A SUS PIES CAPÍTULO 24 PROTEJAMOS MAGNORD
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CAPÍTULO 24 PROTEJAMOS MAGNORD

Ander se colocó delante del grupo. Treinta y seis aldeanos y Marco escucharon atentamente lo que el primer oficial tenía que decirles.

Aunque los once no habían visto armas ocultas entre las burdas ropas de los prisioneros, dieron instrucciones precisas a los dieciocho soldados de la hueste (a Enrique no, por respeto a su rango) de que no se fiaran de nadie bajo ningún concepto.

Ni siquiera de Marco, aunque al verdadero soldado sí se le permitió seguir portando sus armas debido a la confianza que Bastian y Ander le tenían.

Ander alzó la voz, haciendo que su poderosa presencia llenara el patio de armas:

—Buenas tardes. Me llamo Ander y, junto con el capitán Enrique, hemos capturado.

.. mejor dicho, hemos recuperado esta fortaleza.

Nosotros no somos como la reina Mireia; somos de Borandel, una tierra pacífica donde, si queréis, todos seréis bienvenidos en el futuro.

Sintiéndolo mucho, no se os permitirá abandonar esta fortaleza de momento por vuestra propia seguridad y la de nuestros planes, y se os pedirá amablemente que ayudéis a mejorar las defensas.

Mireia no tiene ni la más mínima idea de que Magnord ha caído, pero es seguro que, cuando se entere de la noticia, mandará todo lo que tiene contra nosotros.

Así que aquí la estaremos esperando con los brazos abiertos.

El oficial hizo una breve pausa, recorriendo los rostros de los campesinos con una mirada seria que imponía respeto:

—Si alguien tiene familia directa en Frainord, que se ponga en otro grupo separado a un lado.

Uno de mis hombres os irá pidiendo información detallada sobre ellos para ver si es posible sacarlos de allí de forma segura o para saber si corren peligro real.

Pero, sintiéndolo mucho por vuestro cansancio, el trabajo empieza ahora mismo.

Creo que estabais aburridos de no hacer nada con la anterior guardia.

.. pues eso se acabó. Buscad palas y picos en los almacenes; comenzamos a cavar ya.

Enrique lo miró verdaderamente extrañado ante la orden y, acercándose para hablarle al oído, le dijo en voz baja:

—¿Cavar? ¿A qué viene eso ahora, Ander?

—Calen odiaba los fosos enemigos, y siempre decía que una fortaleza que contara con varios de ellos en su perímetro exterior sería completamente imposible de tomar por asalto —respondió Ander con la voz quebrada por la emoción al recordar a su general—.

Cuando tomamos esta fortaleza en el pasado, acampamos sobre esa loma —añadió, señalando con el dedo un montículo que se elevaba en la lejanía, recortándose contra el horizonte—.

Ahí es exactamente donde quiero empezar a construir los fosos, y quiero hacer uno tras otro, a la suficiente distancia para que ninguna flecha enemiga lanzada desde un caballo pueda llegar a rozar nuestros muros.

Y tú, capitán, ya puedes mandar de inmediato a dos de tus hombres hacia la playa; uno irá en el barco que lleva tu navegante con las noticias de la victoria de regreso a Borandel para que traiga soldados de verdad y armas de repuesto, y el otro irá directo a la isla con Alan y darle las novedades.

Y... ya está. Hasta que todo este asunto no esté completamente resuelto y asegurado, no quiero que venga ninguna mujer para acá; la situación aún se puede liar en cualquier momento.

El grupo de treinta y siete hombres se dividió en dos facciones bien diferenciadas: uno de doce personas y otro de veinticinco.

El grupo de doce estaba compuesto por gente que tenía familiares directos en Frainord, mientras que el otro, más numeroso, era de personas a las que la corona les había arrebatado cruelmente sus tierras y ya no tenían ningún hogar al que volver.

Ander ordenó discretamente a los suyos vigilar con muchísima más atención y recelo a los del grupo de los familiares, pues el miedo a que intentaran avisar a sus seres queridos era un riesgo real.

De pronto, Hugo se separó de la multitud y fue directo hacia Ander con paso apresurado:

—Ander, tenemos a uno nuevo en el grupo que dice una cosa muy interesante. Asegura que su hija tiene acceso a la reina Mireia de forma directa en el palacio.

Ander arqueó las cejas, sorprendido por el dato, y fue de inmediato a hablar con el aldeano en cuestión:

—Buenas tardes. Me dicen mis hombres que su hija trabaja directamente para la reina Mireia en el castillo.

El hombre era un señor de unos cuarenta y ocho años de edad, con una poblada barba blanca pero de complexión robusta; se notaba a la legua que aún le quedaban muchos años de fuerza en sus brazos de trabajador de la tierra.

—Sí, mi señor, la ve todos los días de su vida debido a sus labores —respondió el hombre con voz temblorosa pero firme.

—¿Me puede decir cuál es su nombre? —preguntó el primer oficial, buscando un cabo del que tirar.

—Sofía —contestó el padre, ignorando por completo el torbellino de acontecimientos que se estaba desatando en la alcoba real con ese mismo nombre.

Mientras tanto, en el castillo de Frainord, Marian salía de la majestuosa alcoba de la reina con las piernas temblando por el brutal esfuerzo físico y una amplia sonrisa de plena satisfacción dibujada en la cara.

Tras el portón de madera, la atmósfera aún estaba cargada de lascivia, mientras Lidia y la reina Mireia descansaban plácidamente sobre el colchón de plumas, jadeando con suavidad entre las sábanas de seda revueltas.

—Estoy tan sumamente orgullosa de ti... —le dijo la reina con voz susurrante, acariciándole la piel húmeda.

Lidia miraba fijamente hacia el techo de piedra de la estancia, aún costándole respirar con normalidad debido a la intensidad del clímax. ¿Quién le iba a decir a ella, una simple lavandera, que sería tan sumamente placentera y adictiva esa experiencia de depravación y dominio?

—Mi señora... —alcanzó a articular con devoción.

Mireia la interrumpió de inmediato, colocándole un dedo sobre los labios con suavidad:

—¿Me puedes entender ahora, Lidia? Todo esto lo tengo a mi entera disposición todos los días de mi vida si quiero, pero por ti... ya no lo quiero probar con nadie más si no estás tú a mi lado para compartirlo. Ha sido verdaderamente genial.

Lidia aún sostenía fuertemente en su mano el pesado juguete erótico, el dedo de Krista, el cual se encontraba visiblemente manchado de las heces de Marian tras haberla dominado por completo en el lecho.

Aquel objeto, que al principio de la mañana constituía un doloroso y molesto recordatorio de la limpieza, había dejado de molestarle por completo y ahora empezaba a cogerle un cariño morboso.

Mirando fijamente a los ojos de Mireia, le dijo con los labios entreabiertos:

—He perdido ya la cuenta de cuántas veces me he...

—Muchas —le aseguró la soberana con una sonrisa pícara—.

Muchas veces, Lidia, y yo también lo he hecho, y sin duda alguna la joven Marian también.

Ha sido algo brutal y todo ha sido gracias a ti y a tu iniciativa.

Si tú quieres... bueno, la verdad es que no quiero que pienses que me aprovecho. .. no, olvídalo, déjalo estar.

Lidia se incorporó a medias sobre el jergón de plumas, intrigada por la sutil pausa:

—¿Qué pasa, majestad? Puede decirme absolutamente lo que quiera. Ahora entiendo a la perfección lo que me quería transmitir esta mañana; ha sido algo maravilloso y por fin todo cobra sentido en mi cabeza. El resto del mundo solo es placer carnal, pero lo nuestro... lo nuestro es algo más profundo.

Mireia se giró despacio en la cama, dándole la espalda por un instante para ocultar la mueca de profunda repugnancia y desprecio que le provocaron aquellas ingenuas palabras de amor.

Sin embargo, por dentro se reía con una crueldad tremenda; se dio cuenta de que acabar con el dulce sueño de sumisión de Lidia de forma tan rápida ahora ya no sería tan divertido, y si lo hacía, perdería la retorcida apuesta que mantenía consigo misma en su mente enferma.

Quizás, para llevar las cosas al límite, ¿debería pedirle que matara a la propia Marian con sus manos?

No, aún era demasiado pronto y no tenía motivos reales para justificar tal orden ante la corte, así que se dio la vuelta de nuevo mostrando una sonrisa radiante y le dijo con falsa ternura:

—Sí, Lidia, lo nuestro es verdaderamente especial. Y lo que quería pedirte, si estás dispuesta, es si dormirías conmigo en mi lecho esta noche; solo dormir abrazadas, nada más que eso.

A Lidia se le iluminó el rostro por completo ante la inesperada muestra de afecto real. Con los ojos brillantes de emoción, acarició la mejilla de la reina y la besó con timidez en los labios:

—Sería un honor supremo para mí, majestad.

Mireia correspondió al gesto y abrazó con fuerza a la limpiadora, manteniendo esa amplia sonrisa de complicidad en su rostro, pero en el fondo de sus intensos ojos se escondía el oscuro reflejo de una terrible y macabra apuesta de manipulación psicológica que avanzaba cada día.

Julia miraba fijamente hacia el lejano horizonte, donde la línea del agua se desdibujaba con el cielo.

Muchos kilómetros al norte de su posición, su gran amor podría yacer muerto y abandonado en cualquier zanja, haber salido triunfante de la incursión o, simplemente, no haber llegado jamás a la costa al haber sucumbido ante la furia del mar.

—Mi señora, adelante —le dijo Miguel, interrumpiendo con suavidad sus amargos pensamientos.

Gracias a la oportuna llegada de Enrique y a las creaciones de flechas de entrenamiento de Cédric y Bastian antes de partir, la isla ya contaba afortunadamente con suficientes arcos y flechas para que todos pudieran practicar.

Julia se lo había tomado verdaderamente en serio; aunque todavía no era capaz de dar en los blancos más pequeños y lejanos, su puntería iba creciendo a pasos agigantados gracias a las constantes repeticiones diarias.