Capítulo 4 #2
—Entonces, ¿de verdad estás en La Palma? Te he visto en Instagram.
—Sí, lo siento, mamá. Debí llamarte, pero fue una oportunidad inesperada y, una vez aquí, no hemos tenido un minuto libre.
—¿Tenido quiénes? ¿Ese chico de la imagen, al que no conozco, y tú?
Pongo los ojos en blanco y me acomodo, aquí viene…
—No, mamá. Catha y yo. Hemos venido juntas. Ella es la cámara. Tenemos mucho trabajo; está siendo muy satisfactorio, abrumador, bonito y horrible, todo a la vez. Han perdido su casa, mamá. Creo que estamos sobrepasadas.
—Es que no sé qué estás haciendo ahí, cariño. ¿A qué estás jugando? No tienes necesidad de pasar por nada de eso. Encima, en boca de todos por ese chico. ¿De qué familia es? ¿Para hacerme pasar por esto no quieres vivir con nosotros? ¿Para esto dejaste a Yeray? De verdad, Famara, no te entiendo.
A veces es como si una metralleta me disparara preguntas.
—Mamá, por favor, créeme que no es el momento. ¿Has escuchado lo que te he dicho? Catha y su familia ya no tienen casa. ¿De verdad vamos a regresar a ese tema incluso en estas circunstancias? Hemos tenido esta conversación cientos de veces.
—Pues yo sigo sin entenderlo, así que deberemos tenerla una vez más.
—Pues es bastante sencillo, mamá: no quiero vivir en Canadá. No quiero dejar mi vida aquí, no quiero aprender francés y, sobre todo, no quería dejar sola a la abuela; lo sabes muy bien.
—La abuela ya no está, cariño.
—Sí, mamá, pero me he esforzado muchísimo y ahora soy una mujer adulta e independiente, trabajo, he hecho todo bien. Muy bien, en realidad. Y a ti sigue sin parecerte suficiente la vida que he conseguido llevar. Estoy cansada, mamá, de verdad, no tengo ganas de discutir.
—Estás cansada porque tienes veintidós años y no paras de trabajar sin necesidad ninguna.
—Es una forma de verlo.
—¿Y el chico? No me has respondido. ¿Sales de verdad con un completo desconocido y no fuiste capaz de darle ninguna oportunidad a Yeray, que es mi propio ahijado, de arreglar lo que tenían?
Y aquí es donde no soporto llegar una y otra vez.
—Por favor —susurro. Estoy demasiado cansada esta vez—. Mira, siempre trato de decírtelo con buenas palabras, sé que Yeray sigue siendo familia para ti y lo adoras, pero mamá, ni me acuerdo de él. Yeray fue un cabrón y un pollaboba y, aunque no lo hubiera sido, ahí no queda nada.
—¡Por favor, Famara, esa boca! No te he educado para que te expreses así. Eso lo dices porque ese chico te impide reconsiderar las cosas como deberías.
—No, mamá. Lo digo porque yo no quiero ningún Yeray en mi vida.
De hecho, no quiero ningún hombre en mi vida, no tienes que preocuparte por ningún desconocido gracias a él.
Hace ya un siglo de eso, mamá. ¡Éramos unos niños, por Dios!
Yeray lo ha asumido, yo lo he asumido, asúmelo tú también.
Y lo siento, te tengo que colgar. Es tarde y mañana comenzamos a grabar temprano.
—Bueno, cariño, no tienes por qué enfadarte. Retomaremos esta conversación en otro momento; ya estarás más receptiva.
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, cariño. Ten mucho fundamento, por favor. A la mínima duda, sal enseguida de ahí.
—Lo sé, mamá, no te preocupes. Un beso, adiós.
—Besos, cariño.
Cuelgo y dejo caer mi cabeza sobre el volante; estoy agotada. Arranco el coche de nuevo antes de que las lágrimas, que empiezan a brotar otra vez, vuelvan a derramarse y no me permitan ver la carretera. Antes de que tomen el control, como aquella vez.
Me yergo, eso no va a volver a suceder. Últimamente me he emocionado demasiadas veces. El llanto es algo que había logrado apartar de mi vida. Temo que no haya podido hacerlo para siempre y, por un momento, vuelve mi inseguridad.
Retorno a casa con la cabeza atascada en los recuerdos de mi graduación de bachillerato, que, de un modo u otro, siempre termina por volver a mí.
Aquella noche de gritos, portazos, lágrimas…
De llorar junto a la puerta temblando mientras ella la intentaba abrir y me recordaba lo desagradecida que era y las muchas oportunidades que el traslado de Bentor nos brindaba, a las que no debíamos renunciar.
Allí nos quedamos mi precioso vestido azul y yo: sin fiesta, humedecidos mientras se perdía todo lo que creía conocer.
Fue Catha la que me sacó de aquella especie de estado catatónico en el que me sumí. Yo estaba dispuesta a enfrentar todo para quedarme en la isla. Entonces supe que Yeray se había acostado aquella noche con Nayra, otra compañera del instituto.
