Capítulo 1 #2
—¿Días? ¡La noticia es ahora! Sabes cómo funciona esto, Tana.
Llegar esta noche ya es tarde. O damos el paso ya o lo estarán dando otros.
¡Venga! Catha, sabes tan bien como yo que, aunque hicimos unas prácticas excelentes, esta oferta no es habitual.
No soy tonta: tenemos casa, coche y podemos desplazarnos sin casi pensarlo porque no tenemos grandes responsabilidades.
Le ahorraremos muchos quebraderos de cabeza a la cadena, y ellos lo saben.
Rayco vuelve a la mesa de billar y se sienta encima.
—Es una puta locura, aunque Fa tiene razón. Todos lo sabemos, lo que pasa es que acojona. Niñas, esto tiene que ser una decisión de ustedes. Si les pasa algo, yo no quiero, ni estos tampoco —mira hacia Tana y Xerach—, tener sobre mis hombros el peso de haberlas apoyado. No, ni de coña.
Nadie dice nada más. Los mensajes siguen sonando, pero ya no los miramos. Catha se apoya en la pared y se deja resbalar por la madera hasta quedar sentada en el suelo, con la cabeza gacha y los brazos sobre las rodillas.
La conozco bien; solo necesita reubicarse. Ella es mucho más valiente que yo, sé que vendrá.
Me dejo caer a su lado y le acaricio el brazo con el dedo índice. Ya no me aparta; es una buena señal. Los chicos se baten en retirada y salen a la calle en silencio. Xerach me hace señal de que hablaremos más tarde.
Miro fijamente las botellas de licores del expositor que cuelga del techo y que reflejan la luz naranja. Intento darle el silencio acompañado que sé que necesita. No sé cuánto tiempo pasa, pero percibo que todo está bien.
—Llama a ese jefe tuyo y dile que va a necesitar a alguien para cubrir tu ausencia en este antro, anda.
—Sabía que vendrías.
Le intento pasar el brazo por encima y ella se levanta como un resorte antes de que apoye mi cabeza en su hombro.
—No te pongas mimosa ahora, espabila o no vamos a llegar. —Vuelve a ser ella de nuevo.
Llamo a mi jefe. Hasta este momento no he pensado en cómo le puede afectar esta oportunidad.
—Hola, Famara. Supongo que estás viendo las noticias. Es terrible.
—Hola. Sí. Es justo de eso de lo que necesito hablarte. Nos han llamado a Catha y a mí de la televisión autonómica. ¿ Recuerdas que hicimos las prácticas allí, verdad?
—Sí, claro.
—Pues nos ofrecen ir a retransmitir la erupción, lo que ocurre es que tenemos que salir hoy. Sé que te dejo tirado, pero es una oportunidad que no puedo dejar pasar.
—Me haces polvo, Famara.
—Lo sé, lo siento. Sabes que no te haría algo así de no ser importante. Soy consciente de lo mucho que te debo.
Suspira al otro lado de la línea.
—Venga. No puedo retenerte, ¿no? Ya sabía yo que en algún momento tenías que volar. Hazte un nombre, Famara, no desperdicies la oportunidad. No me debes nada, estos años han sido buenos para los dos. Y si luego no enganchas nada dentro del mundillo, siempre puedes volver.
—Muchas gracias, de verdad. Te dejo las llaves en el buzón. No voy a poder pasarme por la gestoría, salimos esta noche.
—Vete, anda, ya te llamarán para arreglar lo que haga falta. Ocúpate de lo importante.
—Gracias, de verdad, por todo. Hablamos.
—Cuídate del peligro y ¡destaca!
Cuelgo emocionada y cojo mi bolso al vuelo.
Echo un vistazo a mi alrededor y compruebo que todo está en orden.
Catha me espera junto a la persiana. Apago las luces y salgo a la calle.
Pienso que ojalá sea la última vez que oigo el golpe familiar que hace al chocar el metal contra el suelo, y a la vez siento cierta nostalgia al despedirme del bar.
Gracias a este trabajo pude mantenerme por mí misma mientras estudiaba, y también me sigue dando una coartada para «elegir víctima», como dice Tana.
No me gustan las relaciones sentimentales, y nada mejor que ser camarera de noche para un «si te he visto no me acuerdo».
Deposito las llaves en la rendija que hace las veces de buzón y me vuelvo hacia la ciudad.
La claridad me deslumbra. Son las cinco.
Tenemos que darnos prisa si queremos llegar a tiempo.
Nos dirigimos al pisito de estudiantes sin mi rodeo por el casco histórico.
Vamos a paso ligero, sin hablar. Cuando estamos apenas a una manzana, recuerdo que no hemos confirmado a Ayoze; lo llamo.
—Dime que es un sí.
—Sí. Un sí rotundo. Estamos llegando al piso. ¿Qué papeles necesitas?
—La verdad es que me arriesgué y ya les compré los billetes, se los mando al correo. Hemos usado las copias de la documentación que facilitaron para el contrato en prácticas. No hay cambios en los datos, ¿verdad?
—No, no, todo igual.
—Perfecto, pues solo faltarían los papeles del coche. Ya están en marcha con los seguros, contratos y todo el papeleo de ustedes. ¿Algún detalle en particular que necesiten aclarar?
—Si nos da para comer, nos parece bien. Ahora te envío el permiso de circulación. Vaya, Ayoze, ¡mil gracias por pensar en nosotras!
—No me las den, son negocios. Ustedes son exactamente lo que necesita ahora mismo la cadena. No olviden pasarse por aquí de camino a coger el barco en Los Cristianos. Seguimos en contacto, te tengo que dejar; esto hoy es una locura.
Mientras hablaba, hemos llegado al piso.
Catha abre la puerta, tira las llaves en el recibidor y llama a su madre para contarle la decisión que hemos tomado.
La oigo discutir mientras yo me dirijo a mi habitación.
Envío un mensaje a los chicos para confirmarles que nos embarcamos en la aventura y me dispongo a bajar un par de bolsos de deporte del altillo.
Ahora mismo no me siento con fuerzas para llamar a mamá.
Estoy ilusionada y nerviosa, aunque también muy asustada.
Es una especie de cóctel, de vértigo emocional que no sé describir demasiado bien.
¿Cuánto durará esto? No tengo ni idea. Juraría que el volcán Teneguía duró varias semanas.
¿Es eso lo normal? Me hago consciente de lo poquito que conozco nuestra propia historia, ni siquiera la más reciente.
Por si acaso, decido meter en los bolsos un poco de todo: neceser, pijamas y ropa básica de entretiempo.
Un buen puñado de pañuelos de colores para el cuello y zarcillos resultones, que eso siempre pega bien en cámara.
Varios bléiseres monos y un buen chaquetón; las noches van a ser frías.
Unos tenis y ropa de deporte por si tengo oportunidad de desconectar.
Y lo más importante: el portarretratos con la foto de abuela y el Kindle.
Cierro los dos bolsos y salgo de mi exigua habitación: apenas un armario, un escritorio y una cama a la que nunca he aportado ni un triste cabecero.
Estoy escribiendo un mensaje a Yasmina, nuestra compañera de piso, que debe estar de guardia en el hospital, en el momento en el que Catha sale con su maleta.
—¿Lista?
—Todo lo lista que se puede estar —dice mientras me abraza—. Sabes que, si no fuera contigo, sería incapaz de hacer esto.
—Es bueno, ya verás. Una gran oportunidad juntas. Todo va a salir muy bien.
De algún modo logro sonreír y deseo de todo corazón que sea verdad lo que le digo.
Echo un vistazo al piso que me permite vivir independiente y, una vez comprobado que dejamos todo en orden, bajamos a la calle para coger el coche.
Es un Mitsubishi Montero blanco de los años noventa que compré de segunda mano hace dos años y que me da muchos disgustos y algunas alegrías.
Le paso las llaves a Catha: a ella le encanta conducir y a mí, en realidad, me da lo mismo.
Bajamos a la ciudad de Santa Cruz, donde tiene los estudios la cadena.
Paramos en la puerta y vemos a Ayoze, que nos espera con un montón de maletas negras.
Pasamos nuestro equipaje al sillón trasero para que el material no quede a la vista y hacemos un Tetris con todo.
Tras lograr que el maletero cierre, nos entrega dos sobres con la documentación contractual, nos despedimos y ponemos rumbo a Los Cristianos.
Tamborileo sobre los sobres que llevo en el regazo, ya los abriremos en el barco.
Realmente sé que lo que pueda poner la documentación que contienen ahora mismo no nos resulta importante y no quiero pensar en ello.
Llevamos la radio puesta y vamos pendientes, todo el trayecto, de las noticias: se abren más bocas y describen muchísima lava.
Sobre todo, están entrevistando a las personas evacuadas en el campo de fútbol de El Paso y a las autoridades.
Piden colaboración a hoteles, supermercados, transportistas, fincas donde acoger animales…
Todo se percibe caótico, y los propios locutores destilan en sus voces temor y entusiasmo al mismo tiempo.
Hacemos una parada en una gasolinera para coger unos bocadillos de lomo y unos cafés con chocolate que nos encantan. Como decía mi abuela: «Primero la comida y, una vez resuelto lo importante, todo lo que Dios quiera mandar detrás».
De nuevo en el coche, conectan con el Cabildo de La Palma y reconozco la voz de Javier Sánchez, palmero compañero de la carrera, a quien la noticia ha pillado en plena conexión.
Informa de los apoyos que el presidente del Gobierno acaba de enviar a la isla.
Habla de más evacuaciones, carreteras ya cortadas por el paso de la roca líquida y ningún herido ni desaparecido por el momento.
Parece un milagro que así sea, con todo lo que está sucediendo.
El plan de evacuación que puso en marcha el PEVOLCA, el Plan de Emergencias Volcánicas de Canarias, parece que está funcionando.
Suena el móvil de Catha. Son los padres de Tana, para que pasemos por Santa Cruz y nos entreguen las llaves de la casa que la familia tiene en Los Llanos, y que podamos quedarnos allí. Suspiro aliviada y me da la risa tonta de los nervios que tengo.
—¿Te das cuenta de que nos hemos venido sin saber dónde dormir?
—Bueno, a lo peor mi madre nos pone un colchón en el suelo. Sí, a insensatas hoy no nos va a ganar nadie.
Al llegar al muelle de Los Cristianos, la estampa nos causa un gran impacto: donde siempre hay coches familiares y todoterrenos cargados de turistas, hoy está atestado de bomberos, policías, guardias civiles, miembros de la UME… Un baño de realidad de dónde nos estamos metiendo.
Sin darnos cuenta, mientras estamos en la cola con el coche para subir al barco, nos cogemos las manos sobre la palanca de cambios. No decimos nada. Puede que no tenga sentido, nosotras no somos creyentes; sin embargo, yo rezo y, sin mirarla, sé que Catha también lo hace.