A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Sí, Famara. ¿Es eso? —Yo solo recuerdo mi incomodidad por el micrófono y la cámara. Eso y que me concentré en su bonito mar de pecas para poder contestar—. Sí, guapa, supongo.

—Supongo no, tío. Guapa de cojones —remarca Rayco—. Porque es como mi hermana, si no, ¡te iba a contar!

—Tío, no hables así de Fa. —Tana me mira y sonríe—. Aunque guapa sí que es. Y lista, buena, y cabezota como ella sola. Pasa de los tíos, por eso está tan rascado.

—Bien, mucho mejor. Si no estoy en su campo de tiro, no hay nada de qué hablar.

No negaré que esa información me deja algo decepcionado.

—No, no es eso. Sí le gustan los tíos, a lo que se refiere es a que pasa de ellos. Además, ¿no conoces a Tana? —aclara Xerach—. Se cree que ha visto la luz desde la famosa entrevista y te ha nombrado protagonista oficial de las películas que se monta él solo.

Miro a Tana horrorizado. ¡No querrá organizarme una cita!

—No me mires así. Yo solo digo que es muy raro que ustedes no se conozcan de antes. Lleva pasando los veranos en Puerto Naos desde que éramos niños y…

Lo interrumpo.

—A lo mejor es precisamente por eso. Sabes que Airam y yo pasamos casi todos los veranos en Reines con mi padre.

—¡Claro, a ver a tu padre! ¡Tus viajes a Noruega con tu hermano!

Es que era muy raro, ya lo sabía yo. A ver, yo solo digo que eres un buen tío y que ella tiene una especie de pantalla para relacionarse con gente nueva, que ni se implica ni quiere hacerlo.

Yo creo que eres el tipo de persona que sí se podría acercar a ella.

—Joder, Tana —dice Rayco—. Pareces una abuela, solo te falta decirle que es un buen partido, lo vas a acojonar.

—¿Saben qué? Esta conversación es superincómoda. —Siento cómo me acaloro y, la verdad, no entiendo tanto interés—. Yo ahora mismo tengo la cabeza en mi familia y en mi trabajo. No quiero que se monten historias. Además, no me gusta hablar de esta manera de esa chica; ni siquiera la conozco.

—Cierto, perdona. Entonces, ¿picoteo gratis esta tarde?

—¿Se apuntan? —Agradezco el cambio de tema con una sonrisa—.

Sería genial. Necesito alguien con quien ponerme a hablar y parecer ocupado si empiezo a agobiarme.

Y la exposición es una gozada. Me pasé esta mañana, les va a encantar.

No es porque sea mía, es que las fotografías han quedado maravillosas.

—¡Eso, que no se diga que no tienes abuela! —se ríen.

—Bueno, yo no soy un experto comercial; ahora, que mis fotos son muy buenas sí lo sé.

De algún modo, logramos dejar el tinte melancólico que últimamente sobrevuela mis conversaciones y pasamos el resto de la tarde entre risas.

Contamos anécdotas de niños, aquellos tiempos en los que todos ellos me llamaban « el guiri » .

Un crío rellenito, de ojos y piel demasiado claros para la mayoría, y que, cada vez que volvía de Reines, tardaba meses en recuperar el acento suave de la tierra.

Ellos no sospechan que en Noruega yo era el spansk , que nunca terminaba de encajar, que sentía que no pertenecía a ningún lugar.

En mis dos tierras era un extranjero. Tardé años en encontrar mis personas y mi sitio.

Ahora, mi lugar se lo ha llevado el volcán.

Cómo es la vida. La casa de mi abuela, mi hogar, que en un momento fue primordial para ser la mejor versión de mí mismo, ahora pierde toda importancia frente a la magnitud del desastre.

La sala se llena enseguida, todo un éxito de convocatoria que Gregorio me transmite de forma insistente e innecesaria; es un hecho para cualquiera que observe a su alrededor.

Suena de fondo A la Caldera , de Taburiente.

Es la canción que ambienta cada día el terminar del programa Una hora menos , en La Canaria.

El de la famosa entrevista con la que me agobian tanto, al que todos nos hemos aficionado y que ha hecho que esta canción tenga la capacidad de evocar al demonio natural, te encuentres donde te encuentres.

Saludo algunas caras conocidas, hay bastantes paisanos entre los asistentes.

Muchos de los que vienen a la Universidad terminan instalados en La Laguna.

Se trasladan para estudiar y escapar del agobio que a veces se siente en una isla pequeña, sobre todo de adolescente.

En ese momento están deseando conocer mundo y terminan enamorados de esta ciudad, que es historia y tenderete a partes iguales.

Hay bastantes tanteos de compras, aunque la obra está vendida hace días, así que muchas personas insisten en que facilite nuevo material a la galería para hacerlo accesible a más compradores.

Agradezco la tecnología en silencio, que me permite tener mi obra intacta, salvo algunas colecciones personales que hice exclusivamente en analógico y que, obviamente, se han perdido.

Así que aprovecho para enseñar parte de mi material en la oficina que hay en la parte trasera.

Esto me permite aumentar mis ventas y quitarme de en medio a la vez, sin que parezca que estoy eludiendo responsabilidades.

Los chicos lo pasan bien. Los palmeros han hecho piña en una esquina elegida de forma estratégica para interceptar las bandejas que sacan los camareros con el vino y el picoteo. Admiro su capacidad de evasión, su perspectiva de distancia; a mí aún me cuesta.

Pienso en lo mucho que hubiera disfrutado mi abuela si hubiera venido.

No he podido sacarla de la tierra. A sus ochenta y seis años, con tres volcanes a sus espaldas, dice que es más útil allí.

Está de voluntaria, pone de comer a los perritos que están reuniendo en las fincas y borda las sábanas que se van a donar antes de entregarlas, «para que no se pierda el toque de la tierra». Es una mujer excepcional.

Aprovecho un breve instante en el que nadie me reclama, salgo a la calle a coger aire y me apoyo en el portón de madera de la entrada. Con las manos en los bolsillos, me siento a observar las calles llenas de vida que, a todas horas, mantiene la ciudad.

—He pensado que a Airam le gustaría tener esto. —Tana me tiende un fardo de tela negro mientras se me acerca por detrás y se sienta a mi lado en el chaplón.

Desenrollo la cinta que mantiene la tela plegada sobre sí misma. La extiendo con cuidado y descubro que protege un juego de cuchillos Wüsthof.

—¡Muchacho! ¡Esto es demasiado! —digo bajito, emocionado—. Estos cuchillos deben haberte costado un dineral.

—Bueno, sabes que intentar ser un buen médico no me está dejando una juventud llena de diversión precisamente. Con lo que me envían mis padres todos los meses y mi poca vida social, te sorprenderías de los ahorros que tengo; el desconsuelo de cualquier jubilado. De verdad, no te preocupes.

—Le van a encantar, en serio. Gracias. Los suyos… bueno, ya sabes.

—Lo he supuesto. ¿Qué tal le va en la escuela?

—Bien, contento. ¿Sabes que hoy ha llegado un chef que, por lo visto, es muy reconocido a la isla? Tiene una ONG, World Central Kitchen, creo que se llama.

—¿José Andrés?

—Sí, ese. Pues Airam se ha presentado voluntario para colaborar con su organización junto a otros compañeros de la escuela de cocina. Es chachi para él, se siente útil. Van a repartir comidas a los vecinos afectados, a los bomberos, policía, voluntarios… Todos intentamos hacer algo.

—Es una oportunidad para que vea cómo trabaja un tío tan profesional.

—Sí. Le van a venir genial estos cuchillos. Eres grande, Tana, de verdad, gracias. —Lo abrazo, emocionado.

—Vaya, aquí estás —dice Gregorio a nuestras espaldas—. Nauzet, el alcalde ha preguntado por ti, vamos.

—El deber me llama. —Suspiro con cara de circunstancias mientras me incorporo y me sacudo un poco los pantalones—. Nos vemos dentro.

—Vamos, Steve McCurry, disfruta de la fama.

Lo malo no es que el alcalde me quiera saludar.

Lo malo es que está dando un discurso y me nombra.

Así que me visualizo desde arriba mientras me acerco al micro, como si no fuese yo, con una forzada media sonrisa.

Se hace el silencio, solo se escucha la música de ambiente: una pieza de piano que no identifico y algún carraspeo.

—Buenas noches a todos. Muchísimas gracias por acompañarme hoy.

Estoy muy impresionado por la acogida tan maravillosa que han dado a mi obra.

Algunos lugares que se reflejan en ella ya no son como los plasmé, y estoy seguro de que, en los próximos días, otros muchos dejarán también de existir.

Hasta a mí, que lo he visto con mis propios ojos, me cuesta hacerme a la idea.

Espero que entiendan lo difícil que me resulta estar aquí en estos momentos y combinar mi orgullo y alegría profesionales con la realidad de la destrucción de esos lugares.

»Por todo ello, no puedo más que pedirles que tengan a La Palma presente cada día. Hoy han podido degustar sus quesos, sus vinos. Pidan productos palmeros, visiten nuestra Isla Bonita. Por favor, no nos olviden.

Se me hace un nudo en la garganta y los presentes rompen a aplaudir. Alguien, al final de la sala, dice en alto:

—¡Todos somos La Palma!

Me emociono tanto que rompo a llorar y me cubro la cara con las manos porque siento vergüenza de perder los papeles de esta manera delante de tanta gente.

—Gracias. Lo siento. Lo siento tanto. Muchas gracias.

Me dirijo al lavabo y me apoyo en él con las manos; intento respirar profundamente. Escucho que los chicos se acercan sin llegar a entrar.

—Joder, Nau, ahora a ver quién coño te dice que han evacuado Todoque.

—¡Venga ya, Rayco! ¿En serio? ¿Ahora? Tiro la toalla contigo, tío —le suelta Tana, dándole un empujón en el hombro.

—Había que rebajar la tensión, ¿no?

Nadie contesta. Yo estoy con la mirada puesta en Tana, esperando a que él me mire para buscar la verdad.

—Tranquilo, nadie está afectado, aunque creen que la lava llegará al pueblo mañana.

No pinta bien. Los Curbelo se han ido a un hotel en Fuencaliente que han habilitado, doña Armenia se ha ido con mis padres a Santa Cruz y la familia de Catha, a casa de mi abuela, en Los Llanos, con las chicas.

Así Daida puede estar cerca de las amiguitas, parece que la niña está muy asustada.

Dejo caer mi peso en el suelo, la cabeza hacia detrás y los codos sobre las rodillas.

—Te juro que no sé si voy a ser capaz de sobrellevar todo esto.

—Nosotros habíamos pensado en acercarnos, aunque no sabemos bien si seríamos de ayuda o un estorbo. Si tú ves que hacen falta manos, nos organizamos y tiramos para la isla.

Lloro desconsolado.

—Solo quiero volver a casa.