A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 6
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Capítulo 6

Santa Cruz de La Palma, isla de La Palma

Nauzet 📷

Arranco el viejo Ford Fiesta verde que me regaló mi abuela cuando me saqué el carné de conducir.

Ya era viejo entonces, ahora se ve por completo fuera de lugar, con sus elevalunas manuales y su radio casete con frontal.

Me mantiene conectado con mi padre: le gusta traerme cintas viejas para el coche siempre que viene a visitarnos.

Es pescador en su tierra, Reines, un precioso y terriblemente frío pueblo en las Lofoten, las espectaculares islas noruegas.

Aprender a tenerlo lejos no ha sido fácil, pero estar de acá para allá tampoco lo era; y, al final, cuando mi madre también se fue, mi abuela se convirtió en el hogar estable.

De niño no sabía concretar de dónde era, solía decir «isleño» .

Al fin y al cabo, eso era una característica que cumplía tanto aquí como en Noruega.

Por alguna razón, era una pregunta que los adultos me hacían sin cesar y que me hacía sentir apátrida.

Regreso de mis recuerdos y me centro en el monte espeso que me rodea parte del trayecto.

Me dejo impresionar por el túnel de la cumbre que llama tanto la atención de los turistas.

Entras con la lluvia horizontal, la niebla y la arboleda, casi sin visión, y tras unos minutos, sales a la deslumbradora claridad que te acoge con la promesa de un día cálido y despejado.

Por un momento, imagino que mi casa me espera al otro lado y, aunque sé que esa ya no es la realidad, conduzco tranquilo, en paz. De algún modo, he asumido la nueva situación y, en general, soy capaz de convivir con el nudo que lleva una semana intentando asfixiarme el corazón.

Tengo una pequeña ilusión, lo admito. Algo en mí me impulsa a conocer mejor a Famara, la chica tinerfeña de la televisión.

Es buena amiga de los chicos y eso ya habla bien de ella.

Desde anoche siento cierta irracionalidad que me empuja a escarbar bajo sus pecas, como si supiera, antes de hacerlo, que voy a encontrar algo mágico.

Es posible que lo sintiera antes, durante aquella entrevista tan incómoda: el chuchazo inesperado que me recorrió el cuerpo en el momento en el que se encontraron nuestras miradas.

Hace ya más de dos años que Mahi y yo entendimos que no íbamos a ninguna parte juntos y decidimos romper tras cinco años de sendero compartido.

Desde entonces no he vuelto a sentir interés por nadie, aunque ha habido aves de paso.

He estado muy bien solo, creo que lo necesitaba.

Sin embargo, hoy siento cómo algo se despierta dentro de mí y me anima a sonreír más.

No he sido consciente antes de cuánto echaba de menos esta sensación.

Una vez en Los Llanos, al dar la curva del parque Antonio Gómez Felipe, las localizo enseguida, apoyadas en la verja verde, rodeadas de un montón de maletas similares a las que yo mismo he cargado esta mañana en el maletero.

Echo el coche a un lado y me bajo para ayudarlas a hacer hueco a todo el material.

Catha me da los buenos días animada y Famara, Fa, aunque también lo hace, no llega a mirarme.

No me sorprende que abata el asiento delantero y elija ser ella quien ocupe el sillón de detrás.

Está claro que no lo voy a tener fácil para acercarme y conocerla; los chicos me advirtieron. Eso me gusta.

Ponemos rumbo hacia Garafía, al norte. Es un municipio conocido por sus cuidadas reservas naturales y por la calidad del cielo de su cumbre.

Me encanta perderme por allí en mis noches libres para observar las estrellas y descubrir constelaciones.

También tiene zonas arqueológicas valoradas y ese es un aspecto que los visitantes suelen desconocer.

—Creo que no voy a La Zarza desde que me llevaron con el colegio. Ni siquiera recuerdo bien el sitio —comenta Catha mientras echa un vistazo a las cintas de música de mi padre.

Sabe que las guardo en una caja de zapatos bajo el sillón del copiloto y se ha hecho con ellas en cuanto nos incorporamos a la circulación.

—Es una pena, es un sitio mágico. Espero ser capaz de mostrárselo de forma especial.

A mí poco me explicaron en el colegio sobre los benahoaritas.

Por no explicarme, ni siquiera me contaron que los aborígenes de La Palma se llamaban así.

No sabía que en cada isla tenían su propia denominación; que no todos eran guanches.

—A mí en el colegio no me contaron nada de nada. De Canarias di los municipios, las canciones de Los Sabandeños y los microclimas —añade Fa mientras intenta acercarse a nosotros sin soltarse el cinturón—. Me encanta aprender estas cosas.

Catha pone en el reproductor una cinta de A-ha, un grupo noruego de los años ochenta, así que The sun always shines on T.V. suena de fondo mientras transitamos la sinuosa carretera.

—No sé si eso habrá mejorado, al menos no antes de la promoción de mi hermano Airam. Todo lo que nosotros sabemos lo hemos aprendido preguntando a los mayores y leyendo mucho. Es una pena. Si la inquietud no te nace, no tienes oportunidad de descubrir lo especial que es cada pueblo.

