A SUS PIES CAPÍTULO 24 PROTEJAMOS MAGNORD #3
100%

CAPÍTULO 24 PROTEJAMOS MAGNORD #3

A la mañana siguiente, en la isla, Julia despertó. Se sentía extrañamente relajada y en calma, con el cuerpo descansado, aunque al incorporarse sobre el jergón descubrió que las sábanas de lino estaban tiradas en el suelo, completamente acartonadas por el rastro seco de su propio placer nocturno.

Su mente buscaba desesperadamente el recuerdo de Lourdes, pero solo encontraba el rostro de Ander.

Sabía perfectamente lo que debía hacer y, con un profundo pesar en el pecho, se vistió con ropas limpias.

Recogió las sábanas y el vestido de la noche anterior, el cual también tenía la entrepierna acartonada por el rastro seco de su pasión en solitario, y se dirigió a la lavandería.

Cuando pasó por la plaza del asentamiento, bajó el paso de forma intencionada, barriendo el lugar con la mirada para buscar a la mujer que ayer había ocupado su mente y formado parte de sus orgasmos.

Sin embargo, no la vio por ningún lado. Siguió su camino hacia el lavadero y allí la encontró, sumergida en su faena.

—No te he visto en la plaza —le dijo la reina con timidez.

—¿Pero... de verdad querías verme? —preguntó Lourdes, alzando la vista.

—La verdad es que no, me daba muchísima vergüenza. Vamos, que sí que quería, pero solo para decirte que no... O quizás el no verte ha sido lo mejor, así te puedo echar toda la culpa a ti.

Lourdes la miró fijamente y arrugó la nariz con gracia. Ese simple gesto volvía loca a Julia cada vez que se veían en secreto.

—No me hagas eso, por favor —le pidió Julia—. Sabes perfectamente lo que pienso y lo que me provoca ese gesto tuyo.

La mujer sostuvo la mirada de la reina con total seriedad:

—No quería oír tu "no", Julia. Por eso mismo no estaba en la plaza y por eso me fui ayer del camino.

Sabes lo mucho que te quiero y no quiero que te sientas obligada a rechazarme, porque sé perfectamente que en el fondo no quieres hacerlo, pero debes.

Amas a tu hombre, eso es indudable, pero también sientes algo por mí, aunque no sea de la misma manera que yo hacia ti.

Lo respeto y te ayudaré a recordarlo hasta el día en el que estés completamente segura. .. pero ayer no estabas segura.

Acto seguido, le dio un empujón cariñoso, inocente y juguetón:

—Estabas cachonda, confiésalo.

Julia la miró, girando la cabeza con una sonrisa cómplice:

—No lo sabes tú bien... Tardé un suspiro en acabar anoche. Y mira...

Dejó caer las sábanas sobre el banco de madera, las cuales permanecieron rígidas en la misma posición en que las traía por el flujo seco. Lourdes soltó una carcajada limpia y con ganas:

—Yo no te enseño las mías porque ya las he lavado, pero te juro que estaban exactamente iguales a las tuyas.

Las dos mujeres rieron de buena gana, aliviando la tensión, justo hasta que el repique nítido de la campana rompió el aire: un barco se acercaba a la costa. Julia se tensó en el acto y salió corriendo del lavadero sin decir siquiera adiós.

Cuando llegó al embarcadero, el navío ya había atracado. De la cubierta salieron Alan y un soldado de la hueste. Por la mente de Julia solo pasaba una frase de forma obsesiva: "Por favor, que sean buenas noticias".

El soldado bajó al muelle con paso firme. Julia, al verle la cara, cayó de rodillas sobre las maderas húmedas. El guerrero venía riéndose de camino junto a Alan, sin duda eran buenas noticias. Al ver a la joven en el suelo, Alan la señaló de inmediato. El soldado corrió a su encuentro para alzarla:

—¡Majestad, Magnord es nuestra otra vez! —anunció con alegría—. Bajas cero por nuestra parte, por supuesto. Suyas todas. Pero tengo que contárselo todo detalladamente.

Pasaron un buen rato hablando sobre los planes de defensa y los cambios acontecidos en la fortaleza.

La incredulidad sobre cómo se había desarrollado la contienda era a partes iguales por parte de Julia que por la del soldado, el cual aún no alcanzaba a explicarse cómo demonios había hecho Ander para ganar una batalla sin sufrir una sola baja contra un enemigo numéricamente superior.

Mientras tanto, en Frainord, Lidia abrazaba fuertemente a Mireia entre las sábanas de seda.

De pronto, abrió los ojos inquieta. ¿Dónde estaba exactamente?

Contempló los lujosos tapices y las paredes de sillar: eran los aposentos de la reina.

No lo había soñado; ayer habían dormido juntas.

Una inmensa felicidad emanó por todo su ser.

Se quedó quieta mirando de cerca a la soberana; desde esa posición no alcanzaba a ver su cicatriz, solo veía una belleza perfecta.

Eso era, sin lugar a dudas, amor verdadero.

Mireia se giró despacio y sus ojos tardaron un instante en abrirse. Cuando los fijó en la limpiadora, murmuró con voz suave:

—Buenos días, preciosa...

Algo no le cuadraba a Lidia en esa escena.

Parecía que la monarca se acababa de despertar, pero esa voz no sonaba en absoluto como la de alguien recién despierto.

Además, los ojos se le abrieron por completo de golpe, sin que la intensa luz de la mañana que inundaba la habitación le molestara lo más mínimo.

¿Había fingido estar dormida todo ese tiempo?

Si fingía eso... ¿qué más cosas fingía en su vida?

—Buenos días, majestad. Está verdaderamente bellísima por la mañana —acabó diciendo Lidia, intentando disipar sus sospechas.

Sin embargo, las dudas se aclararon de forma brutal cuando la reina, recién levantada de la cama, le soltó sin miramientos:

—¿A quién probamos hoy en la alcoba?

Lidia se sintió de golpe como lo que realmente era para ella: un simple experimento erótico.

—Hoy decide usted, majestad —respondió con el corazón encogido.

—¿Qué te parece si probamos con un hombre? O mejor... con dos.

Los hombres de Magnord despertaron al alba con el canto del gallo. El "cava-tumbas", también conocido por los soldados como primer oficial o simplemente Ander, ya se encontraba de nuevo con la pala de madera y hierro entre las manos, hundiendo el metal en la tierra.

—Buenos días. Seguimos con los fosos —le dijo a Enrique con firmeza cuando este se acercó.

El capitán le respondió, mirándolo con asombro:

—Ayer hiciste dos líneas completas de defensa desde la arboleda este hasta la oeste. ¿Cuántas zanjas más quieres cavar, Ander?

Ander se limitó a decir, sin detener el ritmo de su trabajo:

—Mientras no le quitemos espacio vital a los campos de cultivo... voy a cavar todas las que pueda. Y cuando ya no pueda hacer más líneas en el terreno, las haré mucho más profundas, y habrá que cubrirlas con ramas y hojarasca, algo que se rompa inmediatamente al pisarlo.

Enrique replicó:

—¿Y si en algún momento queremos salir a atacar nosotros a campo abierto?

—Pues pasaremos de forma segura por el espeso bosque, donde también pondremos hombres apostados.

Quiero todo este perímetro limpio y protegido.

Mireia tardará de cinco a diez días en darse cuenta de que ha perdido la plaza de Magnord.

Para entonces, la defensa ha de estar completamente lista.

Si tarda cinco días en enterarse, en ocho estará su hueste aquí; si tarda diez, será en trece.

Y eso siempre y cuando no tenga ya a su ejército a medio camino solo para reconocer el terreno o, simplemente, para hacernos una visita sorpresa.

Enrique levantó los hombros, dándose por vencido ante la lógica militar del oficial:

—Si quieres fosos, habrá fosos, no se hable más... Pero... ¿estás completamente seguro de que no quieres ser rey? Porque, la verdad, se te daría sumamente bien dirigir un reino.

Ander se rió de buena gana entre la tierra:

—Solo quiero ser el marido de Julia, el resto del mundo me da exactamente igual.

El día transcurrió de la misma manera que la tarde anterior.

Los hombres se turnaban meticulosamente con la pala para abrir nuevos fosos o ampliar los ya existentes en el terreno.

Se dejaban estrictamente diez metros de distancia entre las líneas excavadas para evitar que el terreno colapsara o se derrumbara.

Los once cavaban como el que más, dando el ejemplo, pero los aldeanos reclutados hacían todo lo que podían con sus fuerzas, lo cual era muy de agradecer en mitad de la urgencia.

Así pasaron todo el día cavando hasta la noche.

En el palacio de Frainord, ya de noche Lidia se llenó la boca con el primer orgasmo de un soldado desconocido.

La reina le había "pedido" de forma imperiosa que se lo tragara, demostrando de manera cruel su poder absoluto sobre ella.

Jamás en su existencia se había sentido tan sumamente usada y humillada; incluso el bastardo de sir Eduard abusaba de ella por su propio placer físico, pero la reina lo hacía por pura dominación, por el sádico placer de usarla como a un objeto.

Lidia tragó el flujo con una sonrisa forzada y contuvo a duras penas una pequeña arcada.

Acto seguido, fue a besar a Mireia en los labios buscando un refugio, pero la soberana giró la cabeza con presteza, mostrando una mueca de asco.

El sonido de su propio corazón volviéndose a romper en mil pedazos la dejó sorda por un momento; tanto fue así que ni siquiera escuchó la orden de que volviera a abrir la boca, ya que el segundo soldado de la guardia venía dispuesto a terminar también.

Mireia apretó los mofletes de Lidia con una fuerza brutal, haciéndole daño en las mandíbulas, obligándola a abrir de nuevo la boca. La limpiadora alcanzó a oír entre la niebla de su dolor:

—¿Qué pasa? ¿Acaso no te gusta, mi sierva?

