A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 5
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Capítulo 5

Tazacorte, isla de La Palma

Famara 🎤

El Valle de Aridane es verde. Así es en mi recuerdo.

Un verde fuerte, vivo, desvergonzado. El verde de los aguacateros y las plataneras que atravesábamos en cholas.

Acortábamos camino protegidos por la sombra para llegar a las mejores playas, a las que no se llega por carretera; donde no hay turistas.

Rapidito, para que no nos descubriera el medianero de la finca.

Livianos, toalla al hombro y bote de crema, con el día completo por delante.

Un verde de risas y canciones a coro; un verde sin obligaciones, de verano.

Nos hemos acercado a grabar tomas para esta noche a las plataneras de la costa, amenazadas por la lava.

La roca líquida avanza poco a poco y se come todo.

Engulle sin piedad mi paraíso. La Guardia Civil nos ha permitido el acceso, advirtiéndonos de que solo podremos permanecer en los invernaderos durante una hora más, ya que se espera que la colada llegue al mar muy pronto.

Lo más probable es que, gran parte del terreno que nos rodea ahora mismo, mañana ya no sea más que recuerdos calcinados e historias.

Las plataneras necesitan luz, y su ausencia es precisamente lo primero que capta mi atención: la oscuridad.

La negrura es pesada, opaca. Siento que el cielo se me acerca poco a poco al pecho, como si me robara el aire mientras el universo se pliega por la mitad.

Y es muy probable que así sea, porque el invernadero está cubierto de ceniza, tanto, que, en algunas zonas, el plástico que nos cubre ha cedido por el peso.

Las condiciones de agobio en las que realizan sus tareas los peones, más de las que suelen ser habituales, son contagiosas.

Ahora mismo, las fincas son un hervidero de trabajadores que se afanan en recolectar todas las piñas posibles, en un intento de salvar la mayor cantidad de fruta que el volcán les permita.

Salimos a una de las fincas al aire libre y Manuel, el encargado, nos cuenta entre lágrimas la situación a la que se enfrentan, para que podamos grabar y compartir su realidad con los telespectadores.

—Nosotros al menos tenemos agua para regar, otras fincas están peor. Aunque temo que quedemos desconectados. En el momento en que la lava llegue al mar, puede terminar con el sistema de tuberías para el regadío.

—Comprendo tu miedo, Manuel —le digo mientras acerco mi mano a su hombro—. Se espera que suceda entre hoy y mañana; algunas fincas quedarán sepultadas.

—Sepultadas o aisladas, eso también será fatal.

Estamos tratando de cargar en los camiones todo el plátano que podemos, pero aún no es el momento de recoger la fruta, necesitamos regar durante más tiempo y que guarezca.

—Llora—. Nosotros somos afortunados por tener agua, yo no pido nada más.

Ver el trabajo de tantas familias que se pierde… Esto es… un desastre. Para todos.

Le cuesta terminar la frase, se cubre el rostro con las manos encallecidas por el duro trabajo y se sienta en el suelo, una alfombra de tierra seca, badana y ceniza, apoyado en una de las plantas.

Tarda varios minutos en recomponerse. Mientras, Catha apaga la cámara y la guarda con mucho cuidado para protegerla de los piroclastos menudos que se cuelan en todos los rincones.

Nos sentamos cada una a un lado de él, acompañándolo en silencio.

No hay nada más que podamos hacer. Sí, vamos a contar su historia; sin embargo, se siente tan poca cosa.

—No queremos robarle más tiempo, Manuel, sabemos que tiene mucho trabajo por delante. Gracias por transmitirnos su desazón. Ojalá esto sirva para que las personas que nos vean consuman más plátano palmero.

—Dios te oiga, mi niña, porque ya nos empiezan a rechazar la fruta arañada por la ceniza. ¡Y por dentro está intacta! Dulce y deliciosa como siempre, aunque no esté tan bonita.

—Nos permiten estar aquí con ustedes hasta que los desalojen. ¿Hay algo que podamos hacer en ese tiempo? ¿Ayudarles a cargar las piñas? —pregunta Catha.

—Tú serás palmera, mija. Pero ¡cómo se nota que no has trabajado en el plátano en la vida!

—contesta Manuel con un amago de sonrisa—.

Eso pesa demasiado, mi niña. Pueden desflorillar la fruta, y así los hombres que están con eso podrán salvar un par de manillas más antes de que nos tengamos que ir.

Tengan precaución o saldrán de aquí todas sucias , y luego no hay quien saque las manchas.

—No hay problema. Si nos dice cómo hacerlo porque, la verdad, ni siquiera sé qué es eso de desflorillar.

—Por aquí. —Se incorpora.

Nos enseña y nos ponemos manos a la obra.

Por lo visto, cuando la fruta ya está del tamaño adecuado, se le quita la flor del extremo para evitar que se pudra y que puedan aparecer hongos.

Quizá esta fruta se la lleve el volcán antes de poder recogerla.

Mientras tanto, aquí todos trabajan con la esperanza de escapar y no cejan en su intento de que, al menos por ellos, no será que se eche a perder.

A eso nos dedicamos hasta que la Guardia Civil nos desaloja a todos.

Nosotras continuamos nuestro recorrido para completar las grabaciones, mientras los trabajadores se retiran en camiones tan sucios y agotados como ellos mismos.

Agradecidos, tristes y rabiosos, así están.

Ahora sabemos que es posible sentir todo esto a la vez.

Visitamos una empaquetadora, y el encargado nos cuenta algunos datos que no son nada alentadores: el 13 % de la población de la isla desarrolla algún trabajo relacionado con el cultivo del plátano.

Me impresiona la cifra de kilos exportados al año: ciento cuarenta millones.

Es impresionante. Yo ni siquiera puedo hacerme una idea de cuánto es esa cantidad; sin embargo, interpreto con claridad que se traduce en muchísimo dinero que faltará a esta economía tan delicada.

Como siempre, pedimos permiso a todas las personas antes de comenzar a trabajar.

Sin embargo, las caras que grabamos en las cintas de empaquetado no sonríen a cámara, ni siquiera nos miran.

Tras los gorros y mascarillas azules hay personas dolientes.

Algunos viran la cara en el último momento, en un intento de que no veamos sus ojos cuajados y, por supuesto, lo respetamos; es fácil sentir el peso del mundo sobre sus hombros.

Padres y madres de familia que mañana no saben si podrán llevar un plato de comida a casa.

Muchos de ellos, ya desde hace días, sin hogar.

Terminadas las tomas y apagadas las cámaras, una de las trabajadoras, de unos cuarenta años, se acerca, nos coge una mano a cada una y esboza una leve sonrisa.

—Gracias, mis niñas.

En días como este me cuesta sentirme orgullosa de mi trabajo.

Yo sé bien que tanto Catha como yo estamos dando lo mejor de nosotras, aunque me encantaría que no fuera necesario, que no existiera, que el verde volviese a brillar y que, de fondo, se escuchasen solo nuestras risas rumbo a la playa, coreadas por los pájaros.

Almorzamos en casa, con los padres de Catha. Es un almuerzo pausado, con grandes dosis de silencio y suspiros. Entre nosotras no hemos vuelto a tocar el tema del dinero, porque ella no está muy segura de lo que quiere o de lo que sus padres necesitan.

Nunca conocí a mi padre; sin embargo, con apenas catorce años recibí una herencia de él: diez mil euros y una carta que me entregaron abierta. No le di importancia; ahora no tengo claro lo que pienso de aquella falta a su intimidad. A nuestra intimidad.

Crecí sabiendo que mi madre se quedó embarazada muy jovencita de un chico que conoció al visitar él Tenerife durante su viaje de fin de curso.

Era de Asturias. Se enviaron cartas durante meses, y cuando mi madre le contó que estaba embarazada, más nunca supo de él.

Dadas esas circunstancias, me crio sola, con el apoyo de mi abuela, para poder terminar sus estudios sin que a mí me faltara de nada.

Juzgada por los vecinos y con muchos sacrificios.

Después de irse mamá a Canadá, la abuela me animó a utilizar el dinero y leer la carta. Toqué solo lo imprescindible: la entrada del piso que alquilamos y mi Montero de segunda mano. Como decía ella: «Una guarida y una forma de escapar». El resto del dinero continúa en el banco.

Tras la muerte de mi abuela, una de esas noches en las que no podía conciliar el sueño, decidí por fin leer la misiva y mis pilares, ya heridos, se terminaron de resquebrajar y se derrumbaron por completo.

Mi padre me decía que hacía apenas seis meses que, por una casualidad que me detallaba, había sospechado de mi existencia.

Mediante un investigador, pudo localizar a mi madre, que le confirmó la información.

También me decía que no tengo hermanos, que estaba hospitalizado con cáncer y que no tenía ya oportunidad de viajar a conocerme.

Que le hubiera encantado hacerlo, que lo perdonara por no saber antes; por no saber a tiempo.

Ese dinero siempre me ha dolido. Me hace pensar en evidencias en las que no quiero profundizar. Que las verdades que vivieron mis padres son demasiado diferentes y que yo no quiero saber cómo fueron las cosas en realidad, porque no sé si podría soportar las consecuencias ni el dolor de la certeza.

¿Qué mejor destino que esta tragedia? ¿Quiénes van a aprovechar mejor mi herencia que la familia de Catha? Buscaré la manera de hacerles llegar el dinero.

Después de descansar un poco, ya entrada la tarde, nos dirigimos al centro donde se reúne el Comité Científico del PEVOLCA, en Tajuya. Queremos que nos muestren en directo cómo es el trabajo que están realizando con los drones.

La sala no es demasiado grande. Está llena de mapas, pantallas y trabajadores que no paran de moverse con papeles o el móvil en las manos. Tiene ese murmullo apagado en el ambiente que te dice que allí nadie pierde el tiempo.

—Bienvenidas. De la Televisión Canaria, ¿verdad? Mi nombre es Doramas.