Capítulo 3
San Cristóbal de La Laguna, isla de Tenerife
Nauzet 📷
El avión de Binter se acerca a la pista del aeropuerto de Los Rodeos en medio de un banco de niebla que no me permite apreciar las casas terreras y las huertas frondosas de las afueras de la ciudad.
Me sudan las manos y le doy vueltas de forma compulsiva a mi ambrosía Tirma.
Cierro los ojos y aprieto la espalda contra el respaldo del sillón, esperando el impacto con la pista. No me entusiasma volar.
El aterrizaje es suave y mi tensión, igual que me bloquea en cuanto el estómago siente que comienza el descenso, desaparece sin ninguna racionalidad.
No deja de impresionarme cómo pueden posar el avión con tantísima precisión cuando, en este aeropuerto, la mayoría de las veces que vengo, no se ve absolutamente nada.
Sin rastro de la presión que hace unos segundos sentía en el pecho, me pongo la chaqueta de piel, encorvado como puedo en el pequeño espacio, y espero ansioso a que llegue mi turno para bajar.
Solo he traído una mochila y viene repleta de nervios.
Si todo va bien, que no tendría por qué no hacerlo, el día pasará rápido y mañana volveré a La Palma para la reunión que han organizado desde el INVOLCAN.
Van a trabajar con drones de pantallas térmicas, con los que se acercarán a la erupción en lo posible, y quieren también meter otros más básicos para sacar fotografías del suceso. Me encantaría colaborar con ellos y creo que mi experiencia puede jugar a mi favor, así que me he postulado candidato.
Desde el domingo me encuentro incómodo. He tomado muchísimas fotografías, pero siento que necesito hacer algo que sirva de empuje para cambiar el curso de las cosas, y este proyecto me ha parecido que está pensado justo para mí.
Ojalá pueda materializarse. Me gustaría poder mapear las zonas edificadas, para que las personas que no tienen certeza sobre si la lava ha acabado con su vivienda puedan tener pruebas tangibles de ello y hacer su duelo o, si no ha sido así, recuperar algo de esperanza.
Tras un breve recorrido por la autopista del norte, la guagua me deja en el intercambiador y paseo hasta el casco histórico de La Laguna.
Siempre me ha llamado la atención cómo, con solo cruzar la Avenida Trinidad, un lugar gris, con las paredes jaspeadas de arte urbano sin orden armónico alguno, puedes llegar en dos zancadas a las Casas Consistoriales y abrumarte con su grandeza.
Paseo entre las edificaciones que hablan de un pasado espléndido, cada día más opacadas por las franquicias que tanto me desagradan, y llego a la zona de la iglesia de La Concepción.
La calle está húmeda. Aún es muy temprano y la corriente en las esquinas me hace pensar dos veces la absurda idea de quitarme la chaqueta.
Entro a tomar un barraquito en el bar Carrera.
Me gusta sentarme en la mesa junto a la ventana y ver a los laguneros pasear.
Sobre todo, a los pibes, con bermudas, cholas y sudadera con capucha; la versión de atuendo informal para el invierno que tienen los estudiantes.
Cuando las campanas de la torre dan las nueve, me dirijo a la sala de exposiciones.
Me encojo un poco al ver mi preciosa fotografía aérea de la Caldera en la fachada, acompañada de mi retrato y mi nombre: Nauzet Heraldsen Bethencourt.
Como si mostrar la intimidad de tus fotografías no fuera bastante, para dedicarse a esto profesionalmente hay que rotular tu nombre y mostrar tu rostro a los cuatro vientos.
Y no es que no esté orgulloso de mi trabajo, es solo que preferiría enviar mis fotos en un sobre a una redacción y recibir un cheque a cambio, a la antigua usanza.
Sería más feliz con un pequeño pie de imagen que indicara N.H.B.
La puerta está entreabierta, paso y cierro a mis espaldas.
Un espacio amplio, blanco y luminoso me da la bienvenida, y me siento como en casa, rodeado de mi obra.
Es una residencia antigua, donde las gruesas paredes de piedra encalada y la madera son protagonistas.
Paseo en silencio, valorando la calidad y el mimo con el que han sido dispuestas las fotografías a lo largo de las salas.
Que arrancaran la exposición sin mí no me apena, tan solo las circunstancias por las que ocurrió. Todo ha ido bien, mi trabajo se ha vendido hace días y en la galería están muy satisfechos con la acogida. Yo también lo estoy, por supuesto.
—¿Qué pasa, mi niño? Perdona, no te oí entrar. —Me sorprende Gregorio, el curador que ha montado la muestra.
—No, tranquilo, disfruto del silencio. ¡Qué bonita ha quedado! Muchas gracias.
—Nada, gracias a ti por acercarte hoy, aun con la que te está cayendo. ¿Qué tal lo llevas? ¿Tu familia?
—Bien, bien, no te preocupes. Lo peor es la casa, eso no es fácil de llevar, sobre todo para mi abuela, que nació en ella.
Pero no es su primer volcán. Ella sabe bien que la naturaleza no pide, coge lo que es suyo.
Supongo que es la más fuerte de todos nosotros —digo con pena y orgullo a partes iguales.
—¿Dónde están entonces? ¿En uno de los albergues?
—No, no ha sido necesario. Estamos en un piso que mis tíos tienen en Santa Cruz y que, casualmente, hacía poco que habían dejado los inquilinos. De momento nos organizamos, de verdad, no te preocupes, nosotros estamos bien.
—Pues entonces centrémonos en lo positivo: esta tarde a las siete es la clausura.
Hemos invitado a todos los clientes y suscriptores de la galería.
También lo hemos anunciado en redes. De hecho, desde el consistorio nos han solicitado una invitación doble, por lo que es posible que se acerque el concejal de Cultura o el alcalde.
Las desgraciadas circunstancias hacen que todo el mundo quiera participar en cualquier evento relacionado con La Palma.
Entre eso y lo popular que te has hecho últimamente…
—Me guiña un ojo—. Estamos seguros de que vamos a cerrar con broche de oro.
No me lo puedo creer. Siento cómo me pongo encarnado y me soplo el flequillo nervioso, está claro que las redes sociales llegan a más personas de lo que quiero admitir.
—Ya, eso. Bueno, no le hago más caso del necesario, una imagen sacada de contexto. Ya sabes cómo son los periodistas.
—Si, claro. En cualquier caso, no es de mi incumbencia.
Sí te diré que nos ha venido muy bien. No te voy a negar que muchos jóvenes han entrado al ver el retrato de la entrada para preguntar si eras el chico de la tele.
No son los que han comprado, pero han mantenido la galería llena, y eso siempre es positivo para la imagen del negocio.
—Pues habrá que alegrarse, ¿no? Entonces, esta tarde ¿baño de masas? Supongo que es lo que toca.
—Eso parece. Si puedes estar por aquí media horita antes: ropa informal y, ya sabes, no pierdas la sonrisa en toda la tarde y habla con tantos clientes como puedas.
—Bien, claro. No te preocupes, seré puntual. He quedado a almorzar con un amigo aquí cerca, no voy a salir del centro.
—Perfecto, nos vemos esta tarde.
Salgo de la galería con las manos temblorosas y húmedas, a juego con la ciudad.
Me cierro la chaqueta y le subo el cuello para intentar protegerme.
Procuro no pensar en esta tarde, no soy persona de multitudes.
Paseo por la ciudad y termino en la Casa Museo Cayetano Gómez Felipe, un paisano coleccionista del siglo pasado al que no debieron irle mal las cosas, a juzgar por esta maravillosa casa que poseía.
Dejo pasar el tiempo mientras visito el museo.
En la tienda de artesanía de la entrada compro unas argollas canarias de plata para mi abuela.
No son como las suyas de oro, que quedaron en la casa de El Paraíso y que eran herencia generacional de las mujeres de la familia.
Sin embargo, la conozco bien y estoy seguro de que le gustará comenzar a construir recuerdos nuevos.
Paso al patio interior, donde se encuentra la cafetería con una fuente de piedra en el centro y unas helechas enormes. Elijo una mesa lateral por si llueve, cosa que en esta ciudad nunca se puede descartar del todo.
Estoy ojeando la carta en el momento en que oigo voces al pie de la escalera de piedra volcánica. Veo a Tana, con sus características gafas de pasta rojas y su camisa de cuadros, acompañado por Xerach y Rayco.
—¿Qué pasa, Nau? —me saluda sonriente mientras me palmea la espalda.
—Bien, bien, no esperaba tanta compañía. —Hago lo propio con los chicos—. ¡Menudas espaldas! ¿Hay mucho surf por aquí?
—Se nota, ¿verdad? —dice Xerach orgulloso—. Tienes que venirte un día a Bajamar con nosotros.
Él y Rayco están muy morenos del sol y tienen el pelo quemado, mientras que Tana está casi transparente. Me río.
—Está claro quién va a terminar la carrera y qui é nes alargarán la estancia lagunera todo lo que puedan, ¿no?
Tomamos asiento y disfrutamos de un rico y calentito puchero con escaldón que Tana ha encargado.
Hablamos de la erupción y de nuestras familias, de cómo es vivir allí el terror y cómo es desde Tenerife, o incluso desde el sur o la capital de la propia isla, parece un documental y las personas son capaces de apreciar la belleza del volcán.
Yo aún no estoy preparado para eso. Lo puedo comprender, sin embargo, no encuentro lo bonito entre tanta destrucción. Es por lo que tengo tanto interés en participar en este nuevo trabajo. La pantalla me ayudará a poner distancia entre el bicho y yo. Lo necesito.
—Bueno, ¿y nadie va a hablar del elefante en la habitación o qué?
Levanto la vista, desubicado.
—¿En serio, Rayco? ¡Eres un bocazas, tío! —se queja Tana.
—Coño, alguien lo tenía que preguntar, ¿no? ¿Está tremenda o no?
—¡¿Qué?! —pregunto, quemándome al tragar el escaldón.
—Venga, no te hagas el loco —me dice Xerach mientras me da un golpe con el puño en el hombro—. Está buena, ¿eh?
—¿Ustedes también con la chica de la tele?
—Fa.