CAPÍTULO 20 COMIENZA EL PLAN #2
Era la única y tenue luz de la que disponía Alan en toda la cubierta para poder consultar su corcho, el cual consistía en un trozo de corteza de alcornoque perfectamente tallado que flotaba en un cuenco con una aguja magnética en su interior, la cual le ayudaba a orientarse en mitad de la absoluta oscuridad marina.
Aunque ese rudimentario método de navegación solo le valía cuando el mar se mantenía en calma, hoy la noche estaba claramente de su parte; las aguas eran una auténtica balsa de aceite que no perturbaba el cuenco y la suave brisa se agradecía enormemente en el cuerpo tras el sofocante calor del día.
La velocidad de los dos barcos pesqueros era totalmente constante y las quillas apenas hacían el menor ruido al cortar la superficie del agua, avanzando en el más absoluto silencio como si fueran dos auténticos barcos fantasmas navegando en mitad de la noche.
Ander contemplaba la aguja magnética flotando sobre el corcho, fascinado por cómo un simple pedazo de metal flotante dictaba el destino de todos ellos en mitad de la nada.
—Falta poco —susurró Alan, apagando la vela de aceite con un soplido rápido para devolver la cubierta a la seguridad de la ceguera total—.
Si mis cálculos no fallan, la silueta de los acantilados orientales debería empezar a recortarse contra las estrellas en menos de una hora.
A partir de ahí, nos toca rezar para que la costa sea clemente con nosotros.
Elías se aproximó a la borda arrastrando los pies, todavía pálido por el mareo pero con los ojos completamente fijos en la negrura del horizonte. El rastreador aguzó el oído, intentando captar el rumor del oleaje rompiendo contra las rocas antes de que fuera demasiado tarde para virar el timón.
La tensión en el barco de los once se podía cortar perfectamente con un cuchillo; sabían que Enrique y sus veinte hombres ya estarían aproximándose a la comodidad de la playa del oeste, listos para desembarcar y ocultarse, mientras que ellos seguían navegando hacia lo desconocido.
—Si encontramos solo piedra vertical, tendremos que bordear la costa hacia el este hasta dar con una grieta habitable —comentó Elías en voz baja, limpiándose los labios con el dorso de la mano—.
Pero cuanto más nos retrasemos en buscar un paso seguro, más peligro correrá el grupo de Enrique esperando una señal que no llega.
Ander apretó los puños con fuerza, sintiendo cómo el peso de la responsabilidad le aplastaba los hombros. No iba a permitir bajo ningún concepto que el plan fallara por culpa de un acantilado. Si tenían que escalar la roca viva con las manos desnudas para abrirle camino a los once, lo harían.
El experto navegante de la nave del capitán Enrique se alejó lo máximo posible de las traicioneras luces de Magnord, buscando el amparo de la oscuridad más absoluta, y entró directamente por la desembocadura del río, deteniendo la embarcación a unos cuatro kilómetros de la empalizada enemiga.
Acto seguido, todos los soldados bajaron deprisa pero con una cautela extrema, moviéndose lo suficientemente despacio como para no hacer el menor ruido con los roces o choques de las placas de metal de sus armaduras pesadas; además, avanzaban manteniendo las espadas desenvainadas en las manos para evitar a toda costa que las hojas chocasen ruidosamente contra las fundas de cuero al andar.
La hueste subió en línea recta, adentrándose con presteza para integrarse en la densa espesura del bosque mientras el barco pesquero soltaba amarras y se alejaba silencioso en la noche.
Mientras tanto, en el flanco oriental, el equipo de los once ya escuchaba nítidamente el romper constante de las olas contra las escarpadas rocas; aunque al estar el mar en una calma tan absoluta, el ruido que producía el agua era ínfimo.
Silas sujetaba con firmeza una vara de avellano que utilizaban para medir la profundidad del fondo; consistía en un largo palo de tres metros que iba sumergido de forma continua en el agua, situado un metro por debajo y hacia delante del propio calado del barco pesquero.
Alan bajó del todo la gran lona de la vela principal para aminorar al máximo la marcha, permitiendo que la nave avanzara casi yendo a la deriva o incluso llegando a pararse por momentos. El resto de los hombres ayudaba con los remos, pero lo hacían de la forma más pausada posible.
Eran conscientes de que, si chocaban directamente contra los acantilados, lo que menos les preocuparía sería que los soldados de Frainord les oyeran; las inestables rocas arcillosas de la pared se les podrían derrumbar encima, sepultándolos en el acto, o el propio impacto del golpe contra la roca los podría tirar por la borda y, dado el enorme peso de sus armaduras de acero, acabarían irremediablemente en el fondo del mar, ahogándose mientras intentaban desabrochar las correas a contrarreloj para salir a flote.