—Mi abuela siempre decía: «Ni mejores, ni peores, Famara; somos diferentes. Y las diferencias enriquecen, las diferencias son especiales; no dejemos que se pierdan». ¿Te acuerdas, Catha?

—¡Claro! Nos lo repetía todo el rato. Decía: «Tú no quieres viajar a Asia para ver gente que habla inglés, come hamburguesas y viste de franquicia. Viajamos porque lo diferente nos hace soñar».

—¡Exacto! O cuando decía que leer era el billete de avión de los que no teníamos dinero para viajar.

La echo de menos. Me repitió muchas veces que lo que se quedaba en el cementerio no era ella, que no perdiese mi tiempo allí.

Aunque quizá, como estoy aquí, debería ir a verla.

Bueno, no sé si « verla » es la palabra.

—¿Tu abuela está enterrada en La Palma? —le pregunto, extrañado—. Pensé que eras de Tenerife.

—Sí, lo soy. La enterramos en Las Manchas, ella era de allí.

Se fue a Tenerife de niña con su familia, aunque nunca perdió la raíz.

No dejó que ninguno la perdiéramos. Cementerio de Los Ángeles, creo que se llama.

Es donde ella quería terminar, porque están también mis bisabuelos. Fue un lío traerla, pero cumplí.

Veo c ó mo sonríe con pena a través del retrovisor.

—Nuestra Señora de los Ángeles. Allí está enterrado mi abuelo también.

Por un segundo, nuestras miradas conectan a través del retrovisor. Sin embargo, voy conduciendo, y ese instante es toda la magia que me puedo permitir.

Llegamos al aparcamiento de La Zarza y la Zarzita cantando a voz en grito Take on me . Es música de antes de nosotros nacer; me sorprende que Fa se la sepa. Esta chica es una cajita de sorpresas.

El encargado del complejo nos da la bienvenida y nos regala las entradas.

—Les transmito nuestro agradecimiento en nombre del Consistorio de Garafía. Nunca hemos sido un parque destacado en cantidad de visitantes, pero desde la erupción los números no han hecho más que bajar.

—Esperamos contribuir a que eso cambie —le digo—. Conozco el parque y estoy seguro de que saber lo que esconde atraerá muchas miradas.

—¿Saben el apodo con el que lo denominamos?

—Era algo de historia del arte —comenta Catha—. No recuerdo cómo era.

—La Capilla Sixtina benahoarita. Esa definición no es casualidad, espero que lo aprecien.

—Seguro que sí.

Saco del maletero unos carros de carga para llevar el material y nos echamos a andar por el húmedo sendero. Fa va delante, observa los árboles y los helechos que cubren el suelo como una alfombra. A veces creo que me evita. Otras veces pienso que me doy demasiada importancia a mí mismo.

—¿Qué tal lo llevan tus padres, Catha? ¿Y Daida?

—Aparentan estar bien, pero los siento muy tristes. Supongo que igual que ustedes, ¿no?

—Sí. Imagino que la adrenalina de estos días nos ayuda a no recrearnos demasiado en la realidad; a veces es como vivir dentro de una película.

Intentamos vivir al día porque lo que está pasando no tiene remedio.

Nos aferramos a lo que va bien. Mi abuela es un ejemplo para que logremos hacerlo.

Insiste en que esto puede ser muchísimo peor, que todo está controlado.

—Y ¿qué es lo que va bien, a qué puede uno aferrarse?

Esbozo una sonrisa con pena.

—Lo sabes. Todos estamos bien, estamos vivos bajo un techo, aunque no sea el techo bajo el que nos gustaría cobijarnos.

—Supongo que es algo así. —Eleva la mirada hacia Fa y la señala con el mentón mientras da una suave patada y levanta tierra en el suelo—. Nos ha ofrecido el dinero de la herencia de su padre. Estoy intentando lidiar con eso. Nosotros nunca hemos necesitado ayuda de nadie.

—Tampoco nunca se nos había llevado la casa un volcán, Catha.

No podemos enfrentar los problemas nuevos con viejos corsés, deshazte de esa sensación o no podrás avanzar.

Estoy seguro de que ella lo hace de corazón y de que a tus padres les vendrá muy bien.

Y perdona por sacar el tema. Será mejor que intentemos disfrutar de esto.

Apenas quedan cien metros para llegar a la que, para mí, es la parte más especial del parque y donde quiero centrar mis fotografías.

—¡Eh, Fa! Para un segundo. —Le pico el ojo a Catha y acelero el paso.

Me acerco a ella, que se ha detenido y nos espera con los brazos en jarras.

—¡Vamos! —dice—. ¡Tengo muchas ganas de ver esto, no se entretengan!

Cojo con los dedos el pañuelo que lleva al cuello, intento no rozarla para no incomodarla.

Me doy cuenta de que las pecas se le encienden y se pone encarnada, aunque no comento nada para no hacérselo pasar peor.

Me gusta comprobar que esta tensión parece ser bidireccional, que lo que sentí anoche mientras nos tomábamos el chocolate no fue casual.

—¿Te puedo tapar los ojos?

Catha se lleva las manos a los ojos y se ríe sin disimular, supongo que no es ningún secreto lo que está pasando aquí.

—¿Los ojos? ¿Y cómo voy a llevar el carro sin caerme?