A SUS PIES CAPÍTULO 23 EL REENCUENTRO EN LA ESPESURA #2
94%

CAPÍTULO 23 EL REENCUENTRO EN LA ESPESURA #2

—Pero sargento, si solo son unos aldeanos que quieren algo de leña para calentarse... No le hacen daño a nadie.

El sargento se volvió furioso y le propinó un sonoro bofetón al soldado que había osado cuestionarle, haciéndole tambalearse.

Al ver la escena, Ander avisó rápidamente a sus hombres con sutiles señas manuales desde su posición, pidiéndoles calma absoluta para no romper la trampa antes de tiempo, y continuó golpeando la madera con el hacha, haciendo mucho más ruido con el metal que talando de verdad el árbol.

Elías, desde las alturas de la copa, ejecutó otra seña inequívoca con la mano: espadas. No portaban arcos ni ballestas entre sus filas, lo cual significaba que serían mucho más fáciles de atraer a corta distancia sin sufrir bajas a distancia. Por fin la fortuna les sonreía en aquella incursión.

Cuando el sargento logró abrirse paso entre la espesura y llegó a visualizarlos, ordenó a sus hombres ponerse en línea de combate.

Por la forma torpe de moverse y sostener el acero, se veía a la legua que eran simples novatos o directamente aldeanos reclutados a la fuerza por la reina Mireia para rellenar las filas de su ejército.

El sargento avanzó con paso firme, colocándose en cabeza de la comitiva con la espada desenvainada y apuntando hacia ellos.

Ander fingió verlos por primera vez en ese momento y, manteniendo la vista fija en el suelo para evitar ser reconocido por si hubiera algún viejo conocido de las antiguas campañas entre la tropa, comenzó a retroceder despacio junto con Hugo y Grégor, fingiendo sumisión.

—Mi señor, por favor... Solo somos unos pobres hombres que queremos algo de leña, no queremos buscar líos ni problemas con la guardia —dijo Hugo, interpretando su papel con maestría mientras fingía temblar.

Los confiados soldados de Frainord continuaron avanzando tras ellos, superando sin saberlo la línea donde los veteranos permanecían ocultos entre la hojarasca de los arbustos.

De pronto, Ander levantó la cabeza para encararlos cara a cara. Pero lo que aconteció al hacerlo no se lo podía imaginar nadie en la hueste, y la escena que presenciaron los dejó completamente helados en el sitio.

En cuanto Ander alzó el rostro, fue reconocido al instante, pero no por el sargento que lideraba la patrulla.

El soldado que acababa de recibir el doloroso bofetón por defenderlos fijó sus ojos en el primer oficial.

Sin dudarlo un solo instante y sin la menor muestra de miramientos, alzó su espada con una velocidad pasmosa y decapitó a su propio sargento de un solo tajo limpio.

Acto seguido, aprovechando la tremenda confusión, sepultó el acero en el pecho de otro soldado y, con un movimiento fluido, lanzó su daga de cinto contra un tercero, atravesándole la garganta. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos, con la letalidad de un auténtico profesional de la guerra.

Bastian y Cédric, que observaban la escena con las cuerdas tensadas al límite desde la retaguardia, destensaron lentamente sus arcos, estupefactos. Fue este último quien rompió el silencio con un siseo:

—¿Ese de ahí... es Marco?

Bastian asintió despacio, sin dar crédito a sus ojos:

—Desde luego se mueve como él; no hay duda.

Los otros cinco soldados supervivientes de la patrulla quedaron completamente atónitos, paralizados por el horror ante el sangriento espectáculo que su propio compañero acababa de desatar contra su oficial superior y los demás guardias.

El tal Marco había servido también durante años en el pasado junto a Calen y Ander, y jamás se había creído las mentiras y calumnias que la corte de Frainord vertió sobre ellos tras la deserción.

Nada más reconocer el rostro de su antiguo primer oficial, Marco supo perfectamente en su fuero interno que, a partir de hoy, la fortaleza de Magnord cambiaría de manos.

Tras ejecutar a los tres hombres de los cuales no se fiaba ni un pelo, Marco dejó caer la espada al suelo y se arrodilló con profundo respeto ante el primer oficial.

Los otros cinco reclutas permanecieron de pie, temblando de puro terror y con las armas flácidas.

Marco los miró desde el suelo y les ordenó con voz severa:

—Soltad las armas ahora mismo o morid aquí mismo. No los he visto con los ojos, pero os aseguro que estamos rodeados por los mejores guerreros del reino.

Los demás soldados, al escuchar sus palabras, soltaron las armas de inmediato, dejando entender a Ander con aquel gesto que le guardaban una lealtad absoluta a Marco y no a la reina Mireia.

No solo arrojaron las espadas reglamentarias sobre la tierra húmeda, sino que también se despojaron de sus dagas de cinto e incluso de algún puñal oculto entre las botas que los exploradores no hubieran alcanzado a ver a simple vista; se desprendieron de todo el metal para mostrar sus intenciones pacíficas.

Ander hizo una rápida seña militar que Marco interpretó al instante, ya que había servido bajo su mando directo en el pasado.

