A ti y a mí nos unió el volcán Prólogo
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A ti y a mí nos unió el volcán

A ti y a mí nos unió el volcán

Por Gara Alom

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Prólogo

San Cristóbal de La Laguna, isla de Tenerife

Cuatro años antes

Famara 🎤

Siento cómo me quema el aire al inspirar y, cuando espiro, solo derramo lágrimas.

Mi corazón galopa mientras me acuno, sentada en el suelo, sin dejar de hacer presión con mis pies en el escritorio de caoba y con la espalda contra la puerta de mi habitación.

No quiero que entre. Es posible que yo también esté gritando; no lo sé bien.

Tengo las manos contra mis oídos porque no quiero escuchar ni una palabra.

No puedo con ninguna palabra más. Tengo que concentrarme en respirar.

Me duele el pecho; si no recupero el control, voy a colapsar por la ansiedad.

Apoyo la cabeza en la puerta y la siento moverse en el momento en el que mi madre intenta entrar de nuevo, pero sigo sin querer que lo haga.

No quiero saber más. Solo debo pensar en respirar.

La palabra Canadá me da vueltas en la cabeza.

Trato de espantarla, pero me está venciendo la ansiedad.

Canadá. Canadá. No quiero ir a Canadá. Eso ahora da igual, solo tengo que centrarme en respirar o el corazón se me atragantará.

Creo que ella también se ha sentado al otro lado de la puerta.

Coger aire profundamente. Soltarlo despacio.

Oportunidad, unidos, Canadá, egoísta, ignorante, Canadá.

No, no, Famara, no te desvíes; recuerda: solo respira.

Despacio. Respirar. En algún momento dejo caer los brazos. Luego la oigo levantarse:

—Ya lo entenderás.

Siento cómo sus pasos se alejan. Poco a poco, tomar aire deja de dolerme y hace rato que no lloro.

Ha oscurecido y la luz de la calle hace que brille el satén de mi vestido azul de graduación; es tan bonito y me queda tan bien.

Estoy más tranquila y pienso en mis compañeros de clase.

¿Cómo lo estarán pasando? Es una pena que el vestido vaya a quedarse sin estrenar.

Lloro de nuevo, esta vez serena: una lágrima solitaria.

Alargo la mano sobre la cama y miro el móvil: son las seis de la mañana. Es posible que desconectase. Está claro que, en algún momento de la noche, me he dejado dormir.

Todo estalló antes de las siete de la tarde de ayer. Llegaba a casa con retraso, como siempre. Tenía que ponerme el vestido, arreglarme y coger un taxi para unirme a mis compañeros de instituto en la gala de graduación.

Ahora miro mi móvil y tengo un montón de llamadas perdidas.

Me tiemblan las manos y me duele mucho la espalda de estar tantas horas sentada en el suelo de madera.

Algunas son de Yeray, mi chico; la mayoría, de mi amiga Catha.

Estarán preocupados, aunque no me siento capaz de explicar lo que ha pasado: Canadá.

No sé siquiera si puedo levantarme de lo dolorida que estoy, aunque tengo que hacerlo.

Mis amigos, mi casa, Yeray, mi abuela, mis planes, mi ciudad. No, yo no quiero ir a Canadá. No voy a ir a Canadá.

Apoyo la espalda en la puerta y las manos en la cama de hierro forjado que está a mi lado.

Cojo fuerzas y me pongo de pie. Me paso las manos por la cara y compruebo que mis lágrimas están secas.

Me estiro para desentumecerme. Cojo mi cartera, las llaves, el móvil y una sudadera gruesa de la gaveta.

Abro la puerta muy lentamente. Escucho el silencio.

Me escabullo de casa antes de que Bentor o mi madre se despierten.

Echo a andar con paso ligero. Es finales de junio, aunque en La Laguna, de madrugada, siempre hace pelete.

A esta hora de un sábado no salen guaguas hacia la zona de Jardina, así que tardaré más de una hora en llegar a pie.

No me importa, necesito reordenar todo lo que me atasca la cabeza ahora mismo.

Poco a poco dejo a mi espalda la torre de la Concepción y las imponentes casas señoriales, con sus bejeques y sus grandes puertas, ceden el paso a las huertas de papas y a las vistosas viviendas de bloques con grandes salones debajo.

La niebla baja me acompaña en este tramo del camino.

Llego a las casitas rosadas en las que se encuentra la residencia en la que vive mi abuela y aún falta media hora para que comiencen a admitir visitas.

Deshago parte del camino y lo vuelvo a rehacer en un intento de escapar de la humedad que me infecta los huesos, mientras procuro ordenar mis ideas.

Cada paso reafirma mi decisión: no sé cómo, pero voy a quedarme y sé que ella va a señalarme el camino.

