A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Me coloco a su espalda, le poso el pañuelo sobre los ojos y lo ato suavemente para no hacerle daño.

—Los carros los dejamos un momento aquí. Ven, Catha. —Le hago un gesto para que se acerque—. Cógela.

Espero a que nuestra amiga la guíe por su lado para tomarla yo también de la mano. No he hecho esto por el calor que siento ahora mismo al rozarla, lo he hecho para que la visión le resulte más impresionante. La suavidad que me regala su tacto es solo una imprevista recompensa.

La colocamos de frente a la pequeña cueva, en dirección a la derecha, que es donde más petroglifos hay. Ya no tengo excusa y le suelto la mano; me hubiera gustado seguir manteniendo nuestro contacto.

—Ya puedes quitarte el pañuelo.

La observamos mientras ella lo hace. Se lleva la mano a la boca y es precioso ver cómo se emociona.

—Esto es… ¡Una maravilla!

Sonrío. Me siento satisfecho. En la pared frente a nosotros, un sinnúmero de espirales y círculos grabados nos hablan de los antiguos pobladores y de lo importante que era este lugar para ellos.

—No sabía que había un lugar como este, ni que se pudiera visitar.

—Es mágico —añade Catha—. Hay algunos más, pero este tiene algo especial.

—Me parece increíble. ¡Puedo tocarlos si alargo la mano! No voy a hacerlo, claro. Es que parece una locura, ¿no? Me he acostumbrado a que a las cosas valiosas hay que rodearlas de protección.

—Tienes cierta razón. Imagino que es difícil mantener en la naturaleza lo que le pertenece y protegerlo a la vez de quienes no respetan el patrimonio.

No me mira mientras le contesto; está absorta en el entorno. Yo les cuento lo que sé del parque, hago lo que está en mi mano para que mantenga esa mirada desbordada, justo como la tiene ahora.

—Para los aborígenes, esto era un santuario donde realizaban ritos relacionados con la fecundidad y con el agua. No vivían aquí, solo venían en la época estival por el agua y el forraje.

—Algo nos contaron de un joven cuando vinimos con el colegio, ¿te suena?

—Si no me equivoco, fue en esta zona donde encontraron los restos de un varón joven. Me gusta pensar que era un pastor que pereció mientras descansaba e imaginar qué lo traería hasta aquí, con la única compañía de sus cabras.

—Tuve un profesor en la universidad que siempre nos decía que era una vergüenza que el símbolo de Canarias fuera una strelitzia , que quien nos ha dado siempre de comer, de beber y abrigado, en cada crisis sin excepción, ha sido la cabra, que ella debería ser nuestro símbolo —añade Fa con una sonrisa.

—No le faltaba razón, aunque supongo que es natural; sabemos muy poco de nuestra historia y a alguien debió parecerle que la strelitzia era muy exótica. —Me contagio de su sonrisa; no puedo evitarlo.

Pasamos un rato observando en silencio.

—Voy a acercar el material —susurro.

Doy un par de viajes hasta donde se encuentran las chicas. Llevo los carros y comienzo a preparar mi cámara. Vuelvo atrás por el sendero para fotografiar la naturaleza. Me entretengo bastante: las sombras, los grises, canelos y verdes dan mucho juego aquí.

Al acercarme de nuevo, ellas están grabando tomas para el programa.

Me apoyo en la cerca de madera y disparo varias instantáneas al resguardo de un árbol.

Fa narra alguno de los datos que les he contado antes.

Lo hace con los ojos abiertos como faros, ilusionada.

Me encanta su entusiasmo, sus ganas de aprender.

Amplío las imágenes que he tomado en la pantalla de la cámara. Lo hago hasta que solo el rostro de Famara ocupa el pequeño cristal. Levanto la vista, la observo en directo y vuelvo a mirar mi cámara. Me gusta su esencia; es preciosa.

Después de un día de mucho trabajo y risas, dejo a las chicas de regreso en casa de Tana para que terminen de preparar el programa y vuelvo a Santa Cruz.