Acto seguido, el primer oficial alzó la mano e hizo otra señal hacia las alturas; era la orden para que los arqueros y los veteranos mantuvieran la posición y los dejaran vivir.

Siguiendo las instrucciones de Ander, Marco guió a sus cinco soldados hacia la retaguardia del bosque, donde Bastian y Cédric los esperaban con los arcos en guardia junto a los jóvenes Silas y Lucas para vigilarlos de cerca.

CAPÍTULO 23: EL REENCUENTRO EN LA ESPESURA

Esta vez fue Grégor el que gritó, siguiendo con la mirada a los recién llegados que, cuando pasaron cerca, temblaban por completo, a excepción de Marco:

—¡Muchas gracias, mi señor! No serán más de cuatro o cinco árboles, así podremos calentarnos bien por la noche.

Tanto Marco como el resto de los "soldados" marcharon en el más absoluto silencio hacia la densa zona de arbustos.

Marco se fijó en uno de los matorrales sabiendo que había alguien oculto ahí, pero ahí no había nadie, fue Lucas, saliendo de improviso de otra parte de la espesura, quien lo sobresaltó al quedarse a escasos dos palmos de su cara.

El más joven de los once guerreros no conocía al tal Marco, y no dudaría ni un solo segundo en acabar con él si hacía un movimiento en falso.

El resto de los reclutas dio un respingo de puro susto cuando apareció Lucas, pero se guardaron mucho de hacer el menor ruido.

Luego, Bastian hizo un ruidito a sus espaldas, lo que permitió que el único soldado que había servido en el pasado con ellos se girara y le viera.

Con un movimiento seco, Bastian cerró el puño, bajó el brazo y luego puso la palma abierta apuntando hacia abajo: "al suelo y tumbados".

Marco obedeció al instante cuerpo a tierra, y el resto de los reclutas, que no habían visto nada pero estaban aterrorizados, simplemente le imitaron y se echaron sobre la hojarasca.

Fue Silas el que habló en un susurro apenas audible:

—¿Cuántos sois en total en la fortaleza?

Marco no despegó los labios. Puso la mano en horizontal y sacó cuatro dedos, luego la colocó en vertical y mostró cinco dedos primero y tres después.

La señal era inequívoca: "cuarenta y ocho".

Acto seguido, reptó con sigilo sobre la tierra húmeda hasta alcanzar a Silas, el cual tampoco lo conocía de las antiguas campañas, pero tuvo que contenerse y escucharle:

—Necesito deciros algo urgente, hazle a Ander la señal para que venga.

La mayoría de los que están ahí dentro no son siquiera soldados, han sido reclutados a la fuerza en las aldeas.

Soldados reales y leales a la corona no habrá más de diez.

Podría identificarlos a todos para vosotros, pero para eso tendría que intervenir yo desde dentro.

Silas hizo un sutil click con la boca. Al oír el aviso en la distancia, Ander dejó el hacha apoyada en el suelo y le hizo una rápida seña a Silas para que acudiera de inmediato a ocupar su puesto en la tala fingida.

Hugo, mientras tanto, continuaba golpeando el tronco para mantener el engaño y seguía gritando hacia la fortaleza:

—¡De verdad, mi señor, si no fuera por hombres tan generosos cómo ustedes...! ¡Muchísimas gracias por el favor!

Para cuando Ander llegó a la retaguardia, los veteranos ya habían arrastrado con destreza los tres cuerpos de los caídos, escondiéndolos entre la maleza y ocultando cualquier rastro de sangre con tierra y hojas secas.

El primer oficial se aproximó agachado hasta donde estaba Marco.

Este le miró fijamente y esbozó una leve sonrisa:

—Jamás sabrás lo a punto que has estado de morir hace un momento —le dijo el oficial con tono serio.

—Señor, por desgracia para mí, lo sé perfectamente —respondió Marco con sinceridad.

—¿Qué es lo que quieres decirme?

—De los cuarenta y ocho hombres que componen el regimiento, ahora mismo quedan treinta y nueve vivos ahí dentro. Pero soldados de verdad, de los que son espías fieles a la reina Mireia, quedarán apenas de siete a diez. El resto son simples aldeanos armados que no quieren luchar.

Ander bajó la vista al suelo, meditando las palabras del soldado:

—El plan de asalto ya está en marcha y no somos solo nosotros los que estamos en este bosque. Lo siento mucho, Marco.

Marco puso una ostensible cara de fastidio y contrariedad:

—¿Han de morir personas inocentes solo por el hecho de conquistar Magnord?

El oficial se bloqueó por un instante en mitad de la espesura. En su mente resonó con fuerza la voz de Calen, quien en el pasado siempre usaba palabras muy similares cuando se trataba de proteger a los desvalidos.

—¿Qué es lo que sugieres entonces? —preguntó Ander, buscando una alternativa.

—Soldados de la reina hay muy pocos dentro de los muros. Puedo ir identificándolos uno a uno y acabar con ellos.

Ander le puso una mano firme sobre el hombro: