A SUS PIES CAPÍTULO 23 EL REENCUENTRO EN LA ESPESURA #3
96%

CAPÍTULO 23 EL REENCUENTRO EN LA ESPESURA #3

—No quiero matar a ningún inocente, Marco, precisamente por cosas como esa es por lo que desertamos del ejército real.

Pero si tengo que elegir entre la vida de esos aldeanos o la de mis propios hombres, la decisión para mí es muy fácil.

Lo malo de tu idea es que, en cuanto salga la segunda patrulla a investigar, mis otros aliados atacarán con todo por el flanco opuesto del bosque.

—Mi señor... ¿confías en mí?

Ander le miró fijamente a los ojos y, sin dudarlo un solo segundo, respondió con total franqueza:

—No.

Pero Bastian se había acercado sigilosamente por detrás de ellos. El veterano arquero puso una mano en el hombro de Marco y, al verlo de cerca, le dio un fuerte y cálido abrazo de camarada:

—Yo sí que confío en él, Ander —le dijo el arquero a su oficial.

Ander volvió de inmediato la vista hacia Marco, sopesando la situación. Si Bastian ponía la mano en el fuego por él, la balanza cambiaba:

—Si él confía en ti, yo también lo haré. ¿Qué plan tienes en mente?

—Volveré yo solo a la fortaleza. Los reclutas que me acompañaron hoy no son soldados, y el miedo o la presión pueden hacer que terminen delatándoos si regresan conmigo.

Yo mismo haré la señal acordada desde el muro.

Si vosotros me podéis limpiar primero a los dos centinelas que están apostados en las alturas de la empalizada, yo me encargaré de limpiar Magnord desde dentro.

Soy el único oficial que trata bien a esa pobre gente; el resto de la guardia los trata siempre a patadas y golpes.

Ander miró a Bastian, y este asintió con la cabeza, convencido.

Luego paseó la mirada hacia el resto de sus hombres apostados entre los arbustos; todos hicieron un ademán con la cabeza, dejando la decisión final y la responsabilidad enteramente en manos del oficial.

Todos menos Cédric, el cual también asintió con firmeza, confiando en el criterio de sus compañeros.

—De acuerdo —sentenció Ander de forma inapelable—.

Vuelve tú solo a los muros. Al frente del otro grupo, hay un capitán, Enrique, ríndete a él diciendo mi nombre.

Pero te advierto una cosa: como nos la juegues o nos traiciones, no habrá agujero en toda la tierra donde te puedas esconder de nosotros.

—Lo sé, señor —respondió Marco con semblante grave, preparándose para regresar.

Marco se levantó del suelo con total parsimonia y gritó con fuerza hacia la fortaleza, fingiendo fastidio para no levantar sospechas:

—¡De nada! ¡No pasa nada por unos cuantos troncos, total, este maldito bosque está plagado de árboles!

Mientras pronunciaba aquellas palabras de cara a la empalizada, se agachaba con presteza para recoger una espada limpia y varias de las dagas de los aldeanos reclutados que permanecían tumbados y ocultos en la maleza.

Luego, dio media vuelta y caminó con absoluta normalidad hacia los muros; aquella sangre fría y esa capacidad para mantener el pulso en mitad del peligro sin duda eran el reflejo de haber librado y sobrevivido a muchas batallas en el pasado.

Desde su posición en la retaguardia, hizo una sutil señal a los arqueros de Frainord que se apostaban en las empalizadas, y bajaron sus arcos, destensando las cuerdas con alivio.

Acto seguido, Marco se dirigió a la puerta principal de la fortaleza bajo la atenta y vigilante mirada de Elías, que permanecía encaramado estratégicamente en lo alto del árbol.

Tras cruzar el umbral y entrar en el patio de armas, fue directo a hablar con el primer oficial, Norman, portando una expresión de fingida sumisión:

—Señor, creo que el sargento ya los conoce a esos aldeanos. Les ha dicho que si son solo unos pocos árboles no pasa nada por que los talen.

Al escuchar aquello, Norman se cabreó de inmediato; el rostro se le encendió de pura ira.

Marco pensó por un momento que el oficial perdería los papeles y que se llevaría otro doloroso golpe, pero la fortuna sonrió a los asaltantes de la forma más inesperada.

Poseído por la rabia de ver su autoridad cuestionada, el oficial mandó llamar a viva voz a absolutamente todos los soldados reales que quedaban en Magnord, dejando únicamente a los dos arqueros de guardia en las alturas de la empalizada.

Con los ojos inyectados en sangre, Norman se colocó a la cabeza del contingente y todos salieron juntos del recinto, con unas ganas tremendas de darle un escarmiento público al sargento indisciplinado.

A Marco casi le dieron ganas de reír ante semejante torpeza estratégica, pero contuvo la compostura, dio un paso al frente y sugirió con astucia:

—Señor, si no le importa, yo prefiero quedarme aquí en el patio.

No me gustaría enemistarme con el sargento por haber traído el aviso y, además.

.. —añadió bajando ostensiblemente el tono de voz para sonar cómplice—, alguien tiene que quedarse a vigilar a esta chusma de aldeanos.

A saber lo que son capaces de hacer si nadie los vigila de cerca.

El primer oficial miró a todos los reclutas por encima del hombro con absoluto desprecio y asintió con brusquedad:

—Vale, quédate. Le enseñaré a ese sargento incompetente que mis órdenes se cumplen a rajatabla. ¡Vámonos!

En cuanto el contingente cruzó el umbral y las pesadas puertas se cerraron tras ellos, Marco no perdió un solo segundo.

Subió a toda prisa las escaleras de madera de la empalizada, se colocó a la espalda de los arqueros de Frainord y levantó una mano en el aire para asegurarse de que Elías viera que el terreno estaba despejado.

Acto seguido, se fue hacia el lado contrario de los muros y, con gestos enérgicos, movió a todos los hombres reclutados hacia ese flanco opuesto, ordenándoles que soltaran todas las armas y esperaran mirando fijamente hacia el oeste.

De pronto, un ruido sordo y muy fuerte resonó a sus espaldas, pero Marco tuvo la sangre fría de no girar la cabeza para mirar.

Los cuerpos de los dos arqueros de la reina cayeron inertes contra los tablones de la empalizada, atravesados por sendas flechas que se habían sepultado con una precisión quirúrgica en cada uno de sus ojos.

Marco se volvió entonces hacia los aterrorizados aldeanos y les dijo con voz calmada pero firme:

—Tranquilos, no os levantéis del suelo bajo ningún concepto. Sentaos y esperad aquí.

Un momento antes, en el flanco este del bosque, Elías había visto desde las alturas cómo las puertas de Magnord se abrían de par en par y ocho hombres más de la guardia real salían en formación, dirigiéndose tranquilamente hacia la espesura del bosque.

El hombre que marchaba en cabeza portaba con orgullo la insignia de primer oficial de la reina Mireia.

De inmediato, Elías avisó mediante un siseo a Ander. El primer oficial ya se encontraba junto al tronco, imitando el ritmo de la tala junto a Silas, pero ya no sostenía el hacha de hierro; en su lugar, sus dedos envolvían con firmeza la empuñadura de su espada desnuda.

El sonido seco de los últimos golpes combinados con la salida confirmada de aquella segunda patrulla fueron las señales definitivas que Enrique, en el flanco opuesto, estaba esperando.

El capitán ordenó de inmediato a Alberto salir a explorar la zona; este se fue arrastrando con extrema cautela entre la hojarasca y los matorrales para comprobar, en efecto, que toda la empalizada oeste de la fortaleza se encontraba completamente vacía de defensores.

Tras certificarlo, Alberto dio la señal visual acordada y los diecinueve hombres avanzaron decididos entre la maleza, con Enrique enarbolando el acero al frente de la comitiva.

Casi al mismo tiempo, Bastian y Cédric recibieron la señal de Elías desde la copa del árbol.

El rastreador había visto cómo Marco, con un descaro verdaderamente brutal desde lo alto del muro, ejecutaba la seña más llamativa del mundo, comunicándoles de forma inequívoca que la fortaleza estaba completamente limpia de soldados leales a la corona.

Sabiendo que el asalto interior había comenzado, ambos arqueros soltaron las cuerdas de sus arcos de caza al unísono, desatando la muerte.

Norman avanzaba a paso decidido entre la maleza, completamente ciego de ira.

El eco constante de los hachazos falsos resonando entre la arboleda no le dejó escuchar el silbido agudo e invisible de las flechas que le pasaban por encima de la cabeza, viajando con un destino fatal hacia sus propios hombres en la retaguardia.

En su mente corrupta, el sargento merecía recibir un castigo ejemplar frente a toda la tropa; según ganaba terreno entre los matorrales, iba imaginando minuciosamente cómo sería la humillación: "Quizás lo haga azotar frente al patio de armas, o le obligue a limpiar toda la fortaleza él solo".

Fue entonces cuando la densa vegetación se abrió y vio a los supuestos leñadores de frente.

—¡Sargento! ¿Dónde demonios se ha metido? —gritó Norman con arrogancia.

Pero lo único que oyó como respuesta a su exigencia fue el silbido y el impacto seco de dos flechas más lanzadas por Bastian y Cédric, y el choque de sus hombres al caer detrás suyo.

A ambos les asomaba el astil de una flecha directamente de la cara, y las puntas de hierro ensangrentadas se veían asomar con crudeza por detrás de sus nucas.

Después de aquello, todo sucedió con una rapidez pasmosa. El pánico congeló las reacciones del enemigo y Norman ni siquiera llegó a desenvainar su espada antes de verse completamente superado por el acero de los once.

Mientras tanto, en el patio interior, Marco permanecía sentado en el suelo, rodeado por los aldeanos desarmados que temblaban en silencio.

De pronto, vieron la primera garra de hierro de una cuerda de escalada engancharse con fuerza en la madera superior de la empalizada.

Al ver el metal, Marco se puso en pie y gritó a pleno pulmón hacia los muros:

—¡Enrique! ¡Me manda Ander bajo sus órdenes! ¡Podéis entrar tranquilamente por la puerta principal, Magnord ha caído!

Al escuchar aquel nombre y la proclamación de la victoria, Enrique se acordó de los nervios que le atenazaban y se quedó completamente congelado por la sorpresa. Con paso tenso, asomó la cabeza con cautela hacia la entrada principal del bastión, la cual se encontraba abierta de par en par.

Al fondo, emergiendo de entre la penumbra de la arboleda, Ander avanzaba con paso firme acompañado por cinco de los reclutas desconocidos que se habían rendido en la tala, mientras los otros diez curtidos guerreros marchaban detrás de él en un orden impecable, caminando con absoluta tranquilidad hacia el patio de la fortaleza conquistada.

Enrique no quiso dar un solo paso hacia el interior de la fortaleza hasta que Ander hubo llegado a las mismísimas puertas del bastión. No alcanzaba a comprender cómo lo había logrado; solo vio al primer oficial hacerle un enérgico gesto con la mano para que se acercara.

Cuando el capitán rodeó la enorme hoja de la puerta principal y miró hacia dentro, el escenario que se abrió ante sus ojos le pareció irreal: un solo hombre permanecía en pie en mitad del patio de armas, mientras treinta y un "soldados" estaban sentados en el suelo, apiñados y casi temblando de puro pánico bajo el frío viento de la tarde, los cinco que acompañaban al oficial se añadieron al grupo en el suelo.

Enrique miró a Ander con los ojos abiertos de par en par:

—¿Qué clase de magia es esta? —preguntó desconcertado, contemplando la rendición sin sangre.

Ander señaló con la cabeza a su viejo camarada:

—Todo ha sido gracias a Marco y a la propia reina Mireia.

En su afán obsesivo por encontrarnos a toda costa, se ha dedicado a reclutar aldeanos a la fuerza y a armarlos con lo primero que ha encontrado para proteger sus.

.. bueno, ahora vuestras tierras. Y Marco es un buen amigo; se vio atrapado en mitad de nuestra deserción en el pasado, el pobre ni se enteró de lo que tramábamos, si no, ten por seguro que hoy seríamos doce leales en el grupo.

Pero gracias a ese contratiempo, él ha sido el único oficial que trataba con un mínimo de decencia a esta pobre gente.

Así que hemos tenido una fortuna inmensa; ha actuado con presteza antes de que llegáramos nosotros, que los habríamos matado a todos en mitad de la espesura sin miramientos.

Marco, que había escuchado toda la explicación desde el centro del patio, se acercó despacio hacia ellos con una sonrisa burlona dibujada en las comisuras de los labios:

—Lo habríais intentado, primer oficial —dijo con tono vacilón—, pero todos sabemos que Bastian ya está viejo y no es capaz de acertarle a un hombre ni a medio metro de distancia.

Bastian, que se encontraba a escasos pasos de distancia revisando su equipo, respondió de inmediato con voz calmada y sin darle la menor importancia al comentario:

—Pues al centinela que vigilaba ahí arriba, en lo alto de la empalizada, le he atravesado la cara a más de setenta metros de distancia, y le he metido la punta de hierro directamente en el ojo derecho.

Acto seguido, el curtido arquero dio media vuelta con paso firme y se dirigió hacia la multitud de campesinos que permanecían sentados en el suelo, comenzando a hablarles con voz suave para calmarlos y asegurarles que no les pasaría nada malo.

Marco observó cómo se alejaba, tragó saliva con dificultad, no había mirado al centinela, pero estaba seguro que aunque Bastian tampoco lo había mirado de cerca, la flecha estaría en el ojo derecho, y miró a Ander:

—Sabe perfectamente que era solo una broma entre soldados, ¿no?

—Más te vale que lo fuera —respondió Ander con una mirada cómplice y divertida. Luego, adoptando un tono más formal, hizo las presentaciones pertinentes—: Enrique, este es Marco. Y Marco, este es Enrique, capitán de la hueste de Borandel y tío de mi...

Enrique no le dejó terminar y completó la frase con voz severa, clavando sus intensos ojos en el oficial:

—De tu futura mujer. Y espero, por la cuenta que te trae y por tu propio bien, que la cuides; si alguna vez osas romperle el corazón, te juro que yo mismo te romperé las piernas.

Ander, lejos de amedrentarse, continuó con la coña y respondió con una sonrisa ladeada:

—Si me rompes las piernas, capitán, ten por seguro que mi hermosa sobrina irá a visitarte a tus aposentos mientras duermes.

Al escuchar la sutil pero letal advertencia sobre Carla, el capitán palideció por un instante, perdiendo la rigidez de su postura. Marco observaba la escena totalmente extrañado:

—No sabía que tenías hermanos con hijas tan peligrosas, Ander —comentó el soldado, rascándose la nuca.

—Es una larga e increíble historia, amigo mío. Ya te la contaremos con calma al calor de una buena hoguera. Ahora, hablemos con esta pobre gente para ganarnos su favor y organicémonos para defender como se merece este sitio.