Capítulo 4
El Paso, isla de La Palma
Famara 🎤
Llevo varios días en los que no soy yo. No puedo descansar y me siento agotada.
Por un lado, la erupción ha aumentado muchísimo su explosividad y el rugir se escucha en la habitación donde intentamos dormir como si lo tuviésemos encima.
Han sido días de desalojos duros. Nos ha tocado de lleno: la familia de Catha ha tenido que abandonar su casa y se ha venido a vivir de forma temporal con nosotras, al menos hasta que encuentren otro sitio.
Ver a Daida, con sus apenas diez añitos, tan seriecita, con su mochila repleta, desde hace días, con sus tesoros más queridos.
Se me ha roto el corazón. Hacemos como que todo va bien, y nada lo está; no lo está en absoluto.
Porque Daida debería estar imaginando planes con sus amigas para el fin de semana y no haciéndose la fuerte en una casa que no es la suya, para intentar que sus padres no sufran más por ella de lo que ya lo hacen.
Catha lo está pasando fatal. Está desubicada. Mantiene ese papel de hermana mayor que todo lo controla; sin embargo, por las noches llora muchas veces. Creo que ha sido una bendición estar aquí: poder apoyarlos, no imaginar lo que ocurre, sino verlo con nuestros propios ojos. Sentir, aunque duela.
El paisaje se ha llenado de hileras de furgones y camionetas que rebosan pertenencias, intimidad y recuerdos; vidas completas reducidas a lo que cabe en una sábana estirada en el suelo, a lo que entra en el maletero de un coche.
Vecinos que lloran, ansiedad, tensión, gritos…
Una peregrinación de tristeza que lo envuelve todo mientras genera una impotencia ahogante en quienes procesionan y en quienes observamos.
Si me dijeran que tengo diez minutos para sacar mis pertenencias de casa, cogería las fotos, el ordenador, los papeles del coche… Sin embargo, si aún viviese en mi antigua casa, la preciosa casona lagunera de mi abuela, la que de verdad fue mi hogar, no sabría ni por dónde empezar.
Y, por otro lado, para qué engañarnos, está el asunto de Nauzet. Sé que suena inmaduro no poder sacarme de la cabeza a un chico que ni siquiera conozco en estas terribles circunstancias; que ya estoy grandecita para estas tonterías. Lo cierto es que una no elige sus pensamientos.
Hacía tiempo que no me pasaba algo así, y me hace sentir insegura.
Ya ni siquiera recuerdo si esto es normal, si es así como se siente cuando alguien te gusta por una mera atracción visual y, a la vez, sientes que hay algo más que te llama.
Siempre contesto que mi preocupación es por la publicación de las imágenes, aunque, si soy franca, supe que era otra cosa mucho antes de ser consciente de lo que Catha había grabado.
La pobre se siente fatal por el revuelo que ha levantado el tema y por lo mal que me lo he tomado.
Aunque, al final, no fue ella quien subió nada a las redes; fue cosa del público.
¿Es demente decir que, gracias a los desalojos, este tema ha pasado a un segundo plano y que, de algún modo macabro, me siento aliviada por ello?
El programa es el más visto de las islas, incluso ha subido el índice de audiencia en la Península.
Y no solo en la televisión, sino que las visualizaciones en YouTube se han disparado también en algunos países de Latinoamérica; sobre todo Venezuela y Cuba.
Los primeros días, al grabar, no éramos demasiado conscientes de lo que estos datos significaban.
Durante todo el lunes, nuestra imagen fue tendencia en España a pesar del volcán. Visitamos a vecinos de pueblos en los que no conocemos a nadie, y ellos saben quiénes somos antes de presentarnos. Es fabuloso y agobiante al mismo tiempo.
He hablado con Tana y me asegura que Nauzet no le ha dado ninguna importancia al tema de Instagram. Hace unos días estuvieron con él en la clausura de su exposición en Tenerife. Se quedaron impresionados por el éxito de su trabajo, dicen que su obra es una verdadera joya.
Parece que es un chico bastante tímido y que lo pasó algo mal en el evento. Por lo visto, no se mueve mucho por las redes, excepto en su perfil de fotografías y solo si hace exposiciones; así que no le afecta mucho lo que ocurre en ese mundo paralelo.
Ellos lo conocen desde niños, del colegio.
« El guiri », lo llaman. No han perdido la oportunidad de llamarme para hacer escarnio.
Bueno, Rayco y Xerach me han vacilado; Tana, en realidad, me ha intentado convencer de que debería dejar que me lo presente y conocerlo.
Por lo visto, es un puntal y seré muy tonta por no aprovechar la oportunidad de tener a alguien así de noble en mi vida.
Aunque él sabe perfectamente que no quiero nada con nadie.
Catha me da un golpito en el hombro y me hace volver a la realidad.
Me he quedado absorta, apoyada en la barandilla de la plaza de la iglesia de Tajuya, mientras espero la hora de la retransmisión.
Hace días que ni siquiera intento aparentar que estoy bien o ponerme mona para la cámara.
No me siento bien y estoy cansada, no del trabajo; de la realidad.
Ajusta el encuadre, respiro profundo y comenzamos la conexión.
Hoy la lava se ha llevado por delante el campanario de la iglesia de Todoque.
Es un símbolo de la unidad de ese barrio, más allá de las creencias religiosas.
Quien más quien menos conserva fotografías de sus padres y abuelos mientras levantaban el edificio.
No solo el solar fue donado por un vecino, sino que el material y la mano de obra también fueron fruto del cariño y el esfuerzo personal de cada individuo.
El hecho de que la lava estuviera parada frente al edificio hizo soñar a muchos con la repetición del llamado «Milagro de la iglesia de San Nicolás de Bari», en Las Manchas.
La lava del San Juan, al llegar frente a la iglesia, cambió el rumbo y evitó así muchas desgracias.
Sin embargo, hoy no ha sido así, ha continuado su senda y ha arrasado con todo.
—Quizá alguno de ustedes todavía pueda pensar que quienes retransmitimos esta erupción la vemos como un espectáculo.
Y no les voy a negar que ver a este diablo rugir detrás de mí cada día es, de algún modo, un privilegio.
Pero todos somos parte de este dolor, la desgracia toca la puerta de cada casa.
Crees que se ha saltado la tuya y, de pronto, entre sueños, escuchas ese toc, toc.
—Cojo aire para lo que, previa autorización, voy a transmitir con la esperanza de llegar a rozar el corazón de los espectadores —.
Todos saben quién es Cathaisa, mi cámara.
Es mi amiga Catha, mi hermana desde niñas.
El volcán se ha llevado el campanario de Todoque y también ha arrasado hoy su casa.
Y está aquí, tragándose las lágrimas. Hoy, como cada día, ha venido a trabajar para darles lo mejor que tiene; para que todo esto sirva para algo.
Ya lo saben, cada día más que el anterior: «Todos somos La Palma».
Cerramos la conexión de la que, con probabilidad, ha sido la noche de mayor carga emocional.
Quizá por eso me dejo caer en el último banco de la iglesia y siento cómo, según cierro los ojos, agoto mi último recurso de energía.
Me pasa a menudo: aguanto muy bien la presión y después, en el momento en el que esta disminuye, me quedo sin pilas.
Catha se sienta a mi lado, no necesito verla para saber que es ella.
Pongo la mano sobre la suya y apoya su cabeza sobre mi hombro. Me habla bajito:
—No quiero estar aquí, Fa. Necesito irme a casa a descansar.
Abro los ojos y fijo la mirada en la Sagrada familia que hay tras el altar. Es un Jesús niño de la mano de María y José. No me parece una imagen habitual y me resulta reconfortante que no presida el templo una de esas imágenes dolientes, cuyo excesivo uso me cuesta tanto comprender.
Salgo en silencio detrás de Catha y realizamos el corto recorrido hasta la casa. Aparto el coche a un lado sin apagarlo; la conozco y suplica espacio en silencio.
—Creo que necesito conducir un rato y despejarme. ¿No te importa? En lo que te duchas, estaré de vuelta.
—Bien, pero ten fundamento, es muy tarde y vas agotada. No le des muchas vueltas, Fa. Si lo piensas, todo está bien. Todos estamos bien.
—Apenas llevamos aquí una semana y me va a estallar la cabeza. Si me meto ahora en la cama, sé que no voy a pegar ojo. Ese maldito bicho no deja de rugir y cada día me cuesta más ignorarlo.
—Lo sé. Ve tranquila. Como algo, me ducho y nos vemos en un rato. A ver si mi madre sigue despierta y así alego con ella un ratito a solas. —Se baja del coche y entra en casa cabizbaja y con paso lento.
Conduzco despacio. En la radio suena Dinamite , de BTS.
Hace días que conduzco sin tararear las canciones; ya no me apetece cantar.
Cuando voy con Catha lo hacemos a dos voces, como si fuésemos a ir a un concurso de talentos.
Desde que llegamos aquí no lo hemos hecho.
Noto que nos falta a ambas una recarga de energía positiva.
Dejo atrás la casa y recorro la sinuosa carretera durante unos veinte minutos.
Aparco frente al mirador de El Time. Apago el motor, cierro los ojos y recuesto la cabeza sin soltar el volante.
Me interrumpe el móvil. Debe ser Catha; es la una de la mañana.
Sin embargo, no. La pantalla lo deja claro: «Mamá».
Lo cierto es que dudo en cogerlo. En Quebec deben ser las ocho de la noche, probablemente no sea ninguna urgencia. Sin embargo, la responsabilidad se impone y yo debería haberla llamado hace ya días, así que, como siempre, el « debo » gana al « necesito » y cojo la llamada.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño. ¿Estás trabajando?
—No, mamá. Es la una de la mañana.
—¡Oh, claro! Te he despertado, entonces. Bueno, pues como ya estás despejada, ¡aprovechamos y charlamos un poquito!
—No te preocupes —aunque sé que no lo está en absoluto—. Estaba despierta.