Capítulo 2 #2
—Genial, chicas. Esto es lo que buscamos. Mañana tendrán quince minutos a la misma hora. Conexión local y fragmentos de lo que nos preparen durante la mañana. Les enviaremos indicaciones temprano. Vayan a dormir, van a ser días largos.
Vaya, quince minutos es muchísimo tiempo. Debería estar contenta, aunque todo se me revuelve y no termino de saber interpretarme a mí misma.
Ya en casa, no somos capaces de pegar ojo. Cuelo la sopa y caliento un cuenco solo con el caldo, que es lo único que ahora mismo nuestros estómagos son capaces de admitir.
Nos levantamos sobre las siete. Los nervios y el rugir del volcán no nos han dejado descansar bien.
Hago café mientras Catha se ducha. Antes, al hacerlo yo, descubrí ceniza en los lugares más insospechados de mi cuerpo.
Ayer no era consciente de ello. Creo que hoy deberíamos rescatar las mascarillas de la pandemia; algo harán.
Desayunamos en silencio, tras encontrar, agradecidas, una talega con dos panes y una cuña de queso ahumado en la puerta: los padres de Tana nos cuidan desde lejos, y eso reconforta.
Me pongo unos vaqueros oscuros, una blusa color mostaza, unos bonitos zarcillos dorados y un pañuelo blanco enredado en el cuello. Septiembre y mayo son mi espada de Damocles: las temperaturas cambiantes suelen provocarme largas afonías, y eso ahora mismo es algo que no me puedo permitir.
Salimos en dirección al Ayuntamiento de Los Llanos, donde nos indican que los evacuados continúan teniendo como punto de información el campo de fútbol de El Paso.
Según nos trasladan, el presidente del Gobierno llegó anoche y todos los periodistas nacionales de renombre están ya aquí.
Nos dirigimos hacia El Paso. La carretera está concurrida, esta vez en ambas direcciones.
Han comenzado a evacuar Puerto Naos, temiendo que en cualquier momento queden incomunicados.
Por el camino vemos de lejos el cráter que los vecinos comienzan a llamar « El cumbre vieja », que es el nombre de la zona donde se ha abierto. De día no provoca pánico de la misma forma que por la noche. De no ser por el ruido que produce, parecería que el fin del mundo no se acaba de desatar.
Dejamos el coche algo lejos del campo, según las indicaciones de la policía.
Los carteles de la cooperativa Cupalma en la entrada me recuerdan la fragilidad de las plataneras que, si me ubico bien, se encuentran en el camino que creo puede llevar la lava en su periplo descendente hacia el mar.
Me siento negativa. No puedo evitar sospechar desgracias tras cada espacio, cada dato.
La Palma, como todas las Canarias, baila una danza peligrosa con su economía.
Si el turismo falla, y con la erupción fallará, no se puede permitir que la agricultura también resulte tocada, o la emigración volverá a ser parte del día a día de esta isla indiana.
Pasamos la mañana recopilando información útil para los afectados y para todas las personas que quieren colaborar con ellos.
La cesión de habitaciones en hoteles, apartamentos, pisos…
de forma gratuita se mezcla con otros que han quintuplicado su precio.
Cadenas de supermercados locales y nacionales comienzan a realizar envíos necesarios, pero sin orden.
Farmacias, papelerías, talleres, anónimos…
Es emocionante sentir cómo todo el archipiélago está unido.
En las entradillas que grabamos se repite constantemente el «Todos somos La Palma», que se ha convertido en una especie de mantra que cuida y que, según nos manifiestan los entrevistados, los hace sentir arropados.
Del mismo modo que los foráneos les repetimos estas palabras, ellos nos trasladan el «No nos olviden» con fervor.
Espero que seamos capaces de responderles como merecen.
Apagamos el equipo, tenemos suficiente información útil y entrevistas para montar la conexión de esta noche.
A Catha se le ha ocurrido una buena idea: nos vamos a acercar a la plaza, sin micro ni cámara, a preguntar a los vecinos cómo se sienten con el tratamiento de las diferentes cadenas y qué echan en falta para encontrarse más cómodos con las retransmisiones.
Me parece una idea excelente y, con el ánimo de dedicar a ello la tarde, me dispongo a recoger, pero veo que Catha enciende de nuevo la cámara y se dirige a un chico alto que entra con varios bolsos de deporte en las manos.
—Eh, Nau, ¡hola!
—Oh, Catha —dice mientras se lleva la mano a la nuca—. ¿Qué pasó?
—Pues estamos grabando para la conexión de esta noche. ¿Aún vives en El Paraíso?
El chico está de espaldas a mí. Lleva vaqueros y una chaqueta de cuero negra, como su pelo.
—Sí, claro. Bueno… No, supongo que ya no.
Catha se coloca de nuevo tras la cámara.
—Nauzet, ella es Famara. ¿Te importa si te grabamos?
Él se gira y yo siento que algo implosiona dentro de mí cuando me arrollan su intento de sonrisa y sus tristes ojos verdes.
—Hola. Yo… —De nuevo se lleva la mano a la nuca, y yo no puedo evitar fijarme en sus anchos hombros y sentirme mal por tener estos pensamientos en unas circunstancias tan terribles—. Sí, aunque no creo que tenga nada interesante que decir.
Catha carraspea y me señala los bolsos que él ha dejado en el suelo. Intento sonreír y me sujeto al micrófono inalámbrico como si estuviera anclado al pie y me sirviese de apoyo para no caerme. Mirarlo a los ojos me pone nerviosa y, sin embargo, no puedo dejar de hacerlo. Me siento muy inexperta.
—Hola, Nauzet, nos cuentas que eres vecino de El Paraíso, ¿verdad?
—Sí. —Se pone algo colorado y se sopla el flequillo que le cae sobre los ojos—. No sé si lo correcto sería decir que lo era. La colada pasó anoche sobre nuestra casa. —Aparta la mirada, triste, hacia sus pies, junto a los bolsos.
—Entonces, ¿estos bolsos de aquí? Supongo que necesitarás enseres para ti y tu familia. Las islas se están volcando, seguro que has conseguido todo cuanto necesitas.
—No. Por favor, no. Yo, en realidad… —Se pasa las manos por la cara, no sé si para centrarse o de exasperación.
He preguntado y contestado yo misma; un error de principiante—.
Inauguraba hoy una exposición en Tenerife, soy fotógrafo.
El caso es que tenía mis cosas en el maletero, de camino al barco, en el momento en el que pasó.
Y ahora… En fin, yo tengo suficiente con unas cuantas mudas.
El resto lo traigo aquí; a muchos vecinos les hace falta.
Sé que la mayoría no ha podido salvar nada.
No sé muy bien dónde dejarlo —dice mientras rompe el contacto visual y observa su alrededor.
Soy consciente de que lo he encasillado de forma errónea y quiero salir de allí, pero su mirada regresa y no me lo permite. Su nobleza me derrota y siento cómo las lágrimas hacen su aparición.
—Perdona —digo, y me giro llevándome las manos a los ojos—. Esto es muy intenso. Perdón —repito—. Qué te voy a decir a ti. —Cojo aire como puedo e intento sonreír—. Tanta solidaridad es abrumadora, y tus circunstancias… Me dejas sin palabras, de veras. Deberíamos cuidar nosotros de ti, no al revés.
Él me sonríe como se hace a los niños pequeños que no comprenden una situación; con suavidad. Intento devolverle el gesto y señalo las mesas del final del local, donde los voluntarios clasifican las donaciones para su distribución.
—Gracias.
No suelto el micrófono mientras lo sigo con la mirada. Estoy tan emocionada que no soy capaz de hablar, así que, al ver que Catha continúa con la grabación, le hago señales para que corte. Se me acerca y me da con su hombro mientras se ríe.
—Deberías verte la cara, amiga. —Me muestra una foto en su móvil—. ¡Acabo de grabar un flechazo!
—¡Venga ya! —La empujo—. ¿En serio? Fuerte metida de pata, no me lo puedo creer.
—No, es cierto, ha sido la mejor toma del día.
—Pero ¿tú estás boba? Ni se te ocurra utilizar esa grabación. Me ha parecido tan noble compartir lo que no tiene. Me he quedado lacia, sin palabras.
Pasamos por casa de los padres de Catha a comer algo rápido. Están más tranquilos e intentan continuar su vida con la mayor normalidad posible. La pequeña Daida no tiene clases y se está quedando con una vecina mientras ellos salen a trabajar. La vida continúa sin piedad.
Nos dirigimos al quiosco de la plaza de España para poner en marcha nuestra idea de tomar el pulso a los vecinos sobre cómo están viviendo las retransmisiones.
Lo hacemos sin cámaras. Nos acercamos a jóvenes y mayores, pagamos varias cañas y algún café, intentamos ser cercanas. Nos apretamos las manos en aquellos momentos en los que sentirse se hace relevante.
Doña Argensola vive en Todoque y está muy asustada; sin embargo, nos invita a hablar con ella siempre que lo necesitemos. Ha vivido tres volcanes y desea que este sea el único que veamos en nuestras largas vidas.
Don Manuel se siente como en un zoo: tantas cámaras, tantos periodistas famosos. Dice que buscamos la carnaza sin pensar en sus sentimientos.
Los más jóvenes, Romén y Acaimo, están hartos de los vídeos en las redes y la televisión en los que se ve cómo la lava se adentra en sus casas. El dolor es terrible para ellos y lo sienten como un escarnio, como si ellos no importaran.
Yurena nos rompe el corazón mientras sujeta las manos de Catha y llora desconsolada porque nunca podrá volver a su casa. Tiene la llave colgada al cuello, y resulta desgarrador cómo describe el dolor que siente al pensar que sus hijos no podrán volver a jugar en su barrio.
Estamos emocionalmente agotadas cuando nos retiramos a ordenar las notas que hemos tomado; sin embargo, sentimos que no tenemos derecho alguno a sentirnos cansadas.
Al revisar el material, concluimos que es evidente que algo en nuestro ámbito no se hace bien, al menos no de la mejor manera posible dadas las circunstancias.