Alan, profundamente preocupado por navegar con marineros tan inexpertos en estas lides, había optado por el uso de la vara de avellano en vez de la sonda de mano habitual; sabía perfectamente que esa plomada tradicional no estaba hecha para ser manejada por manos inexpertas y, además, era sumamente fácil que se enganchara sin remedio entre las afiladas rocas del fondo.
En este momento crítico no buscaban medir una profundidad concreta para calar las redes de pesca; lo único que el capitán quería saber era si la quilla iba a chocar contra el suelo marino.
De pronto, Silas hizo un sutil "click" con la boca.
Aquella señal inequívoca le indicó a Alan que la vara acababa de tocar fondo.
El capitán viró el timón con rapidez para corregir la trayectoria y los once se dispusieron de inmediato a bajar a las oscuras aguas.
Ander se aproximó y le susurró a Alan al oído:
—Veo la pared apenas. Si navegamos alejándonos de la costa podemos acabar muy lejos de nuestro objetivo; si navegamos acercándonos, podemos acabar demasiado cerca y que las patrullas nos descubran.
Así que bajaremos aquí mismo. Si hace falta treparemos por la piedra. ¿Cuántos metros de altura puede haber?
—Entre diez y veinte metros —respondió Alan con pesadumbre—, pero intentar escalar eso a ciegas es matarse o, como mínimo, hacer muchísimo ruido.
Ander se arrodilló sobre las maderas del barco, carcomido por la frustración.
"Si tuviéramos una escalera de veinte metros.
.. ¿Qué haría Calen en mi lugar... o qué haría Tristán?
", se preguntó desesperado. De pronto, un dolor agudo y punzante le obligó a contener un quejido de puro dolor; y es que, al arrodillarse, había apoyado la rodilla directamente sobre un grueso cabo de la red de pesca que Alan llevaba a bordo para cubrir el arsenal de armas, el cual se le fue clavando de forma implacable en la carne poco a poco.
—¡Alan! —se sorprendió Ander, levantando un poco más de la cuenta la voz por el sobresalto.
Al instante, notó cómo todos los hombres del barco fijaban sus miradas en él en mitad de la penumbra.
Por fortuna no llegó a ser un grito descontrolado.
El oficial levantó la mano en un ademán de disculpa, aunque apenas se veía nada en la negrura.
Con los ojos bien abiertos por la repentina idea, preguntó:
—¿Cuánto miden tus redes?
Alan se quedó pensando unos segundos, sopesando las implicaciones de la pregunta.
—Veo por dónde vas, Ander, y quizás sea técnicamente posible.
Pero tienes que pensar que es cáñamo viejo, usado muchísimas veces en agua salada; no podrá soportar bajo ningún concepto el peso de diez personas trepando a la vez.
Quizás si subís estrictamente de uno en uno la cuerda aguante, pero aún así es jugársela a una sola carta.
Por tamaño, puede que dé la longitud; no sé exactamente cuánto miden las redes de memoria, pero son largas, mucho, no sé si quince o veinte metros.
—¡Elías! —llamó Ander en un susurro que sonó como un latigazo.
El explorador se acercó con sigilo, colocando con camaradería una mano firme en el pecho de su superior.
—¿Tú podrías subir escalando esa roca? —le inquirió Ander.
Elías contestó con absoluta seguridad en su voz:
—¿Que si puedo escalar veinte metros? Sí, por supuesto que puedo... Pero ten en cuenta que, si la piedra arcillosa cede bajo mis dedos, caeré al vacío con toda seguridad. Así que, al final, tendremos que pensar en la suerte de Enrique.
Ander recordó con amargura lo que el capitán Enrique le había dicho justo al separarse en alta mar... "Mucha suerte". El primer oficial odiaba con todas sus fuerzas tener que encomendarse a la suerte, pero dadas las circunstancias, no les quedaba otra opción factible sobre la mesa.
—Elías, tendrás que subir tú primero con una cuerda de seguridad al hombro. Si consigues alcanzar la cima con vida, lánzala hacia abajo y ataremos la red de cáñamo para que haga las veces de escalera para todos nosotros. Lo siento, muchacho, pero no nos queda otra alternativa.
—Con gusto, señor —respondió Elías sin dudar, agarrando el extremo de un cabo con resolución.
La noche seguía completamente cerrada sobre el océano, pero ya muy a lo lejos, en la línea del horizonte oriental, el cielo empezaba a tornarse de un tono púrpura; aquello constituía una indudable ventaja visual a la hora de buscar agarres para escalar la piedra, pero también significaba que Alan no podría marcharse con el barco pesquero si la claridad del día terminaba de romper.
Consciente del peligro, Ander se volvió hacia el pescador: