CAPÍTULO 21 ¿TALAMOS? O NO
Elías comandaba con paso firme la marcha hacia la fortaleza de Magnord, seguido muy de cerca por Cédric, quien avanzaba manteniendo el arco en la mano y una flecha ya apoyada en la cuerda sin tensar, listo para reaccionar ante cualquier imprevisto.
Los demás miembros de la hueste iban apenas a diez metros de distancia por detrás, siguiendo con absoluta concentración cada una de las señales manuales que hicieran los exploradores.
Eran plenamente conscientes de que, si alguien los sorprendía por los flancos en ese momento, estarían completamente muertos, ya que confiaban toda la visión del terreno a los hombres que encabezaban la comitiva y los otros nueve estaban atentos simplemente a los movimientos de sus manos.
Pasaron mucho tiempo avanzando entre la espesura, pero las defensas de Magnord aún no se vislumbraban a través de la densa maleza y la arboleda, la cual era tan sumamente espesa que costaba incluso caminar y abrirse paso con el equipo a cuestas.
De repente, Elías levantó el puño con fuerza y todos los guerreros se congelaron en el acto, asumiendo una inmovilidad absoluta.
Sin embargo, el rastreador debió de identificar rápidamente el ruido o lo que fuera que hubiera visto en la distancia, pues bajó el puño para dar luz verde a la marcha.
Los once hombres habían repasado meticulosamente el plan mil veces durante los últimos dos días, e incluso durante la claustrofóbica travesía en el barco pesquero se habían asignado los roles exactos: la tala ruidosa del bosque se ejecutaría por parte de Ander, Grégor y Hugo.
.. Bastian y Cédric se quedarían apostados más atrás en la retaguardia, dado que, al ser los arqueros del grupo, ellos no necesitaban acercarse a corta distancia para convertirse en los combatientes más letales de la incursión.
Elías se quedaría encaramado estratégicamente en un árbol para vigilar todo el perímetro sin ser visto por el enemigo, mientras que Marcus, Gedeón y Cónrad se esconderían sigilosamente entre la espesura de la maleza.
Por último, Silas y Lucas, por ser los guerreros más jóvenes del contingente, se quedarían un paso por detrás, aunque manteniendo siempre la vista fija en las manos de los hombres de adelante por si la situación se torcía y hubiera que salir al ataque de inmediato.
De repente, rompiendo el avance, Elías levantó la mano completamente abierta y la giró despacio de izquierda a derecha en el aire retrocediendo sin dejar de mirar hacia delante.
Todos se pararon en seco y se ocultaron de inmediato tras los troncos.
El hábil explorador se agachó por completo hasta el suelo y comenzó a restregarse con fuerza contra la tierra húmeda, recogiendo hojas secas y pequeñas ramas caídas para enganchárselas meticulosamente por todo el cuerpo; luego, miró hacia atrás y les hizo a sus compañeros el gesto inequívoco de empujar, lo cual significaba que todos debían retroceder despacio para cubrirse.
En ese momento preciso, Elías estaba al mando absoluto de la incursión y todos obedecerían al instante, aún no sabiendo a ciencia cierta el porqué de aquellas señales tan urgentes.
El rastreador hizo entonces un rápido gesto apuntando hacia el cielo y marcó dos dedos en el aire girando la muñeca con suavidad.
La señal venía a decir de forma clara: "He visto a dos centinelas en las alturas, posiblemente apostados en la empalizada, y no estoy seguro de si hay más hombres vigilando en las defensas".
Ander, preocupado, señaló sus propios ojos interrogándolo con la mirada: "¿Te han visto?".
Elías hizo de inmediato el ademán de escuchar, tocándose la oreja con el dedo y negando rotundamente con la cabeza: "Si me hubieran visto a mí, ya hubieran dado la alarma en la fortaleza y la verdad es que no oigo nada".
En mitad de aquel tenso y sepulcral silencio, que solo era roto de vez en cuando por los sonidos habituales de la naturaleza, los diez guerreros soltaron un profundo suspiro relajante tras leer los gestos de Elías.
El explorador se apresuró a mirar con fijeza en dirección a la fortaleza enemiga para buscar un árbol que fuera lo suficientemente alto y robusto para sus propósitos; en cuanto lo localizó, rodeó el grueso tronco con una cuerda y sacó una de sus dagas, cortándola justo a la medida necesaria para poder abrazarle con seguridad la cintura.
Acto seguido, cortó otro trozo de cabo para atarse firmemente los pies y comenzó a trepar por la madera de forma muy pausada.
Era un espectáculo impresionante ver cómo la simple presión de la cuerda trenzada lo sostenía a la perfección contra el árbol, pero con las hojas, el lodo y las ramas que se había pegado previamente por todo el cuerpo, parecía que el propio árbol crecía hacia arriba.
Moviéndose más lento que un perezoso para no alertar a los centinelas de Frainord, alguien del grupo tenía que seguir continuamente sus movimientos con la vista para no perderlo de vista; de hecho, a sus propios compañeros, si dejaban de mirarle tan solo un segundo, luego les costaba horrores volver a encontrarlo en mitad del follaje.
En la parte oeste de la región, a Enrique ya comenzaban a darle unos terribles calambres en las piernas.
Aquella posición estática y forzada a la que se veía obligado se había convertido con el paso de las horas en una pequeña tortura de puro sufrimiento.
Cobijado pacientemente entre los espesos árboles y la hojarasca, los planes trazados en el mapa eran sumamente claros en su mente: no debían hacer absolutamente nada ni realizar el menor movimiento hasta que oyeran los primeros golpes de la tala en el flanco opuesto.
Justo en ese preciso instante, Alberto debería avanzar arrastrándose con sigilo entre la maleza para vigilar si salía la primera patrulla de Frainord a investigar y, posteriormente, la segunda.
En cuyo caso, con la salida confirmada de esa segunda patrulla, sería cuando Alberto (si se aseguraba firmemente de que no había ningún centinela mirando fijamente hacia allí), daría la señal visual acordada.
Solo entonces saldrían todos despacio y en el más absoluto silencio de su escondite.
Sin embargo, el día avanzaba de forma inexorable en el horizonte y a los soldados les parecía que llevaban atrapados allí metidos por lo menos veinte años.
La espera se estaba volviendo verdaderamente tortuosa para la hueste, pero para Enrique lo peor de todo fueron los constantes susurros que empezaron a circular en voz baja entre sus hombres:
—¿No habrán podido llegar a la costa? —preguntó uno con inquietud.
—Quizás los han interceptado las galeras en alta mar —sugirió otro en un siseo.
—O quizás se han estampado directamente contra el acantilado debido a la penumbra de la noche y no han podido llegar a la cima —murmuró un tercero con desesperación.
—Yo creo que, si nos lo proponemos, podemos encargarnos nosotros solos de tomar la fortaleza —propuso un soldado con osadía.
—Pues yo creo que esos veteranos se han dado la vuelta al primer escollo y se han ido de regreso —sentenció otro con amargura.
Fue entonces cuando Enrique se permitió moverse muy lentamente entre las ramas para encarar a sus hombres y les habló en un tono de voz que resultó apenas audible, aunque sus intensos ojos ya se ocupaban de gritar con fuerza por él ante la indisciplina:
—Pues yo creo que nuestros planes son esperar estrictamente hasta la noche en absoluto silencio, y eso es exactamente lo que haremos.
Si llega la noche cerrada y no ha pasado absolutamente nada, nos iremos de aquí cumpliendo las órdenes de contingencia.
Pero como vuelva a oír una sola palabra más salir de vuestras bocas, os juro que alguno caerá por la borda encadenado camino de regreso a la isla.
Tras la severa amenaza del capitán, el silencio sepulcral volvió a reinar entre la maleza, interrumpiéndose únicamente por el suave rozar de las hojas.
Mientras tanto, en el castillo de Frainord, la rutina diaria continuaba su curso ajena a los movimientos de los guerreros:
—Lidia.
—Sofía.
—Marian.
Las tres lavanderas entraron juntas a los aposentos para entregar sus enseres y comenzar con su labor diaria.
Lidia había pasado un día increíble ayer; un día tan sumamente maravilloso y colmado de atenciones que, efectivamente, todavía no se lo terminaba de creer del todo en su interior.
Todo había comenzado con el vestido de seda ajustado hecho a medida, continuando con el desayuno privado en el jardín, el largo paseo compartiendo confidencias, la suntuosa comida bajo la sombra y, finalmente, el sexo.
Con la reina siempre acababa todo desembocando en el sexo, pero además era algo que conllevaba un componente muy morboso y sensual; era una entrega sucia y profundamente depravada que lograba encenderle la sangre.
A pesar de disfrutarlo, a Lidia le molestaba internamente que la soberana usara de forma obsesiva el dedo de Krista durante sus encuentros; aquello constituía un doloroso recordatorio de que ella nunca llegaría a estar a la altura de la veterana limpiadora y, por un breve momento, se alegró de que el bastardo de su marido la hubiera matado en el pasado.
Sin embargo, no tardó en volver a la cruda realidad cuando las palabras de Krista le volvían a la cabeza una y otra vez de forma insistente: "Ella es la reina y tú... ¿Qué habrá... dos reinas?".
Caminaba completamente embelesada en mitad de sus pensamientos por los pasillos de piedra, cuando a la entrada principal del castillo, dos soldados de la guardia real la pararon en seco en mitad de la puerta:
—Señorita Lidia... —le dijo uno de los guardias con un respeto inusual—. Su majestad la espera de inmediato en los jardines de palacio. Nos transmite expresamente que no se entretenga ni tarde un solo instante si no quiere que el banquete se quede frío.
Lidia se volvió hacia sus compañeras de limpieza y les dijo con fingida resignación: