A SUS PIES CAPÍTULO 21 ¿TALAMOS? O NO #2
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CAPÍTULO 21 ¿TALAMOS? O NO #2

—Lo siento, muchachas, me ordenan acudir ante la soberana.

Pero, por dentro, la joven estaba verdaderamente encantada de saltarse las obligaciones de esa mañana, evitando así tener que presenciar la obligada erección de sir Eduard en su jergón o tener que soportar los sobos indeseados de algún soldado salido de la guardia.

Mientras las otras limpiadoras entraban en las estancias, Lidia giró sobre sus pasos, rodeando la imponente estructura del castillo hasta alcanzar la gran verja de hierro fundido que daba acceso a los terrenos privados, la cual permanecía fuertemente protegida por dos guardias más.

En cuanto la vieron aproximarse, los centinelas abrieron la pesada puerta de hierro al unísono, realizando una profunda reverencia:

—Mi señora...

Lidia pasó al interior del recinto sumamente impresionada y contenta; jamás en toda su existencia se había sentido tan poderosa ni respetada.

Sentada exactamente en el mismo sitio donde habían compartido el desayuno en la jornada de ayer, la reina Mireia la aguardaba con paciencia y, nada más ver aparecer a la lavandera, le dedicó una amplia sonrisa de complicidad.

Sin duda, este día también pretendía ser especial.

Mireia se levantó de la silla noble con elegancia para besarla como bienvenida, pero al estrechar la distancia, se detuvo a escasos centímetros de su rostro y preguntó con voz suave:

—¿Puedo?

Lidia, mostrando ya una cierta confianza nacida de la intimidad de la alcoba, aunque guardando prudentemente las distancias jerárquicas, respondió:

—Por supuesto, majestad.

El beso que compartieron fue casto pero sumamente húmedo; sin duda alguna, la reina se había lamido los labios de forma intencionada justo antes de besarla para dejar su rastro.

Acto seguido, las dos mujeres se sentaron a desayunar juntas; la infusión de hierbas se encontraba en esta ocasión a la temperatura perfecta y el tiempo cálido de la mañana contrastaba a la perfección con la brisa refrescante que corría por el jardín.

Las dos desayunaban lanzándose continuamente miradas limpias y cómplices; no se respiraba pasión carnal en el ambiente, sino que ante los ojos de cualquiera parecían simplemente dos amigas más disfrutando de la compañía.

Sin embargo, Mireia albergaba otros planes muy diferentes en su mente retorcida:

—¿Sabes, Lidia? Esta noche he soñado contigo —confesó la soberana mirándola fijamente a los ojos azules.

—Majestad, por favor... Yo lo hago con usted todos los días de mi vida —respondió la lavandera con devoción—. Lo que vivimos ayer fue un día completamente inolvidable para mí.

Pero la reina quería ensuciar deliberadamente el tono de la conversación y sabía perfectamente cómo hacerlo para despertar la lascivia:

—Sí, sobre todo por lo que aconteció por la tarde —añadió Mireia con una sonrisa pícara—. Tú me has devuelto el placer físico, Lidia. Estaba profundamente dolida por el pasado y tú me has curado las carnes con tus artes; vuelvo a disfrutar del cuerpo y a tener grandes deseos hacia ti... sobre todo.

Lidia sonrió complacida al principio, pero de repente cayó en la cuenta de la última palabra y una duda celosa le atenazó el pecho.

Le salió del mismísimo alma cuando lo dijo en voz alta, aún sabiendo que con aquel atrevimiento ya se podía dar por despedida del servicio o directamente azotada por los verdugos:

—¿Sobre todo? ¿Sobre quién más, majestad?

La reina, plenamente consciente del desliz que acababa de cometer en su discurso, intentó reconducir la situación para hacerlo pasar por algo completamente inocente:

—Lidia, a ti te puedo contar absolutamente todo lo que pasa por mi cabeza; me siento sumamente a gusto a tu lado.

Mi poder absoluto me ha dado la oportunidad histórica de tener en mi lecho a quien yo quiera, y aunque deseo fervientemente estar contigo, también me gustan más personas en la corte, o quisiera probar los cuerpos de más personas en el futuro.

Espero que no te moleste mi franqueza; por supuesto, a esas personas de las que te hablo las podemos probar las dos juntas en la cama.

Dime, ¿acaso nunca has querido probar la carne de alguien que no te correspondiera en el castillo?

Lidia pensó por un instante en varias personas atractivas que habían pasado por su vida en el servicio, pero prefiriendo mantener la cautela, respondió:

—Sí, como todo el mundo, imagino.

Mireia sonrió con malicia al ver que entraba en el juego:

—Pues ahora eres la reina a mi lado, Lidia, y tienes el poder de probar al hombre o a la mujer que se te antoje.

Recuerda que se trata de probar su carne, no de que te ame.

A veces, la persona que más te gusta visualmente no es capaz de llevarte al orgasmo, o simplemente tiene unos gustos demasiado simples en la intimidad.

Quizás ese hombre del que estás obsesionada, a la hora de la verdad se tumba en el jergón y te pide que hagas tú todo el trabajo, o te empapa por completo con su leche y se queda dormido al instante.

¿No te gustaría probar a nadie más? ¿No tienes una verdadera curiosidad por saber a qué huele su piel en la penumbra?

Lidia se sintió húmeda de inmediato, simplemente por la tremenda posibilidad de probar a cualquiera de los sirvientes del castillo, pero rápidamente se dio cuenta de que todo pasaba inevitablemente por el filtro de la reina; todo empezaba y acababa con ella.

Quería estar con ella a toda costa y el resto del mundo le daba exactamente igual:

—Yo, majestad, solo quiero estar con usted —sentenció con firmeza.

Mireia mostró al instante una cara de tristeza fingida, manejando sus hilos psicológicos, y Lidia intentó arreglar la situación rápidamente para no contrariarla:

—Pero con usted al lado... probaría a quien quisiera su majestad. Sabe perfectamente que estoy a sus pies.

La reina volvió a sonreír con satisfacción al comprobar que su manipulación mental seguía intacta:

—Es que no lo sé, Lidia... ¿No te gustaría, por ejemplo, meterle uno de mis pesados juguetes eróticos por el culo a sir Eduard para que sienta en sus propias carnes lo mismo que él les hace sufrir casi cada mañana a los soldados y a las sirvientas?

Lidia lo pensó por un segundo con verdaderas ganas de venganza y ese simple pensamiento de dominación ya la dejó completamente mojada bajo el lino de su vestido de trabajo.

Sin embargo, sabía que el rencor que le guardaría aquel influyente hombre duraría para siempre y no era la primera vez en la corte que se enamoraba perdidamente de Mireia y esta la dejaba tirada en el arroyo sin mirar atrás.

Si no disponía de la protección absoluta de la corona y el consejero real pasaba a odiarla a muerte, lo pasaría muy mal para sobrevivir.

Por otro lado, sabía perfectamente que su majestad tenía una clara predilección por los cuerpos de las mujeres, así que pensó en alguna que no hubiera probado ya la reina:

—Bueno... quizás... —dejó caer con timidez.

La soberana sonrió con los ojos brillando de lascivia:

—¿En quién estás pensando ahora mismo?

Lidia solo se atrevió a pronunciar el nombre de la primera persona que se le ocurrió y a la que todavía no había tenido la oportunidad de ver desnuda en el lavadero:

—La chica nueva... Marian.

Mireia sonrió abiertamente, fingiendo que la idea de depravación hubiera sido enteramente de Lidia y que ella simplemente le hacía el favor real de concederle el deseo:

—Pero quizás te dé algo de vergüenza actuar frente a ella. Tengo una idea perfecta, ven conmigo.

Las dos mujeres se levantaron de la mesa y subieron a toda prisa hacia los aposentos privados de su majestad. En cuanto cerraron el portón de madera, la reina la besó ardientemente en los labios, transmitiéndole sus oscuros deseos en mitad del jadeo:

—Vamos a probar a la vez a esta chica nueva, Lidia. Qué ganas locas tengo de hacerlo a medias contigo... Pero me da la impresión de que te dará mucha vergüenza actuar, ¿verdad? Así que yo misma haré todo el trabajo duro hasta que se te quite el apuro y decidas intervenir, ¿vale?

Lidia no sabía qué decir ante semejante situación; estaba completamente caliente por el juego psicológico, pero en realidad a quien deseaba con fuerza era a la propia Mireia.

La nueva limpiadora era sumamente joven y guapa, sí, pero no sabía absolutamente nada de ella.

Justo cuando entró a trabajar, la reina las separó llevándosela, así que alcanzó a decir:

—Todo lo que sea compartirlo con usted me encantará, mi señora.

Mireia deslizó con destreza su mano noble hacia abajo, introduciendo los dedos directamente dentro de Lidia, la cual ya se encontraba completamente a punto debido a la tensión erótica.

La reina la condujo con maestría hasta las mismísimas puertas del orgasmo, pero retrasando de forma cruel el momento definitivo; cada vez que Lidia estaba a punto de gemir y terminar, la monarca detenía el movimiento por completo, desesperándola.

Estaban en mitad de ese suplicio erótico cuando, de pronto, Sofía llamó suavemente a la madera de la puerta desde el pasillo.

Entonces Mireia, con un gesto cargado de morbo, le puso uno de los dedos mojados con el flujo íntimo de la lavandera directamente sobre los labios para que no hiciera ruido y además lo saboreara, y la condujo en silencio hacia el cuarto de baño de la alcoba.

Cerró la puerta del habitáculo para ocultarla y regresó a la estancia principal.

—Adelante —ordenó la reina en voz alta.

Desde su escondite en el baño, Lidia escuchó nítidamente cómo Mireia le daba la orden directa a Sofía de que se marchara de allí de inmediato para encargarse de otras labores del castillo, y oyó el portón principal cerrarse con un golpe seco.

Después de aquello, se instaló un espeso silencio de varios segundos en los aposentos, hasta que la puerta del cuarto de baño se abrió despacio.