Tuvo los arrestos de decirme que me había llamado muchas veces y que había sido yo la que había pasado de él, que lo había dejado solo en una noche hecha para divertirse.
¡Quiso hacerme creer que era mi culpa! Durante mucho tiempo me quemó la rabia por dentro al recordarlo.
Hoy parece que fue un sueño, una vida que no me pertenece.
Catha sí comprendió mis decisiones y mis aspiraciones.
Ese verano lo pasaríamos como siempre en La Palma con toda la tropa y, por primera vez, septiembre no sería el mes de las despedidas, sino el mes de la unión definitiva: Tana, Rayco y Xerach se vendrían a vivir a Tenerife para estudiar, donde ya estábamos Catha y yo.
Regreso de mis recuerdos y entro en casa intentando no hacer ruido, aunque no me sorprendo en absoluto al ver a Catha, con la luz de la mesita de noche encendida, moño en alto, escudriñándome con sus enormes ojos grises.
En silencio, le hago señas para que se haga a un lado y entonces veo que Daida está dormida a sus pies.
Estos días, a veces se levanta durante la noche y se viene a la cama con su hermana.
Me rompe el corazón. La cojo en brazos, la devuelvo a su cama y la tapo con cariño mientras la beso en la frente.
Catha dobla la página del poemario que está leyendo, cosa que me enerva, y lo deja caer con cuidado al suelo antes de levantar la sábana para que me recueste a su lado.
—Vaya, sabía que tenías esa cabecita tuya llena de malas ideas, pero no pensé que fueras a regresar así.
Me siento, apoyada en el cabecero de pino, y dejo caer la cabeza hacia atrás hasta que doy con la coleta en la pared. Parece mentira que la que esté cubierta de problemas hasta la nariz sea ella y la que esté hecha gofio sea yo.
—Nada nuevo. Llamada de mamá.
—¿Y…? —pregunta mientras me pasa un paquete de pastillas de goma con forma de fresita que me encantan, porque sabe que ahora mismo necesito un buen atracón.
—Pues que le he hablado mal, Catha. Hacía tiempo que no pasaba. Tengo ganas de llorar y no quiero hacerlo. Es que a veces no la entiendo.
—Es normal, que sea tu madre no significa que tengan que opinar igual de las cosas.
—No, no es normal. ¿Y si no es que no la entienda, sino que no hago el esfuerzo suficiente por entenderla?
—¿En serio, Famara? —Se rueda de tal forma que queda justo frente a mí, imposibilitando que rehúya su mirada—.
A veces echo la vista atrás y estoy tan orgullosa de ti que no soporto que no valores todo lo que has conseguido.
¿Quién puede decir, a nuestra edad, que es absolutamente autosuficiente?
Y tú no es que lo seas ahora, ¡es que lo eres desde hace tiempo!
Te has esforzado como nadie, has intentado hacer el menor daño posible a todos por el camino y, lo sabes, si has tenido que elegir, siempre has sufrido tú antes que herir a los demás.
En tus circunstancias, con tu decisión, las cosas no podían hacerse mejor, Fa.
Me gustaría que algún día estuvieras tú también así de orgullosa de ti misma, sin necesitar el visto bueno de los demás.
—A ver, sí lo estoy. Soy consciente de lo mucho que me ha costado tirar para adelante, de la coraza que me he puesto, que a veces no me deja respirar. Pero mamá ha sufrido con mi decisión y eso no sé cómo lidiarlo. No me gusta ser culpable de eso.
—¿Y tú? ¿Tú no sufriste con su decisión? ¿Te preguntó acaso?
—No sé. Es mi madre, su función es tomar las decisiones que cree más acertadas para mí, ¿no?
—Pues yo creo que no. Su función es hacerte una mujer fuerte e independiente y, de una forma muy enrevesada, eso lo ha bordado —se ríe, porque ella es capaz de ver lo positivo en cualquier circunstancia—.
Métete en esa cabecita que una cosa es tener responsabilidad y otra distinta, la culpa.
Y en ti no hay culpa —me dice mientras me da coscorrones en la cabeza.
—Supongo que es así.
—Y ahora, mi niña, a ver si cambias esos pensamientos terribles y llegas un día a estas horas para contarme que te has enrollado con alguien interesante, que desde que llegamos aquí estamos las dos en dique seco.
—¿Tú no puedes mantener una conversación seria o qué?
—Claro, porque es mucho mejor hablar de la realidad. ¡Dónde va a parar! Ahora me dirás que no tienes ganas de coger un maravilloso día de descanso y darle una alegría a ese cuerpo.
Me río. Me conoce. Es fantástico que lo haga.
—O nos dan un día libre o no respondo. —Le pico el ojo y le pellizco el muslo.
Me voy a mi cama y la miro risueña antes de apagar la luz.
—Gracias, hermanita.
—De nada. Pero a Ayoze el día libre se lo pides tú, que eres la que está más desesperada.
Transcurren unos minutos a oscuras.
—Catha, ¿sigues despierta?
—Ahora sí. Dime.
—¿Tú crees que tus padres aceptarían el dinero de la herencia de mi padre?