CAPÍTULO 24 PROTEJAMOS MAGNORD #2
Miguel, por su parte, ya no podía más con el cansancio.
La joven llegaba al campo de tiro justo después de terminar sus labores autoimpuestas en la lavandería del asentamiento, y no se marchaba de allí hasta que el anochecer cubría por completo el terreno.
Tristán y la pequeña Carla eran los únicos que lograban seguirle el ritmo de entrenamiento.
Miguel había tenido que acortar con destreza los pesados arcos de Borandel y reducir la longitud de la cuerda para hacerlos aptos para la fuerza de los niños, así que los tres pasaban prácticamente todo el santo día tirando flechas sin parar.
Como no podía ser de otra manera, la mejor del grupo era Carla.
Julia ya la miraba incluso con una pizca de envidia sana; la niña poseía una soltura innata y un talento natural para aprender todo lo que tuviera que ver con las artes del combate.
Olga, mientras tanto, iba y venía constantemente desde la capital de la isla, trayendo abundantes provisiones de comida y preparándola con esmero para todos.
A veces la reina, sintiendo un terrible dolor de brazos por el esfuerzo de tensar la cuerda, la ayudaba con los quehaceres; el extenuante aprendizaje con el arco era lo único que lograba evitar que se sumiera en sus oscuros pensamientos sobre el asalto a Magnord y, cómo no, en el recuerdo constante de Ander, así que practicaba sin descanso hasta alcanzar el dolor absoluto en sus músculos.
Al volver a casa, caminando exhausta por los senderos de tierra, se cruzó en el camino con Lourdes:
—Hola, Julia. ¿Cómo vas? —le preguntó con cercanía.
—Preocupada —respondió la joven con un profundo suspiro.
—Ya... y yo también lo estoy —le confesó esta, pensando de inmediato en el joven y portentoso Lucas.
Julia recordó por un instante su última conversación íntima con Ander y esbozó una leve sonrisa mirando fijamente a la mujer. Esta la observó extrañada y preguntó:
—¿Qué pasa? ¿De qué te ríes?
—¿Sabes? Le conté detalladamente lo nuestro a Ander —soltó Julia sin tapujos.
Lourdes bajó de inmediato la vista hacia el suelo, algo incómoda por la revelación:
—¿Y qué? Se quedó completamente encantado con la historia, ¿no? Hombres... todos son iguales.
—Pues la verdad es que encantado no se quedó, pero no le importó en absoluto —le aclaró Julia.
—Claro, ellos en su ignorancia solo ven lo que te metes en la boca —sentenció Lourdes con un deje de amargura—.
Si ellos también se lo meten, les da exactamente igual.
No son capaces de ver el calor, el cariño sincero o todo lo que dos mujeres solas pueden llegar a hacer sin necesidad de tener una.
.. Creo que me voy a ir yendo a la cama ya; esta conversación me ha hecho recordar inevitablemente los viejos tiempos que compartimos —dijo la mujer, clavando de pronto sus intensos ojos en Julia con una mirada cargada de intención y deseo.
—Pues para mí es todavía peor —replicó Julia con picardía—, porque el único juguete erótico que tengo en mi poder me lo conseguiste tú misma. Así que cada vez que lo uso en la intimidad de mi jergón, adivina en quién pienso.
Lourdes acortó la distancia que las separaba con paso lento y sugerente, acercándose hasta quedar a escasos centímetros:
—Ten mucho cuidado con lo que dices, princesa —le advirtió en un susurro ardiente—, porque ni tu hombre ni el mío están cerca en este momento, y nosotras estamos.
.. bueno, así, ya me entiendes perfectamente.
Así que puedes llegar a provocar algo de lo que luego te arrepientas, o que tengas la obligación de contarle a tu hombre cuando regrese.
Julia la miró fijamente a los ojos y, sin darle la menor importancia a la advertencia, le respondió con orgullo y una sonrisa desafiante:
—Mi hombre me da su total permiso para hacer lo que quiera. Pero te recuerdo una cosa, Lourdes: yo ya no soy una simple princesa. Ahora soy la reina, y una reina no necesita pedirle permiso a nadie...
Las dos mujeres se quedaron completamente inmóviles, mirándose con fijeza y perdiéndose en los ojos de la otra mientras la tensión carnal aumentaba en mitad del camino. Al final, fue Lourdes la que rompió el tenso silencio con un jadeo:
—Yo me voy ya a la cama de inmediato, que de solo escucharte ya chorreo por la pierna entera.
Julia no pudo evitar soltar una carcajada ante la tremenda franqueza de su amiga, pero Lourdes continuó sin apartar la mirada, lanzándole la propuesta definitiva en mitad de la penumbra:
—¿Vienes?
Julia, al final, vencida por el deseo, sí se acercó a la mujer y la besó con una pasión arrolladora, sintiendo el calor acumulado de tantas horas de tensión. Pero en un deje de absoluta sinceridad, separando sus labios apenas unos milímetros, le dijo:
—Te quiero demasiado para mentirte, Lourdes. Te deseo, y mucho, pero...