Escucho el rillar del fechillo de la verja y, al girarme, veo la bonita sonrisa de mi abuela asomar por encima de su eterna cobertura de luto.

Nos abrazamos, me besa la cabeza, y tras atravesar las zonas comunes de la residencia, nos dirigimos con paso lento hacia el balcón de su habitación.

Me pide que lleve la cafetera y las galletas, que dejo sobre el cristal de la mesita, y me siento en una de las heladas sillas blancas de hierro.

Ella lo hace a mi lado, dándome una palmadita en la mano.

—Mi niña ya habló contigo, ¿no?

La miro y sonrío, siempre me ha parecido curioso que la siga llamando « mi niña » ; supongo que una hija siempre lo es.

Puedo imaginarlas sentadas aquí mismo, mi madre igual de perdida que yo, pidiéndole consejo sobre cómo venderme la gran noticia, para luego hacer lo que ella considerase políticamente correcto.

—Y está claro que no ha seguido mi consejo, porque entonces no estarías aquí con esos ojitos de besugo, en vez de estar llegando a casa con los pies destrozados y los tacones en la mano —suspira.

—Eso parece, abuela. —Hago un mohín con la nariz.

—Ya le dije yo que tenía que contarte las cosas según le llegaban a ella; al golpito. Que irte a Canadá no iba a ser un buen regalo de graduación para ti. —Aprieta mi mano—. Sé que dejas muchas cosas importantes aquí, mi niña. No olvides que eres fuerte y es una bonita aventura; una oportunidad.

—No dejo nada, abuela. No me voy a ir. —La miro fijamente a los ojos y veo cómo su gesto se entristece—.

No sé cómo voy a hacerlo, pero no pienso dejarte a ti, ni a Yeray, ni al grupo.

—Poso la mirada en La Vega cultivada que se extiende frente a nosotras—.

Ni a esta tierra, abuela, yo pertenezco aquí.

Anoche me sentí acorralada. Creo que no fui justa tampoco con mamá.

En cambio, hoy sé que, si lo busco, voy a encontrar un camino, una forma correcta de hacerlo.

—Lo hay. No quisiera que te separases de mi niña y mucho menos formar yo parte de ese lastre que te impide volar, pero lo hay.

Y lo sabes bien; de lo contrario, no estarías aquí.

¿Has repasado bien los porqués? Sabes que eso es lo más importante: lo que mañana puede hacer que te enorgullezcas de ti o que te arrepientas y avergüences.

Ni yo ni ese chico tuyo deberíamos rezar en tu lista de motivos.

—Lo he hecho, y claro que los dos están en la lista, abuela. Son importantes para mí. ¿Cómo voy a separarme de ustedes?

—¿Y de mi niña sí? Habrás rumiado eso.

—Yo sé que mamá ha hecho muchos sacrificios por mí.

Es que vemos la vida de forma muy diferente, abuela, tú lo sabes.

Sé que apostó por mí estando sola, que se merece disfrutar de todas las oportunidades del mundo y ser feliz con Bentor.

Y yo quiero que lo sea, de verdad. —Suspiro—.

Pero, al mismo tiempo, yo también quiero vivir mi vida.

Este curso los chicos vienen a estudiar a Tenerife, es lo que siempre hemos querido: estar todos juntos.

Y tengo la plaza en Periodismo. ¡Es mi ilusión!

Lo que no sé es si voy a ser capaz de estudiar mientras hago algún trabajo que me permita mantenerme.

Si tengo que tardar el doble en terminar mis estudios, lo voy a hacer sin rechistar.

—Tienes la herencia de tu padre.

Eso sí que no me lo esperaba.

—No puedo creer ni que lo nombres siquiera.

—Famara, querida, quiero a mi hija sobre todas las cosas, y ella a ti también. Pero, te guste o no, tuviste un padre.

—Sí, que no quiso saber nada de mí —la interrumpo.

—Así lo vivió mi niña, aunque él te dejó cuanto tenía, por poco que fuera, sin haber podido siquiera llegar a conocerte. La nota decía que lo intentó.

—Sabes que no he leído esa nota. No me interesa. Mamá estuvo sola. Hiciera él lo que hiciera, no fue suficiente. —Me toma de nuevo la mano.

—Famara, mi niña. Un día aprenderás que la verdad no existe. Cada uno vive su historia, cada cual de forma diferente, y para cada uno su vivencia es la verdad. Eso no resta valor a nuestras versiones, aunque has de saber que no son infalibles. Piénsalo.

Se levanta y la oigo salir de la habitación. Me deja sola, para que reflexione, como siempre hace; con los pies en la barandilla y la cabeza bullendo.