Capítulo 2
Santa Cruz de La Palma, isla de La Palma
Famara 🎤
Los padres de Tana viven en un piso cerca del Barco de la Virgen, por lo que llegamos enseguida una vez desembarcamos en el muelle.
Paramos el coche en la acera un momento, y nos dan las llaves y tres fiambreras con sopa, croquetas y ensaladilla, porque encontraremos la despensa vacía.
Me emociona que, aun en estas circunstancias, estén tan pendientes de todo.
Nos piden decenas de veces que seamos prudentes, tengamos fundamento y obedezcamos a la policía.
Nos tocan los brazos todo el tiempo y nos aprietan las manos, para reafirmar su instinto protector.
El grupo se formó cuando teníamos apenas diez años, mis recuerdos de verano más entrañables son jugando a las ahogadillas y huyendo de las aguavivas en Puerto Naos.
Tras tantos años, todos nos sentimos familia.
Cogemos la carretera para dirigirnos a Los Llanos. Hay que cruzar el húmedo monte de castaños y, por un rato, transitamos por otro paisaje. Un entorno mágico, fresco y frondoso donde seres sobrenaturales te protegen; un lugar donde la tierra no se abre y te agrede.
En el siguiente cruce nos detiene la Guardia Civil y volvemos al mundo real. Nos dejan pasar y nos facilitan información sobre las carreteras cortadas y las zonas prohibidas al tránsito. Parece que, ahora mismo, no hay ningún problema para acceder a Los Llanos.
Es de noche y, según nos acercamos a El Paso, vemos la luz anaranjada que contrarresta con la oscuridad del cielo palmero, habitualmente cuajado de constelaciones.
Paramos en el aparcamiento de la tienda de muebles, que está lleno de curiosos que graban con el móvil.
Nos bajamos a echar un vistazo y comprendemos el porqué de tanta expectación: la imagen es estremecedora.
Por alguna razón, todas las descripciones que se me ocurren incluyen una idea exaltada del infierno.
La tierra vomita fuego ante nosotras y crea una extraña mezcla entre llamas y oscuridad.
Ya no es la televisión, es nuestra isla herida justo delante; es la realidad.
Continuamos el camino, nosotras en silencio y la radio sin parar de sonar.
La casa está cerquita del precioso parque Gómez Felipe, donde espero poder escaparme a hacer algo de ejercicio si quiero desconectar.
Es un lugar que me encanta, tiene cierto aire al Park Güell, con su lagarto al sol, sus barandillas estrambóticas y sus azulejos de colores.
La vivienda adonde vamos era la residencia de la bisabuela materna de Tana.
Como tantas otras, ha pasado de generación en generación.
Los hijos arañaron espacio a la huerta, unos hermanos construyeron una habitación aquí y otros primos tiraron un tabique allá.
En ella hemos pasado inolvidables días de verano; la consideramos como si fuera nuestra.
No queremos perder mucho tiempo, así que dejamos nuestros enseres sin deshacer junto a la cama de pino, las fiambreras en la nevera, que enchufamos previamente, y ponemos rumbo a la iglesia de La Sagrada Familia, donde nos esperan los compañeros que nos van a poner al día.
El tráfico es denso en dirección contraria a la nuestra y eso nos mantiene en tensión, una señal inequívoca de que nos estamos adentrando en la boca del lobo.
Observamos grupos en las azoteas y en cualquier elevación de terreno despejado que aporte un poco de visibilidad al apocalipsis rojo que surge de las entrañas del suelo.
Al llegar a Tajuya, la policía nos indica dónde dejar el coche y nos dirigimos a la plaza a paso ligero. Allí, otros periodistas de distintas cadenas están en plenas emisiones en directo. Me comienzan a sudar las manos; la adrenalina hace acto de presencia.
Vemos a Arure, una de las regidoras de la cadena, que nos hace señas para que nos acerquemos.
Está muy acelerada; aunque bien es cierto que no recuerdo haberla visto nunca antes de otra manera.
A su alrededor, lo mejor del canal: las caras principales de los informativos y de los programas de entretenimiento de las horas punta.
Según nos comentó Ayoze, unos han llegado en avión y otros estaban ya aquí en la grabación de un especial sobre la posible erupción.
Ahora mismo están en directo con el informativo.
—Chicas, veamos… —consulta sus documentos— Famara y Cathaisa, ¿verdad?
—Sí.
—Bien, ustedes son las que disponen de coche propio, ¿no es así?
—Sí, está ahí detrás —señala Catha.
—Perfecto, aquí tienen los papeles para que puedan pasar el kilometraje. Alquilar en la isla es imposible ahora mismo, así que, por el momento, van a tener que utilizarlo para trabajar.
—Sí, claro, no es ningún problema. Ya lo hemos hablado con Ayoze.
—Bueno, a lo que nos ocupa entonces. En principio, los informativos van a realizarse todos en directo desde aquí. Los presentadores ya se están desplazando.
»Por el momento, no las necesitamos para ese contenido, aunque todo se irá adaptando en las próximas jornadas según veamos necesidades y testeemos cómo funcionan las ideas que vamos a poner en marcha.
A ustedes las queremos para dos cosas, principalmente.
La más importante, queremos grabaciones diurnas que podamos utilizar por la noche en el especial diario de Una hora menos : entrevistas a afectados, soluciones a problemas concretos…
Sobre todo, una visión cercana. Me han vendido que ustedes se saben mover bien aquí.
Tienen libertad para plantear temáticas, así que aprovéchenla.
Recuerden: contenido para todos los públicos, sobre todo emocional y canario, que refuerce nuestros valores.
»Lo segundo serán conexiones en directo con el programa.
Saben que es nocturno, así que serán muchas horas de trabajo.
Habrá otras dos parejas de equipos con las mismas indicaciones.
Por favor, coordínense para no presentar en la reunión de la mañana las mismas propuestas de contenido.
Serán Zebenzuy a la cámara con Ancor y Yaiza con la tercera cámara, acompañando a Hara; creo que ya los conocen.
—De acuerdo. Sí, los conocemos. Entonces, ¿nos organizamos nosotras? —pregunto.
—Sí, no andamos sobrados ni de personal ni de material, Ayoze ha puesto mucha fe en ustedes.
Espero que sepa lo que hace, porque de entrada no me entusiasma la idea de tener por aquí personal escaso de experiencia; pero es lo que hay.
Y, sobre el material, me comentó que traían ustedes lo básico que nos falta.
—Sí —confirmo—. Está todo en el maletero.
—Bien. Cathaisa, quédate con un juego de cámara y lo demás… —Hace señas a dos chicos que hay cerca—. Ellos las acompañan al coche para descargar. Las dejo veinte minutos para que se hagan cargo de la situación. A las doce y media las quiero aquí para entrar en directo.
¿Habla en serio? ¿Ya? ¿Hoy?
—¿Ahora? Tendré que ponerme al día con la información y cambiarme —apunto.
—Nada, así. Hoy estamos todos como nos ha cogido la situación. Aquí tienes un guion con los datos más relevantes de hoy. No lo olviden, buscamos realismo, cercanía; olviden todo lo demás.
Vamos al coche y los chicos descargan el maletero.
Caminamos hacia la parte trasera de la iglesia, donde los focos de los compañeros molestan menos, y nos dejamos sobrecoger por las circunstancias.
La noche es negra; sin embargo, el resplandor anaranjado la interrumpe justo frente a nosotras.
El rugir nos envuelve, incansable, es abrumador.
—Joder, Fa.
—Sí. Joder.
Nos damos la mano y guardamos silencio. Ante nosotras, El Valle: una fuente de fuego que lanza bramidos sobrecogedores y, debajo, la más absoluta oscuridad por las evacuaciones y los cortes eléctricos debido a la lava.
La imagen impacta, pero el sonido… El sonido estremece, inquieta, no deja lugar para la paz.
La vibración de la alarma del móvil me saca de mi ensimismamiento, es difícil no interpretar que lo que vemos es una película. Se nos ha ido el tiempo contemplándola, y ya es la hora de ponerse a trabajar.
Mientras nos cuentan cómo va a ir la conexión, me doy pellizquitos en los cachetes y un poco de cacao en los labios. Entramos en diez minutos para que toda Canarias vea con nitidez la imagen de la tierra que se ha abierto y se derrama frente a nosotros.
En el momento en el que el piloto verde me indica que estoy dentro, me concentro en no sonreír.
En este instante, se me antoja una falta de respeto.
Doy los datos que me han facilitado: existen cinco bocas abiertas que se alternan en su cometido.
No es algo estable, unas se caen y se abren otras nuevas.
La lava avanza a unos setecientos metros por hora y se calculan unos cinco mil evacuados, sobre todo en el barrio de Las Manchas.
Hay casas afectadas, aunque aún no se dispone de un recuento oficial.
Dejo de mirar a la cámara y me vuelvo hacia el volcán.
—La verdad, todo esto no son más que números; sin embargo, quisiera que pensaran en las personas que hay detrás de cada cifra.
Tener que salir corriendo de casa con el miedo en el cuerpo y no saber, a estas horas, si aún existe tu hogar.
Les pido que observen esta imagen como yo lo hago ahora: lo cierto es que parece que Guayota ha venido desde el Teide y se abre paso entre la tierra para, en cualquier momento, presentarse ante nosotros.
Un carraspeo de Victorio, el presentador, por el pinganillo me devuelve a la realidad, y me giro de nuevo hacia la cámara sin limpiarme los ojos, que tengo anegados de lágrimas.
—Sí, Famara, en efecto, la imagen que nos presentas es desoladora. Gracias por mostrarnos tu corazón roto. Así es como nos sentimos hoy todos los canarios.
—Sí, hoy todos somos La Palma.
—Todos somos La Palma.
El piloto pasa a rojo y Catha se me acerca y me abraza.
—Es una mierda —dice—. Pero ha salido sensacional.
La miro fijamente a sus bonitos ojos grises y no puedo evitar reírme y llorar al mismo tiempo. Arure se nos acerca.