—Sí, majestad... Lo que usted ordene... —intentó articular, pero no pudo acabar la frase.

La lavandera vio reírse con malicia a la soberana mientras el segundo soldado eyaculaba directamente en su boca.

Una lágrima hirviente y amarga rodó por la mejilla de Lidia.

Vencida, se tumbó boca abajo, hundiendo la cara con fuerza contra el colchón para ocultar su humillación.

Mireia, ignorando su llanto, abrió el gran arcón donde guardaba todos sus juguetes eróticos y la lavandera lo vio brillar: era el "dedo de Krista".

En la costa de Magnord, uno de los soldados que habían apostado en la playa llegó corriendo, a la luz de las antorchas, anunciando a viva voz la llegada de una imponente galera.

Los once leales salieron a toda prisa de la fortaleza hacia la orilla, armados hasta los dientes por si se trataba de una contraofensiva.

Sin embargo, al alcanzar la arena, divisaron con alivio el escudo real de Borandel pintado en las velas y en el casco, y a la mismísima Julia de pie en la cubierta principal.

Ander no esperó a que bajara, subió al navío de un salto y abrazó con una fuerza tremenda a su mujer. Se besaron con pasión sobre las maderas del barco, prometiéndose en mitad del reencuentro un futuro próspero y libre. Ander se arrodilló y pidió su mano.

—Quiero ser rey —le dijo con una mirada directa que le prometía lealtad y amor eterno.

Mientras tanto, en la alcoba real, la barbarie alcanzaba su punto álgido. Mireia agarró una nalga de Lidia con fuerza con una mano, mientras le ordenaba rudamente a uno de los soldados que sujetara la otra.

Entre los dos, abrieron brutalmente el ano de Lidia. Acto seguido, el otro soldado escupió sobre la zona y Mireia miró el juguete de hierro; estaba notablemente sucio de las heces de Marian del día anterior, pero a la monarca no le importó en absoluto.

Lo introdujo en el cuerpo de Lidia sin el menor miramiento ni piedad. La limpiadora, entre violentas arcadas, comenzó a retorcerse de puro sufrimiento sobre la cama de plumas.

La sangre roja comenzó a brotar del ano forzado y de la boca de la joven ya no salían gemidos de sumisión, sino auténticos gritos de agonía y dolor desgarrador. De pronto, entre los velos del sufrimiento, llegó a escuchar la voz gélida de la soberana:

—Sí, Lidia, estaba despierta esta mañana. Sí, jugaba contigo a mi antojo. Y no, ni te quiero ni te querré jamás en la vida... Eres una maldita sirvienta, por el amor de Dios, no eres nada para mí.

Lidia, poseída por un resorte de pura supervivencia y desesperación, se giró rápidamente sobre el colchón.

Al hacerlo, la reina abrió los ojos de par en par, horrorizada, mirando hacia su baúl de los juguetes.

.. No estaba allí. Su propio puñal, aquel cuya empuñadura usaba tantas noches para complacerse y que siempre mantenía en el cofre a mano por si debía defenderse, no estaba en su sitio.

Con un movimiento desesperado nacido del odio, Lidia hundió el acero en dirección al pecho de la monarca.

Mireia, reaccionando con la presteza de una víbora, giró el torso en el último instante; el puñal esquivó el corazón por milímetros, chocando con fuerza contra las costillas y hundiéndose en la carne.

Lidia, con el terror pintado en los ojos y la mente colapsada por el peso de lo que acababa de hacer, soltó el mango y se quedó completamente congelada, temblando sobre el lecho.

La reacción de la reina fue terrorífica. Con un cabreo monumental que hizo bombear la adrenalina a niveles inhumanos, Mireia aferró la empuñadura y, con un grito de pura rabia, se arrancó el puñal del pecho.

Antes de que Lidia pudiera parpadear, la soberana se abalanzó sobre ella y le clavó el acero con saña directamente en el ojo, hundiéndolo hasta el fondo del cráneo y matándola en el acto. La lavandera quedó inmóvil, con la mirada rota y la vida escapándosele entre las sábanas de seda.

Mireia cayó de rodillas a un lado del cadáver, presionando la herida de su pecho de la que brotaba un río espeso de sangre.

Los dos soldados de la guardia, saliendo del estupor y completamente aterrorizados, comenzaron a correr por la estancia, abriendo las puertas a gritos:

—¡El cirujano! ¡Llamad de inmediato al cirujano real! ¡La reina sangra! ¡Han intentado asesinar a la reina!

Mientras el clamor y los pasos apresurados resonaban por los pasillos de palacio, la vista de Mireia comenzó a nublarse por la pérdida de conocimiento.

Sin embargo, antes de que la penumbra la cubriera por completo, miró el cuerpo inerte de la lavandera y un último pensamiento cruzó su retorcida mente: "Al final... he conseguido que mates, aunque no lo hayas conseguido conmigo. Al final, gano yo".