A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 1
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Capítulo 1

San Cristóbal de La laguna, isla de Tenerife

Famara 🎤

A mediodía, el sol es abrasador. Me gusta pasear tranquila cuando voy a trabajar: las manos en los bolsillos, las gafas de sol y la sonrisa puestas.

Escucho a lo lejos las familiares campanadas de la torre de la Concepción mientras desgasto los adoquines del casco antiguo.

Es un privilegio saberme rodeada de siglos de historia en forma de casas de colores.

Después del paseo que suelo dar, ya en la zona de bares, subo la persiana metálica del local en el que trabajo, con esa sensación embriagadora de saberte afortunada.

Lo peor de los restos de la noche anterior ya está recogido.

Los baños, vasos y platos los dejamos limpios antes de cerrar, así que me pongo a conciencia con las mesas, sillones, taburetes, barra.

.. El suelo apenas acaba de secarse cuando oigo a los chicos llegar: Rayco, Xerach y Tanausú.

Abro la persiana y se van directos a la mesa de billar, mientras yo cierro de nuevo y les sirvo unas garimbas sin que las pidan.

El dueño nos permite reunirnos aquí antes de abrir.

Dejamos siempre todo impoluto y se hace un poco de caja: los domingos por la tarde la zona está muerta, así que no le viene mal.

Y, para qué mentirnos, yo creo que le gusta recordar sus tiempos de juventud y patrocinarnos nuestro punto de encuentro, como él lo llama: «nuestro espacio guateque».

Mientras los chicos estrenan su segunda ronda de cañas y se pican mientras juegan a Bola-8, yo repongo las bebidas dando viajes al sótano, que hace las veces de almacén.

El bar es acogedor, no aparenta ser el antro de perdición en el que se convierte de madrugada los fines de semana.

La luz es tenue, anaranjada, lo que hace que destaque toda la decoración de madera.

El aspecto es algo americano-rural. La música de ambiente ahora es Turn your lights down low , un viejo compacto de Lauryn Hill que ha traído Tana, el encargado de poner banda sonora viejuna a nuestras vidas.

Doy otro viaje al sótano con Xerach, que es el que está más fuerte, para que me ayude a subir un bidón de cerveza y, apenas hemos puesto un pie en el primer escalón, alguien aporrea la verja desde la calle sin piedad.

Se oyen gritos y nos preocupamos. Soltamos el bidón, subimos corriendo y distingo claramente la voz de Catha. El corazón se me pone en la garganta.

Él abre la persiana metálica a toda velocidad y la vemos: tiembla, con el móvil en la oreja y el rímel arrasado por las lágrimas.

—¡La tele! ¡Enciendan la tele! —nos incita, mientras se dirige a toda prisa hacia el interior del local.

Me acerco, la abrazo e intento acompañarla a una de las mesas con sillón. Sin embargo, no me deja y se zafa de mí para quedarse justo debajo de la televisión. Rayco ya tiene el mando en las manos, y el piloto verde indica que el aparato está a punto de encenderse.

—Pon La Canaria, por favor, date prisa —nos pide.

Ella no deja de temblar, y no nos permite acercarnos, toda ella destila tensión y fatalidad.

Estoy preocupada de verdad, me percato de que a todos nos están sonando un montón de notificaciones de mensajes a la vez, y la imagen que aparece en la pantalla no hace más que confirmar nuestros peores terrores.

Por fin, Catha me abraza y llora desconsolada.

—¡Es en casa, Fa! ¡El volcán ha salido en casa!

El titular es claro: un nuevo cráter ha abierto sus fauces en Cabeza de Vaca.

Que lo humano y lo divino nos asistan, porque eso es junto a Los Llanos.

Nunca he vivido algo así, pero se me ocurren pocos sitios peores por donde pudiera emerger.

¿No es Los Llanos el municipio más poblado de la isla? ¿Qué perímetro afecta una erupción?

Guardamos silencio, apagamos la música y subimos el volumen de la televisión.

Catha y los chicos son palmeros y, aunque yo nací en Tenerife, mi familia materna proviene de allí.

Es nuestro nexo en común, el lugar al que siempre volvemos.

Estamos muertos de miedo. Lloramos en silencio, cogidos de las manos, sin quitar ojo de la pantalla.

Es como si el tiempo se hubiera detenido para nosotros.

El INVOLCAN, el Instituto Volcanológico de Canarias, ya había avisado de que había altas posibilidades de que esto sucediese, aunque a solo cincuenta años del Teneguía, creo que ninguno lo habíamos tomado en serio.

La realidad se nos echa encima de nuevo y el tiempo vuelve a correr.

Los móviles no paran de sonar, los chicos hablan con su gente.

Tana, Xerach y Rayco son de Santa Cruz de La Palma; sus padres están nerviosos, aunque bien.

Los padres y la hermana pequeña de Catha viven en Todoque, muy cerca del cráter; demasiado cerca.

Están muy asustados. Ella está intentando convencerlos para que cierren la casa y se vengan a Tenerife, pero ellos quieren esperar a ver cómo evoluciona todo.

Tienen un volcán frente al balcón; sin embargo, la vida real es inexorable y no pueden dejar sus trabajos así como así.

Escribimos a amigos y conocidos en nuestra Isla Bonita.

