Capítulo 5 #2
Un hombre canoso, con una amable sonrisa, se ha acercado a nosotras.
—Sí, encantadas. —Nos damos el beso de rigor—. Yo soy Famara y ella es Cathaisa, la cámara.
—Bueno, aquí todos sabemos quiénes son —se ríe discretamente—. Hacen una gran labor en el canal, enhorabuena. Y gracias por venir hasta aquí, creo que puede ser una entrevista interesante.
—Seguro que sí. Nos han dicho que trabajan con drones. ¿Cuál es su función?
—Hemos pensado que eso puede explicárselo Carlos. Él es el responsable del trabajo que se realiza con las cámaras termográficas de estos aparatos. Se acercan todo lo posible al cono y nos aportan información muy valiosa para nuestros modelos de predicción.
—Sería genial.
—Y también Nauzet, creo que ya lo conoces —ríe esta vez de forma abierta, y a mí se me para el corazón—.
Su labor es mucho más cercana al público general.
Él mapea toda la zona de la colada para verificar qué viviendas, fincas, negocios…
han sido de verdad sepultadas y cuáles aún se mantienen aisladas dentro de la zona que se ha declarado arrasada.
—Me parece muy buena idea —me rescata Catha de tener que hablar—. Ese es el tipo de trabajo que más nos gusta transmitir, algo que insufle esperanza a los vecinos.
—Bien, pues los chicos están atrás, si me acompañan.
—¿Sería posible emitir desde esta sala? —pregunta Catha—. Es una localización muy buena, da una imagen muy objetiva de la tensión continua de los equipos de trabajo.
—Tiene razón, se palpa la preocupación en el ambiente, creo que sería una imagen inmersiva, es justo lo que necesitamos en televisión.
—Sí, claro, sin problema. Voy a avisar a los chicos entonces.
Se aleja de nosotras, y Catha me mira fijo a los ojos.
—Coge aire, ¿vale? Te conozco, sé lo que pasa, aunque no me lo digas; quizá aún no te lo reconoces ni a ti misma.
—¿De qué hablas, Catha? —le digo mientras ella me coge por los hombros.
—De que eres una periodista fantástica y eres muy capaz de centrarte en la entrevista sin perderte en esos ojos verdes que vienen por ahí.
Levanto las cejas y la miro, actuando como si no entendiera nada, mientras ella tiene esa sonrisa descarada que tanto me gusta. Por supuesto que entiendo lo que dice; siento cómo tiemblo entera desde que sospeché que era él el Nauzet que estaba aquí, respirando nuestro mismo aire.
Pese a mis nervios, el directo se da de maravilla.
La entrevista sale redonda. Carlos y Nauzet desprenden pasión por su trabajo, y estoy segura de que eso se ha reflejado en las imágenes.
Ambos han sido muy didácticos en sus explicaciones, y todos hemos aprendido palabras nuevas gracias a ellos: el tremor, que no es otro que el desesperante ruido que nos envuelve; o el delta lávico, que se formará si, en el momento en que la lava llegue a la costa y se enfríe, queda en la superficie.
Ese delta haría que la isla le ganara terreno al mar.
Estamos cerrando la emisión en directo con las tomas que grabamos por la mañana, cuando noto al fondo de la sala que los trabajadores están más inquietos de lo normal; algo sucede.
En ese momento, me informan por el pinganillo de que van a conectar en directo con los compañeros que están embarcados, porque el magma está a punto de tocar el océano.
Interrumpimos nuestra conexión y nos despedimos para dar paso al otro equipo.
Nos trasladamos a la parte lateral de la sala, donde hay una pantalla enorme para ver, con nuestros propios ojos, ya agotados de tantas formas de destrucción, cómo el fuego líquido pasa y engulle las plataneras que visitamos por la mañana y ahora se derrama sobre el agua.
No tardo en ubicarme; es mi querida playa del Perdido.
Trago, aprieto la mandíbula, intento evitar las lágrimas mientras me clavo las uñas en las palmas de las manos; nada sirve, voy a llorar.
Siento una mano en mi hombro y apoyo mi cabeza en ella; sin embargo, no es la mano hermana de Catha que esperaba sentir.
Es su mano, la mano de Nauzet. Me resulta reconfortante y, al final, permito que no solo sea el hormigueo nervioso que él me provoca el que me recorra por completo, sino que también mis lágrimas lo acompañen.
—Debe ser agotador narrar desgracias cada día, aunque veo que intentas aportar esperanza.
—Como tú con tus fotografías.
—Cierto.
Noto cuando retira su mano. Me recompongo un poco e intento reflejar una sonrisa a través del charco desbordado de mis ojos.
—Gracias. Creo que tú y yo no comenzamos con buen pie, ¿no?
—No le doy importancia, no te preocupes. Le pedí a Tana que te lo dijera.
—Y lo hizo, sí. Pero toda esta situación es un poco extraña. Por cierto, enhorabuena por tu exposición. Me contaron los chicos que eran unas fotografías preciosas.
—Sí. Estoy muy orgulloso de ellas. —Mira a Catha—. ¿Les apetece un chocolate calentito?
Lo acompañamos a un cuartito de descanso que nos aísla del bullicio y nos sirve los chocolates. Los tomamos en silencio, de pie. El aroma del cacao envuelve la habitación, y cierro los ojos mientras le doy vueltas a una nueva idea que me provoca destellos en la cabeza.
—Estoy pensando: ¿sería muy descabellado, ahora que todas las miradas están fijas en nosotros, que metiéramos tomas de lugares especiales? Para mitigar el miedo a venir y que la economía no se resienta tanto.
—¿Algo para atraer a los visitantes? Podría estar bien, habría que listar algunos lugares que queramos mostrar, no debería ser difícil —comenta Catha—. Además, creo que a Arure le puede gustar.
—Me parece buena idea lo que dices —añade Nauzet—. Mañana voy a visitar La Zarza. Si quieren, puede ser un buen emplazamiento para comenzar. Me podrían acompañar y grabar una muestra, a ver qué tal funciona la idea.
—¿La Zarza? —pregunto—. No lo conozco. ¿Es un sendero?
—No, qué va. La Zarza y La Zarcita es un yacimiento arqueológico con bastantes petroglifos.
No es una visita habitual, por lo que cumple con la idea de atraer visitantes.
Además, es posible que algunos que ya conozcan la isla no la hayan visitado y también les dé curiosidad. Es decir, que podrían querer repetir.
—Sí, estaría bien que, aunque esté el volcán, el resto del territorio mantenga su economía, ¿no?
Nosotras mismas tuvimos miedo de venir. Seguro que muchas personas de fuera descartan la visita precisamente por eso, y podríamos mostrarles que, en el resto de las zonas, todo está bien.
¿De verdad no te importa que te acompañemos?
Me mira a los ojos y me sonríe mientras se sopla el flequillo. Siento que me enciendo y visualizo mis pecas tomando protagonismo y mis orejas tornándose encarnadas como el mojo picón.
—Me encantará hacerles de guía siempre que tengan tiempo suficiente, porque voy a hacer unas fotografías para una campaña de publicidad del Cabildo, así que necesitaré estar tiempo allí.
De hecho, tendré que hacer bastantes visitas a sitios especiales por este trabajo, si les viene bien engancharse, yo las puedo llevar encantado.
Carlos hace señas a Catha desde la sala y ella sale, nos quedamos solos.
—Oye, siento mucho la imagen del otro día, de verdad. Yo no sabía que…
Me interrumpe.
—Tranquila, te aseguro que no importa; no me afectan demasiado esas cosas. Aunque no lo creas, para mí las redes, como no entro, no existen. En realidad, me gusta mucho el trabajo que hacen, es solo que ese no era un buen día para mí. A veces no me resulta fácil gestionar todo esto.
—¿Te gustan las entrevistas que emitimos?
—Me gusta cómo se esfuerzan por evitar compartir la pena solo por sí misma.
Noto que cada entrevista y cada historia que cuentan tiene un para qué, no es como el resto.
No debe ser sencillo hacerlo así, con todo el mundo presionando para obtener exclusivas en una isla desbordada de profesionales de renombre.
—Bueno, en realidad nos lo han puesto fácil. La cadena ha dicho que sí a todas nuestras propuestas, al menos hasta el momento. Vamos a ver qué nos dicen a esta de hoy.
Mantenemos todo el tiempo la mirada enganchada, aunque ya no estoy nerviosa; me siento muy cómoda. El calor que subió a mi rostro está ahora confortable en mi pecho.
—Por cierto, para los amigos soy Nau; Nauzet solamente me llaman mi abuela y mi madre.
—Vale, yo también prefiero que me llames Fa.
Enjuago la taza en un pequeño fregadero y tomo la de él, aunque insiste en que no es necesario.
Rozo su mano y siento de nuevo esa electricidad que se te despierta al conectar con alguien; cuando sabes que es mágico.
Veo en sus ojos y en su sonrisa que él también lo ha percibido.
Me deshago de ello como quien se desnuda tras calarse bajo la lluvia, lanzo esa sensación bien lejos y busco resguardo.
Miro hacia Catha, que ya está libre.
—Nos tenemos que ir ya.
—Sí, es tarde. Salvo que me digan lo contrario esta noche, ¿mañana las recojo a las ocho y media? Hay algo más de una hora de camino. Están en casa de la abuela de Tana, ¿verdad?
—Claro, conoces la casa. Pues quedamos así entonces, nos vemos mañana, Nau.
—Hasta mañana, Fa.
Dejo atrás aquel espacio, dispuesta a recoger nuestras cosas y salir de allí lo antes posible. Catha ya tiene el material en las maletas, por lo que todo es más rápido y doy gracias por ello. Ya estamos en el umbral, y lo escucho de nuevo.
—¡Eh, Fa!
Me giro.
—Dime.
—Por cualquier cosa, te dejo mi número.
—Claro, perdona. —Le cedo mi móvil para que lo teclee, porque me tiemblan las manos y no quiero que lo note. Me lo devuelve levantando la vista de la pantalla.
—Ten.
—Te dejo una perdida para que tengas el mío.
—Parece justo —se ríe—. Hasta mañana, chicas.
—Hasta mañana, Nau —le dice Catha mientras nos alejamos.
Más tarde, estoy en la cama y no paro de darle vueltas a la cabeza.
Arure nos ha dado luz verde a nuestra nueva idea y no logro conciliar el sueño, valorando posibilidades.
Entonces veo que se enciende la pantalla de mi móvil en la mesita de noche.
Lo cojo sabiendo que es él, y a la vez temiendo que lo sea.
Nau volcán: «Buenas noches».
Famara: «Nos vemos mañana 🙂 ».
Sé que tengo que llevar esto con la cabeza fría, como siempre he hecho. Disfrutar, nada más. Tengo muy clara la teoría. Duermo con el móvil contra mi pecho.