Lourdes la interrumpió de inmediato, completando la frase con una sonrisa triste:
—Sí, lo sé. Estar conmigo por muy bien que te lo pases, pero pensando en todo momento en tu hombre, no estaría muy bien.
Julia sonrió con una sutil picardía en mitad de la penumbra:
—En realidad, si lo piensas, estaría genial, pero no me parece justo para él y, sobre todo, no me parece justo para ti. Lo siento.
Lourdes se acercó de nuevo volviéndola a besar con fuerza, y con un movimiento lento y atrevido, deslizó su mano por debajo del vestido de sarga de la reina.
Esta se quedó completamente quieta, conteniendo el aliento y dejándola hacer sin oponer resistencia; su mente le repetía que no debía continuar, pero todo su cuerpo le pedía a gritos mucho más.
Los dedos de la mujer se introdujeron con destreza, apartando el vello púbico y recogiendo con avidez su flujo íntimo.
Al hacerlo, mientras jugueteaba entre sus dedos con el líquido espeso y resbaladizo, la miró fijamente y dijo en un susurro:
—Esto me lo llevo yo conmigo.
Acto seguido, Lourdes cogió la mano de la reina con firmeza y la metió directamente entre sus propias piernas.
Julia, completamente encendida por el morbo de la situación, recogió todo el flujo carnal que pudo e incluso se animó a hundir los dedos profundamente en ella.
Lourdes se contorsionó ante el estímulo, se acercó a su oído para gemirle con voz entrecortada y lanzarle una última advertencia:
—Como sigas haciendo eso, te llevaré a rastras a mi casa ahora mismo y ya nos arrepentiremos mañana con la luz del día. Así que mejor...
Haciendo gala de un pesar verdaderamente horroroso, Lourdes se separó de golpe.
Miraba a Julia con unos ojos encendidos que gritaban que quería terminar lo que habían empezado, plenamente consciente de que, aunque ahora la joven reina también lo deseaba con fuerzas, mañana por la mañana se sentiría fatal con su propia conciencia por haberlo hecho.
Sin embargo, no pudo evitar volver a acercarse a su oído una última vez:
—Esta noche, juega a solas con nuestro juguete erótico en tu jergón.
Córrete pensando en mí y en lo que nos haríamos, y mañana por la mañana nos vemos exactamente aquí, ya sin este calentón encima.
Entonces me miras a los ojos y me dices si de verdad quieres que quedemos por la noche; mi respuesta, ya la sabes, es sí.
Julia la miró con el rostro desencajado y la respiración agitada.
Le faltaba muy poco para romper a llorar por la frustración del deseo contenido, pero asintió con la cabeza.
Comenzó a andar hacia atrás, alejándose despacio para no dejar de mirarla ni un solo segundo en mitad de la noche, mientras se acercaba los dedos empapados del placer de Lourdes directamente a la nariz y a la boca para embriagarse con su aroma.
Lourdes, haciendo un esfuerzo verdaderamente titánico para no correr hacia ella y poseerla allí mismo, giró sobre sus pasos y se marchó a toda prisa entre la penumbra del asentamiento.
La noche pasó sin incidentes. Absolutamente todos durmieron relajados por el cansancio acumulado de la jornada.
Algunos, como Lidia y la reina Mireia en los lujosos aposentos de palacio, descansaron sumidas en el letargo que deja el clímax de la pasión compartida; otras, como Lourdes y Julia en sus respectivos jergones de la isla, lo hicieron tras alcanzar su propio clímax en solitario para aliviar la tremenda tensión carnal.
Por su parte, Ander y los hombres en Magnord cayeron completamente rendidos por el titánico esfuerzo de cavar aquellos fosos defensivos bajo la loma.
Todos se entregaron al sueño sin oponer resistencia, aunque el clima y la atmósfera que se respiraba en el asentamiento fortificado eran muy distintos a la desidia del pasado.
Se respiraba un aire de propósito y reconstrucción: mientras unos continuaban cavando la tierra con ahínco, otros arreglaban los almacenes o, por lo menos, intentaban sacar algo de provecho de los descuidados campos de cultivo de los alrededores para asegurar el sustento.
Para rematar el día, los cazadores de la hueste de Enrique tuvieron fortuna y trajeron al patio de armas un par de ciervos adultos.
Esa misma noche, los guerreros y los aldeanos se hartaron a comer buena carne asada al calor de las hogueras, saciando el hambre antes de caer literalmente desmayados por el cansancio en los barracones.
La seguridad, no obstante, se mantuvo firme.
Bastian y Marco se quedaron haciendo la primera guardia de la noche en las alturas de la empalizada, vigilando la negrura del bosque; por la parte del contingente de Enrique, dos de sus soldados hicieron la segunda guardia en los puntos estratégicos, mientras que dos hombres más acabaron en la playa, resguardados en mitad de la total oscuridad de la costa, esperando pacientemente la llegada de los barcos para dar las importantes noticias de la victoria.