La gente tiene pánico, está desubicada. Nos sentimos impotentes y muertos de miedo por todos ellos.

Las decenas de vídeos que recibimos reafirman lo que ya sabemos: se ha desatado el infierno en la isla.

Palabras aborígenes como « Guayota » o « Echeyde » , que jamás utilizamos, regresan con fuerza a nuestro vocabulario, sin que en realidad sepamos bien su historia o su significado.

Suena el teléfono fijo del bar. Por un momento ni siquiera recuerdo que hubiera uno; mucho menos dónde se encuentra.

Al fin reacciono y lo localizo sobre uno de los lavavajillas; ya ha dejado de sonar.

Miro la llamada perdida y el número me resulta conocido.

Lo tecleo en mi móvil: es de La Canaria, la televisión autonómica.

Tengo cinco llamadas perdidas. Es extraño.

Terminamos nuestras prácticas allí hace meses.

Devuelvo la llamada y la voz de Ayoze, mi antiguo tutor, suena al otro lado.

—Hola, Ayoze, ¿ocurre algo?

—¿Algo? ¿Es que no estás viendo las noticias?

—Sí, claro. Aquí estoy con Catha y otros amigos de La Palma. Estamos muy asustados.

—Genial, es decir, genial localizarlas, no lo que ocurre. También quería hablar con Cathaisa. Me daban línea ocupada las dos. Hasta que me he acordado del bar. ¿Cómo se encuentra? ¿Su familia?

—Bien, con mucho miedo. La boca se ha abierto muy cerquita de su casa, Ayoze. Está intentando que se vengan, pero parece que quieren continuar allí hasta que sepan algo más.

—Lo entiendo. ¿Crees que está demasiado asustada o la ves preparada para ir para allá? ¿Irías?

—¿A La Palma? ¿A… cubrir la noticia? ¿Me hablas en serio?

Hago señas a Catha para que se acerque. Un subidón de adrenalina que no casa muy bien con la tristeza que siento recorre mi espina dorsal. Mi respuesta puede que sea terrible e incluso incongruente; también es inequívoca:

—Sí. ¡Claro que sí! Sería un privilegio poder contarlo desde allí.

Levanto la vista hacia mi amiga, que me mira ojiplática.

—Muchacha, ¿estás chiflada o qué? ¡Hay que salir de allí, no ir!

—Ayoze, cuenta conmigo. ¿Cuándo tendríamos que salir?

—El próximo barco es el de Fred Olsen; sale a las ocho y media del puerto de Los Cristianos.

Tienen que estar allí a las siete y media, aunque primero necesito que pasen por los estudios a recoger algunos equipos.

Tenemos cámaras y presentadores allí, pero no disponen de todo el material para un trabajo continuado de, quizá, semanas.

—Entiendo que cuentas con que llevamos el coche, ¿verdad?

—Sí, sí, ahora mismo alquilar allí es imposible, y del alojamiento ni hablamos.

Famara, ustedes son mi mejor opción: conocen bien el trabajo, tu desparpajo, la imagen de Cathaisa, tienen vocación, están afectadas personalmente, con coche, seguro que alguien las invita a dormir.

No me obligues a continuar la lista. Háganme un hombre feliz y díganme que sí.

—Dame quince minutos para hablar con ella. Te adelanto que mi respuesta es sí.

—Las necesito a las dos, Famara, al equipo: delante y detrás de la cámara.

—Sí, sí, lo comprendo. Necesito algo de tiempo. Hasta ahora.

Dejo de nuevo el teléfono sobre el lavavajillas y los escucho a todos protestar:

—¿En serio piensas meterte ahí? ¿Es que estás boba? —me espeta Xerach mientras señala la televisión—. ¿Me quieres explicar cuál es la necesidad de complicarte la vida de esta manera?

—A ver, tranquilos. Tal y como yo lo veo, ¿quién puede transmitir lo que sucede con más cariño que nosotras?

Por supuesto, los palmeros que ya están allí, pero no tienen suficiente gente para hacer todos los programas.

¿Creen que lo hará mejor alguien que traigan de fuera y no conozca la isla ni a la gente?

Y, además, a nosotras nos supondrá una oportunidad para entrar en televisión.

Saben que es lo que deseo. Y, Catha, mírame: ¡es tu sueño también! ¡Tu primer contrato serio como cámara!

—Fa, es que ¡yo no quiero poner mi vida en peligro!

—¡Pues claro que no! ¿Crees que yo sí quiero?

Estoy segura de que las autoridades van a controlar todo.

No nos van a dejar pasar a ningún sitio peligroso.

Ellos son los primeros interesados en que nadie salga herido de todo esto.

Y, si vemos que la cadena nos aprieta para que corramos riesgos, pues nos volvemos y ya.

No podemos desperdiciar esta oportunidad.

¡Contar la erupción, Catha! ¡Dime que no quieres ir a grabarlo!

—Yo, ahora mismo, lo único que quiero es sacar a mi familia de allí.

Miro hacia Tana, siempre tan razonable, en busca de apoyo.

—Lo siento, Fa, a mí aún me parece precipitado. ¿No pueden esperar, aunque sea un día? No sé… ¿Hasta que veamos cómo evoluciona?