Paseo por la calle Real y me sorprende la capacidad que tenemos las personas para abstraernos de la realidad. Salvo porque todas las conversaciones versan sobre lo mismo, nadie diría que, al otro lado de la cumbre, se ha destapado el averno.

Las terrazas están llenas de familias. Los niños juegan a la pelota sobre los adoquines, a unos metros de sus padres, mientras estos charlan y toman café.

Las parejas pasean de la mano, acariciándose con suavidad la yema de los dedos.

Los ancianos otean la calle en busca de algún conocido con el que entablar conversación, pasando lista en sus lugares habituales: la farmacia, el carrito, la panadería…

Nada parece haber cambiado. Nada, salvo el tema de las charlas.

Hoy me toca hacer la cena a mí. Airam duerme en casa de un compañero de clase y mi abuela está con su grupo de amigas de la infancia. Solo quedan tres y, entre ellas, se apodan « Las Mosqueteras » . Esta tarde han quedado para bordar sábanas para las donaciones, las tres tienen manitas de oro.

Vuelve sobre las nueve y media, y yo ya he dispuesto todo en la pequeña mesa frente a la televisión, que ella se ha encargado de cubrir con un mantelito calado para sentirse en su hogar.

No sé si hay alguna casa en las islas donde, a esta hora, no se vea La Canaria. Termino de rematar la ensalada y la pasta fresca de trufa y setas que ha rellenado Airam antes de irse, y la llevo al salón.

Ella ya está en el sillón, con su camisón de flores y una mañanita azul flojo que tejió de joven y que vivió, hace ya mucho tiempo, sus mejores años, pero no hay forma de que nos permita sustituirla. Me sonríe y da unas palmaditas junto a ella para que me siente a su lado.

Le entrego una bandeja y me dispongo a su vera con comodidad.

—Mi niño, esto huele de maravilla. A Airam no le va a faltar trabajo. ¡Qué suerte de nietos tengo!

—Eso mismo digo yo. No presumes suficiente de nosotros. Seguro que hoy les has dicho muy pocas veces a tus amigas lo geniales que son tus nietos —sonrío.

—Diez o doce nada más. Entre puntada y puntada, tengo que dejar también a las demás que hablen un poco.

Mientras comenzamos a comer, el presentador ha hecho un resumen de la jornada. Tristemente, las emisiones de azufre, un dato clave para predecir el final de la erupción, no hacen sospechar que la interrupción vaya a ser pronta.

Conectan con un reportero joven que entrevista a un filólogo y un geoquímico, quienes explican con paciencia y de forma muy llana que se comienza a utilizar de forma errónea el término « fajana » para la nueva extensión de tierra que se está generando con la lava que llega al mar.

Aunque no creen que puedan ganar la batalla al término elegido por la población, instruyen en que lo correcto sería llamarlo « delta lávico » .

—En mis tiempos los volcanes solo servían para impresionar y para destruir. ¿Te das cuenta, Nauzet, de lo muchísimo que estamos aprendiendo gracias a este mal bicho?

—Preferiría aprender de cualquier otra forma, abuela.

—A mi edad, todo momento es bueno.

—Shhh, silencio —le pido—. Ahora viene el reportaje que grabaron las chicas esta mañana.

Noto cómo me mira de reojo y se ríe.

En la pantalla veo a Fa pertrechada con casco, gafas de seguridad y mascarilla. Apenas se intuye que es ella; sin embargo, mi corazón debe darse cuenta de que lo es, porque comienza a bombear con fuerza y soy consciente de que una sonrisa se instala en mi rostro.

Retoma el dato que se facilitó al inicio del programa para transmitirnos que se ha cumplido hoy el primer hito de antigüedad. Ha superado los diez días que estuvo activo el Chinyero en 1909.

—Fue la última erupción que padeció Tenerife.

El Chinyero se encuentra al noroeste, en las cumbres de Abeque, y ya está declarado inactivo.

Si visitan mi tierra, no dejen de recorrer los senderos de la reserva natural especial.

En aquella época no tenían estos medios, y buena parte de la información se distribuyó gracias a la labor de las palomas mensajeras; tan apreciadas siempre en estos lares.

»Fue la primera emisión en estudiarse desde una perspectiva científica, aunque muchos atribuyeron su finalización a las procesiones que se desplegaron aquellos días.

Los piroclastos se expulsaron de forma tan violenta que algunos llegaron incluso a La Punta del Hidalgo, en el otro extremo de Tenerife.

En pantalla pasan maravillosas fotografías en blanco y negro. Me sorprende cómo ella y Catha han sido capaces de preparar todo esto en tan poco tiempo.

—Durante el Chinyero, por primera vez, hubo excursiones de turistas para ver de lejos el cráter activo, algo que hasta aquel momento había sido impensable.

En relación con esto, queremos proponerles hoy un cierre diferente: invitarlos a visitar esta preciosa isla, a no tener miedo.

Fuera de los municipios afectados, la vida continúa y la economía necesita un refuerzo.

Les vamos a mostrar La Zarza y La Zarcita, una estación rupestre sin igual en el municipio de Garafía, al noroeste.

Esconde unos petroglifos que, espero, les dejen tan impresionados como a nosotras.

Es una gozada cómo han sabido hilvanar un tema con otro.

El montaje que proyectan es una maravilla.

Logran transportarte a través de la laurisilva hasta las paredes grabadas como si fueras por un túnel perforado por la niebla a través de la vegetación.

Catha ha jugado de forma espléndida con la luz y los dibujos se distinguen sin ningún esfuerzo.

—Guapa como Úrsula y muy inteligente —dice mi abuela.

—¿Úrsula?

—Sí, mi amiga Úrsula. Jugamos mucho de niñas, hasta que se la llevaron a vivir a Tenerife. Nos escribimos cartas durante décadas. En aquellos tiempos, las noticias tardaban semanas en llegar.

—Me he perdido, abuela. Me parece que no conozco a ninguna amiga tuya que se llame Úrsula.

—No. Yo diría que no. Pero esa niña tan guapa de la tele es su nieta. Y, a juzgar por la sonrisa de babieca que tienes, también diría que esa sí que sabes bien quién es.

Me río con ganas. Definitivamente, no se le escapa una.

—Sí, es guapa, sí. Y curiosa, abuela. Me encanta que sea tan curiosa.

—Pues ponte a ello, Nau. Me da buen pálpito esa niña. Todos hablan de lo bien que lo están haciendo Catha y ella.

Cojo el móvil y busco su contacto.

Nauzet: «Ha sido un programa magnífico».

Famara lagunera: «¿Te ha gustado? A ver qué tal funciona. No sabemos si encajará bien».

Nauzet: «Seguro que sí. Mi abuela le ha dado el visto bueno».

Famara lagunera: «¿Y eso es muy difícil? 😲 ».

Nauzet: «No te haces una idea. Es muy exigente con las cosas de la tierra. Le caes muy bien».

Famara lagunera: «Entonces es una señora con buen gusto 😉 ».

Decido moverme y dar una brazada a favor.

Nauzet: «¿Libras algún día? Quizá podemos hacer algún plan fuera del trabajo. Si te apetece, claro».

Famara lagunera: «Nos han dicho que la próxima semana descansaremos domingo y lunes. Tengo que ir a Tenerife para unas gestiones, pero el domingo por la noche queremos tomar unas copas con un grupo de amigos en Santa Cruz. ¿Te apuntas?».

Nauzet: «Cuenta con ello».

Famara lagunera: «Genial. Buenas noches, Nau. Gracias por el día de hoy ✨ ».

Nauzet: «Buenas noches, Fa 🌛 ».

—¿Alguien tiene una cita?

—No exactamente. Aunque creo que me acerco.

—Así que la nieta de Úrsula se hace de rogar. Me gusta.

—A mí también me gusta, abuela.