A SUS PIES CAPÍTULO 23 EL REENCUENTRO EN LA ESPESURA
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CAPÍTULO 23 EL REENCUENTRO EN LA ESPESURA

Elías subió, pero giraba lentamente la cabeza a un lado y al otro.

Los movimientos eran tan pausados que tardaba una eternidad incluso cuando lo cubría el grueso tronco del árbol.

Ander vio una técnica increíble; los músculos del explorador debían de estar doloridos y acalambrados por la tensión de mantenerse suspendido, pero, aún así, sus movimientos eran como una danza con el árbol, como si el propio tiempo se ralentizara para no hacer ruido.

Allí arriba, a más de ocho metros de altura, donde los nervios atenazarían a cualquiera, Elías estaba como pez en el agua.

De pronto, bajó una mano por detrás del árbol con tres dedos estirados, pero la muñeca giraba de un lado al otro.

Si los tres dedos estuvieran hacia arriba, solo vería a tres personas, pero los dedos estaban hacia un lateral; veía a treinta personas, y como la muñeca giraba, eso quería decir que eran treinta o quizás más.

Los hombres abajo no solo se fijaban en sus dedos, sino también en el juego de las sombras que se proyectaba entre el follaje; aunque mirar las siluetas en mitad de la espesura del bosque contra el sol de frente pudiera crear dudas o llevar a algún error de interpretación, la pericia del rastreador disipaba cualquier desconfianza.

Por cómo funcionaba el ejército cuando Calen estaba al mando, los soldados deberían estar todos despiertos y preparando cosas, construyendo o reforzando las empalizadas, y en caso de no haber nada que hacer, patrullando por los alrededores en un orden impecable.

Pero desde que ellos no estaban allí, no sabía si el nuevo mando había dejado a gente durmiendo, o si cada uno se levantaba a la hora que quería, o a saber qué clase de descontrol imperaba.

Sin embargo, treinta era un número abordable, así que miró a Elías y este bajó la cabeza mirándolo a él. .. los dos asintieron en el acto.

Uno tras otro fueron haciendo contacto visual en mitad de la penumbra verde de la arboleda.

Ander alzó tres dedos hacia un lado y cinco (con la mano abierta) hacia arriba, preguntando a sus hombres mediante señas si treinta y cinco era un número viable para enfrentarse a ellos.

Todos asintieron con determinación en los rostros.

El primer oficial guardó un minuto de silencio para pensar en Julia, buscando en su recuerdo un ancla.

Cada uno encontró en su interior un pensamiento íntimo que le diera el valor y la fuerza que, sin duda alguna, necesitarían para lo que se avecinaba.

Ander eligió tres árboles robustos; Gedeón, Cónrad y Marcus se agazaparon allí, escondiéndose con pericia tras los arbustos de la maleza, mientras Bastian y Cédric se alejaron aún más entre la espesura, pues la distancia o el sitio definitivo para apostar sus arcos ya dependía enteramente de su criterio como tiradores.

Ander, Hugo y Grégor sacaron sus pesadas hachas de hierro.

La idea era simple: buscarían un árbol pequeño y fácil de talar, si era posible que cayera en dirección a Magnord para llamar la atención.

Los veteranos quedarían perfectamente escondidos entre el follaje cuando la patrulla enemiga llegara y los leñadores retrocedieran despacio atrayéndolos a la trampa; los tres camuflados dejarían que los soldados de Frainord avanzaran de largo, atacándolos luego de forma brutal por la espalda.

La coordinación milimétrica era muy necesaria.

Cuando todos estuvieron en su sitio y listos, empezó el plan.

Norman regía un regimiento de cincuenta hombres en Frainord con puño de hierro; debía ganarse a toda costa el aprecio de la reina si quería destacar y medrar en la corte.

Cada vez que se sentaba en su silla recordaba con amargura a sir Eduard desvirgándolo; sin duda había pagado un pequeño precio de humillación para llegar a primer oficial.

Pero el destino soñado en el castillo, donde se imaginaba que podría tener sexo todos los días con las empleadas del servicio, se truncó por completo el día que le dieron su nuevo destino: Magnord, una fortaleza de madera en mitad de la nada que acusaba el abandono y la desidia en sus murallas descuidadas.

Los campos de los alrededores había que trabajarlos para asegurar el sustento, pero allí no quedaba ya ningún campesino con vida para arar la tierra, solo soldados ociosos que, además, sabían perfectamente de su gesto de dolor al sentarse debido a los abusos del consejero real.

Así que, al sentirse burlado y no ser valorado por sus propios hombres, Norman mató a dos de ellos a sangre fría para dejarle al resto las cosas claras de lo que pasaría si no cumplían estrictamente sus órdenes.

—¿Alguna novedad? —preguntó con brusquedad a un sargento el cual, por desgracia para él, también había pasado por las manos y el miembro de Eduard en los pasillos de palacio.

—¿Qué novedad puede haber en este pozo de miseria?

Estamos en mitad de la nada —respondió el sargento con desgana, mirando el estado ruinoso de las defensas—.

Casi hubiera preferido que nos destinaran a los pantanos; allí hay mosquitos, sí, pero aquí nunca pasa nada.

No me extraña que ese bastardo de Calen tomara esta plaza con tanta facilidad en su día.

Enrique estaba a punto de sentarse sobre la hojarasca, pues las piernas ya apenas podían sujetarle el peso del cuerpo tras tantas horas de dolorosa inmovilidad.

Cuando de pronto, un seco y nítido clack sonó al otro lado del espeso bosque.

Su cara se iluminó de repente por la adrenalina, y empezó a doblar y ejercitar las piernas con presteza para reactivar la circulación junto con los diecinueve hombres de su contingente; algunos se mostraban ya deseosos de entrar en batalla para liberar la tensión, mientras que otros sentían cómo el miedo les atenazaba el pecho al ver que esto, finalmente, iba a pasar…

Norman llamó a su sargento con un bufido de impaciencia.

—¿Qué demonios está pasando ahí fuera? —preguntó, tratando de estirar el cuello hacia la maleza.

De entre los espesos árboles no paraban de escucharse nítidos hachazos, acompañados de voces humanas y frases descontroladas que resonaban con fuerza en el silencio del bosque: "¡Cuidado, que casi me das!

", "Eres malísimo con el hacha, quita", "¡Callaos ya, que vais a alertar a los soldados!

¡Dejadme a mí los dos, que yo os enseño cómo se hace! ".

La idea del plan de Ander era meticulosa y simple: debían armar el suficiente alboroto para dejar claro que no bastaría con que saliera un único vigía a investigar.

Tenían que llamar la atención de, por lo menos, una patrulla habitual de seis hombres, compuesta por cinco soldados rasos y un oficial al mando.

Norman, que permanecía junto a su sargento compartiendo la desgana del destino, miró en dirección al ruido y le dijo con una sonrisa cruel:

—¿No decías que querías acción y que estabas harto de este pozo miserable? Pues ve a ver quiénes son esos desgraciados, y tráeme sus cabezas, sus pertenencias o lo que demonios tengan encima. Por lo menos quiero ver sus hachas ensangrentadas al regresar.

El sargento se giró sobre sus talones con una mueca de satisfacción y llamó a viva voz a aquellos hombres del regimiento que se aburrieran en los barracones.

Aquella llamada a las armas provocó que ocho soldados cansados de no hacer nada se presentaran voluntarios al instante, ansiosos por estirar las piernas y derramar algo de sangre enemiga o de simplemente evitar que se derramara si no era necesario.

Con el sargento a la cabeza, los nueve hombres abrieron las pesadas puertas de madera de la fortaleza y salieron en dirección oeste, adentrándose con las armas desenvainadas en la densa vegetación.

Entre hachazo y hachazo, y manteniendo las fingidas conversaciones en voz alta, Ander, Hugo y Grégor no paraban de mirar de reojo hacia las alturas, buscando la copa donde Elías permanecía mimetizado con la corteza.

El hábil rastreador bajó la mano y repitió las señales con rapidez: marcó un cinco con la mano abierta hacia arriba y luego cuatro dedos; venían nueve hombres en total hacia su posición.

No solo Ander lo había visto e interpretado a la perfección.

Desde sus respectivos escondites entre la hojarasca, tanto los curtidos veteranos agazapados como los experimentados arqueros apostados en el fondo de la retaguardia habían captado la señal de advertencia.

Eran más hombres de los que habían supuesto en un primer momento, pero aquello no representaba un peligro real para la hueste de los once; la sorpresa, la veteranía y la rigurosa planificación de la incursión eran armas mucho más letales que la simple cantidad numérica del enemigo.

Cuando los soldados de Magnord se acercaron lo suficiente entre la maleza, Ander esperó el momento exacto y gritó a pleno pulmón:

—¡Árbol va!

Acto seguido, empujaron con fuerza el pequeño tronco y lo dejaron caer con estrépito directamente en dirección a los hombres que se aproximaban.

La intención real de la maniobra no era aplastar ni matar a ninguno de ellos, sino enfurecerlos y nublarles el juicio; Ander sabía perfectamente por experiencia militar que, cuando un guerrero se dejaba llevar por la rabia, perdía la visión periférica y solo se fijaba en un único punto.

Además, al haber advertido a voces, siempre podría fingir ante ellos pidiendo un perdón inocente, escudándose en que lo había avisado con tiempo.

Los soldados enemigos, sobresaltados, se apartaron a tiempo entre los matorrales para evitar el impacto de las ramas. El sargento, con el rostro desencajado por la ira y limpiándose la tierra de la coraza, le rugió a los suyos:

—¡Quiero las cabezas de esos malditos clavadas en una pica!

En ese preciso instante, Ander alcanzó a oír una frase proveniente de las filas enemigas que le hizo dudar por un segundo en mitad de sus planes: