A SUS PIES CAPÍTULO 20 COMIENZA EL PLAN #3
87%

CAPÍTULO 20 COMIENZA EL PLAN #3

—Tú vete, nosotros desembarcamos aquí mismo.

Márchate antes de que amanezca por completo, navega lo más rápido que puedas y.

.. si todo sale bien, mañana por la noche alguien de los nuestros estará apostado en la playa del oeste para dar las buenas noticias.

Tú regresa de inmediato a la isla y no pienses en nadie; mañana que venga el otro soldado a hacer el relevo.

Le daremos a él las noticias del asalto y él mismo las llevará de vuelta al refugio de la isla junto con cualquier herido que tengamos tras la batalla.

Elías bajó primero al agua, saltando por la borda y comprobando con alivio que, aunque el gélido elemento le llegaba justo hasta la altura del cuello, lograba hacer pie firmemente sobre las rocas del fondo.

Acto seguido, el resto de los once ayudó con los remos para hacer girar el casco del barco pesquero con cuidado.

Una vez que todos desembarcaron en el agua con las armas, las hachas y las redes, Alan partió sin perder un solo segundo, subiendo al máximo la vela para aprovechar la brisa de la noche. Ander contempló la imponente silueta de la pared de piedra que se alzaba ante ellos en la penumbra.

—Elías, es tu turno.

El explorador se ajustó la cuerda al hombro y su oficial a regañadientes, mirando la peligrosa roca, soltó:

—Buena suerte.

Elías comenzó la ascensión de la imponente pared con un cuidado extremo, pero imprimiendo a sus movimientos una cierta prisa que nacía de la pura necesidad.

En el barco pesquero habían visto cómo el horizonte oriental ya empezaba a teñirse ligeramente, recordándoles de forma implacable que el día iba a ser largo y que el tiempo corría en su contra.

La realidad era que desconocían por completo la distancia exacta que los separaba de la zona idónea para comenzar la tala ruidosa; por lo que sabían, quizás estuvieran a diez kilómetros de la fortaleza de Magnord, quizás a menos, o a mucha más distancia.

No había margen para el error ni para el titubeo.

Tenían que subir lo más rápido que les fuera posible por aquella piedra arcillosa y, una vez arriba, avanzar a marchas forzadas por el terreno hasta dar con el bosque asignado.

Mientras tanto, abajo en el agua gélida que les llegaba de forma implacable hasta el cuello, los hombres de Ander permanecían en una tensa espera.

Aprovechando cada segundo, se afanaban en ir desenredando minuciosamente la pesada red de cáñamo que Alan había dejado a bordo, doblándola con cuidado sobre sí misma una y otra vez para reforzar su estructura; sabían perfectamente que, al duplicar o triplicar las capas de la malla de pesca, esta aguantaría muchísimo más el peso de los guerreros y evitaría que el viejo cabo se rompiera en mitad de la escalada.

En el flanco opuesto de la región, la situación de la otra hueste era radicalmente distinta. En el bosque del oeste, el capitán Enrique aguardaba pacientemente la llegada del momento definitivo, procurando no hacer el menor ruido posible ni siquiera al respirar para no delatar su posición.

La quietud de la noche y la inminencia del combate tenían los nervios del oficial a flor de piel, provocando que se sobresaltara y saltara internamente ante el leve crujido de cada rama o ante el sonido repentino de cualquier animal nocturno que se moviese entre la hojarasca.

Sin embargo, los soldados de Enrique se mantenían tan sumamente quietos, silenciosos y mimetizados con el entorno que la propia naturaleza pareció aceptarlos como parte del paisaje; hasta tal punto llegaba su inmovilidad que, de forma sorprendente, algunos ciervos del bosque se aproximaban caminando despacio entre los árboles, completamente ajenos a la presencia del acero y de los veinte hombres emboscados que aguardaban el amanecer.

Elías ascendía por la escarpada superficie, buscando con los dedos entumecidos cualquier saliente en la piedra húmeda.

La ascensión era una tortura de puro esfuerzo y, justo cuando se encontraba a escasos metros de alcanzar la ansiada cima del acantilado, la traicionera roca arcillosa cedió de golpe bajo su bota.

El explorador sufrió un violento tropiezo, perdiendo el apoyo de los pies; su cuerpo se deslizó un par de metros hacia el abismo en una caída libre que le cortó la respiración, mientras sus dedos arañaban desesperadamente la pared para frenar el descenso.

Abajo, los hombres contuvieron el aliento en un silencio de muerte, fijos en la silueta que pendía sobre ellos, Ander alcanzó a apartar una roca que cayó sobre Hugo, que si no lo hubiera matado, podría haberle dejado inconsciente o mínimo haberle abierto una brecha.

Por fortuna, Elías logró clavar la puntera de su bota en una grieta más sólida y, con el corazón golpeándole con fuerza el pecho, logró estabilizarse, reanudando la marcha con una prisa renovada hasta que, finalmente, sus manos alcanzaron la hierba de la superficie.

Una vez arriba, a salvo de la caída, el explorador no perdió un solo segundo; se quitó la cuerda que llevaba al hombro y la tiró con fuerza hacia abajo, permitiendo que el extremo cayera sobre las oscuras aguas donde aguardaban sus compañeros.

Los hombres de abajo la recibieron con alivio y ataron firmemente la red de cáñamo que habían estado doblando.

Sin embargo, subir la red empapada por el agua del mar costó auténticos horrores; el peso del cáñamo mojado era descomunal.

Para vencer la resistencia, Elías enrolló la cuerda con presteza alrededor del tronco de un árbol cercano para que la madera hiciera las veces de freno natural y, tirando con todas sus fuerzas, fue subiéndola lo más rápido que pudo hasta tenerla asegurada arriba.

A pesar de haber logrado izar la malla, Ander no las tenía todas consigo.

Con las armaduras de metal completamente empapadas por el agua salina, las pesadas hachas y las espadas al cinto, el peso de cada guerrero se había duplicado prácticamente.

Era una temeridad ascender incluso de uno en uno.

El oficial mandó primero al hombre más ligero de la hueste, e ir agarrando la red con firmeza.

A Ander le preocupaba que, aunque la gruesa malla de pesca aguantase el peso (lo cual aún era una total incógnita), todo ese lastre humano estaba sostenido en última instancia por una simple cuerda atada a un árbol; si la cuerda fallaba o se partía bajo la tensión, el hombre que estuviera suspendido y la propia red acabarían estrellándose inevitablemente contra las afiladas rocas del fondo.

Así pues, el joven Lucas fue el segundo (después de Elías) en iniciar la subida por la pared de piedra.

La tensa cuerda crujía de forma amenazante bajo su peso con cada tirón que daba, pero el muchacho no se detuvo ni un solo instante en su avance; sabía perfectamente que parar a descansar significaba pasar más tiempo tentando a la resistencia de la cuerda y aumentando las probabilidades de que se rompiera, así que siguió trepando hacia arriba sin pensar en el peligro.

Nada más subir, se tumbó en el suelo agarrando con fuerza la red.

Detrás de él, cumpliendo el mismo orden estricto, le tocó el turno a Silas, seguido por Bastian, Cédric, el veterano Marcus, Gedeón, Hugo y Cónrad.

El penúltimo en afrontar el peligroso ascenso fue Grégor, que tuvo que extremar las precauciones debido al peso extra que suponía su maza de guerra, y por último, cerrando la comitiva, subió el propio Ander.

Una vez que estuvieron todos arriba a salvo y con los pies firmes en la llanura, los hombres subieron a pulso la red de cáñamo doblada y la escondieron minuciosamente entre la maleza del terreno; querían evitar a toda costa que una patrulla de Frainord la encontrase por casualidad si pasaba por la zona, y también necesitaban tenerla a mano por si la incursión salía mal y se veían obligados a preparar una huida apresurada de regreso al mar.

Con el peligro de los acantilados superado, tocaba ponerse en marcha y avanzar sin descanso hacia la fortaleza de Magnord. El día comenzaba a clarear en el horizonte y, afortunadamente, aún tenían tiempo por delante para alcanzar sus posiciones.