A SUS PIES CAPÍTULO 21 ¿TALAMOS? O NO #3
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CAPÍTULO 21 ¿TALAMOS? O NO #3

La reina asomó la cabeza y le hizo un claro gesto con la mano para que saliera del cubículo.

Lidia, completamente desnuda y muy mojada por la excitación contenida, avanzó hacia el centro de la habitación.

Para su absoluta sorpresa, Marian se encontraba allí mismo de pie en mitad de la estancia, completamente inmóvil y con los ojos vendados de forma firme con una tela oscura.

Mireia hizo un sugerente gesto con la palma de la mano hacia arriba, como sirviéndole el cuerpo de la muchacha en bandeja de plata para su total disfrute.

Lidia no sabía muy bien cómo reaccionar ante la tesitura; se acercó despacio a Marian e intentó imitar meticulosamente todos los movimientos de seducción que solía emplear la reina en la intimidad.

Primero, se aproximó a su cuello expuesto y lo olió profundamente; se notaba a la legua que el viejo de sir Eduard aún no le había puesto un solo dedo encima.

La chica nueva olía a sudor limpio por el esfuerzo del trabajo, pero no a sexo, lo cual terminó de encender las ganas de la veterana limpiadora.

Luego, con dedos temblorosos pero decididos, le quitó uno de los tirantes del vestido de sarga y luego el otro, dejando caer la burda prenda al suelo de la alcoba, revelando su anatomía.

Lidia acarició con suavidad la piel expuesta de sus brazos y hombros, notando de inmediato cómo el vello de la muchacha se erizaba por completo ante el contacto desconocido.

Marian abrió la boca sorprendida en mitad de su ceguera, pero lejos de protestar o pedir socorro, dejó escapar de entre sus labios un pequeño gemido ahogado de placer que puso a Lidia a cien.

Mireia las contemplaba a escasos metros de distancia, mordiéndose el labio inferior con evidente lascivia y frotando sus propias carnes ante el espectáculo.

Lidia continuó el avance acariciando los pechos firmes de la joven y observó con deleite cómo estos respondían de inmediato a sus caricias; los pezones se habían vuelto duros y pedían mucho más contacto.

Marian ya mantenía una respiración completamente entrecortada por la excitación de no saber quién la tocaba.

Lidia, sintiendo que estaba a punto de explotar de puro deseo, le hizo un gesto con la cabeza a Mireia para que se acercara a participar y, mientras tanto, bajó la mano para acariciar el vello púbico de la muchacha, de forma sutil, sin hacer contacto directo con su piel aún, solo rozando el vello de su entrepierna.

Un gemido sólido y profundo brotó de la boca de la chica nueva, la cual se veía claramente que estaba disfrutando de la situación, aunque en su mente ella pensaba que se encontraba a solas con la mismísima reina.

Luego Lidia, buscando más morbo, se chupó dos dedos de la mano para humedecerlos y bajó de golpe su extremidad; pero en lugar de introducirlos en la joven, los metió directamente en el sexo de Mireia, la cual se contorsionó de placer ante el estímulo inesperado, aunque se auto obligó a no emitir sonido alguno para no delatar el engaño.

Al mismo tiempo, los dos dedos de la otra mano de Lidia fueron directos para el sexo de Marian, la cual abrió las piernas de par en par, rindiéndose por completo y mojando el suelo de la estancia con su propio flujo carnal.

La lavandera veterana sacó los dedos húmedos de Marian de su intimidad y los puso directamente bajo la nariz de la reina; Mireia aspiró profundamente aquel aroma ajeno, alimentándose con ansia de ese olor y de su propio fetiche de dominación.

Luego, Lidia acompañó con suavidad a Marian hacia la gran cama real, no sin antes hacerle un sutil gesto con la mirada a la reina pidiéndole el consentimiento definitivo.

Esta le devolvió una mirada que expresaba claramente: "Es tu fiesta, disfrútala, yo de momento solo miro", aunque en realidad la soberana estaba como loca por intervenir en el lecho.

Lidia colocó a Marian a cuatro patas sobre el colchón de plumas y luego guió la cabeza de Mireia hacia el trasero de la joven para que oliera directamente de la fuente de su sumisión.

La reina no pudo contenerse más ante el estímulo; desatada por la lujuria, agarró con fuerza a la propia Lidia, la tumbó boca arriba en mitad de la cama y comenzó a comerle el sexo entera con una voracidad tremenda.

Marian se sorprendió visiblemente ante los ruidos de pasión y cortó sus gemidos al notar el cambio en el colchón, pero la reina le había impuesto una orden real ineludible antes de comenzar: "No te quites la venda bajo ningún concepto".

Así que la muchacha se quedó completamente petrificada en su postura, sin atreverse a romper el mandato.

Mientras tanto, Lidia comenzó a convulsionarse de forma violenta sobre las sábanas por el brutal placer que le causaba la lengua experta de la monarca; luchaba brutalmente con todas sus fuerzas para no emitir sonido alguno que la delatase ante la nueva, pero Mireia era sumamente buena realizando su trabajo en el sexo y, cuando no pudo aguantar más la intensidad del clímax, la veterana lavandera estalló por completo:

—¡¡Yyyaaaaa!! —gritó a pleno pulmón, rindiéndose al orgasmo.

La reina levantó la cabeza, mirándola fijamente con una ceja arqueada como diciendo: "Has roto por completo la sorpresa del juego". Acto seguido, estiró la mano y le quitó de un tirón la venda de los ojos a Marian.

Al verse descubierta en mitad de la alcoba real junto a las dos mujeres, Lidia sintió una punzada de vergüenza, pero lejos de taparse el cuerpo desnudo o esconderse, decidió ir con todo hacia adelante, poseída por la adrenalina del momento, y ordenó con voz firme:

—Quiero correrme otra vez... ¡Chúpamelo, Marian!

Al escuchar la audaz exigencia de su sierva, Mireia se sintió internamente muy orgullosa de su obra; contemplando la escena, se dio cuenta de que, con sus retorcidos juegos psicológicos, acababa de crear a un auténtico monstruo.