los pasillos de las habitaciones están abiertos al interior, piso sobre piso, y hay unas plantas que cuelgan desde lo alto.
El cielo se ve a través de una gran claraboya que da luz a todo el conjunto hasta la fuente central.
Aunque hemos venido a Los Cancajos infinidad de veces, nunca nos ha hecho falta quedarnos en un hotel, y este tiene mucha personalidad.
Dejamos las maletas en las sencillas habitaciones con vistas a la piscina y salimos a dar un paseo hacia la playa, a ver si encontramos algún sitio abierto para comer algo.
Más bien es la hora de merendar, y lo mismo está todo cerrado.
Nuestro día apenas comienza y siento cómo cada paso nos recarga las pilas.
Aunque los veranos los pasábamos en Puerto Naos, el día de llegada mamá siempre paraba a darnos un baño en esta playa y saludar a algunas de sus amigas de Santa Cruz, que veraneaban aquí.
Mis recuerdos son de la arena negra siempre hirviendo, que te obliga a llegar a la orilla sin un ápice de elegancia, al tener que correr a saltitos para sobrevivir sin ampollas en los pies.
Conseguimos que nos sirvan una jugosa vieja guisada con papitas arrugadas en una terraza desde la que vemos el arco de lava negra que enmarca la playa.
Podemos sentir el salitre del mar al romper contra las rocas.
Nunca lo había observado así. Sin embargo, ahora soy más consciente de cada huella volcánica a nuestro alrededor.